24.3.07

La luz checoslovaca

(Publicado en 2003 por Libros de Tierra Firme)

A Susana

Primera parte

El almanaque del mecánico de autos

Dentro del círculo de sus sueños no hay nada.
Cuenta sus días un almanaque de 1957.
Muestra una mujer que se cubre
los pechos con un abanico
y deja ver la mitad de sus muslos
como si afloraran islas en los sueños.
No hay diario que registre los hechos altivos
de una vida personal y el ocaso
de los dioses en los cilindros.

Una lectura muy tarde

Vuelven a las dos de alguna reunión,
pero todavía hablan en voz alta,
mientras él mete la llave en la cerradura.
Se encienden las luces en el departamento
y después algunas se apagan.
Algunos puntos, algunos puntos brillantes
en la memoria de ellos; familiares como la charla
y el roce de sus cuerpos maduros,
insustanciales y necesarios como las cerraduras y las llaves.
¿Qué batallas, ángel, hubo en Pompeya?
No hubo guerra, fue el volcán el que destrozó eso.
Italia está llena de ruinas. Mis abuelos eran de Trieste.
Con la próxima comisión podríamos ir a Orlando.

¿Es el mismo viento, Señor,
el que los acuna con su sonido hueco en las tuberías
y el que batió los estandartes en las grandes planicies?
Para ella, que duerme con el pelo rojo disperso sobre los hombros,
Khan suena a una música tropical pasada de moda.
Orlando no fue narrado por Ariosto: es la ciudad de Disney;
Pompeya, un barrio, y volcán la marca de una cocina vieja.

¿Es el mismo viento, Señor?.
Ella, dormida, camina por alguna calle de la mente
y de esto nunca sabremos demasiado.
Las piedras que componen esta noche de ellos
son también inestables; las junturas, quebradizas.

Te pregunté muchas veces, Señor, si saben ellos
que los marcos de sus fotografías son falsos,
cubiertos de una pintura dorada o plateada
que no es oro ni plata,
y si tienen la oportunidad de comparar el oro
que deparan algunas de tus tardes todavía
con una idea remota del oro verdadero.
Señor, no me das respuesta.
Toda esta gente es desconocida como el deseo del Khan
No quisiera ya saber nada, pero de nuevo ofrecéis misterios
estrangulados.
Misterios de vidas enredadas como pedazos de hilo en el escobillón.
Duro sois de entender como un río borrado en sus dos extremos.
Duermo con el penetrante chirrido del atractivo de sus vidas,
torno que quisiera probar, relámpagos de electricidad doméstica.

Termópilas
Desde este drugstore, y con una gaseosa,
difícil imaginar por qué dejar la piel en un desfiladero:
el mundo era tan ancho y desconocido.
Leónidas, ridiculizado en el vasto territorio del consumo,
se sienta enfrente con su ceño amargo,
fulgor chirle en los ojos,
pide bebida fuerte y mira las palomas.
Problemas, Jerjes aprieta todas las salidas,
la tarjeta de crédito ya no tiene cupo.
Aguantar en nombre de nada,
más difícil que morir por Esparta.

Testamentos apócrifos
Job

Señor has sellado mi boca, mis oídos y mi tacto
pero te rogaría me dejes andar en medias
por mi rústico piso de baldosas,
y me dejes en paz amar la tierra
y las tormentas y los fiambres.
Me has acurrucado en la muerte, señor.
No necesitaba el cielo más tarde.
Amo este planeta que confunde
los sentidos; amo el enorme sueño de la vida.
Pero has entrado en mí y me probaste,
nuestra antigua alianza me impide denunciarte.
En el hueco al que me redujiste, magro,
veo aún el cielo encima de las casas
las plantas que crecen y se secan y los patos.
Entendí mal la letra chica del contrato.
Creí que te bastaba con que adorase
la hora que huye, el soplo en que vivía.
Ahora soy Job, el que te ama.

La luz checoslovaca
Oxidada la artesanía, la calle bajo taciturna luz, la que pelea con su origen;
difusa pero empeñada en que fue más o puede serlo.
Cruje la puerta que se abre lentamente al pasillo con vieja alfombra,
allí donde se produjo la séptima aparición de la Virgen.
La ve, mientras la vecina nonagenaria pasa con la chata
de su centenaria vecina a la que cuida devota, como hermana.
Oh señor, he creído. Oh señor creo aún si lo deseas.
¿No es cierto que la intensa circulación y la gula son una misma cosa?
¿No es verdad que los bajos tonos corresponden a los eternos imperios?
Lo dicho: he visto tu rostro en sartenes oscuras en despojadas cocinas.
Y lo he visto bajo el escaso resplandor azulado del supermercadovecinal.
No lo he visto en el shopping, Señor. No lo he visto en el casino.
Señor, por alguna indicación tuya sorprendida en un libro comercial,
he amado los días nublados y el desierto en las palabras.
Pero me condenaste a amar la verde lechuga y la carne fresca,
en tanto miraba a actores de gestos invernales en el Actor’s Studio.
Déjame creer en la letanía de las piedras y en el puchero casi incoloro.
Dulces son el cielo y su vértigo sobre plantas cuyo verdor oscurece.

Segunda parte
El salario de los soldados

1
Un puerto solitario, pero que forma parte de una compleja civilización
en cuyos límites lejanos atruena la guerra.
De este modo has visto en las imponentes torres de Troya
el cuerpo de una mujer desnuda como un aura.

Ya ves la moneda del juego, la tormenta que se desvía antes de estallar,
la doble cara de las cosas que permanecen quietas o en movimiento.

Paraste con un auto detrás del cartel que dice camino clausurado.
Te han contado que al final del camino, en el borde la laguna,
vive un hombre en un trailer viejo, calculando el avance de la inundación.
Ahora mirás los juncos en la marisma y, más que los juncos, los reflejos
del Sol sobre el agua que se arrastra despacio hacia los terraplenes.
Cierta vez tuviste una revelación cuando el temporal te tomó en la carretera
y durante varios minutos seguiste apretando ligeramente el acelerador
sin ver nada en absoluto, ni delante ni detrás.
Entonces el cielo se abrió y viste el camino que cortaba los médanos,
lavado y desnudo y como recién caído.

¿Adónde iría el agua?
Tu oído endurecido escuchó los ruidos de un cuerpo,
como quien oye en la tierra el eco de un campanario.

Uno a uno los pájaros vuelven al mismo alambre tenso.
El alambre se ha oxidado y combado sobre la inundación
y los pájaros vuelven en un ciclo de insistente silencio.
El polvo se alza en pequeñas trombas sobre el camino clausurado.
Y el que mide el avance del agua con ojo de tero
recoge los cristales de un imperio destazado.

Pero no sopla ese huracán. Así como contemplaste ennegrecer
las altas cúpulas bajo la danza del exterminio
cuando la nación de los otros arrojó el lastre de siglos,
tormento y designios podridos por el clima,
ahora ves que la hierba se mueve ante tus ojos
para recitar el suave catecismo
del universo del rocío y de las corrientes subterráneas.
Los del navío hace rato dejaron la cubierta.
El cargamento fue comida y nido de gaviotas.
La nave se mece; su velamen intacto
seduce al viento que se alza en las colinas.

2
El alcohol de los días que se evaporan.
Inclinado sobre un cuerpo como sobre aquello que canta,
la armadura de cuero arrojada a un cauce seco.

Y la tierra como un cuerpo, excoriaciones
en hombros y axilas que soportaron el peso.
Leíste el libro en el que no había texto.
Rezaste donde escribieron tenuemente
los arroyos la antigua canción de Pan.
Centurión desnudo, dejaste la posada
en que jugaban restos,
semillas rapiñadas a un saco viejo.
Este es el atajo. Por aquí se va a lo que estuvo.
Más allá de las tiendas de piel del mercado,
por las huellas de los pájaros
y de las serpientes de ojos imantados;
en el olor de los establos,
en las cocinas que apañan en el silencio
un esqueleto de vértebras delgadas
para que el día se alce.

3
Los pájaros de las grandes alturas .
Ese ajetreo en torno de las lagunas y de los chiqueros.
La turba, el camino de ripio, la curva ancha,
el sendero de montaña, la arena blanca.
el grito ahogado del pequeño abismo,
la relojería de los acontecimientos,
son puertas por las que han pasado antes de elevarse
hacia el Sol que se parte contra el filo de los hechos;
el aura de un tejido de luz que se agranda
para que veas donde no hay qué ver,
para que vuelvas al lugar desde el que no te fuiste,
para que recojas la uva que dejaste
y que los veranos no mancillaron y el invierno
cultivó con dedos templados, soplando
escarcha sobre ellas y calentando con sus yemas
el oro de una suave resistencia, carne y resplandor.

Oro.
Al entrar al cuarto la fragancia de su pensamiento
te dio en el rostro. Un cuerpo que se ha pensado
a sí mismo, para el tejido de cáñamo de tu pensamiento.

4
Los objetos sobre el tapiz se mueven por impulsos secretos.
El dibujo no se modifica, pero las cosas se mueven sobre ellos.
En la foto, mirás de nuevo al viejo contra el mostrador.
No ha cambiado su expresión distendida de amable gavilán.
Aunque dijeras su nombre no te escucharía. Envejeciste
mientras tanto. Pones monedas y tarjetas sobre la mesa.
Haces maniobras que se han modificado. No echa raíces
el hábito. Las palabras caen de su estupor. Suenan
según su consistencia. El árbol agobiado espera el otoño
en que extenderá sus brazos desnudos frente al álgebra.

5
Ve por él, ve por Ulises, por el pespunte de los ríos
y de los archipiélagos. Busca su nación que sobrevive
en el sonido fortuito de los mercados, en la madera
de los embalajes y en el olor violento de los desagües.
Viejo con mañas, salvando el horror del abismo
y de las maravillas, las sirenas y el Hades, el círculo
y la raya. Ve hacia su estupor que gira entre las islas
como restos en un sumidero. Tráelo para que tienda
por última vez el arco. Que de su ceño vuelen
el halcón y el búho, de su frente se borren la hecatombe,
la sombra del saqueo y la venganza.

Aquellos, inclinados sobre la herramienta,
el dado que corre o la gotera,
se tiñen de suave resplandor
cuando en el borde de un pensamiento
ven el rostro del que hablaba a los suyos
en el nido revuelto de la borrasca.

O cuando recuerdan el doble perfil de la mujer de Delfos:
palabras luminosas y extrañas para decir la trama que hasta allí los condujo;
y el murmullo del día, la lista del trabajo, el no olvides el abrigo, el pan,
la teja aquella, rota.

Tal vez ya se esté yendo algo de nosotros, pero aún está, ¿lo ven?
Cuando se iluminan aquellos edificios con un sol que se apaga,
como si Palas los hubiese tocado en su vuelo hacia el ocaso.

6
¡Oh Dios, mira mi corazón! *
La maraña devastada y el páramo.
Un espíritu intermitente lo anima, se diría, y se sacude
el hollín, el polvo de las masacres, la sombra que lo sedujo y secó.
Cada mañana y cada tarde, cada noche, hicieron su labor,
venciendo la crisálida de seda
cuyo sueño se alimentó de un fulgor retrasado.
¡Ah el gusano aquel! Ahora, despiertas con un rastro de sol.
Entre todos los colores, uno te atrae, absurdo y vital.
Y en las rocas cariadas que sostienen la flor blanca
tu mirada reposa.

*Ricardo Molinari

7
La última mañana del moribundo fue igual a las que la precedieron.
El sanatorio estaba sano y apartado
y él ni siquiera sabía que luchaba contra la muerte.
Hay instrumentos que podrían medir en qué estado se encontraba
el cálculo general en la estrategia del mundo
cuando cesó la batalla en la que no tomaba parte:
no se podría medir cuántas maniobras se hicieron sin él
para que la sombra se convirtiera en el bosque ignoto.
Miraba el vidrio esmerilado de la ventana y daba la espalda a los enfermeros.
Los monitores hubiesen dicho entonces que disminuía su actividad cerebral
y bajaba peligrosamente la oxigenación de su cuerpo.
Alma, te has ido. ¿Está tu cruz en el sol
y en la vibración nocturna de los grandes objetos?

8
Tenue el verde del bosque, niebla o alba; nube.
Allí, los senderos abiertos a cuchillo.
La edificación del imperio, la construcción de Colonia.
El que puso el filo de su hacha o el labrado del vitral
al servicio de la idea que fue ambición y castigo.
Estuve allá, cuando los germanos se estrellaban
contra nuestras centurias como cascarudos
y las catapultas perforaban su mágica noche protectora.
Estuve, cuando el fragor de los andamios; cuando
avanzaban como insectos las máquinas de guerra.
Estuve, cuando la saliva se congelaba en la boca
y tembló la tierra bajo la caballería. Y también
cuando en Chartres alzamos la fabulosa joya
de fuego y obsidiana, de esmeralda y musgo.
Estuve en el sueño que construyó la guerra
y que construyó el cuerpo del amor y del miedo.
Estuve. Estas manos que ahora veis
hicieron girar la espada como un molinete
y unieron el cristal y la roca, porque así era
nuestro sueño: de elementos pesados y de alas de libélula.
La geometría del monje y la táctica del César
comprendían líquidos bastos, la orina y el mercado,
la visión del cielo y su gasa; el hospital de guerra
y la brillante luz en que se disuelve la pradera.

9
Ella llega, como cuando el viento entra en la casa.
Años que fueron. Se anuncia y alumbra primero en la ventana,
luz de abismos y plazas; / empuja luego el helecho,
adorada como un emperador, querida y desgarrada.
Junta para ella los fragmentos del relicario.
Junta lo que se había perdido y fue rescatado
en los arrabales de los esteros, flotando
sobre las corrientes detenidas sin resuello.
Todo eso que intoxicó las venas de tu pensamiento.
Arrojado como pus entre algodones.
En las fronteras, cuando andabas con la lanza y el reptil,
cuando soñabas en los toldos de la cabecera de playa.
Todo eso que trasegáis y medís, filtráis y limpiáis
para encontrar el rostro de un chico reflejado en el charco.
Lo sabías. Por ella dispararon los cañones y rodaron
las cabezas de bestias y de hombres.
Ardiste y estuvo la cimitarra sobre tus muslos
cuando las invasiones te encontraron de a caballo.
Lo supiste. Cuando querías agua de luz de las violetas
para tus labios quemados como un baño público.
El viento. Como cuando el viento alumbra en la ventana.
Su corazón de capullos y encrucijadas anunciándose
con el ruido de quinqués y maderas, telas rasgadas
y tormentas de sol. La casa crujiendo sobre la rompiente.
El resto de luz en un cuarto alto.

Tercera parte
1
¡Ah la presencia constante del aire en la enredada pubertad!
¡Y cómo no puede soslayarse el paso de la pantera
entre los dibujos de la vegetación cambiante!
El peso de un cúmulo de dichos entre las galaxias.
Palabras siempre junto al fuego y la resina de asuntos familiares.
Sabías o creías saber, y ahora de nuevo, que el hilado de los hechos,
simultáneas bandejas tendidas, tapices, son los trazos en una piedra escrita
y depositada en un sitio al que no llegan ondas ni envíos.

No es que pase ni que quede nada,
ni que todo ocurra como la tallada albura del jardín de piedra.
Es que escribes, escriben, en el silencio, en el revés de lo que respira.
Alguien levantó una espada en tu nombre, cuando no existías
o cuando eras las albricias del día, de la nevada,
de las buenas nuevas de una vieja leyenda.
Alguien habló por vos en la asamblea de los pares.
Alguien hizo la guerra y engendró recordando lo que serías.
Alguien dijo que aquella estaba hecha del cristal que sabe.
Del que fue, del que es asimismo perfiles perdidos en el combate;
lluvias, árboles, árboles, y el insistente arrullo de la torcaza.

Y de la espada cuando ha caído y abierto un pasaje
de silencio, de pausados escribas.

2
Cuando pensaba que los hoteles abrían a las esclusas de grandes continentes.
Entonces en casa quería estar, bajo el desafiante vuelo de los pelícanos.

Cuando todos los hoteles eran de maderas nobles y nuevos silencios.
Y en el abra se perfilaba, piadosa mañana, la vela de la nave aquella.
Cuando la pupila adiestraba como a enojoso paladín.
Entonces, delirio de porcelanas y viajes impunes, a las macetas de la galería
llegaba la transpiración perfumada del costado izquierdo de un bosque.
De un lado y del otro de la tarjeta de un cuarto escribía lo que decís.
Sólo leía aquella parte, de filo depurado, ignorando que la otra
repetía las mismas palabras, pero dando cuenta de vos o de tus mensajeros.

Cuando sabía ignorar, y mi ignorancia se armaba de un penacho,
como el del cardenal, liviano y pensativo, y no contaba las monedas.
Cuando supe de vos mientras comía vísceras, en esa guerra de pez y palo,
mi corazón lleno de nubes y las piernas con arquitrabes de roble quemado;
el alma de baldía iglesia; la esperanza, el monaguillo apostillado.
Entonces eras la parte inteligente de la tormenta, trazando damas en mi pulgar.
Allá se alzaba, sobre el riachuelo aquel, ese pobre pájaro agudísimo,sabés,
lanzando gritos, despenado; la voz delirante que aún me hace temblar y compadecer.
Vi cómo estallaba bajo sus alas la marejada de achuras, la repugnante
entrañable sangre de todos cuantos quise.

Cuando sobre el tranquilo revólver meditaba por ejercicio del deber, sin barandas.
Las palmas sobre el bohío refrescaban las pisadas que llevaban allá.
Era de vos, en suma, que hablaban las coartadas, un ángulo en el mundo de las anémonas,
los indicios en las paredes de ladrillos recorridas por una aventura verde sin estandartes.
Era que hablaban de una panadería singular, con torsos que se movían tras mostradores
y con sonidos que tendían el blanco hacia un mantel que habían esponjado tus manos.

Cuando iba hacia la calle con una dispuesta camisa, un lunar de pesar,
con la circulación transparente y un escrito católico en el envés de los almuerzos.
Entonces veía tu vino, cómo no, y el pesar empujado hacia el mar por los arroyos.
Veía en el sinario del día, en la amplísima tormenta, en los conciertos naturales,
en las estructuras de madera intrépidas aludiendo a las renovadas capillas,
tu andar en ese cuenco inferior de las horas, tu movimiento en el amor.
Los ojos con que se convierte en el sudor placentero de la playa el pensamiento:
el truco de un patio oscurecido de plantas y mixtos, el espejo salpicado de roturas,
la frescura de la afeitada, la risa en medio del humo de un toscano.
De aquí han partido cuántas expediciones, decía el viejo.

Cuando no había otra seducción que el canto inaudible del aire.
Entonces llamé desde la sacristía en verano, atontado por los grillos,
el nombre con que viniste.

Cuando sobre el borde del vaso, en las cuclillas en que siempre me metía,
toqué el pedal con que rugió el motor, se imantaron los cables
y el calor bajo el techo de un auto. Entonces iba hacia nada
y más nada de pastos y sembrados, en la cultivada soledad.
Te llamé en una casa antigua y deshabitada, dulce, oh dulce la sala y más dulce la cocina.
Cuerpo en el que pienso. Pensamiento que recompone el misterio de su espejo.
Agua y no espejo. Chorlitos tu mirada que se acerca a beber.

3 / La anunciación
El labio, el tendón, se dan a un metro de lentísimo abandono.
De forma que si de él partieran dotaciones de pájaros
y se viera debajo de sus agudos arcos azul invierno,
flor de azul pálido yendo hacia la indecible intimidad,
podríamos conocer en nuestra propia experiencia
la ballesta que aún cimbra durmiéndose en las manos.
No de nosotros el tiro partiría, sino de un recodo de la historia
que, tejida, ya no manejamos.
Allí vibra lo que puede ser, y de un modo de difícil comprensión,
la fibra del hecho potencial se teje, tenue, junto a la otra.
Así esa mujer sonríe con un cansancio de niebla y palidez de orgasmo;
la hebra de sus sueños está en otras, no específica,
exhala un suave olor mientras fabrica
azul o lo que parecía prometerse:
la cama, el café, antífona mañanera.
Y con todo y nada de él hicisteis campo,
carne de rosa, oro del sentido.

4 / ¿Mejor la sarga que la gabardina?

Amarillo, como el color de Buda, sección latina:
de este modo, o como el de una rana cuya sapiencia
esparce notas claras y desconcertantes, el tardío reflejo
del sol en las mesas de mármol falso agudizó el sentido.

Ya sabía que mientras anduviera adivinando el pronóstico del tiempo
no vería en verdad el cielo acidulado de este crepúsculo
que se abre en caminos que a primera vista parecen transitados.
Y tal vez lo fueron, pero ¿cuándo?, ¿por quiénes?

De esto hemos de sacar algo, queridos amigos, los que no estaréis
a bordo cuando parta sacudiendo alguna hilacha del jubón,
disimulando el miedo, concentrado, según parecerá, en las maniobras del tránsito.

Nos dejaron con esta apuesta: veréis en donde todos pueden ver;
sabréis donde haya qué, y no donde parezca que nada sabéis.

Así pues es marzo o abril, ha cambiado el cuadrante de los vientos en nuestros corazones
y os preguntáis si debéis dejar la ventana entreabierta esta noche.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente:una muestra magistral: la poesía puede abrirse caminos eclécticos-urbanos, de anacronismo-cronometrado, de erudición,hasta con dialéctica de taller mecánico. Y, sobre todo,la poesía no omite: suma.
Saludos!!
M. V.

silvina guala dijo...

¡Ay!