23.1.08

Ituzaingó

Ituzaingó
Buenos Aires, 1990-1996
Edición electrónica: 2008





En el ángulo entre un pocillo y un zapato


Pero el invierno de todas maneras grita o se acurruca
en ese espacio que todos sabemos forma el ángulo
entre el asa de un pocillo y la punta del zapato
de un tipo con camisa de mangas cortas
y anacrónicos bordados.
El invierno nunca pasa. La estación caldeada
o las puntas verdes de los troncos
suelen desencadenar cataratas de elogios, respiros, insultos,
montañas de cajas de cartón y botellas de plástico
se intensifican en algunos meses transparentes.
Pero cuando el agua sobre las maderas
de un muelle dura poco
o alguien se corta al rebanar el pan
y su sangre tiene más ímpetu que las hojas
y el ruido del viento en los carteles y los cables,
justamente entre ese cableado sumergido
y los peces ilusorios de los charcos,
por la ciudad hirsuta y gesticulante,
junto a los que escapan a zancadas de los subterráneos,
el invierno anda furtivo como un perro,
desnudo y tenue, frío como una anguila.



Per me si va tra la perduta gente

A la salida de un pueblo,
el camino cegado por el humo.
Soy de la ciudad y no tengo herramientas.
Pero cruzo el espejismo
sin que me toque una gota de infierno.

Y en el espejo retrovisor
el camino está despejado.
Y frente al auto
veo el camino indiferente.

Y veo también tu mano
mientras sostiene tu cara
que mira el campo a la derecha.



Naranjas aplastadas por una rueda

Ver basura aplastada por una rueda, algo
que fue naranjas, en la calle húmeda,
recordando unos ojos pesarosos. Descubrir
entonces que ese pesar no es uno
y continuar la marcha, perderse en la ciudad.
¿Más vacío? ¿Más sombrío?
El antiguo poeta hubiese visto las señales:
el recuerdo de ojos pesarosos, el sentimiento
de un pesar que no es uno, serían avisos seguros
de un exilio de podridas naranjas.



Ituzaingó

La ruina de un auto casi humana
en una calle de empedrado oscuro
cuyo nombre recuerda ejércitos
polvorientos en la pampa
demasiado lejanos del poder
aunque todo en ellos el poder jugaba.
Un callejón se diría vecino de la pampa,
pero sus garajes y corredores
conducen a los barrios bajos
de todas las ciudades.
Un callejón y una lejana batalla.


Un estruendo que se convertía
en disparos de cebitas oído
desde la madriguera del zorro
los grandes esteros, el aire
de los halcones y los patos.



La cabina del operador de grúas

Puede llevarte la ansiedad a una zona irisada.
Gotas digamos en la ventana
O el viento aún, sonando en una lata.
El tigre de aire puede posarse
Sobre la estación de servicio
Como una propaganda.
Gráfica, simple, imponente a su modo
La ansiedad así no gana nada.
Retroalimentada camina
En la bobina de un motor sin transmisión
Delante o detrás como la sombra
Indicando que hagas lo que hagas
Siempre estás perdido de algo.
Ramillete del sur o escarcha
Sobre las chapas de un galpón.


Ventanas apagadas

Un señuelo con varios anzuelos en el negocio de desechos
alimenta la tarde con el aliento de algún día entre juncos.
Vale cuatro pesos esta torpe ilusión.
Y lo importante sin embargo es que la tarde la asimila rápido.
Destruye cada una de sus moléculas
que el mercado en un gesto oscilante
quiere recuperar y tasar
Habrá clientes para los anzuelos
y para el tritón de porcelana
o esa canilla con óxido
El misterio del supercambalache
es quién se recortará entre la escarcha
en los vidrios de una religión extraña.
Práctico o arqueólogo,
sin una noción de sentido,
de cualquier modo atrapado en el juego,
pescará en lagunas de vidrio,
junto a monstruos de piedra,
vestido con una capa de tela brillante,
adornada con las lentejuelas de los sueños muertos,
así piense aún en la utilidad de los anzuelos
o los lleve de este desván a otro en el que vive,
entre cuadros sin estética, ídolos sin poder,
imágenes de un dios que se viste para ser.



El voyeur de los jardines

Siempre es demasiado poco:
no escaparás de este enredo verbal.
No intentan las enredaderas escapar de ellas mismas.
Su naturaleza es tal que debería servir de analogía.
Pero ahí están y no te sirven de nada.
En un ángulo obtuso respecto a tu punto
de observación matinal,
la casa vieja, la enredadera seca.

Un resto de vino de la noche anterior
en el vaso sobre la mesa;
(...)
y cuando caminás no es más fácil, no resulta
para nada más fácil que enredarse en estos helechos
segregados por vos mismo, rama
sobre rama y hojas
abrazadas a hojas,
siempre
a su vez lo mismo:
demasiado poco para ser poco.



Seis a cero

A tres cuadras de la cancha de Boca, hace pocos años
Sentados en los cordones altos de la avenida.
Tu cara tenía
la grisura
verde oscura
del anochecer de la derrota

¡Oh Gautama mudo encendido en el pesar!
¡Oh mudo Gautama pleno en el pensar!

El invierno de nuestro descontento
se ha trocado una llama gris en pastos quemados.
Estamos en el fondo aniquilado de la historia.
Somos flashes de una batalla de ángeles y humanos
en los que prevalece el rojo negro / el verde oscuro y resinoso.

Mudos porque hemos ardido, impasibles porque somos carbunclos,
estampitas de Cayetano, sangre seca de Genaro.



Parada rápida

En el cuadragésimo sexto año de su vida, emprende una carrera
desenfrenada contra el destino.
"En primer lugar", dice el otro, "sos de Boca".
"Un privilegio", responde con sorna.
"También un destino", responde el hombrecito
mientras lee revistas en el asiento de atrás.
"No quisiera", dice, "mantener una conversación distraída
/sobre el destino",
y el auto atraviesa a toda velocidad las sombras de los eucaliptos.
"Ser de Boca no es ningún destino", dice el conductor
y mira los pastos secos, los pastos aplastados.
"La sustancia de los hechos es el destino", dice el hombrecito.
"Y tienen destino los cardones, Boca, la extrema velocidad".
Piensa que no hay escapatoria
pero se detiene en la primera estación de servicio.




El consuelo de una religión probabilística

Dios no puede decidir dónde se va a detener la bola
pero tiene la potestad de hacerla rodar:
de este modo, nadie tiene ángel,
pero se puede acechar el juego.
Como ahora, sentado en el living de un consultorio.
La secuencia no interesa,
no es seguro que haya venido esperando alivio,
podría decir que caí en este lugar.
Veo rodar gotas de agua
sobre las hojas de un helecho
en un patio interior
y es esto una felicidad casual que deviene
de cambiar a Dios por el cálculo de probabilidades.

© Jorge Aulicino

1 comentario:

derian dijo...

Impresionante Aulicino, verdaderamente. El poema dos, "Per me si va..." no sé cuántas veces lo leí. Es brillante: Soy de la ciudad y no tengo herramientas.
Pero cruzo el espejismo
sin que me toque una gota de infierno.
No me queda más que admirar y aplaudir esta iniciativa de publicar, nada más ni nada menos, que un libro inédito por Internet.
Sos un poeta descomunal, fuera de serie.
Saludos.