10.7.13

De "Libro del engaño y del desengaño", 9

Ahora yo conduzco

Ahora yo conduzco un clavo hacia el ralo espejarse de los totorales
en las capas de vapor que se alzan más cercanas a la tierra –espejismo, oasis-;
un objeto
chiuso, afilado, nada notable, y sin embargo concreto, comprado
o adquirido, con consabidas vueltas e idas, con meneos de cabeza,
con indicaciones complejas e intraducibles –preguntándome cómo haría
tales indicaciones, acompañadas de gestos, en italiano, por ejemplo-,
de este tamaño, no: de acero, más o menos para colgar una pajarera,
para contener el contramarco, hinchado de humedad, usted bien sabe,
un clavo;
y el ferretero, cansado, orondo aún así, mostrando clavos, retenes,
ganchos, pluriformes metales, trabajadas piezas no únicas, sino repetidas
y orgullosas de su logro indefinidamente multiplicado en sus cajuelas;
opacas, incomparablemente superiores a la chatarra, pues conservan futuro y forma,
el ferretero diciendo, sin palabra: tal clavo existe para su innominada función:
no fue creado
pensando que con él alguien, usted, cualquiera, alguna vez, cierto día,
querría
atravesar el alto reflejo, digamos, de los totorales,
y para tal fin habría de sentarse –lo he visto- bajo la techumbre de un café en la calle,
tarde a tarde.
Buscando enclavar qué, ¿una palabra? ¿O espera atravesar las cosas de la patria?
¿Para qué?
Guarde el clavo, ahorre. Esto es un producto histórico de la industria metalúrgica.
Responde a su propósito. Pero guarde.
Tenga por cierto el clavo, deje aquellas abstracciones.
¿Qué más va a llevar? ¿Una bandurria?

De Libro del engaño y del desengaño, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2011

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