28.1.12

El fracaso de Holmes en el natatorio



El fracaso de Holmes en el natatorio
(Sherlock, primera temporada, capítulo 3, BBC)

Un tipo abandona el paraninfo del natatorio hablando por su celular,
con el traje gris correctamente abotonado.
Y como por acto de magia las acciones se suspenden.
La mira laser que buscaba tu garganta se apaga.
Bajás una pistola -una Glock de nueve milímetros quizá,
extrañamente precisa, moderna y austera para tu exquisita mente
barroca, talmúdica, contrarreformista-.
Tus ojos corren por los balcones de la piscina nocturna e incluyen
las estrellas. Estás auténticamente desconcertado.
En tus ojos late la idea, late y late la idea.
Ah este momento en el que nacen los teoremas, las caricias.
Comprendés al bajar tu arma matemática -la que siempre
fue más argumento que arma para vos-
que el misterio de cada época hace mutis de modo diferente.
Ahora debés encontrar resuello, una lógica fortuita
que se prende y se apaga. Ningún crimen está resuelto.
Qué novedad. Pero, en estos tiempos, se incrementa
la multiplicación especular. Las probabilidades se reparten
con la obsesión del sofisma de la liebre que no adelanta nunca a la tortuga.
Y es esto Dios: una cuestión de dimensión, de multiplicaciones,
de velocidad. 

Jorge Aulicino, inédito

Ilustración: Un noble ruso, 1893, Strand Magazine, Sidney Paget

30.12.11

El canto del orden infernal



por Pablo E. Chacón
Télam
30.12.2011

El poeta y traductor Jorge Aulicino acaba de publicar una nueva versión del "Infierno" de Dante Alighieri, acompañado por más de diez ilustraciones del artista plástico mendocino Carlos Alonso, una dupla que se consolida sin necesidad del nombre propio.
Aulicino nació en Buenos Aires en 1949. Fue miembro del taller Mario Jorge De Lellis y del Diario de Poesía; colaborador de la revista Xul y de 18 Whiskys, y traductor de Guido Cavalcanti, John Keats, Cesare Pavese y Eugenio Montale, entre otros.
Publicó quince libros de poesía, entre ellos Vuelo bajo, Paisaje con autor, La línea del coyote, La nada, Cierta dureza en la sintaxis y Libro del engaño y del desengaño.
Alonso nació en 1929. Es uno de los mejores ilustradores argentinos. El Quijote, Romancero criollo, Antología de Juan, El juguete rabioso y La lección de anatomía son algunos de los títulos que se beneficiaron con sus dibujos.
A propósito de la obra, publicada por el sello Gog y Magog —una editorial artesanal al mando de Julia Sarachu y Miguel Angel Petrecca—, Aulicino dice que "en términos técnicos, no existe la traducción. Pero digamos que no pretendí para nada reescribir a Dante, sino aprender a escribirlo y aprender a escribir".
Y agrega. "El porqué: yo creo que me propuse el desafío de entender el idioma de Dante real (no solo «el idioma de Dante» como se llama al italiano) y no seguir citando a la bartola".
Además, "por tradición, porque es mi cultura, porque es uno de mis idiomas, el idioma oficial de mis abuelos paternos, antes de que fuera idioma oficial. Mis abuelos, como todos los italianos, hablaban un dialecto. La Commedia es el dialecto de los dialectos por obra de Dante".
La aparición de las ilustraciones de Alonso son una sorpresa y una epifanía: "Alonso hizo ilustraciones para la traducción de Battistessa, que no fueron utilizadas. Miguel Petrecca, uno de los editores de Gog y Magog, pensó que eran las que mejor iban con este nuevo texto y se las pidió", indicó Aulicino.
¿La construcción del Infierno dantesco cruza los registros mítico-sobrenaturales y los humanos con algún propósito particular, o es una disposición política del poeta que encuentra que otros poemas abandonan esa dimensión, la ignoran o la descartan? El traductor aclara: "No soy medievalista, e ignoro si existían antes de la Commedia obras de carácter político en verso equiparables a la misma. Su dimensión política es evidente. Se escribió mucho sobre todos los aspectos de la Commedia como para que yo pretenda decir algo nuevo".
"La disposición de los estamentos o estadios de la Commedia, esa obra de ingeniería política que es la Commedia, resulta admirable. No hay casualidades en el libro, y aun así creo que fue una gran inspiración, no creo que haya tenido Dante un plan con todos sus pormenores".
"El primer parlamento importante que tiene Dante en el Infierno es con su adversario político, Farinata degli Uberti. Esto no es casualidad. Y no es casualidad que lo haya puesto entre los epicúreos, que es una denominación general de los herejes que niegan la divinidad", dice Aulicino.
Esto es, "no lo puso entre los traidores. Incluso le habla con dureza pero con respeto. ¿Por qué? Porque pese a haber aplastado a los güelfos, al partido de Dante, Farinata se opuso a la destrucción de Florencia".
"La política de escritura de Dante ha sido, claramente, usar el toscano para escribir la Commedia, no el latín. Políticamente, Dante osciló entre los güelfos, su partido de cuna, y los gibelinos. Finalmente, y aunque se declaró partidario de sí mismo, fue más gibelino que güelfo, es decir, estaba convencido de que un emperador debía regir Italia", apunta el poeta.
"Su canto al imperio comienza con la propia elección de Virgilio como guía, y convierte a Virgilio en cantor supremo del imperio, que en cierto sentido ya lo era. A Virgilio lo llama, además de maestro, «duca», es decir, conductor. Conductor político, claro está. No he querido traducir la palabra como «guía»", indica.
"Y pese a esto (pero no es incoherente, porque su visión era en cierto sentido la de un imperio «federal»), Dante rechaza el idioma de la Iglesia y del imperio. Dante escribe en un idioma que usaban varios miles de italianos, nada más... ¡escribe en el idioma de su aldea!", explica.
Aulicino introdujo algunos cambios a las traducciones anteriores: "Intenté mantener algún ritmo sin respetar el endecasílabo, un ritmo asonante, en general, y me ceñí en lo posible a la raíz latina. Si hay algún logro de actualidad, es, paradojalmente, por haber seguido el camino de Dante en su torsión del latín, por haber intentando mantener ese clima de idioma de fragua, de idioma en ebullición".
El traductor repite que no quiso abrumar con citas o notas al pie. "Puse datos básicos en las notas. Y sólo dos o tres anotaciones que para mí son clave: creo que discutí con Borges en algunos puntos. Borges interpretó a su modo, según su estética. No creo, por ejemplo, que el Limbo trasmita la percepción de lo siniestro", sostiene.
Al contrario, "es un lugar de encuentro, de alegría. Dante encuentra allí a todos sus maestros. Es tal su euforia al ver, en un mismo escenario, a Aristóteles, a Julio César, a Saladino, a Platón, a Homero, que el canto termina en una enumeración".
Es que "la condena e los habitantes del «noble castillo» del Limbo es que no verán a Dios, tampoco reciben los castigos del infierno, pero viven en deseo. Este es un punto notable. Dante es acogido por estos maestros, Dante se siente a gusto con ellos, se siente reverenciado, Dante es un habitante del Limbo. La Commedia es el canto de un deseo. O del deseo, sin más", aclara.
"Mi punto de partida es que la Commedia es simbólica, pero no alegórica. La Commedia narra hechos. Lo que leemos son hechos, no son claves, no son representaciones alegóricas, no debiera tener notas. Pero se escribieron millones de notas. Y en uno o dos puntos, más que anotar, hay que discutir las notas", remata Aulicino.

Ilustración: Fresco de la Capilla Sixtina (detalle), 1536-1541, Michelangelo Buonarroti

Una debida aclaración, 2

En el prólogo al Infierno, de la Divina Comedia de Dante Alighieri, recientemente publicado por Gog y Magog, y de cuya versión me hago enteramente responsable, menciono la posibilidad de que Dante no haga referencia al viaje de Odiseo al Hades por una cuestión más bien personal: el griego habría sido el primero en realizar esa travesía. Dante podía admitirlo en un héroe troyano como Eneas, al que consideraba padre de la raza latina, pero no en un griego, al que condena además al círculo de los fraudulentos (Canto XXVI) y al que infiere una muerte que claramente es el castigo en vida a su ambición de conocer demasiado (ambición ésta que es la del propio Dante). Debo aclarar que el texto griego de la Odisea no fue traducido al latín hasta cuatro décadas después de la muerte de Dante, por Leonzio Pilato, a instancias de Boccaccio. Dante, por cierto, no pudo leer el libro completo en el idioma culto de su tiempo. Sus fuentes acerca de la trama de la Odisea son latinas, referenciales e incompletas. Habría, no obstante, que colocar un condicional tal vez a la presunción más extendida de que ignoraba todo sobre el  viaje de Odiseo al Hades. El tópico del viaje infernal estaba al parecer difundido, y la leyenda mencionaba incluso a San Pablo como viajero de los infiernos. La propia Comedia se hace eco de esto último. No sabemos qué sabía Dante respecto de Odiseo, pero tampoco, a ciencia cierta, qué ignoraba. Me disculpen los medievalistas: esto es sólo doxa.

Ilustración: Odiseo invoca a los muertos en el Hades mediante sacrificios rituales. Crátera lucana de 380 a.C.

28.12.11

El infierno está encantador



por Marcos Mayer
Revista Debate

Desde Dante hasta acá, cada época trata de construir un infierno a su medida. Extraña invención que aspira a dar una ubicación geográfica a los desvanecimientos de la existencia y extiende la justicia más allá de la muerte. Hay infiernos arquitectónicamente ordenados y otros donde lo que predomina es el caos, la brutalidad desaforada del castigo incesante. Lo que va de la búsqueda de una constante proporción entre pecado y castigo que marca la imaginación dantesca  hasta el Jardín de las Delicias de Hyeronimus Bosch, donde se acumulan las más crueles fantasmagorías: un hombre colgado de una llave, otro que carga una piedra eterna sobre la espalda, una figura atravesada por las cuerdas de un arpa, todo en medio de las creaciones más asombrosas como un par de orejas que cargan entre ambas un cuchillo afilado o un huevo con el caparazón roto que culmina el tronco de un árbol. Casi dos siglos separan una obra de la otra. Cada una de ellas forma parte de una crisis.
En el caso de Dante, de cuyo Infierno acaba de aparecer una nueva y muy inteligente traducción a un castellano que es el que se habla en esta parte del mundo, a cargo de Jorge Aulicino y editada por Gog y Magog, estamos pasando, todavía muy lentamente, del orden medieval (de donde provienen las primeras aproximaciones al infierno desde el cristianismo) al Renacimiento. En Bosch, todo ese paso se ha consumado y en su implacable desorden aparecen dos temas que van a tener persistencia: el primero, que tanta fiereza se contradice con la idea de la bondad infinita de Dios y la otra, que el Mal es siempre más variado e interesante.
También el infierno forma parte de esas cosas en las que se cree únicamente por miedo y que terminan por paralizar la vida. Es estremecedor el relato del joven espantado por el anuncio de desdicha eterna que le hacen a Stephen, el protagonista de Retrato del artista adolescente, de James Joyce, los curas en el colegio religioso al que asiste: “El infierno es una angosta, obscura y mefítica mazmorra, mansión de los demonios y las almas condenadas, llena de fuego y de humo. La angostura de esta prisión ha sido expresamente dispuesta por Dios para castigar a aquéllos que no quisieron sujetarse a sus leyes. Por razón del gran número de los condenados, los prisioneros están hacinados unos contra otros en su horrendo calabozo, las paredes del cual se dice tienen cuatro mil millas de espesor”.
Joyce es un escritor moderno como pocos y su relato funciona a la manera de un exorcismo, como una forma de despegarse la piel del terror eclesiástico. El siglo XX -al que pertenece Joyce- ha de cambiar el costado sobrenatural del infierno para usarlo como un modo secular de retratar su época. Se ocupan más de él los ateos que los cristianos. El Diccionario de teología cristiana decía ya en su edición de 1977 que: “Nadie puede afirmar que el infierno sea una realidad (...) Sólo sabemos con certeza una cosa: si no se combate enérgicamente el pecado, el infierno se hará una realidad en nosotros y por nosotros.” Es sorprendente esta renuncia de la Iglesia, que ha mantenido tantos dogmas a lo largo de los siglos. En cierto sentido, se ha ido desembarazando de ese lugar tenebroso, pues el mundo real lo ha convertido en una instancia posible. Los horrores del siglo XX, incluido el vivido entre nosotros, persisten para contar lo infernal como una forma más de lo humano.
El  averno, siempre tan de ultratumba, pasó a integrar la vida cotidiana, eso que sintetiza la tan citada frase de Jean Paul Sartre: “Esto es el infierno. Jamás lo hubiera creído. ¡Nada de parrillas ni hogueras! El infierno son los demás.” Se lo ha entendido como una defensa de la soledad, pero el sentido más profundo del planteo sartreano es que la mirada de los otros nos construye de un modo diferente al que nos vemos nosotros mismos. Estar en el infierno es nunca poder ser lo que se cree ser, justamente porque hay otros que se empeñan en desmentir nuestra pretendida identidad.
Entre nosotros, el infierno literario más famoso es el creado por Leopoldo Marechal para su Adán Buenosayres. Burlón y cruel, y claramente construido sobre el modelo dantesco, es el lugar donde el escritor ajusta cuentas con sus adversarios ideológicos y literarios. Pero, también, es la muy explícita metáfora de un mundo subterráneo que cuenta la verdad de esa suma de apariencias que es la realidad y que vive en la superficie. Algo oculto que lo explica todo.
Devaluado y transformado en una metáfora, el infierno subsiste como tal en algunos productos de la cultura popular, en especial en el cine. De un modo burlón, como en Beetlejuice de Tim Burton en que se lo muestra como una entidad burocrática en la que hay que esperar para entrar o en Héroes del tiempo de Terry Gilliam, donde el Diablo es amo de un mundo de ayudantes inútiles y vive despotricando contra Dios. Un infierno armado contra uno mismo. Y también como sede real del mal más intenso. Hay muchos ejemplos, pero quien ha hecho de esto una teoría es el escritor-director Clive Baker en su serie Hellraiser, con su infierno poblado de  demonios con el rostro atravesado de clavos y la piel desgarrada por alfileres de gancho. Es un lugar de entrada y salida, una especie de cantera inagotable de seres malignos.
La nueva edición del Infierno va acompañada de dibujos del gran Carlos Alonso. En uno se ve a Paolo y Francesca, los amantes que no pueden despegarse el uno del otro, que llevan su pasión al infierno, y de algún modo la hacen sobrevivir a las llamas y al dolor. Sus cuerpos siguen entrelazados del mismo modo que cuando eran felices, pero esta vez sumidos en la pena eterna. Un amor envidiable lo calificó alguna vez Borges. El episodio de Paolo y Francesca se cierra con las palabras dolidas de Alighieri: “Mientras un espíritu esto dijo, el otro lloraba tanto que, apiadado, viene a sentir como si fuera muerto; y caí, como el cuerpo de un finado”. La gran lección del Dante -él mismo  enamorado de una mujer que ya no está, la ausente Beatriz-: que la pasión es, a la vez, nuestro infierno y nuestra razón de ser.

20.12.11

Poeta antiguo, poeta ambiguo


Poeta antiguo, poeta ambiguo
por Santiago Kovadloff
Prólogo a Poeta antiguo, de Jorge Aulicino
(firmado Jorge Ricardo)
Editorial Botella al Mar, Buenos Aires, 1980

Una vez escribí sobre Vuelo bajo, el libro que precede a Poeta antiguo, que “en lo que hay en él de líricamente sólido cabe reconocer un desplazamiento fundamental: el que va de la comprensión de la subjetividad como centro emisor de mensajes a la compresión de la subjetividad como meta de la exploración poética”.

Con el predominio ya definitivo de esta tendencia en Poeta antiguo se produce, correlativamente, el establecimiento de un vínculo intelectualmente más rico, más reflexivo, del escritor con la palabra, que se traduce en la tenacidad con que busca el enlace entre una viva inquietud experimental y un intenso anhelo expresivo que no cede sus derechos al puro formalismo.

El poeta, ahora, escribe para tratar de saber qué quiere decir, y no para transmitirnos lo que de antemano sabe. En consecuencia, dejará de configurar su imagen a base de certidumbres para pasar a plantearla mediante una franca intención conjetural, tentativa.

El tono del poema, finalmente, tratará de vertebrarse en ceñida correspondencia con la atmósfera temática; y es en ese tono –que es trama esencialmente- donde deberá buscarse la intención comunicativa básica del poema.

Quisiera ordenar el análisis de Poeta antiguo a partir de algunas consideraciones sobre el título de la obra.

¿A qué podemos llamar hoy “poeta antiguo”? ¿A quién?

Antiguos son, convencionalmente, los poetas de la edad grecolatina. Homero, Hesíodo, Píndaro, Safo, Virgilio, Horacio, Catulo y Tibulo. He aquí algunos poetas de los cuales, sin vacilar, el sentido común aseguraría, esgrimiendo sobre todo razones cronológicas, que son antiguos. Sin embargo, no hay duda de que además de esas razones y más fundamentalmente que ellas, lo que a poetas griegos y latinos loes define como antiguos es cierta concepción del mundo que sirve tanto de apoyatura a su palabra como de horizonte para la misma.

Entre los griegos especialmente, esa concepción tiene, junto a otros caracteres distintivos, el de responder a una cosmovisión heroica. Según ella, el hombre se define por su indeclinable anhelo de trascendencia y, a la vez e irremediablemente, por su inscripción en la finitud.

De ese contraste surgido entre su afán de eternidad y su pertenencia al orden de lo perecedero, nace esa encrucijada que nadie, al parecer, tradujo mejor que Píndaro cuando escribió en su tercera Pítica. “¡Oh alma mía! No aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible”. Se trata, pues, de una situación trágica y, en nuestro caso, la tragedia consiste en la dualidad medular de la vida humana.
Esta dualidad se hace patente en la hibridez que distingue al esfuerzo de determinación ontológica de la identidad del hombre: es y no es algo diáfano; reviste y no reviste inteligibilidad. El poeta antiguo es también un poeta ambiguo pero la ambigüedad no consiste en la imprecisión de lo difuso sino en el reconocimiento –polémico y no pasivo- de lo difuso como instancia última de lo real.

Tal es, me parece, el sentido principal que, volviendo a Jorge Aulicino, puede reconocérsele a su Poeta antiguo.

De hecho, una de las intenciones de este libro es subrayar la esencial indeterminación de la realidad; indeterminación que Aulicino puntualizará una y otra vez para desmentir toda presunta ilusión de certeza definitiva y en clara oposición a sus propia posturas iniciales como autor.

Lo que la realidad guarda como impenetrable es lo que tiene de accesible como misterio. El misterio es lo impenetrable hecho evidencia por obra de la palabra. Poiesis, en griego, alude al hacer surgir, mantener ante la vista, al iluminar concebido como don y poder. Pero lo que por obra de esta facultad  aparece, vale decir lo que sostenido por la palabra irrumpe, no aparece como lo claro por oposición a lo oscuro, sino como el claro-oscuro que se muestra en abierto antagonismo con la claridad convencional y la oscuridad convencional; convencionalismo que, en ambos casos, es el que empaña y distorsiona lo real cuando su complejidad no llega a ser valorada.

Poeta antiguo es, pues, aquél que concibe y ejerce la poesía como exposición; como mostración de la realidad captada como imponderable o, si se prefiere, como dimensión de sentido que no se agota en la comprensión ingenua o en la incomprensión ingenua que de ella se alcanza desde el hábito y el prejuicio o desde la racionalidad puramente axiomática.

Con ello, el pota antiguo traza un paradigma de conducta que no por muy voceado ha sido siempre entendido y mucho menos acatado. Es bueno recordarlo ya que no pocos son los que se reivindican como poetas sin ejercer la poesía de este modo, y en el caso de Aulicino esta autoafirmación como poeta antiguo implica, al cabo del itinerario lírico trazado por sus –hasta ahora- cuatro libros, el reconocimiento y la aceptación de su espacio específico como escritor.

Este espacio específico es el de la convergencia de criterios perceptivos múltiples que confluyen en el territorio del poema para conformar una totalidad cuyo objetivo –a la manera de un poliedro expuesto de plano- es mostrarnos, en un solo golpe de ojo, todos sus lados.

La palabra ya no traslada al canto el sentido de la experiencia como si éste consistiera en un hecho de inequívoca significación. El poeta ya no tiene una percepción uniforme de su identidad como para poder privilegiar, en la composición de su texto, la plasmación de un significado no contradictorio. Inversamente, avanza y retrocede. Afirma y niega. Inicia la construcción de un ángulo visual y lo abandona a medio camino en busca de otro ángulo. Deambula, es nómade en su poema. Lo que construye es lo que resulta de lo que hace, pero lo que hace no resulta sino de su ambivalencia.

Lo que hay de inagotable en la realidad es lo que de imponderable hay, correlativamente, en la subjetividad. Si Cézanne dejó en blanco lo que no podía ver –como asegura el notable poema de Aulicino- es porque ver es entender. Cézanne nos enseña a todos que pintar es pintar una manera de mirar los objetos, no los objetos como tales.

El moderno poeta antiguo que es Aulicino no sabe reconocer como no contradictoria su manera de mirar y pinta –escribiendo- el esencial desacuerdo que lo une a sí mismo
.
Bien podría él, como el personaje dantesco, habernos dicho: Più non dirò, e scuro só che parlo. Su oscuridad es el luminoso retrato de un vínculo denso con lo real, y el espesor de la problematicidad que lo define, su riqueza, es lo que Jorge Aulicino acierta a transmitirnos con su último libro.

Un recurso que merece particular reconocimiento en la poesía del autor de Poeta antiguo es, junto con su tierna ironía, la habilidad con que logra ensamblar elementos provenientes de diferentes estratos culturales del lenguaje. Aulicino es un hurgador de la cultura. Leyendo sus textos se comprueba la eficaz digestión intelectual que ha hecho, en la confección de su estilo, de los recursos oriundos tanto de la poesía norteamericana como de las propuestas del surrealismo; de la literatura clásica española como de la amplia gama de extranjerismos, coloquialismos y modismos de raíz lunfarda que colman el castellano hablado de nuestra ciudad.

Resultado de la sabia dosificación de todos esos ingredientes es la atmósfera ya inconfundible de su poesía, donde pueden reconocerse los contrapuntos precisos que juegan, incansablemente, el rigor y la sensibilidad dentro de un tono caracterizado por la fluidez narrativa.

Ubicado con propiedad en ese suelo de esenciales incertidumbres al que hoy podemos llamar realidad, Poeta antiguo arroja, a la manera de un brújula, indicios certeros sobre los caminos que hoy recorre buena parte de la mejor poesía de Buenos Aires.

 © Santiago Kovadloff

12.12.11

El capital






El capital

(2009-2010, inédito)

All things are a flowing
Sage Heracleitus say;
But a tawdry cheapness
Shall outlast our days.

(Todas las cosas son un fluir,
El sabio Heráclito dijo,
Pero una cursi baratija
Sobrevivirá nuestros días.)

Ezra Pound


  1.Ciudad


El capital

La muerte intempestiva de Tu Fu era debida
- en ejercicio de su dialéctica-
a la presión del capitalismo que desplaza
dos atmósferas por encima del volumen de su cuerpo.

Lo dijo menospreciando mi tendencia al hematoma,
la raíz de los sonidos como de muebles corridos
durante la madrugada en el piso de arriba
en la orilla del sueño - pero que, sabía, eran señales
de otros cuartos en ciudades hundidas -

... el volumen total de su cuerpo que abarca Ficino,
los arcos de medio punto, el semicírculo,
la proliferación de marinas, de ideogramas...

“Lo que quiera usted”, dijo.
“Pero le insisto: no debe dedicarse a la poesía
si no está dispuesto a recibir en su centro mental
el peso de la inflación de mercado
y del repliegue táctico que imbrica
guerras, la soledad de un hombre, las conjuras.”


El fallo

De Jesús, el tiempo - más limitado que el de Yavé -,
- el que sin embargo no había sido suficiente, pues
los contornos quedaron difuminados, debió
elegir un pueblo, sólo uno, y no caló
en él lo bastante -, rodeó, torneó, esmaltó
El amor; erigió cuanto con él pudo: la
iglesia faro, pero faro en una borrasca
cuyos límites no alumbra, precipitándose por eso
almas sin cesar en los torbellinos.
La lección hemos aprendido: no hay amor completo
sino etapas de construcción, paredes a medio encalar.


La gran inversión

La noche rimada por el canto de los grillos;
La mañana, pájaros entre los edificios;
benteveos, atolondrados gorriones.
Pájaros y grillos no son fraternos.
Unos devoran a los otros.
Y el universo está poblado
de rechinamientos,
crepitar en los confines.

Las mañanas devoran la noche
y la noche el ocaso traspasado
de místico resplandor:
La belleza en el mundo se sucede,
a interés constante,
una caja equilibrada de desastre y fulgor,
hervidero de insectos y de pájaros.


Renovación del ensalmo

Cuando, en la foresta, el crédito vencido,
alza los ojos a la imponente testa,
el caníbal aún, después del fiero
y relampagueante gesto de exterminio,
sonríe quedamente, en rutina de negocios empeñado;
ofrece asiento, atúsase el bigote, estudia el caso.


Explicación del obrador

En conclusión, las sierras,
en el holocausto de los paisajes,
hablando aún de comunión,
de acercamiento al noúmeno.
Pero sierras metálicas
rabiando por la pecunia rápida.
Es que la llaga no espera.
El papel, la filosofía, la mesa,
el atril, el oratorio, el coro,
dependen del devastador canto de la tala.
Bárcena, la selva.
Y donde se esperaba la epifanía,
libros que se duelen del desierto.


Lo sustancial en la alienación

A lo largo de la carretera
entre el crujiente grito de
ciertas aves
la Compañía levantó uno a uno todos
esos edificios.

Y las compañías levantaron edificios
en muchos lugares del planeta,
que se poblaron.

Los siglos corroyeron edificios
y las compañías levantaron edificios.

Y para cada operario su clavo fue el clavo.
Y este individual empeño parece no ser indiferente
a los edificios a lo largo de las carreteras,
en lo profundo de las ciudades
los golpes de un operario en su clavo
No están ausentes: no privados de alma
de empeño, de indivisible,
los edificios.

La escritura ha imitado a los edificios.
Y Tzú escribe en su clavo los clavos.


El aletazo del dragón

Como sabes, no hay nada arbitrario en mí,
dijo el dragón a San Jorge, quien sostenía
la pequeña iglesia en la palma de su mano.
Pues si me ves, y aun así me acabas,
piensa a cuánta gente privas
de su recto mirar, de su clara comprensión.

Luego Jorge fue feliz con el rayo de sol
que atravesaba el refectorio de su pequeña Iglesia.

La muerte del dragón abrió los pastos
a las artesanías, al comercio contante.
El rayo de luz Celeste era el fiel de la balanza
universal. A su alrededor se alzaron las ciudades.
Pero las ciudades eran sinuosas e imperfectas.
Sólo las cuentas de los registros y las aduanas
se correspondieron con los cálculos teologales.

El dragón cimbraba en la caña y en la espada.
El dragón estaba en el olor de la carne desollada
Y de las aguas bajas; y en la guerra.
Sobre todo en la guerra, en la que hubo que insistir;
la que, se supo, venía de la sangre de la bestia:
la sangre que Jorge no pudo remitir, no pudo detener,
no pudo enjugar ni medir. El fuerte aletazo innecesario
de la gallina sacrificada, que angustiaba de pronto,
incomprensiblemente, a toda la ciudad.


No es segura la victoria alborozada

...dijeron los partes; los secuaces
labraron los sermones, la cúpula románica
no contuvo la curva...
Tomaron por infelices a los que hallaban
que era sobrenatural aquello que ellos llamarían
algo así como el sistema campestre:
conducir el auto, cortar la verdura;

sobrenatural las mañanas, todas ellas,
porque se perdían como bruma
en la memoria, con el acto repetido
de beber el café y salir sin percepción.

Convivir con lo increíble natural repudiaron,
pues increíble era para ellos la quimera la guerra,
y sembrar el espanto
entre las figuras que andaban comúnmente
En la lluvia o el sol; a las que no podían tocar,
que respondían las palabras con palabras
y encubrían el secreto o lo ponían
a la vista y contemplación.

...la revelación que no traían los partes,
que no alentaba en los sermones,
Cuyo desvío era evidente: cuanto más
Decían y con mayor gravedad; cuanto más temor
esparcían desde los púlpitos y los estados mayores;
cuanta más razón y estado había en las palabras,
se alejaban más del centro de la revelación,
que estaba expuesta -sin otra cosa que su irreal
sobrenatural,
místico vacío-
en el saludo cotidiano del tipo que entra al garaje,
cuyo significado resulta a todas luces insustancial.


La obra y su doble

Ser breve, en lo posible
refractaria, de modo de asegurar la permanencia:
requisitos de la imagen publicitaria.

Lo contrario es amor; no va con ello
el tránsito especular a través
del éter, la omnipresencia de la imagen,
venta, reproducción y a la par gratuidad
del objeto en su etapa de propagación como onda.

Pues lo contrario es el amor,
Lo que cala el hueso, absorbe; detritus de la obra
en el alfeizar.
Cierto. La cagada de la golondrina, el hollín.
Todo lo que ves en el borde gastado de esta ventana.
Caído del cielo. Caído realmente del cielo.
Aquel azul, allá, aquel cuadrado azul.
Jirón de la capa de Apolo, en el que flotan
pasto, plumas y aves, papeles de sentencias.

El dios no espera, arrastra el cielo, cae lo grave,
deja marca lo efímero, el humo, el pájaro, grande
como un tordo, que camina entre los trastos
En ese techo, allá abajo; leve, atento al crujido,
al aire enemigo, al pelo o la garra.

Recodar lo que se dice recordar, sólo
el capricho art noveau, la talladura, el dintel,
el mirar al sesgo en un bar,
la bicicleta atada al poste,
su portaequipaje blanco, cada día
en el mismo lugar, percudiéndolo.
Hasta que el aire está percudido
hasta que el aire está gastado;
como están rajadas las veredas
cascados los cordones, patinadas o pulidas
las cortinas metálicas, carteles, vidrieras.
Usado el ámbito, transitado, manchado.
Ruinoso, vital, recorrido por soldadores, ganapanes,
pintores, el barrio.


El profeta de las explosiones

No pienses, dijo el sabio, en las grandes ciudades
arrasadas por la dinamita, pues la tentación
de volarlas implican desde que fueron construidas.

Piensa en que la guerra destruye los barrios,
los barrios de casas pequeñas y salvajes jardines,
de casas grandes y apartadas, también;
casas con arañas, donde la intemperie juntaba
lenta, conmovedoramente, sarro en los vidrios altos,
hongos muertos en la madera, en un trabajo
que creía de siglos.


Del sendero del sabio

De la ventana al baño presumimos
al sabio.
El camino entre la pregunta irreducible
al techo cercano
y el alivio
del retrete.

Pero, ¿y si se ha alzado el espíritu
desde las tejas rotas, mohosas,
para decirle la respuesta?

Alcanzada la facultad de junco que piensa,
obtenida la revelación,
aún el retrete, la gárgola inversa,
esperaría su escatológica recompensa,
y desde el fondo de las aguas turbulentas,
El abismo repetiría: inútil,
tus milagros no llenan la bullente cloaca
que demanda más
de ti, de tu molienda de entrañas
diaria,
insuficiente;
resuena en las tuberías,
y corre entre ratas, se disuelve,
cae en el turbión, se vuelve
innombrable como el océano.
Pues esto es, no su reverso.
Interroga, infeliz, los techos, ah.


Los náufragos de la Medusa

Aun expirando en las playas, los ojos
abiertos, perfiles de líneas cambiantes,
un movimiento en las luces de la costa,
titilaron en sus retinas y supieron
que no había puro pensamiento sino
siempre la realidad, siempre, siempre,
la realidad, y que estuvieron vivos in media res.


Pedido de territorio

Necesidades devenidas del saqueo: ricos en lujuria,
prestos los muslos ágiles a nuevas imposiciones de sangre,
devenimos de Venus Afrodita y de Apolo Febo, de modo que...
(El estruendo de los escudos en la calina, junto a la frontera).
¿Cómo se nos condena a vuelos en una cuadrícula?
¿Cómo no habría de expandirse sangre bajo la luna de la discoteca?
Y, con todo, traemos sabiduría a las sombras y elogios de Eleusis.


Predicación del monje proletario

El defensor del movimiento obrero metalúrgico
con la calva salpicada de manchas semejantes
a lunares de óxido de muelas de fresadoras
de tornos de bulones de tachos de viruta
y el gesto extraño de la madera percudida de antióxido,
o sea, con el mirar de los talleres y de los sobres
que se doblan y se manosean en el bolsillo,
y al sesgo, no con voz de verdad sino
de haberse roto, de habérsele llenado la voz de humo y chispas,
de haberse hecho intolerante  y desapegado,
de haber ignorado sistemáticamente la vida
y haberse lavado con querosén, me dijo:
¿es que vas a pintar de negro, o peor, de gris trucho
y de no sé qué mufa vacía los torrentes anteriores a vos?,
y la bendita caída del agua, las piedras
y las piedritas y el caminito, y si no me querés eglógico
y sencillo, la ciudad, andenes,
ganados, el sol en edificios nuevos y vidrios,
esta nueva de todos los días donde aguantan
el pabellón y la palmera, y la fuerza bestial de todo esto,
el grito de los loros, cualquier
azulejo, pedazos por doquier, y lo que se alza y lo que cae, lo podrido,
la violencia, la muerte de las cosas y el canto de las cosas,
el finucho y el vivo, la moral proletaria, los
libros descosidos, el diario del partido, la voz del movimiento,
los putos y los baños, la inocencia del divo, la tumefacción,
las películas de acción, el gusto del pan,
el vinacho y la ensalada, la carne y la molleja,
el tañido de todos los planetas,
lo que se te ocurre, lo que se nos ocurre,
y los que vemos y no vemos, y lo que no conocemos
y apenas presentimos, y la muerte que aguarda,
¡porque deja de ser tu propiedad! ¡porque sos mortal!

¡Gloria y loor, honra sin par a lo que vive y no a lo que has vivido!


¡Oh, en una tarde!

Oh en una tarde de plomo etc.
Oh en una tarde de plomo etc.
Gris como las tardes de los cuentos
y muchas tardes grises,
y de tal modo la humanidad más bien bajo el gris,
y de tal modo,
excepto cuando en el regreso melancólico
salta un sol sepia sobre el asfalto
y vira a naranja, cuando en dirección a las once del reloj,
brutal entre franjas de edificios, el sol salvaje
arroja sus ladrillos sobre la ruta.


  2.Infierno


Estación Finlandia

Libertad es la necesidad conocida, Engels

Y sobre la precisión,  y sobre el armado de aquella relojería
que implicaba vidas en las leyes de la historia, el viento de octubre
rugía. Sabés, no era el nido de la cigüeña ni el jardín de los cerezos
sino su luz, la que, derrumbándose, provocaba el desapego,
otra alienación. Ni de fraguas rojas como el cielo
era el porvenir en los ojos de ciervo de los nuevos obreros.

No era lo que se perdía, no. No lo que se ganaba.
Era todo torvo, metafísico, de uno y de otro lado.

Y sobre aquella vastedad del clima al que se abandonaba todo,
tu dedo desde el camión blindado.

No era el jardín, era su luz;
no era el futuro, sino su hueco.

"¡Todo el poder a los sóviets!", tu dedo.
No ha lugar a semiclimas. Este es el momento,
mañana será tarde, ayer era temprano.
¿Alguno vio que ese momento sagrado de la historia
-lo que va del ayer al mañana- era cimbreante vértigo?
O algo distinto al vértigo. Un momento de nada. Hablando en rigor,
un momento ahistórico (ni los de arriba ni los de abajo pueden vivir como hasta ahora).

Ciego, entraste en el hueco, sin voces. Y tras de vos, el sóviet.
¿Qué sería ahora de la nueva asamblea? Una torsión en los siglos,
una extrema prescindencia, un cántico vacío, un oratorio, un canon.

A partir de vos, la historia fue irreal.  En cierto modo -en un modo, en el único modo-,
dejó de ser historia. Fue de nuevo el páramo duro de la religión, no humano.

En tus secretas charlas con Hobbes, resolviste la partida de esta forma:
Si los dejamos librados a sus intereses, estos potros desnudos, hambre y fusil,
van a la organización, al gremio, a la palabra hecha objeto: salario, salario.
Nuestra luz, amasada en alguna comarca de la lógica, en un sitio atestado,
revelará el destino que calzaremos como un guante de acero.
No pudo con tu cerebro tu cuerpo tártaro. Paralizado, mudo, dictabas todavía cartas
al Comité Central.

Pero todo había cambiado ya: se organizaba lo rampante según el dictado
de una máquina de acero que era imposible parar.

En los parlamentos europeos se veían las caras, cara a cara,
pero en el sóviet había caras tan despejadas de engaño que apenas conservaban
el color del surco, la rojiza luz de los talleres.

Los hombres no fueron tratados ni como cosas: fueron tratados como ideas.
Y todo el partido, toda la historia, se convirtió en ideológico erial.
Todo fue irreal, y tragó sangre, madres, olores, el silencio sagrado del trabajo.

Coraje, Lenin. Borbotea de nuevo el alcantarillado de la historia.
Estos son hombres, estos son hombres, en las vacías ciudades nuevas.
Habemos hombres y chatarra. Hombres que saben de un modo confuso
de aquel intento de entender, en lucha cuerpo a cuerpo, de qué son objeto.
Millones quedaron allí, en el descampado sin historia, por entender la historia,
por cambiar la historia sin entenderla, por trascender lo vano y lo nuevo.
Millones, por ser en la luz infecunda del cielo.
Millones por vos, por tu dedo señalando lo más privado de historia,
lo nuevo privado de historia: el poder de los sóviets. La libertad.


Comedia. Infierno, 30

No es El Paraíso Perdido, que es solemne de aquí a la China
y no hay un diablo que se le mueva un pelo,
dijo Sologuren mientras ocupaba la banqueta de confesión
en un bar achaparrado sobre alguna colina:

esto lo soñé y me autoriza a hacer público y notorio
mi charla con Sologuren mientras caían mandriles blancos
o cosas parecidas sobre un ángulo tibetano de la ventana.

Sologuren chasqueó los dedos y farfulló y yo le indicaba
que siguiera hablando y él parecía alisar polvo entre el índice y el pulgar
y lo sacudí varias veces y Sologuren calló como una radio.


Malebolge

Lo peor, la revelación peor, continuó Sologuren, es que vivimos expuestos a la mirada
de la especie en una banda giratoria modulada, tomados a la vez por las cámaras
de los noticieros, el registro socio-histórico, el apunte falaz,
la antropología veraniega, el absoluto despropósito -que en general es como se vive
excepto en franjas respetables de la sociedad-, y el penduleo de una cosmología
del ápice del macrocosmos al dormitorio y el regocijo ya aburrido del autoespectador
y sus petates que se captan sobre la mesa y el lavatorio, como los objetos galácticos
privados o aureolados de una declinante intimidad. Y rodó su frente
como una linterna vacía. Cf., por favor, es cita: Sologuren, Vida continua, 1989

Oh Sologuren al que he bajado como al charco que refleja el cielo,
entiendo que en la chatarra mitológica no te sientes a gusto
y tus árboles blancos me despiden diciendo ve, ve, no la demasiada realidad:
el trazo exacto es insoportable para la especie humana. Tú lees a Eliot.


La política de los sueños

No tenerlos como presagios
que anticipan serpenteantes abismos
- por lo demás, ya vividos  en el hecho de soñar
y que se vivirán dos, tres, cien veces,
hasta su consumación real;
o, sobrevenida la extinción del espíritu oracular,
se vivirán como recuerdos,
un atroz parpadeo de encanto, de pesar
o de inexpugnable sentido-.
Entenderlos como lo que es y no ha sido:
en sus escalones que no fueron bajados
había musgo y plasma, vívida era la mano carnosa
que ofreció un vaso envuelto en celofán
y Caronte en efecto dijo:
Vete de entre éstos. No es tu hora.
Y al despertar un humo cetrino ocultaba
parte de la ciudad en el noticiero.
Las imágenes del televisor puntuaban:
este infierno o aquel, este paso o el otro;
la solvencia del andar en la calle
o la vacilante pregunta al maestro:
¿qué diferencia de calidad,
qué diferencia de realidad poseen?
Y la gota sobre el esmaltado en el baño,
¿lacrimosa o amenazante? Y el tener la vida,
qué distingo ofrece sobre el no tenerla.


Enésima nota al Infierno

La naturaleza urbana del cristianismo tenemos dada
por el hecho de resucitar en la ciudad nueva
de haberla merecido, en tanto hayamos pisado
                                 
entre un cuerpo tendido acá,
otro lacerado allá, y en tanto, como Alighieri,
hayamos parlado con vecinos que clamaran: esta,
esta es mi llaga, este es mi silicio, mi umbral, mi lampazo,
cargo con mi padre en hombros, tiran de mis rodillas las erinias,
caigo caigo con plumero y balde, papeles, deudas, huríes,
francos compensatorios, lluvia de esmeralda y jade
nunca alcanzada sobre el jardín, nunca bebida,
nunca de lluvia empapadas pestañas y mejillas, ni con papas creciendo
el huerto, con rosales estallando el jardín, juncos y ranas amigables, pues
entre dicha lluvia y mi espíritu, Babel, Judas, el velo tenue y a la vez
de acero del humo de las maldiciones: extranjero en el edén,
antes pagando que pecando, todo el orbe de cañerías y hospitales prefigurado
en quien develó el mal en una lejana colonia de un imperio lejano:
                                                                                      mercaderes en el templo.





(Esta y todas las obras de Jorge Aulicino se pueden reproducir citando la autoría y la fuente.)

Ilustración: Blackman Street, London, 1885, John Atkinson Grimshaw

3.12.11

De "Libro del engaño y del desengaño", 6



La señorita

El alma encapsulada lleva registro,
aumenta su haber el mundo, las circunstancias
infinitas; da palos a su hábitat,
resucita, mañosa de sí:
cae a la hora del café
por la cavernosa
pendiente de las almas.

Se ha inflamado de hechos y no excita
su corazón el tener, sino el comprender los pocos
o muchos que se arriman a su escudilla.

Los aparta como migas, los reúne,
los alisa entre los dedos, los contempla.
Y cuando bebe el café, medita
en las incontables mañanas,
en las antiguas mañas.
Oh araña,
matutino fantasma.
¿El ojo minúsculo observa?
Siempre mira el ojo, pero no mira
como el humano, el ojo de la araña
es sólo instinto, y el indistinto
color es lo que mira, el acechante fulgor
o la sombra serpentina
que puede destruirla en su sentina.
Mira el vuelo de la mosca,
se relame, hoza,
su peluda pata
cata
de antemano el manjar,
muere en su tela,
vive en su telar.
Infinito el mundo, infinita la araña,
en su repetición medular,
en su tejido estelar,
entre la mesada y la cocina.

Jorge Aulicino, Libro del engaño y del desengaño, Ediciones en Danza, 2011

Ilustración: Personatge i Estels I, 1979, Joan Miró