6.4.20

Cesare Pavese sigue entre nosotros


por Alejandro Patat
La Nación, Buenos Aires,  26 de agosto de 2018

La figura del italiano Cesare Pavese es un mito en nuestro país. Respecto de América Latina, Carlos Fuentes lo cita en su ensayo sobre la novela del continente por la influencia que sus libros ejercieron en la generación del boom y lo evoca, además, como modelo de intelectual comprometido. El caso del autor de La luna y las fogatas se parece al de Gramsci: la suerte de sus poemas y novelas sigue siendo mucho mayor entre nosotros que en la propia Italia, donde quedaron relegados a la historia de la literatura como un gran capítulo acabado, sin discípulos.

Cesare Pavese nació el 9 de septiembre del 1908 en Santo Stefano Belbo, un pequeño pueblo del Piamonte, donde pasó todos los veranos de su infancia. Su padre murió cuando él tenía cinco años y toda su adolescencia quedó signada por la abrumadora presencia de mujeres en su familia. La amistad con Tullio Pinelli, una especie de figura paterna esencial en su vida (el único al que le escribió una carta antes de su suicidio en 1950), dio lugar al entrañable personaje Nuto de sus relatos. Pinelli, compañero fiel de caminatas por las colinas, fue además quien selló el lazo de Pavese con el paisaje piamontés y con la Italia rural. Por el otro, Augusto Monti, su profesor de literatura del secundario en Turín, lo inició en los clásicos italianos, pero, sobre todo, lo marcó en sus elecciones políticas, que lo llevarían a militar en las filas del antifascismo. Después llegaron los años de la universidad y el descubrimiento de la literatura norteamericana.

Trabajar cansa (1936) -que tradujo recientemente, junto a Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, Jorge Alucino, confirmando el valor del escritor italiano entre nosotros- fue el primero de sus poemarios, fruto de las convicciones literarias del joven Pavese. En él se va definiendo una de las poéticas más originales del siglo XX italiano. La colección se destaca por la conjunción entre vocación poética y técnica narrativa. Cada poesía contiene una historia centrada en un personaje, que le permite al poeta "narrar" el mundo desde un punto de vista ajeno al yo lírico. Pone entonces la voz en manos de los aldeanos que pueblan las colinas piamontesas o del hombre y de la mujer de Turín, la única ciudad italiana donde se respiraba algo de aire libre en los años del fascismo. Le interesaba componer historias que no fueran regionales ni regionalistas, sino universales. Para ello, se nutrió de los paisajes que lo rodeaban. Las colinas lo conducen a lo primigenio y lo atávico para develar la cosmovisión milenaria del universo campesino.

Con el tiempo, sus novelas y cuentos se adentrarán en los bailes, las fogatas, el ritmo circular de las estaciones. Turín, en cambio, le abre las puertas de la modernidad, entre espectáculos de cine y conciertos de jazz. A versos como Luna tierna y helada sobre los campos en el alba asesina el grano. // A los aldeanos que miran / les lloran los ojos. Por este año, al regreso del sol, si regresa / hojitas quemadas serán todo el grano se contrapone lo urbano: Cada calle se abre de par en par como una puerta / pero ninguno la traspasa.

En este primer poemario, además, Pavese intuye la preponderancia de la infancia y la adolescencia en esa fallida "novela de formación" que es la vida misma. Pero no las concibe en clave iluminista o romántica. El escritor empieza a ver en la infancia -con la complicidad de sus intensas lecturas psicoanalíticas y de escritores norteamericanos como William Faulkner- el único momento genuino de la existencia, en que las cosas se advierten por primera y única vez, y la adolescencia como caja de resonancia de esas emociones.

En 1938, Pavese entró en la editorial Einaudi, que elaboraba un plan pedagógico para los italianos en abierta oposición al régimen fascista. A partir de entonces y hasta su muerte, su perfil de escritor se confundió con su tarea de traductor y editor. Los estudios lo encaminaron de la estética a la ética. En las reuniones de la editorial participaba un círculo privilegiado de intelectuales, entre otros Norberto Bobbio, Natalia Ginzburg y Elio Vittorini. A Pavese le tocó ocuparse de una de las colecciones narrativas más importantes de Italia y de estudiar textos de religión y antropología. Serán justamente estos últimos, junto con la lectura de Ernesto De Martino, los que le hicieron descubrir las discusiones contemporáneas en torno del mito y del símbolo. Temas centrales de su segundo y último libro de poemas, Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, publicado póstumamente en 1951, son la desilusión amorosa y la inminencia de la muerte. El paisaje se encarna en la mujer: colina y cuerpo son la misma cosa y remiten a un solo origen, que no es individual, sino colectivo. No hay palabra que pueda poseerte / o contener. Recibes, como la tierra los golpes / de ellos haces vida, aliento / que acaricia, silencio. Hay un abandono de lo narrativo, una recuperación de la voz lírica, pero sin ninguna concesión a los poetas herméticos o a Eugenio Montale, que comienza a dominar la escena poética. Pavese sigue firme en su camino personal, que consiste en escarbar la realidad material del entorno.

La publicación de nuevas traducciones de Pavese en nuestro país no es fortuita, sino que obedece a una especie de rito editorial que permanece intacto. Graciela Caram, estudiosa de la Universidad de Cuyo, emprendió una importante investigación que quedaba pendiente: rastrear la influencia de Pavese en los escritores argentinos. Los resultados son notables. No se trata solo de un conjunto de temas o motivos que trazarían un hilo rojo de su obra en la narrativa y la poesía argentina. En El concepto de ficción, Juan José Saer adjudica a la influencia de Pavese el estilo "visual" de las novelas de Antonio Di Benedetto, el autor de Zama. En Ricardo Piglia, la sensibilidad de Pavese es explícita en otro sentido. Baste pensar en sus Diarios de Emilo Renzi y en El oficio de vivir, los diarios de Pavese, para comprender cómo para el escritor argentino autobiografía y reflexión sobre el quehacer literario se alimentan recíprocamente. En Piglia, como en Pavese, el diario del escritor no es simple hoja de ruta de emociones y sensaciones, sino laboratorio de ideas, conceptos y lecturas.

Caram sostiene que la alianza intelectual de Ernesto Sabato entre oficio del escritor y compromiso ético tiene su fuente en Pavese, que sufrió la condena del fascismo y el "confinamiento" político en Calabria por orden de Benito Mussolini. Y hasta el mismísimo Abbadón, el personaje de Sabato, debe rasgos de su infancia a las reflexiones del piamontés.

¿Y qué decir de El arte de narrar, del propio Saer, en que la poesía evoca a cada instante las formas juveniles del escritor italiano? No resulta difícil asociar la recreación del mundo santafesino de Saer a las narraciones de Pavese, con aquellas colinas piamontesas en las que unos pocos personajes, que regresan en la red de sus novelas y poesías, van encarnando modos de ver el mundo. Lugares que no son expresión de un regionalismo provinciano, sino geografía metafórica. Casi podría decirse que así como los libros de Pavese terminan en la fogata como rito en que paisaje y hombre condensan antropológicamente una identidad milenaria, circular y repetitiva, los libros de Saer culminan en el asado, rito argentino en el que, como en el universo del italiano, confluyen campo y ciudad.

La traducción en la Argentina del escritor italiano tiene un extenso linaje. Sin contar sus novelas y cuentos, en la memoria de varias generaciones destellan los ensayos sobre poesía norteamericana, traducidos por Hugo Gola y Rodolfo Alonso en 1957. Este último, además, tradujo por primera vez en la década del 60 los dos poemarios de Pavese. La traducción de Aulicino, intensa y atenta a tonos y sonoridades, continúa esa tradición, que es un capítulo mismo de la cultura argentina.

Foto: La cabeza tallada de Cesare Pavese en su pueblo natal, Santo Stefano Belbo, en el Piamonte. Shutterstock/La Nación

3.4.20

La ironía como escolio

por Liliana Díaz Mindurry
en Ruinas Circulares

Comentario a tantas tablas memoriales, emparejadas, torres, atalayas del camino imperial, según el epígrafe de Segalen, esa mirada nueva sobre lo escrito en cualquier siglo y  en cualquier cultura, pero a través de la sutileza, la burla (que no deja de ser melancolía). Ya sea la discusión bizantina que nos ocupó tantos siglos, la nueva interpretación del Muro por el demonio, la multiplicación absurda, o el masón Mozart con su heroico y católico Réquiem, los bíceps y los pelos bestiales de San Miguel Arcángel,  la historia que hegelianamente excluye conos de sombra, el pobre papa Celestino colocado por Dante en la antesala del infierno (ni siquiera era digno de él) y reinvindicado luego, el mismo Dante en el exilio y viendo cercana su muerte y mirando sus antiguas revelaciones (ni Eneas ni Pablo), el personaje de Hemingway notando su podredumbre avanzar y filosofando con “Ginebra”, la enigmática superficialidad de nuestros días y esos colectivos como caramelos en vidrieras heladas, violencia de hoteles de clase media alta, lo necesario del exilio de Rimbaud, el sarcasmo de Zeus ante los resultados de la piedad de Prometeo, la aporía de la liebre que no adelanta a la tortuga en la mirada de un Sherlock escéptico de nuestro tiempo.

Pero además de eso, sensaciones dolorosas como la de una pintura que no puede atrapar  la rugosidad de una colcha (aunque busque alcanzar lo desapercibido), o las palabras que sólo pueden decir lo indeterminado, y tal vez ni eso. El lugar de la escritura: los versículos que se llaman unos a otros.

Desencanto, preocupación por el poder impersonal de las miradas de otros libros, mitos, interpretaciones, El camino Imperial- Escolios, de Jorge Aulicino, desnuda  la naturaleza intrínseca de lo literario, equívoco, no-ser que se exhibe ante cualquier pretendido ser. Nada menos que la fuerza negativa de la escritura y el carácter desinstalador, que amenaza al centro de pretendidos poderes políticos de todos los tiempos, convenciones, estructuras, donde el mismo arte es sometido al proceso de los buenos poetas. Los que pueden ver también  la diáfana/ pureza con que las cosas se despliegan/ a la orilla de los ojos,/ en el orillo, /en el dobladillo.Y por sobre todo el poder sacral de la poesía que es también paradójico: la contaminación donde acaba / ¿o empieza?/ lo sagrado.

Jorge Aulicino,
El camino imperial - escolios,
Ediciones Ruinas Circulares,
Buenos Aires, 2012