1.1.19

De "Libro del engaño y del desengaño", 11

La clase

Desde las casuarinas en el jardín interno
y desde el clavel del aire sobre el emparrillado de madera
se desliza una sombra que cubre y abarca las paredes
de color desgastado, malva, una sombra
de antigua evocación, no tan antigua como lo que evoca,
y aun así, profunda, ahondándose
en las líneas francesas
del edificio, sabiamente convivientes con la rusticidad pampeana:
distinguidos, rústicos ecos, de pasteles criollos y muebles importados
de una Versalles ya también extinta, componen finalmente
un concierto de grillos y mucamas,
de almidón y yuyo, de naranjos:
de un sabor bilioso, de condescendencia sin objeto,
de un cansancio.
La Revolución no había ocurrido nunca.
Francia era la cuna del art noveau,
que aquí se metamorfoseaba en gótico.
Gótico de la capital de la pampa.

Ese hilo de oscuros entramados se extiende por las fachadas desde el barrio norte a la
Boca cuyas nieblas londinenses no huelen mejor que en Londres cuando el Támesis no
había sido despojado del barro de siglos de fajina portuaria.
Ese hilo que hila titanes, camafeos, borlas, búcaros sobre edificios y casas de escaleras
anchas en Barracas, en Montserrat, en San Telmo, cubría interiores de cortinados,
ceniceros de bronce, bibelots, y hoy apretujados inquilinatos cuyas ventanas tapan
cortinas verdosas.

Aquellas lámparas inglesas que alumbraban los desvelos
del patrón sobre sus papeles,
incorruptas, se alzan en la casa.
El asiento del sillón de cuero está agrietado.
Entre las casuarinas el aire de verano levanta
un olor ambiguo a pasto y excremento.
Alguien, en un cuarto, habrá maldecido
la lejanía de un hombro blanco.
Alguien se habrá masturbado, alguien murió.
La perplejidad de la clase abre la boca en la rugosidad de la pintura.

Perplejidad cuando lo de Vasena. Perplejidad cuando lo de los polacos mete bombas.
Había llegado Europa, había llegado el tren, la gorra, el abrigo arrugado.
Habían llegado los fantasmas que recorren, fantasmas de presente y pasado.
Había llegado la tinta roja, el gritón de la esquina, el verdulero, el hierro.
No te olvides de mí, de tu Gricel, el gramófono para el vals y también el opaco
brillo de Nabucco, el mundo fantasmal proletario encapsulado en la ópera.

Miro sobre estas paredes esa perplejidad augusta,
pampeana, soberbia, ignara.
La compadezco,  
un algo de difusa intimidad, de precapitalista cognición,
de orden del mundo, de eternidad fundada en los ganados, me repliega.
Cerca del emparrillado de madera, bajo las líneas francesas,
junto al olor de la casuarinas, canta el cantor en zapatillas
con huesuda voz aristocrática: vos sos
la ñata Pancracia... Han pasado cien años, un siglo, en el que cayeron
todas la líneas: la francesa, la inglesa, la italiana de posguerra.
Mis zapatos negros quizá delatan una estirpe distinta, canalla.
Y esta reunión como un rito se celebra sola, inadvertida, impensada.
Aquella sombra que me visita desde el aire del jardín trasero
se extiende en filigranas desde aquí a la Boca: a los edificios públicos dormidos
en la noche de sábado, a las terminales de tren, a los techos, las dársenas.
Su melancolía es pura.
El aire de fiesta estanciera la doblega.
Muere en mí, conmovida. Muere en el vaso perlado.
Muere en llanto de lo que no tuvimos, nunca, nada.

20.11.18

"Para mí, Dante es un florentino que narra su viaje a los otros mundos en la calle"


El Mercurio de Valparaíso
4.11.2018

¿Es posible reescribir La Divina Comedia sin perder su sentido inicial? ¿Se convierte en otro texto una traducción? El escritor, periodista y traductor argentino Jorge Aulicino publicó en 2015 una versión contemporánea del poema escrito en el siglo XIV por Dante, uno de los libros canónicos más ricos de la literatura occidental.

En Puerto de Ideas 2018 compartirá su pasión e intereses por abrir las barreras del lenguaje medieval, otorgándole un sentido desde lo contemporáneo. Nos contará con palabras simples la trama y los vericuetos del texto en la conferencia "La Divina Comedia, un libro de hoy".

"Quise hacer una comedia legible para mí, en mi idioma, que es el nuestro, hoy", explica el Premio Nacional de Poesía 2015 (Argentina), mientras reconoce que tenía 15 años la primera vez que intentó leer a Dante, pero que no pudo terminarlo y lo abandonó. "Era el libro más intrigante de la biblioteca de mi padre", recuerda, como también el más citado entre Jorge Luis Borges, Leónidas Lamborghini y hasta de los norteamericanos Ezra Pound y T.S Eliot, que tanto le gustaban.

El desafío de traducir la comedia significó para Aulicino integrar y analizar el poema más allá del lenguaje, buscar la intencionalidad de una época y reconocer que todo texto en realidad es intraducible, por el mismo hecho de que las palabras suenan y se escriben de otra manera. Por esta razón, explica que aquella intencionalidad también se ve plasmada en su traducción: "Dante quiso escribirla en la lengua que hablaban las comadres en el mercado. Su lengua era llamada, en general, vulgar. Era el idioma toscano, de uso familiar y social, pero no de uso escrito".

-¿Qué se suele perder y/o ganar con la traducción? Y en especial, ¿qué se ha perdido o ganado con la suya en la Divina Comedia de Dante?

-Quise hacer una comedia legible para mí en mi idioma, que es el nuestro, hoy. Esto alterando lo menos posible la traducción que se pudiese llamarse literal. Lo que se pierde es el modo en que suena la Comedia, cosa que sucede con cualquier otro poema, aun con los contemporáneos. Muchas veces ese sonido, al que algunos exageradamente llaman música, está unido al sentido. Esa asociación a veces puede ser reconstruida, dada la similitud entre los dos idiomas, en el caso de la Comedia; a veces, no. En este caso, se puede intentar un equivalente. Palabras cuyo sentido, en castellano actual, guarden correspondencia con sus propios sonidos.

-¿Cómo fue la lectura que usted hizo del poema? ¿En qué Divina Comedia se ha convertido su traducción?

-Mi traducción está precedida por varias traducciones en verso, y muchas otras traducciones en prosa, cuya historia se remonta al siglo XVI. No sé si hay otra lengua en que la Comedia haya sido traducida tantas veces. Lo que sé es que todas ellas reflejan los cambios del lenguaje literario a lo largo del tiempo. Esto me trajo a dos cuestiones: una es que cada época necesita sus propias traducciones. La otra, más complicada, es que la Comedia fundó, o fue el libro capital de la fundación de una lengua literaria. Dante quiso escribirla en la lengua que hablaban las comadres en el mercado. Su lengua era llamada, en general, vulgar. Era el idioma toscano, de uso familiar y social, pero no de uso escrito. Toda la documentación se escribía en latín. El hecho de que Dante, en De vulgari eloquentia, defienda el lenguaje callejero, el del mercado, nos permite pensar que hizo una doble elección: el toscano en lugar del latín, y dentro del toscano, el más corriente, el más natural. De manera que no me parece descaminado elegir, como espejo, el castellano de hoy, el castellano medio, específicamente el de la Argentina, aunque esto no significa abusar de los que se llamaban "localismos". Por ejemplo, no quise usar el voseo argentino en el lugar del tuteo, pero escribí "chicos" y no niños.

-¿Cuál diría que fue la intención de sentido y el mayor desafío en esta tarea?

-El sentido puede cambiar cuando uno elige un lenguaje actual, aunque recreando en lo posible la sintaxis, muchas veces intrincada, de Dante, y usando algunos arcaísmos. El problema de toda traducción es acercarla a nuestro entendimiento, pero manteniendo la certeza de que estamos ante un texto de otra lengua. Con la Comedia, ese juego de distancia y cercanía se impone aún más, y es a la vez más difícil. Creo que el mayor desafío es el que acabo de decir: lograr que la Comedia nos hable y mantenga su resonancia en el tiempo que le dio origen. Es decir: lograr un texto medieval en castellano actual. Si esto se logra, aunque sea en parte, el poema está cumplido, y con él sus múltiples sentidos: narrativo, alegórico, religioso, político.

-Algunos teóricos afirman que hacer visible la traducción tiene un costo, ya que el lector no puede pasar por alto que está leyendo un texto mediado por otro u otra ¿Cuál es su opinión al respecto?

-Bueno, es que debe ser así en cierta medida. Al lector no se le puede hacer olvidar la historicidad del texto. Fue escrito en una lengua y en una época determinados. Pero esta información debería emanar naturalmente de la lectura. La traducción es siempre equivalente. No hay forma de convencer a nadie de que lo que se está leyendo es el texto original… sólo que en castellano. La traducción es paráfrasis siempre. La literalidad absoluta solo existe en términos muy básicos: pan, mesa, hombre, mujer, día, noche. Y creo que ni siquiera allí. Los italianos sin ir más lejos llaman "sera" a un largo período que abarca parte de la tarde y la noche.

-¿Qué consejo le daría a alguien interesado en la traducción?

Que narre o cante el autor que se imagina. Que conviva con él. Que lo quiera. Como si -en el caso de la Comedia- Dante fuese un tío, un pariente cercano, un amigo. Que intente comprenderlo en sus sentimientos y distinguir qué palabras sirven mejor a esa imagen, sin alejarse mucho de una supuesta literalidad neutra. Para mí, Dante es un florentino que narra su viaje a los otros mundos en la calle, quizá ante un grupo de amigos, de pie, remedando gestos, haciendo comparaciones -como las que hace constantemente- para traer lo maravilloso a nuestro mundo.