24.3.07

Hostias

(Publicado en 2004 por Ediciones del Dock)



1 - Dies irae


Pídeme, y te daré por heredad las naciones,
y por posesión tuya los confines de la tierra.
Tú los quebrantarás con vara de hierro;
como a vasija de alfarero los desmenuzarás
.

Salmos, 2


Berserkers

No contabas los muertos entre aquellos
cuyos perfiles de tormenta daban siempre el par.
Pero de esas batallas y de aquellos inmortales no quedan,
en esta luz de cobre de tardes argentinas,
más que polvorientos reflejos.
Ya ves: cuánta furia entonces, cuántas las torres
desmoronadas en procura de un jardín incomprensible.
No era de viento tu lengua, ni de nube:
era del pedernal que ellos entendían.
¿Qué ley, qué disposición secreta,
qué alquimia o signo hubiesen contemplado?
Es cierto que te desafiaban con un grito
en los valles nublados del Orco.
Cierto que tomaban el pan y la mujer, el rocío o la sangre,
con aquel gesto aprendido en tu mesa y al pie de tus murallas.
¡Oh, que no comprendieran lo que aún decías;
la palabra que tañía,
la piedra blanca que dejaste ver entre tus manos!
Y sin embargo -¿recuerdas?-
los habías lanzado por el filo del abismo y a las comisuras del
diablo,
al raleado monte o a las ciénagas
donde las aves zancudas y el relámpago
hablan de tu reino.
Iban ellos, conquistadores de tu Elam, ceñudos.
Pensaban que no era la muerte sino una posibilidad entre las cosas
que todavía giraban en el azar de tu nombre.


Kyrie eléison

Era del sur, donde los abismos sonaban a platería,
que venía aquella serpiente encendida sobre el monte.
Pero más al sur, el de las cuestas ásperas y amarillas;
lejos, más lejos -campos de lava o de yodo,
plumas desprendidas de un sueño inhabitable
de tan vasto y pleno de ozono-,
la vida se parecía a lo que habías dicho, a la promesa
de un infinito en el que las formas no tenían intimidad con nosotros.
¿Qué sustancia era esa, qué sustancia, que te negabas a nombrarla
y que en verdad no hubieses podido nombrar, porque tu reino era aquél,
el de la absoluta falta de nombre?
Fuimos contra Midgardsormr, la serpiente,
y sabíamos que la prueba mayor de nuestras armas
sería hollar el lugar donde, previste, fallaría tu cálculo.
Pondríamos el pie donde se alzaba la voz sin alfabeto;
en la lava reseca de tu pensamiento difuso,
en el lagar de las vendimias estériles de la locura,
en el vértice de los caminos de tu orgullo,
en el sitio increado.

Fuimos, entre quebradas sulfurosas,
y a través del húmedo país de los muertos,
a revelar, para tu espíritu, tu propio designio.
Porque era nuestra obra para la gloria de Dios.


Isla de los lagartos

Grande es el pensamiento y prevalece.
Haberte visto en aquellas quebradas y ahora,
en la ceniza fría del campamento.
Ojos de rotas esferas en los restos del níquel
que recubrió las premisas, los alardes del hierro.
Ojos de final de callejón, de multiplicadas ciudades.
Ojos de miradas reptantes, ágiles y maníacas;
latigazos de lluvias y desolación;
imprevisto roce de la uña del diablo.
Espadas, pero con empuñadura de azogue.
Venablos con los dibujos de la estirpe.
Tumbas en las que escribimos porque ya nada detendría
los signos del incesante bramido en el que arraigaban las legiones.
Así pues, tus ojos sobre el mundo: haciéndolo, más que viéndolo.
La tropa detenida en el archipiélago, el ronroneo de la marejada:
tan vasto el centro, tan improbable la frontera.
De noche, tu respiración era ojos de quietas pupilas,
sabias o impasibles: cota de malla labrada en oro.
Tu pueblo, galaxia en delicada botella.
Se oían en los corredores tus pasos de metal pesado,
y en la estampida de las iguanas, en las bandadas,
en el insondable terror de las llanuras,
el espíritu presintió que habría de formarse
la evocación de un nombre que no tendría retorno.
Tu océano al fin construyó el recuerdo de un imperio.
La inquietud se instaló en el mundo abriendo vetas.
Despertó en las cavernas y en los riscos la intrincada geometría,
y adoramos tu propósito mientras escapaba tu imagen
en aquella ventana, en la escarcha, tras una puerta que se abriera de un golpe.


Fiordos

¿Domesticar nuestra propia imaginación que rabiaba?
No nos ofrecías sino la desbocada ansiedad o una ley
trabajada en aquel borde, el de las aves de presa.
Tu voz sorda no era acertijo ni diagrama:
era la percepción del bronce y su resonante apotegma.
El péndulo de tu sangre descubría el oleaje de la razón
sacudido por el maremoto de una verdad salvaje.
Y sin embargo el teorema magnífico se alzaba
sobre el agua en la que fluía un arte de gacela.
Ya sabías las notas, pero el instrumento cantaba algo más.
Pájaros descendieron a beber en orillas
donde humeaba una dulce noticia.
Vimos aquel natural e insondable dibujo
como el reflejo de tu mente que copiaba la nuestra.
Nos adivinaste como el impensado alquimista
que se agazapa en el fondo de una catedral de borrascas.
Cuando en la superficie de los dedos del mar
se reflejó el imperio del cielo, las rocas y los árboles,
vimos que lo hecho no era signo o sombra de signos.
Era, sí, el árbol de la música y el aura y quién sabe.
Nos prohibiste la historia y naufragamos,
pero cuando se apagaban las cocinas o la guerra
el camino de los tordos nos llevaba al resplandor
que, junto a las marmitas o en los abismos,
recordaba que un día habías hecho de nosotros
vellón, fortuna, un disparo que fue tu apuesta, genial y fulgurante.



2 - Hostias



Cerezos y botellas

Descifrar, ¿qué? Era tu piel el lodo y la alambrada.
Ese espacio en el que flotaba la luz de los cerezos,
más allá de la carretera, entre los montes,
era tu propio, inesperado éxtasis, y no la oferta.
Ibamos tarde, o no íbamos. Ya veíamos tu lunar o tu furtiva vestimenta,
y entonces caía la ciudad amurallada de la espuma, rodaba tu bastón,
se diluía la masa de los hechos en multiplicadas llanuras.
Así eras, no había prisma que descompusiera tu luz.
Los artefactos y los cálculos, los basurales alrededor de las ciudades,
los océanos de furia, los papeles chamuscados, el sudor del vacío,
abrieron a inútil oscuridad, abombado impulso, puertas cerradas.
Los pedazos de vidrio de las bacanales
no evocaban tu pupila o tu niebla.
No tenías certeza. El ángel reflexivo seguía a nuestras tropas
como la cola de un cometa hecho escombros.


Cetrería

¿Qué saben hoy de tu propósito la hez de los atrios,
el violador, el impune, el manco, el sudoroso idiota,
el que corta el teléfono con furia, el que llora ?
¿Y qué sabe el que sabe, el que derramó vísceras,
las unió con electrodos, las puso a freír,
gritó de placer al descubrir la fórmula,
al ver las natas del hipotálamo,
la explicación de la tos o del estornudo?
¿Qué saben de tus voces encapsuladas en nuestro corazón
los que duermen en un banco, los que fueron muy lejos,
los que se mueren en el subte, los que muerden el freno,
y aquellos que trepan a las torres de alta tensión porque es su trabajo?
¿Dónde está el fulgor? ¿Quién lo buscaría en la historia conocida,
en el homicidio reprimido, en la basura del mercado?

Y sin embargo, cualquier sonido en la floja madrugada
podría llevarnos a tu abismo certero.
Un pensamiento cualquiera, liberado de su noria,
en el aire del búho que alejó el sufrimiento.


¡Oh dichosa ventura!

El tipo, lo ves, está sentado entre pilas de libros
y ha fijado la vista en un crisantemo.
Sabe de las invasiones y de las bellísimas corolas
que trazaron tus mapas sobre los torbellinos.
Le han dicho que los huracanes nacen
de una diferencia de temperaturas.
Ha aceptado que probaste, primero, con helechos e invertebrados,
por último con un juego de moléculas que dieron forma al deseo.
Pero no cree nada de eso; no, no le cree al bueno de Freud,
detesta los labios finos de Baudelaire, no lo embaucaron los bulevares.
Ha entendido que la prueba de fuego es comprender
si tras la disposición de las cosas en un bar funcional
se erige una estética como un profeta arruinado.
Lee los diarios. Lee con insistencia los diarios.
Bien, él supo que a las rotativas y a los ternos
se debe en gran parte una querida leyenda.
Ahora todo eso le habla, pero no como entonces.
Le habla como quien se aleja en un telescopio.
Sabe que no redimirás todo eso. En rigor de verdad,
no espera que lo redimas ni lo ama.
Sólo espera que la civilización se distraiga.


Los restos de veinte cigarrillos

Augur o profeta en el bosque que duerme sin sueños,
apagado como el filamento del volcán cuando prepara
las ecuaciones que se resolverán en movimiento
convulso, y sin embargo, sujeto a una lógica de hierro.
Los pies hundidos en el barro chirle,
piernas de cabra, quijada temblorosa.
La noche entera acechando el paso,
una radio llena de ruido en una mano,
el bastón medular en la otra,
confundido aún, parapléjico.
No lo abandonarás. Es intrincado pero tierno tu tiempo.
Nos enseñaste a esperar mientras llovía
sobre nuestra obra el hollín de nuestros rezos.


Alondra

Cuando adivinamos el canto en el contraluz del trueno.
Cuando rabiamos contra la rabia que azotaba nuestro techo.
¡Ah, no poder detenerla y ver en los ojos, en las manos
que a nosotros se acercaron el edén del que hablaba tu silencio!
Habías visto, pero ¿qué? No podías decirnos este es el reino,
o aquel. No mandabas espías ni mensajes cifrados
y nuestra lucidez se ahogaba en áspero sollozo.

Era de alquiler el paño de esos trajes
con los que entramos en hoteles nocturnos.
Era triste el ansia, porque era difuso, aunque resonante, el libro.
Nos veías en los silenciosos submarinos, en los desvanes,
en las trastiendas con mapas y compases,
con guías y fascículos, con artefactos descompuestos.
Allá pregunta por José, habrá un reloj eléctrico
y un hombre con una revista de autos.
Tendrá un mirar oblicuo y se quejará del prolongado invierno.
Nos viste perseguir las señas y comer seco pan de fonda.

Y cuando cantaba el pájaro, por fin, después de una lluvia,
sobre el árbol o la viga de hierro,
algo se movía, quebrando la marisma en que nos convertimos,
hacia un dulzor adivinado antes, hace mucho, en la rara nube,
en el cloqueo del agua de una canaleta
durante lluvias diluviales, aquellas.
¿Era que tu alma o aliento fue, por último, lo que veías?
Techo, techito, la ramita que arde entre los amantes
cuando están dormidos, olvidados.



3 - Communio


1
Deberíamos saberlo; pero,
¿en qué desvío se extravío la copia,
el pergamino en que escribiste,
el que vimos cuando se elevaba
el sol rojo de las hecatombes?
Porque alguien leyó, todos leyeron, todos supieron
--César caminando por el campamento en horas vacías
y oyendo la tos de uno, la plegaria de otro,
mientras su mente se alzaba hacia Apolo;
o Lucas, recorriendo al tacto el anverso de las palabras;
o el que de pronto estuvo rodeado
por las paredes de hielo de un pensamiento;
dados o tormentas;
el que vio llegar el barco oscuro o el alado mensajero--;
todos supieron,
y todos volvieron
al viento y a su incipiente mensaje.
Deberíamos saberlo
en la contemplación fría de un espigón,
en el empeño de los que descargan
el camión tras el mercado.
Ya el pez no tiene olor después de muerto.
Pero deberíamos saberlo. Aunque no haya cifra.
O porque está la cifra congelada.
O porque es triste la muerte del lunático.
O porque no querríamos la muerte para nada.


2
Igual que una hoja que roza otra hoja
bajo una lluvia leve, en una tarde descolgada;
igual que las hojas que acaban de nacer;
igual que las hojas que ignoran su muerte;
en ese instante, inane,
en ese segundo
vacío de mundo,
en ese roce tenue, no magnético;
simple, dócil, constante,
se diría voluntario.


3

“... amigos, habláis de rimas...”

Juan L. Ortiz

Vienen ríos, como los cachalotes, a morir en las playas
rodeados de moscas y chicaneados por zánganos.
Pero cuando nacen allá, en el occidente,
cargados de barros o de aguas de nevadas;
y cuando crecen, entre toscas o totoras;
o cuando se hinchan bajo el parlotear de cotorras;
allá, en el color de mate de esos crepúsculos.
Pampas, esas pampas, esos largos pajonales,
esas gordas, ásperas gotas; esas bandadas en círculos.
Ya viste el chajá en el agua desconfiada, hasta las rodillas;
y la yegua tordilla, el pelo de los ijares goteando barro;
viste la res abierta y la bosta fragante y el rocío afilado.
Quédate aquí a morir, como llegando a todo.
Quédate aquí a morir, como el agua que gotea de las chapas.
Y va al mínimo torrente, anda entre los pastos y se pierde.


4
Incensar la tarde con lo que apronta el corazón.
El corazón, como el muelle donde andan, dormidos,
raros marsupiales. O el tipo aquel, de la bufanda.
Y el corazón, donde un rostro de mujer se estira,
hecho de humo en alborada, allá, contra un cielo
poroso aún, esponjado; espalda de desierta mañana.
El corazón con el crujido de un mueble o de un libro.
El corazón, la gastada palabra, la lavada palabra.
El corazón, abierto a las rutinas industriales,
al costillar de los hechos; el corazón que cuenta las costillas.
Incensar la tarde, limpiar el rincón, tender la cama.


5-Alguien sueña
Se los siguen llevando a la guerra, y los devuelven por gotas.
Los llevan a pelear sobre un gramo de sal,
contra un enemigo que multiplica sus rezos.
Si regresan vivos, traen en sus oídos
el murmullo de la plegaria esparcido por las rocas,
por las ciudades amarillas y perdidas.
Les dicen que van a pelear por esto y por lo otro.
Y ellos quieren volver para bailar en lugares atestados.


6-(National Geographic, Vol. 3 No. 2)
Al llegar a Nueva York
los inmigrantes apenas tienen para vivir
en pensiones ruinosas
infestadas de cucarachas
como la que aquí se ve ubicada en Bowery
unos cuantos pisos arriba,
por 150 dólares al mes.
Un hombre de 50 años dijo adiós a su familia en Fujián.
Sueña desde hace una década con llevar a su familia
al mismo antro donde cuelga sus pantalones cada noche.


7-Caravaggio
Empezaría después de todo en un viaje por la calle
en las mareas de olores y colores artificiales, pero
en las mareas de mañanas y tardes con el mismo motor
y el mismo tono.

Empezaría en lo inenarrable.
En la calle empezaría la primera pincelada.
Y como en un viaje de pájaros sonámbulos
atravesaría las pequeñas fortalezas de los instintos.
Y como una gota de sangre bajaría a los depósitos con luz cruda.
Juntando el tono de millones de tonos y los restos de los vasos
y la grasa de millones de papeles tirados a la calle.

Por fin, una cara. Una mano con nudos.
Un gesto apretado y plano porque comprendió la maquinaria.
Ahora el cuadro habla, el color trasmutado por una alquimia
que produjo sordera, un trabajo del que nadie es consciente.
El que está en el cuadro es ellos.
Ellos después de haber atravesado los infiernos.
Ellos como si en las tiendas baratas colgaran cuerpos
en lugar de ropa.
Ellos con teléfonos portátiles en las rotiserías.
Como la res verdadera cuya sangre tiene el color de las nubes
sobre el lugar donde hubo frigoríficos y estaciones.


8
Padre que nos diste la precisión y el cálculo.
Padre que chorrea por las paredes cuando llueve.
Padre que se quema en los basurales
o cae como una bolsa de cemento.
Padre, nos diste el amor que ya agrietó los huesos.
Alteramos en el escenario unos cuantos enseres.
Y tu perdón se desliza por los techos.


9-El perfecto extranjero (Zappa-Boulez)
Bueno estar afuera como el gato
a quien el cielo y las estrellas
y las gasas del cielo y el ladrillo, la piedra
trabajados por las lluvias y el rocío,
y las colonias de hongos en las paredes,
los techos, la radiación de fondo,
incluyen en un enigma absoluto
-saben sus ojos por qué-.

Bueno estar adentro,
cerca de las sartenes, los libros, la mesa,
cabos de vela sobre frascos,
especies y sábanas,
la cafetera y la radio.
También esto lo sabe el gato.
Nada lo excluye y todo contiene,
de alguna forma,
un gato.


10
Dardo al fin extraviado más allá del límite del aire,
la conciencia se parte ante los ángeles
y el pensamiento cesa en la lejana aduana.
Construiremos todavía unas casas fenicias.
Andaremos todavía con un báculo apagado.
Ya no te ríes. Ya no quemas nuestro pan.

En la iglesia vacía se respira un angelus.
Esta humedad huraña en los estucos,
estas baldosas gastadas, el hombre que allá se inclina,
la furia que se eleva como el humo de un sacrificio,
el vitral blanco y azul en el que se quiebra el recuerdo,
la mujer que llevo en el cuerpo:
no soy menos feliz con esto
que con la búsqueda del arca.
Libéranos para siempre de la guerra, del horror, del sacrificio.
Hay, bajo estas piedras, rosas de bronce seco y armas enterradas.
¿Cuántos pueblos los ríos arrojaron en los barrancos?
Y cuántos buscan algo útil en la resaca.
Esta humanidad que come, y la que come los restos,
sostienen las iglesias vacías y averiadas.

La nada

(Publicado en 2003 por Selecciones de Amadeo Mandarino)

I
1-¡Oh espíritus o ángeles caídos!

Mientras golpeaba la lluvia sobre los búnkers, Marisa,
yo no pensaba en vos ni en los chicos. La verdad,
tampoco pensaba si los rayos de aquel enemigo omnipresente
me alcanzarían esa noche o la noche siguiente o cuándo.
No pensaba en ustedes ni en mí, aunque puedas considerar
una forma de egoísmo que pasara las horas deslumbrado
por este fenómeno: los rayos, cuando atravesaban el cielo
o caían sobre un edificio cercano y lo reducían a ceniza,
iluminaban el paisaje con una claridad activa,
como la que pocas veces se vislumbra en el fondo
de un pensamiento; como la calidad del pensamiento
cuando contiene la verdad desnuda y parpadeante.


2-Diario

No tengo chance de convertirme en veterano de guerra.
No daré vueltas con dos perros y mi capote por el parque:
“Allá va aquél, el de las heridas, su cabeza una calabaza
en la que suenan los silbidos agudos de los rayos gamma.
Ahora tiene una antigua casa sobre el acantilado,
le gusta la madera vieja y las cañerías que resuenan.”
El paseo por el parque termina en el bar, toma
una grapa y lee la National Geographic,
los perros echados debajo de la mesa.

Nada de eso. La lucha no tendrá retorno.
No nos esperan la muerte de lustrosos bronces,
el panteón o la dulce vejez que reencanta el mundo.
Los ojos echan raíces y el aliento mecánico no falla.


3-Leyenda

Por la tarde, se tiran de espaldas sobre la tierra
suturada por vetas de titanio
y miran el cielo amarillo o violeta
sobre el que vuelan pelícanos y flamencos.
Las lagunas están repletas de líquidos pesados;
más allá, las chapas de los viveros se oxidan,
caídas unas sobre otras
como un mazo de barajas desordenado.
Es posible que la piedra del poder esté en la cabeza
de uno de ellos, pero han pasado la vida ignorándolo.
Por la noche, AZ14 sueña que desciende el ángel
y le dice: “El paladín duerme cerca
y despierta con el vientre hinchado;
oís sus pedos en el pastizal cuando evacua,
pero sería inútil que se lo dijeras; éste es el designio.
Intrincada red los puso en contacto con la divinidad.
Fueron dioses, y cuando ha llegado la Guerra del Libro
piensan en la vida del próximo segundo
e interrogan la oquedad del cielo.”


4-Fragmento de un evangelio

Y dijo:
Bienaventurados los que viven
en escenarios convencionales.
Los que miden sus vidas
con patrones convencionales:
dinero, éxito, frustraciones.

Dijo:
Los que llevan el sello en la frente
serán perseguidos por la desdicha,
antes que la paz conocerán el pánico.

Dijo:
Porque las simas de dios son del diablo
y las simas de dios son el desierto
y las pústulas
y la misericordia no se alcanza
si no se conoció el castigo.

Dijo:
Bienaventurados los que desconocen.
Los que no distinguen la buena pintura,
los que encuadran correctamente la vida
según mínimos patrones,
porque ellos tendrán el cielo
con relativa facilidad.

Dijo:
Desdichados los que Él selló,
los imperfectos, los justos,
porque el vacío se agitará en ellos
como sudoroso miasma
y no serán tenidos como ejemplos
si no que fueron elegidos
para que Él pruebe sus misteriosas armas
ante la general indiferencia.


5-Diario

No me ha dotado de paz la certeza
de que ni la guerra es un fin. Mientras
el carbono hace estragos en la planicie
he descubierto la ceguera no es virtud,
la lucidez produce ruidos como un motor ahogado
y las dulces lluvias celestes y las oriflamas
apenas confieren a este combate una estética publicitaria.


6-Diario

¿Por qué el ardor, la irritación, si el perfecto vacío,
la falta de meta, el no sentido, la exclusión del deber
son esta batalla que en verdad es lo que no es?
Aferrado a la furia, sin regreso, el malestar sombrío
da a los actos una resonancia hueca
que oigo en la noche como una destartalada alarma.
Combato aún por lo que de rabia tenía existir
en las calles ligeramente nubladas;
animal de matadero que admiraba el costado
desconchado de las cosas:
la ignorada geografía de edificios hacía su edén.


7-Entrada a Jerusalén

Se pide precaución en el acceso oeste:
hay demoras originadas en un accidente.
En el acceso norte hay demoras de hasta quince minutos.
Es normal el tránsito por el puente sur.
No hay novedades al este.


8-Tregua

El capitán duerme en la juguetería.
El samurai se acurruca tomado al sable
bajo el cartel del drugstore.
Las revistas de historietas
y el traqueteo de un ventilador
inspiran a la tropa: hay señales
de un universo no resuelto
en las viejas viñetas;
un mensaje milenario en las aspas.


9-Fragmento de un evangelio

Y dijo: la voz de Odín es la voz de los Campos,
de la disciplina y del peligro, y la voz
de los campamentos, del coraje y del agravio,
la voz del perdón en la masacre.
La voz de los designios, de las toberas y de los osarios.
De las ablaciones y de los residuos atómicos.
De los hijos y de las menstruaciones.
De las estadísticas y de los reactivos.
De los pájaros y de los basurales.
La voz de Odín es la voz de los iguales.

Y dijo: no lo oirás mientras no llegues
donde tu pensamiento llegue.

Y dijo: porque eres de Caín, tanto
o más que de Abel.
De los entuertos y del orgullo.
Y dijo: eres el lisiado,
el que todo lo hizo.
Y dijo: nada, más allá de tus gestos
torpes y salvajes.
Dijo: el último, el enemigo del tacto.
Hombre sin hombre, sin medida.


10-Guggenheim Bilbao

El verbo lo hizo. Las calles sin salida del verbo.
Optamos por la prosa y descubrimos tardíamente la poesía.
De este modo, cuando la civilización quedó vacía,
con las formas que la sonora cabeza acumulaba
un monstruo amable e indolente armamos en el ocaso.
Pero no hay allí imaginación, sino ausencia;
"y la historia podrá compadecerse del vencido,
pero no darle ayuda ni perdón" (W. H. Auden.)


11-Carteles en una estación de subte

¿Cuántos no habrán pensado
que el despiadado glamour
era el último escalón hacia el Walhalla?
Perfeccionado el torno,
iluminada la historia
por fascículos ilustrados,
acercado el horror hasta poseerlo,
y violados todo por el ángel;
saqueados los paisajes,
estilizados el ocio y el odio,
seguros, en fin, de que marchaban
a favor de la realidad,
de la nada a la nada,
creando por azar,
planificando por placer,
invocando el edénico sin sentido,
hundido hasta la tierra el cráneo de Abel;
liberados de la culpa y del demonio,
con carreritas de lagartijas y vuelos de moscardones;
llamando un taxi con un chistido
para volver a casa con gotas de sexo y ambrosía;
el trámite rápido, el descanso en el aire refrigerado.


12-Fiesta de Navidad en el Ritz, Washington DC

A tu abuelo el frío le penetró entre los tejidos
corporales hasta grabar marcas en sus huesos.
Tu abuelo tenía huesos de estalactita.
Volvés a casa en Rolls, de manera
que no debe preocuparte el frío.
Tus zapatos son de gamuza,
estás suavemente peinado,
y es de seda tu camisa verde agua.


13-Cuerpos de elite

No previeron la vuelta completa del sentido:
que quienes lloraran lo hicieran por ocio;
que en el ápice de la defensa estuviera el desprecio;
que a la incorrección siguieran antífonas y plegarias;
que el regreso al hogar fuera del asesino;
que el corazón se consumiera en pensamiento;
que la renunciación desatara la rapiña.


14-Darwin Memorial

Ponte el traje inglés y ve a caminar entre las piedras.
Admira el crepúsculo sobre los cuidados jardines y las colinas.
Algo, una armonía de muerte y vida, habla entre las nubes
segadas como dorado trigo; entre la melancolía suave
un rechinar de lo encontrado, no encontrado, resiste.

La violencia del pantano,
la lucha sin principios, excepto el de la vida ciega
contra la vida ciega; la comadreja que atrapa al colibrí,
el feto del gato rodando por la corriente, la zarpa
derribando la gacela, el gusano trepando el nido,
opuestos a un candor de primeros y caídos imperios,
leyes o plan maestro que con desvergüenza encomiable bate,
suave, armonioso, como campanas.


15-Las casas de los viejos

Con una experiencia insuficiente, tras los breñales,
el obsesivo paso de quienes han hecho de la marcha el limbo.
Sobre las casas, otrora fuente o refugio
vuelan bigúaes de grandes alas, tal vez desconcertados.
La línea de la vida abyecta quebrada por el aleteo,
las distantes formas idas del nido y ahora vueltas
en una especie de grandor ausente, de átona resonancia,
de obsesivo repliegue hacia esas palpitaciones negadas,
durante años escuchadas con prudente ignorancia,
como quien espanta moscas con gesto de “ya he oído”,
disimulo ante la privada guerra robótica.


16-Bardo

Qué cayó sobre mí,
qué engavilanó mi espada,
qué especie de estupor cambió mi suerte
escrita en la corteza de anchos robles,
dicha en las rocas y dicha en la tormenta
que anunció la muerte.

Ya no soy de mí, no soy de nada,
vacíos el morral y la contienda
vuelvo al combate con la frente alada
sin jadeo ni aire ni guay ni recompensa.
Alguien ha de saberlo, alguien muere aún,
alguien trabaja el criadero y la argamasa,
alguien se detiene y ve en las herramientas
un desangelado ciclo de amenazas.


17-Plegaria

Resti l'Italia a me, o el pastizal pampeano,
la brizna, el zorro, el tegumento;
la sombra del arbusto, la arcada submarina,
el temor ante las obras del ingenio.
Ahora lo ven, bajo la cohetería,
el paisaje tejido en otros tonos.
Aleja de mí esta copa, Padre, si es posible;
aturdido, a mi modo, he amado
las incomprensibles puertas de tu estancia;
la clave errante, la apariencia,
la ruda obra en que ofreciste
completar nosotros tu universo.
Caigan la tórtola, el volcán;
caigan los muros y las máquinas,
la adoración de Pan,
las loas, los libros y el mercado,
la blanca potestad del sabio.
Deja aún en nuestras manos redimir la hierba,
el cosmos de una gota, el recorte de mundo
en la ventana de la oscura mazmorra.
Deja zarpar el mínimo trirreme,
sea de nuevo Ulises en un charco,
gotoso, cauto, por las cloacas
del vacío edificio y por los barcos.


18-Inmortales

Zhongli Quan, ermitaño con abanico de plumas;
Zhangguo Lao, anciano montado en un burro blanco;
Lu Dongbin, guerrero con espada;
Cao Guojiu, cortesano con una tabla de escritura;
Li Tieguai, lisiado con medicina de calabaza;
Han Xiangzi, jardinero con su cesta de flores;
Lan Caihe, hermafrodita que tañe el laúd,
y He Xiangu, mujer que sostiene la flor de loto.
¿Procede de aquel abanico el viento entre las palmas?
¿Su música es la de Lan, y la lluvia y su luz el cabello de He?


19-El lugar de los hechos

Gases sobre los pantanos y las viñas.
El laúd tañe en tu mente los amores del Cisne.
La memoria taladra el escenario
en que te recostás como en un lecho neutro.
Rayos atraviesan el techo
y los cristalizados restos humanos.
Invade tu atonía el circo de espectros
de los grandes divos de la historia.
La respiración y cada quejido
elevados a cimas de la clase extinta.
De todo hicieron caldo de trascendencia.
Allí navegaron opresores y oprimidos
persiguiéndose como las gaviotas
sobre las olas tardías:
dame de tu pico, gavilán,
la papilla de las grandes odas
y de los imponentes arquitrabes;
dame en el buche
la redención de mis parvas visiones
motivadas por el sexo intranquilo,
las noches de Cuaresma;
dame la hostia de los grandes partos,
la sensación de que mi mesa, sifón y un vaso,
es tan vasta como el concierto de formas
y escorzos de los dioses.
De este modo sos de ellos.
La inmersión en vacío no te libra de los arreboles
en que se glorificaron, vacuos.
Esto hecho para mortificar tu sueño,
tu olvido, tu magnífica síncopa.


20-Edad de los imperios

Ahí están: Atila o Saladino sobre el horizonte
con sus turbulentas tropas.
Sioux o sarracenos, beduinos o vikingos en trance,
ingleses tumefactos, turcos con cañones de mano,
damas sin pechos, con arcos de piel y de ónice.
La tierra no les habla, pero son de sus garras.
La sapiencia del coral, el órgano de la madera,
los timbales del frío, la vivificante altura,
la nieve sobre los aleros, el mensaje de los gallináceos,
la red del carbono, la razonada caída de las hojas,
el estupor del barro seco, el límite visual de la rana,
el amor de la araña, el trémolo de las cañas,
la carne fresca, palos en los arrozales,
carteles y señales tocadas por el clima,
el camino a Damasco,
la decepción horrenda del glaciar, las telas de China,
el duende de las cerraduras, el gato en el toronjal,
la crisis de la canaleta, el filo del ágata,
Hiprocrene, el hada, la cornamenta amarilla:
nada, ni la hierba cantará como cantó en sus tronos
para oídos que creyeron oír, para almas que vivieron
elevando la voz, esculpiendo contra la circunstancia del mal dormir,
del orgullo, del otro, sus figuras de estrépito.


21-Mente de las cosas

Nos hemos detenido. La fuente es la tranquilidad del ego.
El murciélago cruza el cielo de cuerdas. Llama desde la taiga
el dueño de las notas. Golpean las gotas en una insondable
profundidad. Hombres, ¿para qué? Y el recuerdo, y las bagatelas
que lleváis en los bolsillos y en el entrecejo. Os he visto,
rumbosos o desposeídos; lejanos, pequeños en el inmenso
pantano o bordeando la inundación. O descubriendo el Punjab
o el Pacífico, atontados, sin calma ni entusiasmo, así como
el sabio observa su cuerpo como accidental y encuentra que resiste.


22-Señales del tránsito

Legue mi campo al hombre de valor,
legue mi agua a la mujer de acción.
Yo tomo el espíritu mundial y suave,
el subsuelo de la melodía y difícilmente
algo de eso me sirva en las otras rosadas
o grises tierras a las que pasaré mañana.
¿Cómo imaginan el Hades? ¿No como
una costa de severas murallas y pardos
senderos y de despoblados árboles
y esqueletos de abadías y cuarteles?
Todo invadido por el helecho y el musgo
y sin voces, himnos mucho menos.


23-Bahía de los Monos

Paciendo en el grimorio, dando tumbos sobre el duelo,
darse a la música de los refrigerios, al llameante egoísmo,
seguros de que la casualidad hará el resto, dúctiles
a la circunstancia, hombres de rápidos abrigos,
gesto de confianza, tap tap de zapatos en el corredor,
cima de la eficiencia y olvido de la ergástula,
andaluces de la necesidad, figuras de cerebro,
generales de los ascensores, estrategas de mano
lavados y de exactas palabras, el ribete a la vista;
las anotaciones rápidas sustituyendo el plinto,
la respiración pausada en lugar del ultimátum.



II

“De hecho, solo como espíritus pueden cruzar; esto es recorrer
a salvo el paso peligroso, el umbral de las Nubes Estrepitosas... Que
en la actualidad ese extraordinario paso simbólico se encontrara
localizado a unos cuantos metros de una carretera densamente
transitada, en las afueras de la ciudad de Zacatecas, era algo
que no parecía importar gran cosa a los huicholes...”


Peter T. Furst, Alucinógenos y cultura


1-Lux aeterna

Si es de formas transitorias el espíritu, y si del halcón
debiéramos copiar el modo en que, por ejemplo,
se hunde ahora en el ciclo de las tempestades, blanco
plumaje cambiando a ocre, a pardo, a gris, a solferino,
la vista apartemos de la plana roca, del mellado brocal,
de la senda calcinada, del cielo, que es uno y trino,
dobleces que se revelan en corto tiempo, y del abismo
que no cede, del cuerpo cuyo filamento en la noche
incendia el pensamiento hasta la luz incandescente.
¿Qué? ¿Vamos a tientas? ¿No suena a nada el muerto?
No esperen saber. La razón acaba en cada uno. Y no
avanza de uno en otro, sino que reinicia su sistema
al alba, merma al anochecer, se extingue y, en la oscura
madrugada, recompone su cristal ante el insomne.


2-Armas livianas

El Gran Géiser,
fiordos y glaciares; aguas sulfurosas,
ríos blanquecinos, arena gris, carnero ahumado,
dulces sopas.
Edén de las falanges cuando han penetrado su idea,
y con maquinaria de guerra llegado
hasta el portal de su deseo.
De modo que dejar el carmesí de la propia tierra,
el hacha y el ganado, calzar la sandalia,
los arneses, elevar al viento el pulgar,
partir en violación del sistema campestre,
desafiar el estatuto maternal,
llevarse el rocío en el fiero rostro como culpa tenue;
olvidar,
hacer de sí la guerra impersonal,
no tiene otro destino
que descubrir al pie de la parábola
el revés del mismo rostro tallado con cuchillo.


3-Reyes 22.15

De modo que jamás la redención;
ni siquiera en las rosadas columnas que no hacen al asunto;
ni en el vitral que amenaza estallar en lluvia verde o bermellón
y que, considerado al paso, no jugaba papel alguno en la historia.
Llevado de un punto al otro el hilo y sin error; trabajado
el descanso, absorta la mirada en la nuca del líder;
fregándonos las piernas en la noche y calentando armas
en la mañana; hirviendo pez con el ojo en el clima;
calculado el gasto y tendida la estrategia, la suma es nada.
Hemos oído en el pescante la voz de Krishna; ¿aún así,
decís, debemos consolarnos con el viento que sople
sobre la carnicería, con un mugido lejano o un imprevisto tulipán
o con cualquier otro componente de la escena que tomemos
como indicio de que habrá otro escalón, falso probablemente,
el que alimentará la ansiedad que aventará nuestro carbón en las cocinas?


4-Salmo 105.42

Como si en realidad el objeto fuera la desordenada huida
por las lomas, la capa flotante del vencido o el caos
devenido del saqueo y de la obra de la artillería.
Como si sólo debiéramos considerarnos catalizadores
de una imagen móvil hecha de rostros y mobiliario en la calle,
un candelabro junto a una piel de cordero,
un portarretratos sobre el alféizar, trípodes y flores secas,
cuerdas de piano y frascos con huesillos, láminas escolares
tiradas sobre el barro, arco iris en el combustible derramado,
la máscara de Baco en un ropero.



5-Atardecer en los galpones

Hasta aquí he cultivado tu cruda atmósfera,
llegado a preguntarme si fue simulacro tu aspereza,
los indicios que arrojabas desde los zanjones.
¡Ah Odín a quien sus hombres tuteaban!
¡Tú, al que llamaban con dureza como a uno de los suyos!
Escondido en los bosques o entre perfiles de hierro,
y allí donde la exudación de los motores ha oscurecido las paredes,
es la hora del encuentro con el Corte; la clave ambicionada
que procuré en años de estupor rodará ahora o nunca.
El hacha en alto, la carne flácida tensada una vez más, el arco
de las vísceras exigido, la mirada en el cuerpo que decae
y en todo objeto, en cualquier señal en el desierto de las cosas.


6-Catilinaria del pastor

Parado en lo alto de la escalera como en la proa de un barco.
mientras golpea alrededor el corazón de la tormenta.
¿Cuántas veces has repetido tu signo?
¿Cuántas has hablado de nosotros en esta forma
que se expande sin cesar y a la que no mellan las quejas
por el mal tiempo y por el extraño damero
en que decidís la suerte del reposo, si entre eucaliptos, si tirado
frente al televisor captando las muecas de un ajeno y resonante piélago?
¡Ay de nosotros, de la banalidad que domestica el profundo círculo!
No pasaremos. De este lado, nuestros huesos yacerán inútiles y ciegos,
cenizas de las guerras del diablo que ha dicho: éste es tu infierno:
la mente que ha destruido cuanta señal le fue dada; reducido el aire
a gasto cotidiano; convertido el fuego en mascota; roído el sentido
puesto que era lejano, del modo en que lo son truenos cuando evocan
la erupción monótona de la artillería; voces en pliegues de la conciencia
custodiados por arañas, sellados por la rebelión bastarda del mediocre.


7-Amazing grace

Devastando el mismo leño,
la mirada despojada de reflexión.
Incubadora helada el día, abierta la noche
con insistencia monótona.
La sábana, los mecanismos todos
en una vigilia cuyo propósito desconocen.
Arréglate con tu porción de calor sobre la roca.
Estás con tu calor sobre la roca bajo adverso clima.
Alimenta tu calor sobre la roca con hierba seca
y deposiciones de pájaros.
Mantén tu calor. Esto es cuanto puedes y debes saber.


8-El rigor del paisaje

Enorme lo que dejan los campamentos al retirarse.
Ampollas y ampolletas, crujías y flautas, relojes y papel.
Mira a ver si por el fondo los contrabandistas pasan
como sombras contra los vidrios de aquella glorieta.
Uno entre todos, con toses y caries, zapatillas viejas
y nariz de tordo, ha de tener el designio grabado en
pensamientos que de noche lo desvelan sin motivo.
Es la esperanza, amigos, la esperanza; debe de haber
un trono resplandeciente en las combinatorias
de imágenes de uno, cualquiera, visto al pasar;
entre aquellos de quienes se diría carecen de intuición
y nada, o poco, perturba su idea inamovible del cubo.


9-Estigma del ángel bienpensante

Hacía ruin el motivo de las planificadas hecatombes:
latido de imbécil juventud enmascarada en una frutera.
Hacía ruin el nombre de los insignes, de los castos
cuya espada llevaba la idea expuesta en sus límites;
ruin a los que ante Atenas, con carros y bulldozers,
adoraron el espíritu, la gracia cuyas puertas son dos:
ruin, al que vivía en los vastos deltas del terror
y en la roca altiva y rectilínea, ojos en los que
titilaban las antiguas invasiones y barría el simún:
ruin al soldado de amianto y porcelana;
ruin al que había aprendido de sus manos tiznadas
en los vivaques y no en el libro de las sombras;
ruin al que ante Platón expuso el bosque y la planicie;
ruin al que estuvo ungido en los restallantes abismos;
ruin al vencedor del leño y del camastro, al que
desarticulara la trampa del hogar y la acumulación:
ruin al que vio en el foro un gallinero y en el ágora
una reunión de loros; al que amamantó al halcón,
al que llevó los atavíos del reptil, al que se cubrió
de costras de sangre y enarboló la lanza como un nombre.


10-Muerte del César

Esto es por aquello. Y tal vez por aquello silba todavía
entre las tuberías del subsuelo una tempestad difusa.
Sacaron de la historia no al pastor, sino al suicida.
Libraron a su suerte y al pago de su deuda al que saludó
la liberadora furia del maremoto y la del insecto en la ciénaga.
Ahora solo encuentran revelaciones en las noticias
y en las raras sugerencias del vendedor de usados.
Caín, Julio César, Dionisio, Marte, el laurel, el hacha
viven en ese margen donde el crimen se acepta como
una patología del espíritu; la reivindicación altiva del uno
como malsana temperatura de los yerros de la civis.
Dispuesta está la civilización, como un plato.
Pueden gozarla o maldecirla, a condición del olvido
de los amaneceres trágicos, del cuero de las armaduras
y de la promesa junto al cadáver del hijo.
A condición de la memoria borrada en toda su extensión,
de la masiva ignorancia de la piedra, el terrón o la capa
que hubiesen defendido como a un reino,
como a la totalidad de las ideas,
como a la enciclopedia en cuyos múltiples signos
se mueve, sutil, nunca del todo visible, azul o sombría,
como la voz de un órgano o el canto de los galeotes,
la vasta comarca de la verdad, sus cruces de caminos,
con los enmascarados que son siempre otros y los mismos,
cuyos ojos brillan como carbones y cuyos pechos
no temen la muerte: son la muerte y el tránsito;
el vado y la corriente; la peste y las víctimas;
la verdad y su torva capucha. Aquellos que se llevaron
lo que quedaba por decir, lo que obliga a callar,
a aceptar como castrados la alegría de la piel y del oro.


11-Lucas 22.53

Ha ido a caminar con los suyos. Con el cuervo gitano
y con la gorda avutarda; con el congrio y el crédulo
y con el taimado, el asesino y el zorro; con los guardias
nocturnos, con los feroces gnomos, con las mujeres
de axilas sudadas, con el vulgar estafador, con el reno.
En cada dintel de la parva civilización clavó su señal,
y en quiénes lo invocan brilla un momento la moneda delusiva,
la conmiseración por el infortunio propio que alza un remedo
de pasión de mártir sobre el fracaso de un intento espurio.
Degeneración del deseo en cálida covacha; en carne y jugo.
Caída ante el irresistible par de los contrarios; Dioscuros
que atraviesan la mente de los súbditos haciéndoles desear
la mullida esclavitud y arrancan gritos de la mínima llaga.
Con el manto de nada, sobre el agua, sobre la línea de resistencia.
sobre el polvo, el desierto o el humo, el horizonte blanco,
camina sin sombra, con ejércitos de rumiantes quijadas,
con batallones de ciegos que miran hacia el monte
al que subirá para decir: “Hay otro, más allá; y luego otro y otro;
la obra no acabará, la obra no termina; cese el ruido, la alabanza”.


12-Roman speaker

Lo encontrarías en el huerto y le preguntarías por tus denarios.
Con voz contrita lo interrogarías por el devenir del hogar, la
suerte de los críos, el pretor y el edil, la leche de cabra y el sofisma.
¡Ah, miserable que agudiza el aura de la nada! Lo colgamos
a tu vista porque no lo mereces. El vértigo, no la futilidad,
es lo que no resistes. Retrocedes ante el arroyo y el cañón,
temes el papel que se alza en el viento
porque allí puede estar escrita tu sentencia.
Has levantado templos, minaretes, oráculos y criptas
para olvidar la creación, no para atravesarla con santo estoicismo.
¿Para qué las Galias? ¿Para mejorar los abastecimientos?
¿Para qué Bizancio o la corona del germano?
Te espanta el oscuro fogón, el silencio de la vajilla,
el manto del héroe si no está sembrado de migajas;
temes la escasez de aceite como a un abismo.


13-Roman speaker

Bien, frente al mar, mirando las chozas, alzando el palo recio
con que partirías la frente de un buey, por un solo instante
comprendiste el hormigueo del volcán. Es todo, todo, nada
más que eso, lo que la vida te ofrece para que calle en tu tumba.


14-Coda

Otra vez el rayo. Otra vez el roble hendido.
El fuego que desciende desde el cielo.
El vómito. Los muertos calcinados.
Tejes, madre, allá; tejes lejana y silenciosa.
Tejes calceta de rayos triunfales para mis pupilas.
Tejes el descanso en la flor de la tormenta.
Sobre el mundo se apagan y se levantan satrapías.
Para que tejas, sólo para que tejas, mientras aguardas,
vacía de milagro y de ansia, de labor y pregunta.
Para que tejas.

La luz checoslovaca

(Publicado en 2003 por Libros de Tierra Firme)

A Susana

Primera parte

El almanaque del mecánico de autos

Dentro del círculo de sus sueños no hay nada.
Cuenta sus días un almanaque de 1957.
Muestra una mujer que se cubre
los pechos con un abanico
y deja ver la mitad de sus muslos
como si afloraran islas en los sueños.
No hay diario que registre los hechos altivos
de una vida personal y el ocaso
de los dioses en los cilindros.

Una lectura muy tarde

Vuelven a las dos de alguna reunión,
pero todavía hablan en voz alta,
mientras él mete la llave en la cerradura.
Se encienden las luces en el departamento
y después algunas se apagan.
Algunos puntos, algunos puntos brillantes
en la memoria de ellos; familiares como la charla
y el roce de sus cuerpos maduros,
insustanciales y necesarios como las cerraduras y las llaves.
¿Qué batallas, ángel, hubo en Pompeya?
No hubo guerra, fue el volcán el que destrozó eso.
Italia está llena de ruinas. Mis abuelos eran de Trieste.
Con la próxima comisión podríamos ir a Orlando.

¿Es el mismo viento, Señor,
el que los acuna con su sonido hueco en las tuberías
y el que batió los estandartes en las grandes planicies?
Para ella, que duerme con el pelo rojo disperso sobre los hombros,
Khan suena a una música tropical pasada de moda.
Orlando no fue narrado por Ariosto: es la ciudad de Disney;
Pompeya, un barrio, y volcán la marca de una cocina vieja.

¿Es el mismo viento, Señor?.
Ella, dormida, camina por alguna calle de la mente
y de esto nunca sabremos demasiado.
Las piedras que componen esta noche de ellos
son también inestables; las junturas, quebradizas.

Te pregunté muchas veces, Señor, si saben ellos
que los marcos de sus fotografías son falsos,
cubiertos de una pintura dorada o plateada
que no es oro ni plata,
y si tienen la oportunidad de comparar el oro
que deparan algunas de tus tardes todavía
con una idea remota del oro verdadero.
Señor, no me das respuesta.
Toda esta gente es desconocida como el deseo del Khan
No quisiera ya saber nada, pero de nuevo ofrecéis misterios
estrangulados.
Misterios de vidas enredadas como pedazos de hilo en el escobillón.
Duro sois de entender como un río borrado en sus dos extremos.
Duermo con el penetrante chirrido del atractivo de sus vidas,
torno que quisiera probar, relámpagos de electricidad doméstica.

Termópilas
Desde este drugstore, y con una gaseosa,
difícil imaginar por qué dejar la piel en un desfiladero:
el mundo era tan ancho y desconocido.
Leónidas, ridiculizado en el vasto territorio del consumo,
se sienta enfrente con su ceño amargo,
fulgor chirle en los ojos,
pide bebida fuerte y mira las palomas.
Problemas, Jerjes aprieta todas las salidas,
la tarjeta de crédito ya no tiene cupo.
Aguantar en nombre de nada,
más difícil que morir por Esparta.

Testamentos apócrifos
Job

Señor has sellado mi boca, mis oídos y mi tacto
pero te rogaría me dejes andar en medias
por mi rústico piso de baldosas,
y me dejes en paz amar la tierra
y las tormentas y los fiambres.
Me has acurrucado en la muerte, señor.
No necesitaba el cielo más tarde.
Amo este planeta que confunde
los sentidos; amo el enorme sueño de la vida.
Pero has entrado en mí y me probaste,
nuestra antigua alianza me impide denunciarte.
En el hueco al que me redujiste, magro,
veo aún el cielo encima de las casas
las plantas que crecen y se secan y los patos.
Entendí mal la letra chica del contrato.
Creí que te bastaba con que adorase
la hora que huye, el soplo en que vivía.
Ahora soy Job, el que te ama.

La luz checoslovaca
Oxidada la artesanía, la calle bajo taciturna luz, la que pelea con su origen;
difusa pero empeñada en que fue más o puede serlo.
Cruje la puerta que se abre lentamente al pasillo con vieja alfombra,
allí donde se produjo la séptima aparición de la Virgen.
La ve, mientras la vecina nonagenaria pasa con la chata
de su centenaria vecina a la que cuida devota, como hermana.
Oh señor, he creído. Oh señor creo aún si lo deseas.
¿No es cierto que la intensa circulación y la gula son una misma cosa?
¿No es verdad que los bajos tonos corresponden a los eternos imperios?
Lo dicho: he visto tu rostro en sartenes oscuras en despojadas cocinas.
Y lo he visto bajo el escaso resplandor azulado del supermercadovecinal.
No lo he visto en el shopping, Señor. No lo he visto en el casino.
Señor, por alguna indicación tuya sorprendida en un libro comercial,
he amado los días nublados y el desierto en las palabras.
Pero me condenaste a amar la verde lechuga y la carne fresca,
en tanto miraba a actores de gestos invernales en el Actor’s Studio.
Déjame creer en la letanía de las piedras y en el puchero casi incoloro.
Dulces son el cielo y su vértigo sobre plantas cuyo verdor oscurece.

Segunda parte
El salario de los soldados

1
Un puerto solitario, pero que forma parte de una compleja civilización
en cuyos límites lejanos atruena la guerra.
De este modo has visto en las imponentes torres de Troya
el cuerpo de una mujer desnuda como un aura.

Ya ves la moneda del juego, la tormenta que se desvía antes de estallar,
la doble cara de las cosas que permanecen quietas o en movimiento.

Paraste con un auto detrás del cartel que dice camino clausurado.
Te han contado que al final del camino, en el borde la laguna,
vive un hombre en un trailer viejo, calculando el avance de la inundación.
Ahora mirás los juncos en la marisma y, más que los juncos, los reflejos
del Sol sobre el agua que se arrastra despacio hacia los terraplenes.
Cierta vez tuviste una revelación cuando el temporal te tomó en la carretera
y durante varios minutos seguiste apretando ligeramente el acelerador
sin ver nada en absoluto, ni delante ni detrás.
Entonces el cielo se abrió y viste el camino que cortaba los médanos,
lavado y desnudo y como recién caído.

¿Adónde iría el agua?
Tu oído endurecido escuchó los ruidos de un cuerpo,
como quien oye en la tierra el eco de un campanario.

Uno a uno los pájaros vuelven al mismo alambre tenso.
El alambre se ha oxidado y combado sobre la inundación
y los pájaros vuelven en un ciclo de insistente silencio.
El polvo se alza en pequeñas trombas sobre el camino clausurado.
Y el que mide el avance del agua con ojo de tero
recoge los cristales de un imperio destazado.

Pero no sopla ese huracán. Así como contemplaste ennegrecer
las altas cúpulas bajo la danza del exterminio
cuando la nación de los otros arrojó el lastre de siglos,
tormento y designios podridos por el clima,
ahora ves que la hierba se mueve ante tus ojos
para recitar el suave catecismo
del universo del rocío y de las corrientes subterráneas.
Los del navío hace rato dejaron la cubierta.
El cargamento fue comida y nido de gaviotas.
La nave se mece; su velamen intacto
seduce al viento que se alza en las colinas.

2
El alcohol de los días que se evaporan.
Inclinado sobre un cuerpo como sobre aquello que canta,
la armadura de cuero arrojada a un cauce seco.

Y la tierra como un cuerpo, excoriaciones
en hombros y axilas que soportaron el peso.
Leíste el libro en el que no había texto.
Rezaste donde escribieron tenuemente
los arroyos la antigua canción de Pan.
Centurión desnudo, dejaste la posada
en que jugaban restos,
semillas rapiñadas a un saco viejo.
Este es el atajo. Por aquí se va a lo que estuvo.
Más allá de las tiendas de piel del mercado,
por las huellas de los pájaros
y de las serpientes de ojos imantados;
en el olor de los establos,
en las cocinas que apañan en el silencio
un esqueleto de vértebras delgadas
para que el día se alce.

3
Los pájaros de las grandes alturas .
Ese ajetreo en torno de las lagunas y de los chiqueros.
La turba, el camino de ripio, la curva ancha,
el sendero de montaña, la arena blanca.
el grito ahogado del pequeño abismo,
la relojería de los acontecimientos,
son puertas por las que han pasado antes de elevarse
hacia el Sol que se parte contra el filo de los hechos;
el aura de un tejido de luz que se agranda
para que veas donde no hay qué ver,
para que vuelvas al lugar desde el que no te fuiste,
para que recojas la uva que dejaste
y que los veranos no mancillaron y el invierno
cultivó con dedos templados, soplando
escarcha sobre ellas y calentando con sus yemas
el oro de una suave resistencia, carne y resplandor.

Oro.
Al entrar al cuarto la fragancia de su pensamiento
te dio en el rostro. Un cuerpo que se ha pensado
a sí mismo, para el tejido de cáñamo de tu pensamiento.

4
Los objetos sobre el tapiz se mueven por impulsos secretos.
El dibujo no se modifica, pero las cosas se mueven sobre ellos.
En la foto, mirás de nuevo al viejo contra el mostrador.
No ha cambiado su expresión distendida de amable gavilán.
Aunque dijeras su nombre no te escucharía. Envejeciste
mientras tanto. Pones monedas y tarjetas sobre la mesa.
Haces maniobras que se han modificado. No echa raíces
el hábito. Las palabras caen de su estupor. Suenan
según su consistencia. El árbol agobiado espera el otoño
en que extenderá sus brazos desnudos frente al álgebra.

5
Ve por él, ve por Ulises, por el pespunte de los ríos
y de los archipiélagos. Busca su nación que sobrevive
en el sonido fortuito de los mercados, en la madera
de los embalajes y en el olor violento de los desagües.
Viejo con mañas, salvando el horror del abismo
y de las maravillas, las sirenas y el Hades, el círculo
y la raya. Ve hacia su estupor que gira entre las islas
como restos en un sumidero. Tráelo para que tienda
por última vez el arco. Que de su ceño vuelen
el halcón y el búho, de su frente se borren la hecatombe,
la sombra del saqueo y la venganza.

Aquellos, inclinados sobre la herramienta,
el dado que corre o la gotera,
se tiñen de suave resplandor
cuando en el borde de un pensamiento
ven el rostro del que hablaba a los suyos
en el nido revuelto de la borrasca.

O cuando recuerdan el doble perfil de la mujer de Delfos:
palabras luminosas y extrañas para decir la trama que hasta allí los condujo;
y el murmullo del día, la lista del trabajo, el no olvides el abrigo, el pan,
la teja aquella, rota.

Tal vez ya se esté yendo algo de nosotros, pero aún está, ¿lo ven?
Cuando se iluminan aquellos edificios con un sol que se apaga,
como si Palas los hubiese tocado en su vuelo hacia el ocaso.

6
¡Oh Dios, mira mi corazón! *
La maraña devastada y el páramo.
Un espíritu intermitente lo anima, se diría, y se sacude
el hollín, el polvo de las masacres, la sombra que lo sedujo y secó.
Cada mañana y cada tarde, cada noche, hicieron su labor,
venciendo la crisálida de seda
cuyo sueño se alimentó de un fulgor retrasado.
¡Ah el gusano aquel! Ahora, despiertas con un rastro de sol.
Entre todos los colores, uno te atrae, absurdo y vital.
Y en las rocas cariadas que sostienen la flor blanca
tu mirada reposa.

*Ricardo Molinari

7
La última mañana del moribundo fue igual a las que la precedieron.
El sanatorio estaba sano y apartado
y él ni siquiera sabía que luchaba contra la muerte.
Hay instrumentos que podrían medir en qué estado se encontraba
el cálculo general en la estrategia del mundo
cuando cesó la batalla en la que no tomaba parte:
no se podría medir cuántas maniobras se hicieron sin él
para que la sombra se convirtiera en el bosque ignoto.
Miraba el vidrio esmerilado de la ventana y daba la espalda a los enfermeros.
Los monitores hubiesen dicho entonces que disminuía su actividad cerebral
y bajaba peligrosamente la oxigenación de su cuerpo.
Alma, te has ido. ¿Está tu cruz en el sol
y en la vibración nocturna de los grandes objetos?

8
Tenue el verde del bosque, niebla o alba; nube.
Allí, los senderos abiertos a cuchillo.
La edificación del imperio, la construcción de Colonia.
El que puso el filo de su hacha o el labrado del vitral
al servicio de la idea que fue ambición y castigo.
Estuve allá, cuando los germanos se estrellaban
contra nuestras centurias como cascarudos
y las catapultas perforaban su mágica noche protectora.
Estuve, cuando el fragor de los andamios; cuando
avanzaban como insectos las máquinas de guerra.
Estuve, cuando la saliva se congelaba en la boca
y tembló la tierra bajo la caballería. Y también
cuando en Chartres alzamos la fabulosa joya
de fuego y obsidiana, de esmeralda y musgo.
Estuve en el sueño que construyó la guerra
y que construyó el cuerpo del amor y del miedo.
Estuve. Estas manos que ahora veis
hicieron girar la espada como un molinete
y unieron el cristal y la roca, porque así era
nuestro sueño: de elementos pesados y de alas de libélula.
La geometría del monje y la táctica del César
comprendían líquidos bastos, la orina y el mercado,
la visión del cielo y su gasa; el hospital de guerra
y la brillante luz en que se disuelve la pradera.

9
Ella llega, como cuando el viento entra en la casa.
Años que fueron. Se anuncia y alumbra primero en la ventana,
luz de abismos y plazas; / empuja luego el helecho,
adorada como un emperador, querida y desgarrada.
Junta para ella los fragmentos del relicario.
Junta lo que se había perdido y fue rescatado
en los arrabales de los esteros, flotando
sobre las corrientes detenidas sin resuello.
Todo eso que intoxicó las venas de tu pensamiento.
Arrojado como pus entre algodones.
En las fronteras, cuando andabas con la lanza y el reptil,
cuando soñabas en los toldos de la cabecera de playa.
Todo eso que trasegáis y medís, filtráis y limpiáis
para encontrar el rostro de un chico reflejado en el charco.
Lo sabías. Por ella dispararon los cañones y rodaron
las cabezas de bestias y de hombres.
Ardiste y estuvo la cimitarra sobre tus muslos
cuando las invasiones te encontraron de a caballo.
Lo supiste. Cuando querías agua de luz de las violetas
para tus labios quemados como un baño público.
El viento. Como cuando el viento alumbra en la ventana.
Su corazón de capullos y encrucijadas anunciándose
con el ruido de quinqués y maderas, telas rasgadas
y tormentas de sol. La casa crujiendo sobre la rompiente.
El resto de luz en un cuarto alto.

Tercera parte
1
¡Ah la presencia constante del aire en la enredada pubertad!
¡Y cómo no puede soslayarse el paso de la pantera
entre los dibujos de la vegetación cambiante!
El peso de un cúmulo de dichos entre las galaxias.
Palabras siempre junto al fuego y la resina de asuntos familiares.
Sabías o creías saber, y ahora de nuevo, que el hilado de los hechos,
simultáneas bandejas tendidas, tapices, son los trazos en una piedra escrita
y depositada en un sitio al que no llegan ondas ni envíos.

No es que pase ni que quede nada,
ni que todo ocurra como la tallada albura del jardín de piedra.
Es que escribes, escriben, en el silencio, en el revés de lo que respira.
Alguien levantó una espada en tu nombre, cuando no existías
o cuando eras las albricias del día, de la nevada,
de las buenas nuevas de una vieja leyenda.
Alguien habló por vos en la asamblea de los pares.
Alguien hizo la guerra y engendró recordando lo que serías.
Alguien dijo que aquella estaba hecha del cristal que sabe.
Del que fue, del que es asimismo perfiles perdidos en el combate;
lluvias, árboles, árboles, y el insistente arrullo de la torcaza.

Y de la espada cuando ha caído y abierto un pasaje
de silencio, de pausados escribas.

2
Cuando pensaba que los hoteles abrían a las esclusas de grandes continentes.
Entonces en casa quería estar, bajo el desafiante vuelo de los pelícanos.

Cuando todos los hoteles eran de maderas nobles y nuevos silencios.
Y en el abra se perfilaba, piadosa mañana, la vela de la nave aquella.
Cuando la pupila adiestraba como a enojoso paladín.
Entonces, delirio de porcelanas y viajes impunes, a las macetas de la galería
llegaba la transpiración perfumada del costado izquierdo de un bosque.
De un lado y del otro de la tarjeta de un cuarto escribía lo que decís.
Sólo leía aquella parte, de filo depurado, ignorando que la otra
repetía las mismas palabras, pero dando cuenta de vos o de tus mensajeros.

Cuando sabía ignorar, y mi ignorancia se armaba de un penacho,
como el del cardenal, liviano y pensativo, y no contaba las monedas.
Cuando supe de vos mientras comía vísceras, en esa guerra de pez y palo,
mi corazón lleno de nubes y las piernas con arquitrabes de roble quemado;
el alma de baldía iglesia; la esperanza, el monaguillo apostillado.
Entonces eras la parte inteligente de la tormenta, trazando damas en mi pulgar.
Allá se alzaba, sobre el riachuelo aquel, ese pobre pájaro agudísimo,sabés,
lanzando gritos, despenado; la voz delirante que aún me hace temblar y compadecer.
Vi cómo estallaba bajo sus alas la marejada de achuras, la repugnante
entrañable sangre de todos cuantos quise.

Cuando sobre el tranquilo revólver meditaba por ejercicio del deber, sin barandas.
Las palmas sobre el bohío refrescaban las pisadas que llevaban allá.
Era de vos, en suma, que hablaban las coartadas, un ángulo en el mundo de las anémonas,
los indicios en las paredes de ladrillos recorridas por una aventura verde sin estandartes.
Era que hablaban de una panadería singular, con torsos que se movían tras mostradores
y con sonidos que tendían el blanco hacia un mantel que habían esponjado tus manos.

Cuando iba hacia la calle con una dispuesta camisa, un lunar de pesar,
con la circulación transparente y un escrito católico en el envés de los almuerzos.
Entonces veía tu vino, cómo no, y el pesar empujado hacia el mar por los arroyos.
Veía en el sinario del día, en la amplísima tormenta, en los conciertos naturales,
en las estructuras de madera intrépidas aludiendo a las renovadas capillas,
tu andar en ese cuenco inferior de las horas, tu movimiento en el amor.
Los ojos con que se convierte en el sudor placentero de la playa el pensamiento:
el truco de un patio oscurecido de plantas y mixtos, el espejo salpicado de roturas,
la frescura de la afeitada, la risa en medio del humo de un toscano.
De aquí han partido cuántas expediciones, decía el viejo.

Cuando no había otra seducción que el canto inaudible del aire.
Entonces llamé desde la sacristía en verano, atontado por los grillos,
el nombre con que viniste.

Cuando sobre el borde del vaso, en las cuclillas en que siempre me metía,
toqué el pedal con que rugió el motor, se imantaron los cables
y el calor bajo el techo de un auto. Entonces iba hacia nada
y más nada de pastos y sembrados, en la cultivada soledad.
Te llamé en una casa antigua y deshabitada, dulce, oh dulce la sala y más dulce la cocina.
Cuerpo en el que pienso. Pensamiento que recompone el misterio de su espejo.
Agua y no espejo. Chorlitos tu mirada que se acerca a beber.

3 / La anunciación
El labio, el tendón, se dan a un metro de lentísimo abandono.
De forma que si de él partieran dotaciones de pájaros
y se viera debajo de sus agudos arcos azul invierno,
flor de azul pálido yendo hacia la indecible intimidad,
podríamos conocer en nuestra propia experiencia
la ballesta que aún cimbra durmiéndose en las manos.
No de nosotros el tiro partiría, sino de un recodo de la historia
que, tejida, ya no manejamos.
Allí vibra lo que puede ser, y de un modo de difícil comprensión,
la fibra del hecho potencial se teje, tenue, junto a la otra.
Así esa mujer sonríe con un cansancio de niebla y palidez de orgasmo;
la hebra de sus sueños está en otras, no específica,
exhala un suave olor mientras fabrica
azul o lo que parecía prometerse:
la cama, el café, antífona mañanera.
Y con todo y nada de él hicisteis campo,
carne de rosa, oro del sentido.

4 / ¿Mejor la sarga que la gabardina?

Amarillo, como el color de Buda, sección latina:
de este modo, o como el de una rana cuya sapiencia
esparce notas claras y desconcertantes, el tardío reflejo
del sol en las mesas de mármol falso agudizó el sentido.

Ya sabía que mientras anduviera adivinando el pronóstico del tiempo
no vería en verdad el cielo acidulado de este crepúsculo
que se abre en caminos que a primera vista parecen transitados.
Y tal vez lo fueron, pero ¿cuándo?, ¿por quiénes?

De esto hemos de sacar algo, queridos amigos, los que no estaréis
a bordo cuando parta sacudiendo alguna hilacha del jubón,
disimulando el miedo, concentrado, según parecerá, en las maniobras del tránsito.

Nos dejaron con esta apuesta: veréis en donde todos pueden ver;
sabréis donde haya qué, y no donde parezca que nada sabéis.

Así pues es marzo o abril, ha cambiado el cuadrante de los vientos en nuestros corazones
y os preguntáis si debéis dejar la ventana entreabierta esta noche.

La línea del coyote

(Editado en 1999 por Ediciones del Dock)


Libro primero/Confutatis

En la calle una sensación repentina de vértigo y grandeza,
¿la habrás probado, Wolfgang?
Todo este hálito que se alza desde bahías habitadas,
amaneceres tibios, ruidos de las selvas y las excavadoras.
Mire ese hombre en un bar desde una distancia neutra.
Ha comprendido entre un torbellino de frenadas,
de sirenas y gorjeos ásperos de motores
que se pueden olvidar las cuentas y el despertar dolido,
el retiro de la marea de las cosas, el instante histórico de la materia:
es eterno ahora; y teme.

¿Quién lo sabría? Así como cada hombre lleva su cáncer secreto,
cuando el delirio de la sabiduría lo absorbe, nadie se entera.
Wolfgang, a menudo asaltado por el vértigo, sin embargo
habría hecho relámpagos sosegados de violines, una coartada.
El hombre en el bar ha pagado su momento a solas con el espíritu.
Lo recuerdo: siempre hablaba de Roma. En particular,
de un café llamado Pérgamo. No hizo mención
a nada del café. Y describió sin nombrar
un camino de la luz hacia ciertas tazas
que parecían abandonadas en una mesa,
los restos de café duros en el fondo,
el borde de una de ellas cascado.

Hablo de otro. Otro hombre, otro café, la Puerta del Sol.
Y yo hablo de otro Pérgamo, un museo, en Berlín del Este,
con ciudades reconstruidas en salas artificiales.
totalmente refractario al sol. Un palacio adusto sin ventanas.
De todos modos hablamos de cosas que se parecen.
Hablamos de uomi chiusi. De figuras en cuyo interior
el mundo se abre como una fruta. Figuras.
Hombres en posición ausente.
Hay otro mundo en los mundos. De eso se habla.

¿Qué mano parece haber arrojado esto y todo?
Me refiero a las huellas de la excavadora bajo la lluvia
miradas al pasar frente a una ventana.
Imprima el Requiem sobre ellas. De esto hablo.

No hay nada que no suba hacia una planicie violenta
cuando el espíritu anda entre las cosas.
Las cosas muertas, las que fueron, las que parecen
haber quedado a medio hacer
-huellas de la excavadora, el resto duro de un café-,
es ese haber vivido que puede decirse en un acento soberano.
Sin embargo, Pérgamo, dijo él. O Mozart.
¿No hay también un espíritu desasido entre las cosas?
Un algo de muerte melancólica. Las pesas, el metro,
el ridículo cairel, los jarrones con llanto,
la Dama de Eliot que escuchaba a Chopin, tan íntimo.
¿No cree la sustancia de las cosas sea el abandono de un dios?
La basura industrial, los grandes depósitos, el centro
de cualquier ciudad de noche,
¿no lo llevan a ese fondo de raspaduras y cráneos molidos?
De huecos hollinados, de paciencia.
-Una mujer lo amaba de verdad. Fue un impacto el amor
como las primeras luces, el ruido indistinto, la confusión del plasma.

(En el monobloque, de noche, bajo una lamparita de baja potencia,
aferrado por extraña pasión a una uruguayita a la que no entendió,
escribió cuanto pudo en el reverso de los tickets,
en las portadillas de libros sobre dietas.
Exiliado, amante de la sombra de un exilio mayor,
tuvo siempre más que callar que algo que decir.
Cómo decir lo que no se sabe. Cómo decir las frutillas,
el plato del gato, la autonomía del marco de un cuadro malo.
Sonata para violín y piano en el traqueteado casete.
La noche disolvía la torre obtusa del monobloque.
Otra cosa es con guitarra, decía el payador. Otra cosa
es otra cosa. Pero es con guitarra. Y en tanto
sonara la sonata se permitía solamente escribir
la lista del supermercado, de una artificialidad
y una elementalidad profundas: yerba, carne, mayonesa
A los pajonales, a los totorales, deseaba volver.
Era la última en apagarse la bombita. Cuadro amarillo la ventana.
El rostro reflejado contra el vidrio abismal.
No los reconocería sin embargo. No porque estuviesen
ahogados en petróleo o sobre ellos las casas frívolas de fin de semana.
No los reconocería porque nunca los supo. Porque jamás los vio.
Y los ama por aquello, y escribe tras los tickets
algunos párrafos confusos sobre la materia).

Borravino el núcleo, espigado el sonido, de la materia final.
De este hombre en el bar la Puerta del Sol deberían traslucirse indicios.
No hablo del de Pérgamo, pero no hay tales esquirlas
en el rostro del tipo del bar.
El sonido amortiguado de una plancha de piedra que se hundiera.
Su total oclusión lo hace sospechoso.
Perfecto extraño. Criminal auténtico.
Nuestros sistemas de medición son discutibles.
Las cejas, contracciones de los músculos en la cara,
el modo de llamar al mozo.
Podría, en su torbellino de toberas, en su desequilibrio momentáneo,
cancelar las señales, un cielo que se nublara de nubes invisibles,
lluvia que no se viera, mundo estrictamente incomunicado
del espíritu en él.

(Ahora estamos frente a frente. Sin bibliotecas ni productos residuales.
Vine aquí para enfrentarte cara a cara, dijo el hombre del monobloque.
Pero no había abandonado los contrapesos en absoluto.
Su pasado entre los esteros. Las sorprendentes lomas.
El inapropiado mugido en la tarde que siempre fue última.
Y además, el celo, o lo que fuera que lo unía a la uruguaya.
La materia todavía más incomprensible de sus cremas humectantes).

Empeñarse en que un hombre tiene el secreto:
¿cuál es el tuyo?
Empeñarse en que está entre nosotros
viviendo un vértigo inabordable.
Este hombre del bar Puerta del Sol es solo un tipo.
Una figura en la tarde infectada.
Anónimo completamente. Esa sería la trampa.
En cuyo caso tampoco la comprendería.
Ni núcleo ni avistajes en su hueca profundidad.
El mal mugiendo en tu barriga. Restos del fruto mal digerido.
Uno solo y no todos mordieron allí.
De uno la costilla se hizo mujer.
No tenemos nada que hacer en estos sitios.
Aquí no está aquello.
Y lo que pongas aquí irá en tu contra.
La materia ni dios saben.
A eso se debe el silencio perfecto de todo.

(Hace diez años paga el alquiler y escribe.
Lo que escribe es el pus de una batalla que libra solo.
Nunca la placa radiográfica de la noche dice algo.
No acepta el combate. Es la misma.
Me voy a ir, se dijo. Como una protesta que pudiera abrir la grieta.
Cada noche lo dijo. Y escribió en un ticket el sorprendente resultado.
Otro apunte sobre la respiración de ella y una lata de atún sobre la mesa.
Era -comprobó- como si toda la filosofía lo rodeara. La biblioteca entera.
La multiplicación de las preguntas. El Kaiser. Un ejército.
Millones de suelas gastadas en propósitos más o menos magnos.
Y la sonata lo hacía al fin llorar sobre una lista precaria abismal).

¿Cómo, si es lo mismo Pérgamo o la Puerta, estaríamos vivos?
El hombre de extraña precisión en el relato
o el que es la mera figura del hombre.

Un juego intolerable en que el mar nos desafía
y nos tira a la playa como obenques vencidos.
Una polución insostenible de propuestas desoídas.
Moriríamos de una desesperación abyecta, congelada.
A nadie podríamos decirle que lo que no sabemos atormenta.
¿Qué es aquello que no sabe Pérgamo?
¿Qué es lo que la Puerta del Sol niega con rencor?

(Dicho de algún modo, reflexionó. En billetes sin interés.
En confusas frases. En el agitado olor de ella traducido
a ese código que nadie entenderá. Dicho así.
En el vivir aquí, en el monobloque.
En la existencia de abstractas viviendas industriales.
En la inexistencia de totorales y bandurrias.
En cualquier cosa donde haya rebotado el sello.
Está dicho).

Aunque te suene a resignación, olor de tumbas,
este es el filo de la vida.
Nada creciendo de bahías sin sueño.
Nada entrevisto por algunos gigantes prematuros.
Bardas en el Neuquén, zanjas secas, pozos de petróleo,
el veneno que riega las semillas de futuros monstruos.
Todo es tu abecedario. Y nada lo es.
Elegís siempre.
El documento se escribe con todo lo que puedas.
Y que polvo de cal que quede afuera
o las centurias que queden afuera
no obsedan lo que tu espíritu ilumina.

(La uruguaya duerme sobre la colcha de telar.
Huesitos de pájaro, pecas sobre los pechos,
el ronquido intransferible.
No me voy, repite él en silencio).


Libro segundo/Hacia el mal

La muerte de Satanás fue una tragedia
Para la imaginación. Una negación
Capital lo destruyó en su morada
Y, con él, muchos fenómenos celestes.

Wallace Stevens

...en un mundo que no aclara
y borra
de sus límites lo que a corazón desborda
.
Darío Rojo

Warner:
No veo más que un negro perro de agua;
puede ser una ilusión óptica de vos.

J.W.Goethe, Fausto

1.1
El peso del mal en cada gota
sobre las hojas de las enredaderas.
El pasto, el sábado, surcado por las huellas
de quien se postula como espíritu
sustentador de los árboles, el rocío.
Pero, y no es que este rocío esté contaminado
de hollines, restos, basura de combustión
que flota y con el agua mansa desciende sobre el pasto,
sino que el espacio con plantas
junto a las vías de un tren suburbano
es, básicamente, la herida,
y el espíritu sustentador no otra cosa
que lo que mantiene abierto este maná
del que nuestro mal se alimenta.
¿De qué se nutrirían nuestras raíces
si no de cualquier tajo de vegetación,
cualquier zumbido de panal en verano o lluvia
que no estuviese de verdad en los planes,
rotunda, absoluta, el golpe decisivo
del vacío natural en aquello que constituye
el día en el que navegamos sobre aguas inconscientes?

1.2
Aquellos que se acariciaban bruscamente
sobre la mesa del recreo junto al Río.
Habían llegado en una vieja moto,
era fácil confundirlos con el mal.
Pero no eran el mal por lo que aparentaban
con las camperas raídas y el amor a la nafta
en combustión y a los ruidos profundos de la máquina.
Si atravesaron toda la provincia en moto,
cualquiera hubiese apostado
que no se habían extasiado
ni intentado hacerlo con el vuelo de las garzas
a las orillas de la ruta,
ni con la vida del pantano,
ni con el movimiento del pasto bajo el viento.

Del mismo modo, tampoco los arroyos químicos
los inquietaron o mortificaron,
ni la basura en el bosque,
ni los neumáticos junto a los arroyos.
Esos ángeles insensibles partieron la naturaleza
por el asfalto. Fueron perfectamente equilibrados
sustentándose en su propia velocidad
y en la vida de sus cuerpos.
Y con lo que no habla no hablaron.

1.3
Tememos las ciudades, grandes escorpiones,
o inesperadas amebas gigantescas en la pampa.
Desciende el pájaro negro desde el árbol
y el chico en el parque se asusta y se fascina.
El pájaro sin duda le habló girando a veces su cabeza
hacia lo profundo del parque,
se diría desde lejos le indicaba cuánto de promesa
de bosque tenía la fronda ahí,
pero también en ese punto empezaba una fábula tenebrosa
de chicos y brujas, migas de pan y ogros (se sabe).
No hay salida, ¿no lo ven? Por todas partes
el miedo, el horror, el éxtasis, hicieron sonar
sus aturdidoras matracas. También nosotros
fuimos arrojados desde los cortinados del bien.
Y ahora nos excluyen las galerías de Occidente
que el capital construye como deidad sin deus
y más allá de él.
No fornicarás madre ni padre ni agustina hermana.
Darás al César.
Pero si leíste los libros, si leíste todos esos libros,
vago, fantasioso, inútil, en ese maldito cuarto en desorden
sin dedicarte a trabajar, si los leíste
leíste el único libro y no comprenderás.
La suma, la resta, la división, los logaritmos,
las fuerzas de la historia considerada como mecánica
de los cuerpos en el tiempo y ante la muerte
y todo aquello que pueda deducirse de esta palabra,
tienen por regla la inclusión.

2.1
(Me gustaría que entraras esta noche al cuarto de los biombos.
No podría dejar nada al César.
No podría dejar nada de este cuerpo desnudo al César.
Todo el cuerpo, hasta el último centímetro de piel.
es para que esta noche lo tomes en el cuarto.
Extendido blanco, junto a la ventana; te irías
de otro modo o nada tendría de vos si te fueras
sin haber tomado todo el cuerpo entre los biombos).

2.2
Así si el mal es lo que daña o perturba,
lo que sangra y escapa, lo que no puedo tomar
ni comprender y confundo.
Así si el mal es lo que no me contiene ni contengo,
entonces la belleza, entonces la belleza
es como el árbol encantado del mal, el hijo de la vida.
Si no hubiesen destruido hombres en esto,
y de algún modo también algo en cierto punto
del tejido del todo objetivo, entonces lo tendría
como el dolor de un lance,
una cruzada por la calavera personal,
por el pájaro que obsede desde el bosque,
el agua entre las manos, la arena
o el fetiche que de todo esto se haga.
Pero, por Dios, golpearon fuerte
en alguna zona fuera de nosotros.
Y ahora somos la playa que desdeña el libro
porque las escrituras fallaron en un punto.

2.3
Un planteo simple, según creo:
por haber expulsado a Satán y dar al César,
algo violó la ley del cálculo.
Hicieron de todo formas y dejaron el desierto,
los cardos, la taiga o el bosque,
las siluetas de los árboles
y los despeñaderos
librados a una imposible beatitud.

3.1
El viejo rezongaba,
sus costumbres eran insufribles.
Animadas por una lógica sencilla,
escapaban sin embargo al entendimiento.
Todo en el viejo era imposible
porque habíase hecho sujeto sin oración.

Salido del mercado, no era signo que pudiera leerse.
Y esto de orinar en el fondo entre las plantas
que se pasaba cuidando inútilmente el día entero,
o el rezongo como una respiración del cuerpo,
lo tornaron destituido como el verde,
las fotos que tomó -¿para qué?- a lo largo
de setenta y ocho años
y la jarra de un vino que nada alborotaba en él.
Distinto al ocio, el tiempo del viejo,
entre un árbol arruinado y los tomates,
el crepúsculo de la fe, el triunfo
de una razón que se alimenta de sí.

3.2
La religión engendra monstruos.
Antes de necesitar lo que el bien propone
hizo falta lanzarnos a los grandes desiertos.
Extraviados, habríamos de querer así el bien.
Pero de este modo, la totalidad se hizo pedazos.
Los nombres y los infinitos vuelos,
las infinitas ondas, los matices,
la leña y el árbol, el olor y el picante,
el azul o el pizarra, el cuervo y la alimaña,
no comulgarían entre sí ni con el zorro.
El canto de la nieve, los ejércitos,
todo aquello era una irremediable pérdida.
Aun encerrados en las casas o en los altos feriados,
en la magnífica cima o en la pena,
algo incompleto diríase acechaba.

3.3
Prosperó el imbécil, hablando al animal,
que era el fugitivo, negada su potencia, el mérito
de andar sin desvelo, de crear de sí mismo el gozo.
Confundidos los tantos, la inteligencia así surgida
era manca.
No hubo exclusión: Dios se fue.
De modo que las últimas semillas son del ángel
desbancado.

4.1
Y el dolor cuando te hablo
y el dolor cuando no estás:
la eterna conversación de la amante,
esta vez, interceptada por el vuelo de las gallaretas.
Ella se calló en la ventana.
El vacío en el teléfono
fue una decepción abismal para él.
¿Por qué, se dijo ella, habría de sentir este tirón,
esto como de músculo exigido?
La visión de la bandada no le produjo paz:
sintió de pronto que dejaba de sentir.
En tu vida ordinaria, en tu estricta vida ordinaria
estaría el tao (el potencial puesto por su cuenta).
No hay mensaje en la bandada, dijo.
Que no hay promesa en la bandada ni dolor, repitió.
El abismo para el amante en el teléfono gimió.

4.2
Hablamos demasiado con Dios.
Entre las muchas decepciones,
entre las ocupaciones,
en las mañanas sin color,
hablamos con Dios.
En el discurso del negocio,
en el discurso del amor,
hablamos mucho con Dios.

Un booguie-booguie, una guitarra latina,
una salsa de tomate, hablan con Dios.

5.1
Ríela la luz del velero en el agua entre islas.
Toda esta previsible belleza, repitió.
El trago fuerte, el cigarrillo ligth.
¿Ustedes vieron la villa bajo la autopista?
Aquí, al llegar al puerto, preguntó.
Toda esa gente que lo rodeaba no tenía respuesta.
No tenía una respuesta moral. Y siguió fumando.
Los cigarrillos en la oscuridad trazaron el círculo.
No lo levantaron en toda la noche.
El ritual se cumplía una vez más.
No hubo historias ni recuerdos de mujeres
-sus vientres abrazados, su humedad entre las piernas.
Afuera del círculo quedó Satán: las mujeres, las villas.

5.2
Ahora bien, este es el viento seco.
Mirando cada mañana el viento seco.
Acompañado de las plantas sin ansiedad.
Mirando cada mañana el viento.
Ahí donde el viento golpea.
Ahí está aquello de nosotros que es nada.
Donde no hay pensamiento. Donde las ramas
se inclinan hacia el viento.

6.1
Y he de hacer del amor una simple y curiosa
necesidad.
Esto dijo.
En la puerta del hipermercado y mientras
se ocupaba de algunos paquetes,
frente a la avenida de ocho carriles
que se desliza naturalmente entre bajos edificios,
todo sostenido por la telaraña del sol,
un día perfecto, pero sin reparar en eso,
mientras su atención estaba en las bolsas
de plástico, las latas, la verdura,
y sin embargo tampoco era atención, dijo, sin conversar,
"el amor, una curiosa y simple necesidad".
Ahora, por dios, que conserve esas sílabas,
que nadie altere el ritmo, el color y la respiración
de esas sílabas,
que no despierte en ella la tempestad de la pasión
o la razón.
Que ojalá no recuerde.
Que no embolse el dogma o la moral eso que dijo
en las rápidas redes de las células profundas.

6.2
¿Esperar qué nervio, qué acción,
qué sistema?
¿Esperar cómo? ¿Hacer qué?

Aun en la basura, aun señor en la basura,
aun en la más profunda basura,
saltará tal vez la cuerda de este piano.
Romperá de otro modo la tormenta también
contra las rocas del mar.
Indigentes, no deseosos ya,
no trastornados por el mal,
de esta manera, no viento, no señor,
no anhelantes comparaciones,
no búsqueda, no sacrificio.
No comodidad ni su opuesto
ni círculo sagrado.

6.3
Y todo eso, y todo eso, dijo,
también se parece a un himno.
El Pastor no podía ser engañado.
Hablan al animal porque perdieron a dios
y todo sucede porque perdieron a dios.
Y aun cuando fuera dios quien nos perdió,
solamente se puede ir hacia El.
Dijo.

Cuando negás a dios, te acercás a dios.
Cuando destruís a dios,
vas a dios por el mal, porque de dios
son todos los caminos.
Aun de dios son los restos nauseabundos
que ponés en la tierra: basura, químicos, gases,
todo deviene de tu destrucción de dios.
Es el mal el cadáver de dios.
Los basurales, los restos de dios en vos.

6.4
(Y cuando dormís conmigo en el cuarto de los biombos,
y cuando dormís aunque no me hayas tomado,
siento que nada puedo pensar
y el pensamiento se quiebra en tu cuerpo.
Tampoco puedo decir que siento,
porque eso sucede nada más:
el pensamiento se quiebra en tu cuerpo
cuando dormís,
en el cuarto de los biombos).

7.1
Las ciudades como cangrejos blancos en la pampa
el miedo a los gatos o a los pájaros oscuros,
el caserón con rosas, lo perdido,
el rocío en el pasto, el tajo
de árboles entre los edificios,
¿no es lo dado a los sentidos aun del hombre neutral,
el buzo?
La pregunta cae como moneda sobre un plato.
En el sonido, la respuesta es mejor que en el sentido.
Molusco blanco, pampa, casa, rocío,
árboles, tajo,
buzo.
Y todavía en la palabra con légamo de fondo,
basura, grasa, balazo, gritería nocturna,
chapas, violación, infierno, son redimidos.
El mal es el hecho, todo hecho.
Un acto, cualquier acto, un paso,
ajustarse el reloj.
¿Qué pondrías en el cuarto de los chicos?
¿Qué pondrías que no tuvieras que arrepentirte después?
Un retrato de Kafka o un gato de peluche
podrían provocar desastres semejantes.

7.2
La única posibilidad yace en Sodoma.
ahí murió.
Y sin embargo continuamos huyendo de Sodoma.
Y volviendo a Sodoma y a Babel y a Kiev.
Nos sumergiéramos por fin en el mal.
La acción fuera de verdad, dijo fumando.
Mientras tanto, estamos quietos
y todo a nuestro alrededor se va.

7.3
Vamos a ver qué pasa, de todos modos dice.
Y si no fuera el vamos a ver, ¿dónde,
digo yo, estaríamos, piloto sobre el Sahara,
esquimal, enemigo de la aurora boreal?
En las conversaciones, en realidad,
entran las mujeres, la maldita humedad,
y alguien querría hacer algo por las villas.

También está el que levanta un trébol,
el que no trepida al pasar frente a los tachos
llenos de vejigas malolientes del mercado
o los restos de pizza sobre al pasto.
Tu vida ordinaria, tu verdadera vida ordinaria.
Ni la acción es no acción ni es acción la no acción ahí.
Quién no fumó sentado en la cama sin saber por qué.
Pero vos sabés, vamos a ver qué pasa.
Como quien nunca sabe cómo irá el negocio
que mantiene hace años.

8.1
Golpeando el pico de agua,
reparando, juntando las hojas secas,
quemando hojas y basura,
enhebrando las hojas sin cantar,
él era el canto.
Y en el trabajo la paz de los caminos
y la acción del mal.
Y en el descanso la intención, el sepulcro.
No vamos hacia él ni regresamos de él, dijo,
volviendo su cara en un gesto que, al comenzar,
pareció siniestro.

8.2
Dejaras de embromar, dijo, todo fue un error
de la primera molécula, todo un error,
el pasto que parece extasiarte, el rocío, vos,
las guerras de liberación, Moisés, tu cuarto,
ella quería reproducirse igual a sí misma
pero algo falló, un lamentable error de la química
confirma la Biblia, escribe un evangelio negativo;
la biología, un desarrollo equivocado.
Te vas una vez más por las ramas, dijo.
Asombra, dije, la perfección del error.

8.3
Nadie trasmite un gramo de sabiduría. No hay
un solo gramo de sabiduría en ningún lado.
La revelación, si así debe llamarse,
es estas gotas de agua que vierte la manguera,
el pico roto, o cualquier otro objeto
que no diga nada, nada en absoluto:
el peor aburrimiento, el vacío más rico.

Y cada uno sabrá su cielo verdadero,
y cada uno la ansiedad que lo lleva
al mal.
Ahora parten los barcos.
Allá parten los barcos y ahí no estás vos,
ni dios.

8.4
La estructura de la primera célula
contenía el círculo y
cada círculo que abrió contenía
el círculo,
y si todos los círculos se cerraran
sobre el primero,
se repetiría el error,
caminaría el camino inverso,
de círculo en círculo,
sosteniéndose en un maravilloso tejido negro,
en la seda de sus sueños revertidos,
el error.
No quieras matar el mal ni el bien desees,
los cañaverales y las corrientes rápidas
y la garza y el barro
no tienen leyes distintas a tu impulso,
pero carecen de drama, de ardor y de pecado.
Tu inteligencia que gira en el pantano del poniente,
ante sí misma bella,
debería valer el precio que pongas por el último gusano.

9.1
Ella regresó a la casa por la autopista,
con la carga del mercado.
No volvió a rezar en el teléfono.
Con los años sabría que la herida
atacaría cíclicamente.
Como ordenados ejércitos robot,
como buenas e insensatas guerrillas.
Esa noche y otras sopló el viento
y las hojas cantaron antes de morir
la vieja incomprensible canción.
Pero ella era, de todos modos, otra.
¿Dónde fue a parar entonces la energía
que la había animado y dónde
la energía de todos iría
si pudiesen mirar por la ventana
el mundo ralear en su inmensidad,
achicarse el ansia?
Esta era una pregunta inmerecida
para su descanso atento,
para la vigilia sin armas.
¿Había hecho lo que quiso el universo,
qué ley?
Escuchó al viejo que podría haberle dicho:
no prestes conformidad,
no prestes conformidad a los vestidos del diablo.
Cuando dejes de hablar con dios,
también él dejará su nido.

9.2
Las ventanas de un cuarto dejo abiertas en invierno
y las del otro, cerradas, calefaccionando uno,
el otro en los vientos que manan del abandonado
corazón de la ciudad.
Quise, quiero, todas esas plomerías, los galpones
en las grietas de cuyos pisos crecen cardos
y otras duras plantas. El viento se diría
viene de ellas. Y cuanto más frío el viento
más parece el aliento vivo de todo,
el aliento inverso, la majestad del corazón,
potencia, potencia,
cuando cesa la batalla por los bordes.

9.3
De este modo no sabrás quién te amó.
Ni el primero ni el último serás
que se excluya de la batalla y sin embargo
¿dónde está lo que de ellos pueda aprenderse?
Veamos cómo podrías hacer dieta del corazón.
Si no es por eso que tus dedos saben el sitio
del velador y el instinto te guía como a funámbulo
por sobre todos los hilos que permiten el día.

Se dice: no comer de ese plato,
y ¿cómo salvaríamos al condenado?
¿Cómo sabríamos que el peor de nosotros no debe morir?
¿Cómo lo rescataríamos de todos modos del pus que somos?
Porque de esto se trata cuando decimos,
en un gesto conmovedor para los planetas:
que quede aislado pero viva el que mató hijos de hombre.
No es fácil salirse de la horrible paradoja
a la que nos trajo el Hijo. Funciona como instinto,
tal como si un dispositivo ciego rearmara la fuga
en un nuevo diorama.

9.4
Supongamos un carnaval de santos,
una feria de divinidades,
un feriado universal de la ética.
Es entonces posible que lo dañado en tus cristales,
la impertinencia del sol, el dolor de ciertas figuras
a las que llamás paisajes, disminuya.
Hablarás al animal de manera tal
que se entenderán sin registro
y los movimientos de lagartijas de las galaxias
huyendo de sí mismas no entregarán sentido.
Buda no escribió, ni Cristo,
y ese fue el mensaje, el medio.
Pero es que quise poner en relación
el mundo abismal de los reptiles
con el de los severos halcones
y el placer que de allí deviene no cede.
Amurallado, lanza bengalas sobre su exterminio
como una incesante Troya.

9.5
Durmiendo en las noches de invierno, tu casa
bajo los planetas y los gases de las ciudades;
durmiendo en las noches de las ciudades,
tu pensamiento es una muela de herrumbrado molino.
Ninguno de tus semejantes sabe si va contra sí.
El fin no es concebible,
ni siquiera en los ejércitos en lucha.

Y de todas maneras parece
que el metabolismo de su pensamiento
envenenara su alimento cada vez más.
Qué otra cosa que verlos ahogarse en rapiña e inocencia.

9.6
Camina el viento y habrá ruido en los pasillos.
Las hojas de todas maneras se vuelven
hacia aquellos principios, la madriguera,
el mandril, la tajante profundidad de la espesura.

Aliado del mal, amigo de las sabandijas, solo
de este modo gozarás de algo que se sabe cósmico
y podría decirse en aires enredados en cierta medida
-nada más que en cierta medida-.
Te sabrás por fin libre de cancelar tus pactos,
rebajar tu óbolo, deleitarte en el cuerpo,
la herida cerrando con picazón gozosa.
Esperando en el bien, en el mal prosperando.


Libro tercero/La línea del coyote

Unos pájaros.
Y a mí ya nada me importa! Dios sea para siempre alabado.

Ricardo Molinari

Una cajita de madera blanda y esmaltes chinos
en el cuarto en el que por fin te hubieses acabado.
Mas no te acabaste ni te hundís, el bauprés sombrío.
Despertás obligado a reunir los aceros del agua
y el filo del vidrio en el paso rasante del aire,
molido el corazón y en la molienda el canto;
no termina la transmisión
y toda la noche en la taiga el zorro hoza
entre las caries de la tierra.
Retumbará el tráfico en el pasaje tras el hospital.
Llovió. Granizó en plena mañana de trabajo.
Discovery en colores en la penumbra, el zorro,
o el canto de los peces atrapados en el coral.
Necesario es que todos nos entendamos.
Pero ahí están los muertos de un irremisible
cáncer, construidos cada mañana en tu diario
que también es en color.

Esto es de todos modos importante. Nunca
desde la farmacia la empleada vio
una cortina de piedra blanca sobre la avenida,
en el ángulo favorable de una demolición,
sobre los carteles, el tráfico. Los neumáticos
sin duda arrancaban del pavimento el agua
en forma de la corona de una iguana.
El relato de la empleada en la mirada,
de todos modos, el repiqueteo diabólico
de las piedras en el vidrio y en la marquesina.
De todos modos, si ha logrado narrarlo
y quien no lo vio goza este relato al paso
en la farmacia, todavía un mecanismo
que no se termina de conocer funciona.
Y empieza con las sirenas en la mañana
y pájaros que anidan probablemente en los
techos cercanos, cuando trinos en la tormenta
llenan tu patio.

Todo se había tapado y sigue funcionando.
Rezuma agua la tierra junto al tocón de árbol urbano.
Gases de cámaras subterráneas, el vuelo
de botellas de plástico sobre torrentes pardos.
Acuarelas en movimiento, tintas del sueño.
la casa que protege todavía, la rutina
cumpliéndose en la sudestada, el Río avanzando
sobre los zanjones, el árbol de hojas moradas
arrebatado por un viento de troneras, la manta.
Recuerde esta mañana, y trate de recordar la que vendrá.
el tinto óleo de la calma en la habitación,
el vuelo personal de cada papel,
quien pretenda leer el humor y el sueño de un dios,
quien busque el leer para sí /alimentando celdillas interiores,
quien lea para el ciclo de los pensamientos imantados,
quien lea para la calma de los procesos químicos,
quien lea para el registro de hotel de los mundos sepultados.

Lo saben, es inutilidad
la forja natural de los materiales,
contra esto luchan con tenacidad inigualable.
Histéricos siguen los rastros de las iguanas,
filman el aluvión inverso de alas en las llanuras de las cigüeñas
imitan la lección del zorro sin aprenderla en profundidad
-prueban redecillas de conceptos con las patas tibias.
Las bahías las calas las redadas naturales
no siguen una proposición endiablada
y aún así, la caza, el escamoteo, la trampa, el acecho
entre los pinos silbantes, el diestro tomajauc.
Nada del vivir la ganga, en la línea del coyote,
rondas en busca del descuido en el ciclo de los grandes pájaros,
payaso oportunista que simula instinto en un aullido gitano.

Tiempo, mediodía estancado entre relentes,
pero un viento sorpresivo donde hubo chubascos nocturnos
y jinetes en el patio.

Qué dirá la sinuosa filosofía,
topografía de un sueño regular,
la mirada en destinos inmediatos,
el oído duro, el desprecio
por las amalgamas irregulares,
la desaparición repentina de una ciudad
no cambia el derrotero.
Todos, sin saberlo, han leído los grandes tomos.
Ponen en marcha el auto y lo aceleran con suavidad o rencor,
justificados los sentimientos, los que sean,
y la necesidad de hacer lo que se haga,
súbditos antes que narcisistas de la causa perdida,
el hoyo fascinado en la cabeza y ninguna salida:
la puerta en fin envuelta en la niebla.

Libro cuarto/Ciénaga

1
El agua en la cacerola en la pileta, en la que flotan
palitos de yerba.
El agua verde.

2
Deberían ocurrir algunos hechos en las nubes,
rápidamente, como lo indica su color,
pero en cambio se restan minutos a un viaje
que podría sumirnos en tales o cuáles esencias.
Se entenderá que hablamos del siglo en el ocaso,
con sus manillas exangües entre los objetos
demasiado distintos de los deseos, demasiado lejos.
Manos cariadas, transparentes, en napas de agua floja
Nada se aprisiona, medimos el salto,
asombra en el techo la desviación de un tubo
y una comba en la pared del pasillo que no estaba.
Al volver al bunker, la sombra es otra, hoy
luminosa, ayer más verde, diversa y pesada.

3
Aun con sus cabezas ampulosas de poca movilidad
tienen ojos reptantes.
Es como si no perdieran la costumbre.
Las operaciones que les restan, los caminitos
del mal entre los dedos que les restan.
Velozmente pero con exceso de ferocidad
para tan corta dimensión piensan antes de morir
en los relámpagos de sus sangres
que ya no abrirán caminos a la acumulación
o deberán abrir sendas para la acumulación
en la montaña impenetrable, de poco usufructo,
de los días que siguen llegando, postal tras postal.

4
En verdad perdidos para toda ferocidad eficiente,
reclaman que el lugar fue construido, y les pertenece,
por el trabajo en la unción, por los filamentos familiares
de la explotación capitalista, por el ribete de empeño
personal que han invertido en las mañanas y en las tardes.

Pero se ha hecho volátil el lugar para ellos.
La abstracción guía sus esfuerzos por un mapa.
Colocan y retiran la capitalización de la sangre
con impulsos electrónicos y órdenes telefónicas.
Se encuentran más ásperos en la medida
en que huyen a rincones con acacias o tilos
de los que vuelven enfrascados en la conducción
del auto, las voces de su conciencia abriéndose
a relatos de herreros, de duros muchachos
de los galpones, aun de pistoleros amorales.
Pero no esto: ni siquiera la chance de comprender
el estupor de las carreteras con sus luces rápidas.
Luces que suponen bordes. Bordes y más allá
campos abstractos o viviendas abstractas o edificaciones
fabriles y supermercados con su orden distante.

5
Ya ven. La acumulación, privada de honorabilidad.
El objeto con la aureola viscosa de un esfuerzo
alienado. El movimiento de hordas en el mapa,
chinos en el Down Manhattan, rusos en la Recova.
De los héroes todos se apoderan, señas
de los emperadores extraviadas en la inteligencia pura
de los negocios. Reconocimiento en las bolsas.
Cajas, composiciones en el paisaje, disueltas
las marcas de las espadas, las alhajas enterradas,
las piedras del camino romano cubiertas
por capas geológicas, plantaciones y tinglados.

6
A veces en la noche se siente de todos modos el rugido
a miles de kilómetros de profundidad
llegando a la superficie con una trepidación incesante.
¿Cuánto el cachalote puede permanecer sumergido?
Más abajo, más abajo de este improbable movimiento.
Más abajo, más abajo de las imágenes virtuales.

7
Hay hortiguerales firmes en mi cabeza.
Hay filas de árboles y cada detalle de sus cortezas.
¿Puede ser firme el terreno cuando el crepúsculo
está lleno de flecos inestables y abierto vacío?
En la cabeza todo parece labrado con pequeñas dagas,
con ferocidad de centurión, con ahínco de monarca.
En la cabeza las voces son ciertas aunque oscuras,
o tal vez ciertas por oscuras.
Inquietan los ruidos, la vacilación de ciertos golpes.
Pero no es así tu cara. El universo del inversor
recoge ecos como eructitos de dokes cerrados.
Su mundo real comprende las caras cercanas
que se abren en un sinfín de autopistas y colectores.
Y en ellas el blanco completo a veces se presenta:
la densidad completa o completo total,
el fin de la Araucaria y la consumación del número.

8
No los ven sobre México y Quito. La necesidad, el robo
están allí mezclados con el sol, las nubes tóxicas,
el aserrín y lo hechos que se suceden en los objetos
acabados. No los ven. Es una gasa sucia el aire.
Ellos son abstractos como el cosmos que miran.
Los grandes captores se han disgregado en las líneas
que trazaron sobre las pantallas de sus cerebros.

9
Olor a madera o la muerte rigen aún en cierto punto
desplazado. Y más desplazado cuando lo siguen.
como si el dominio del movimiento cerrara sobre ellos.
Al correr el límite, corren aquellos momentos de ser,
nunca los incluyen, el teorema abrumador los mantiene
en las zonas ampliadas por sus mecanismos. Bárbaros
cuya invasión no se consuma aunque ganen territorios.
El hombre del dolor y de los sentidos hace tiempo;
y el tiempo del hombre marcha con ellos
como una sombra globular ya jamás conquistable.

10
Alguien, incluso ellos, guardan el acceso a un puerto en desuso.
Allá las plantas crecían entre las piedras y junto a herrumbrados
faroles. Esto no es, en su recuerdo, un final. Es amplitud.
Allá se depositaba el universo como una lluvia de polen.
Allá el azafrán de la muerte, o la vida de mínimas moscas.
La corriente dura trasladando óxidos. La humedad penetrando
las maromas olvidadas, el jergón tirado detrás de la pared,
ladrillos a su vez cubiertos de musgo negro o verde.

11
¿Lo veían? La inmensa fiesta de miniaturas o de grandes escalas
en que las muertes y los días, la Tierra y los cosmos edificados
traficaban un tiempo de secretos circulatorios.
Entonces, una transpiración de las cosas subía hacia el aire
donde volvía a macerarse, de manera que la historia
era cruzada por canales, abierta por canales,
recorrida por canales de luz y de viento
permeable a la desolación, al sentimiento,
a la identidad difusa e imantada, al rumor de colibríes
que bajaban hasta el reverbero de las armas
y de las herramientas, y giraban
en torno al galpón cuyo alfabeto decía secretamente
la gloria del ganado, el dramático silencio.

12
Hora de la buena sombra. El cuerpo depositado
al fin en el telar de palo del acontecimiento.
La ventana abierta a lo que, de todos modos,
hay de real en los circuitos de allá afuera,
la ronda policíaca, el cartel de neón, papeles
barridos de las últimas metrópolis.
Hora de la respiración y de las mínimas reliquias.
De los signos buscados en la grieta.
Gotea de todos modos la canilla sonámbula.
En la gigantesca acumulación aletea el plumaje
de un pájaro fósil, se incendian vetas de carbón
para morir.