8.12.08

El poema frente a la Historia

por Eduardo Ainbinder
Perfil, Cultura
7 de noviembre, 2008

Hay cierta unanimidad en la crítica que a partir de su libro La Caída de los cuerpos, (1983) hubo un punto de inflexión, un antes y un después en la poética de Jorge Aulicino. Y que además ese salto cualitativo se afianzó definitivamente en Paisaje con autor. Pero es a partir de la aparición  del poema “Himnos Corsarios” en un libro posterior, (1994), donde se me antoja se  produce el otro antes y después en su poesía, o por llamarlo de otro modo, el momento en que empieza a notarse la necesidad de abandonar el limitado sector del ángulo nor-noroeste de su escritorio, como ironizaba Bustos Domecq en una de sus crónicas, en favor de incluir en su mobiliario una mesa de trabajo más grande, dónde el poeta pueda desplegar por ejemplo, el trazado de una batalla o de varias, y enumerar la cantidad de elementos, de detalles, que se arremolinan en torno a los cuadros violentos de esas batallas. En “El insomnio de los soldados”, otro poema también publicado en la década del noventa, el infatigable Aulicino ya hablaba de un imposible ajuste de cuentas con la Historia sin el real concurso de la imaginación: “Puedo imaginar a Billy el niño, a Atila/ a Alejandro, pero no puedo entrever sus noches”, decía a manera de prólogo o quizá de involuntario avance de su nuevo libro Cierta dureza en la sintaxis. Un largo poema dividido en cincuenta partes que quizá signifique dentro de su obra el abandono definitivo de cierta economía verbal a favor de un poema de más largo aliento, con mayor espacio para el desarrollo y la fluidez de una ficción. A fin de cuentas la Historia y la ficción pueden ser oportunidades propicias para reunir una innumerable cantidad de personajes bajo el mismo techo, para tener dentro de un poema una mayor libertad para las más disímiles combinatorias en búsqueda de un efecto de conjunto. Si en la última parte del libro Atila huye por la autopista en un auto último modelo y antes de ser tragado por la niebla accede a la certeza de que su gesta no fue definitiva sino sólo un gota de sangre más con que la Historia condimenta masacre tras masacre, puede que sea una manera de reflexionar sobre los acontecimientos que conmovieron al mundo, sin perder de vista que estos acontecimientos no sólo son “los tiempos del conquistador” sino también “los veranos perdidos”.

Eduardo Ainbinder

© Editorial Perfil, Buenos Aires

6.12.08

Asombros y pérdidas

por Daniel Amiano
6 de diciembre, 2008

Un discurso complejo, disperso, imprevisible le da forma a esta serie de textos que discurren para conformar un poema-río que desemboca en un nuevo nacimiento: el del designio del hombre, el desvarío de una humanidad que no aprende del espejo que genera. Entonces, habrá que empezar de nuevo. 

En Cierta dureza en la sintaxis, Jorge Aulicino elabora un discurso que plantea no sólo una ambición poética distintiva, sino también una búsqueda que profundiza el juego con el lenguaje que el autor ya había expuesto en libros como Hostias y La línea del coyote. El libro se construye de cara a una épica de la derrota. No la derrota como emblema, sino como destino irremediable, que se dibuja en versos como: "Te bastaba una ciudad coloreada por el guiño de la tormenta./ Ahora intentás pactar. Pero no hay con qué quedarse./ Entregarás un alma que no le sirve a nadie". Aquí se expande el campo de batalla, y el resultado de esa batalla ya se conoce. Lo que el poeta anota es el devenir de la lucha. Por eso, se mezclan los tiempos, hombres y creencias que marcaron a la humanidad, nombres propios, muertos anónimos. 

Las imágenes surgen de las contradicciones históricas y cotidianas, de contemplaciones distantes en tiempo y espacio. Esas imágenes están unidas por un sujeto impersonal, ajeno aunque a veces hable desde un yo, porque ese yo también vacila y rápidamente adopta la tercera persona para llevar al lector hacia otra tensión. Esa ajenidad enriquece, desafía, pone en duda –una duda filosófica– tanto al observador como lo observado. 

Aulicino narra ese campo de batalla con detalles dispersos, no para llegar a un final –siempre se llega a la derrota–, sino para dar testimonio. "Lo que condenan a tu alrededor es la muerte joven./ Con malicia has preguntado si a la muerte o al que muere./ ¿Es honorable llegar a viejo y hartarse de comida?/ ¿No es honorable fumar y enfermarse de gripe española?/ A mis setenta años seguiré haciendo muecas./ Pues las palabras son equívocas/ cuando el anochecer se levanta." La fragmentación acentúa la intimidad, e invita al lector a tomar partido en esta guerra íntima. No ya por el bien o por el mal, sino por el lugar desde el cual uno decide participar del devenir de la Historia. 

Poesía densa, inestable y estimulante, Cierta dureza en la sintaxis propone lectura y relectura, conclusiones y contradicciones, asombros y pérdidas. Aulicino, nuevamente, juega en los límites del lenguaje directo, conversacional, hasta llevarlo a una suerte de zapping poético que apuesta al vértigo –que es el vértigo de su tiempo, nuestro aquí y ahora–, para alcanzar una vista panorámica final que, por supuesto, nunca será definitiva. Apenas la señal de que hay que volver a empezar. 

Daniel Amiano