30.12.15

Un monólogo inacabable

por Daniel Freidemberg
Revista Ñ - 19.12.2015

El reciente Premio Nacional de Poesía interroga en su último libro un cierto estado de la civilización.

Están Lenin y Marx, están los recuerdos del padre y de la madre, y también está, y no poco, Cristo, como presencia y como ausencia –para el caso es lo mismo–, o, en todo caso, como un elemento que resignifica, por el solo hecho de ser convocado o evocado, la escena: lleva a verla o pensarla de otro modo, porque nada, si se lo percibe mediado por esas convocatorias, es solamente lo que es, aunque es ante todo “eso que es”, sin más vueltas.

Si algo resultará evidente para quien lea El Cairo es que no hay revelación mayor ni acto más importante que atender a “lo que está ahí”: cúpulas, cielo de verano, humo de escapes, basura, anuncios luminosos, por ejemplo, que bien pueden estar en el Abasto porteño, en El Cairo, en Amsterdam, en Miramar o en la que fuera otrora la República Democrática Alemana.

El mundo está para ser leído, interrogado, aunque toda conclusión es provisoria, modesta, y si la revelación suele estar en la ausencia de revelación no por eso deja de ser una revelación ni desaparece la necesidad de buscarla, o acaso haya que llamarla “redención” y no casualmente un poema va a hallarla en la película policial de la noche y el esponjoso trapo junto a la pileta.

Lo de siempre en la poesía de Jorge Aulicino, desde Almas en movimiento (1995), o tal vez antes, podría decirse: y, sí, en buena medida lo de siempre, pero más, y probablemente mejor.

Como quien se interna cada vez más en el camino de una obsesión, porque en ella se cifra la razón de vivir o de escribir, este último Aulicino (posterior a Libro del engaño y el desengaño , que le valiera hace poco el Premio Nacional de Poesía), vuelve a presentar poemas como tramos cerrados en sí mismos, como momentos con vida propia, de un inacabable monólogo que, de libro en libro, lleva a cabo a la vez un registro de situaciones –un ejercicio ávido de la mirada– y un desvelado trabajo del pensamiento lanzado a indagar a ese mundo, que más que “el mundo” es un estar en el mundo, el de quien mira y piensa en la escritura.

Y también es, en cierto modo, el estado de toda una civilización, sometida a la doble prueba de la mirada implacable y la memoria. A través de versos largos, calmos y a la vez tensos, en los que cada palabra parece escogida no sólo por “lo que dice” sino también por su contextura, su peso, su temperatura y, sobre todo, su historia, el que discurre en los poemas de El Cairo es un sujeto que, pasados los años, y vistas las respuestas que no se produjeron, no encuentra en eso un fracaso sino otro tipo de respuesta.

La suya es una actitud como de quien constata que así al fin y al cabo son las cosas, y ese es el exacto momento en que cada poema se parece mucho, muchísimo –o tal vez lo es– a la fundación de un nuevo mito.

15.10.15

Firmeza de Cristo en la materia

El incienso encendido en la crisis energética.
La ciudad poblada de parches de oscuridad.
Él arde otra vez, vuelve a nacer, coronado de inmundicia.
Basura sin recoger. Gente que grita soluciones torvas de un lado
al otro de una mesa llena de copas en las que el óxido del año
comienza a actuar. Un largo silbido de aire caliente arremolina envoltorios
sobre la mesa. Saben de qué hablan. El templo otra vez, disputado.

El incienso has encendido en tu casa a solas, después del nacimiento,
luego de las multiplicadas reuniones de símbolos: los hijos
a punto de partir; los padres y tíos que envejecen; el poder
que los mella hasta en ese vacío de Cristo en el que nace Cristo otra vez.

¿Te acordás cuando tiraste al griego por la ventana?
Cayó encima de un florista. Te acordás de Raúl.
Ninguno puede recordar el nombre de su bisabuelo.
Esto nos diferencia de la oligarquía, Señor, para mal.
Porque es como si esta tierra no fuera nunca nuestra.
No tienen vino. * No tenemos peces. No tenemos más que esta vacía
celebración de Cristo nuestro Señor, sin Cristo y sin Señor,
y aun con Cristo, y aun con sombras de perjuros, en substancia.

Y bajará, este año bajará como los otros hasta tu incienso solitario,
bajará a las paradas de colectivos, a los subterráneos, al supermercado.
Bajará y declinará con el año, sucio al fin, crucificado. Otra vez
comeremos de su carne y su sal. Comeremos su espíritu sin mellarlo.
Lanzaremos voces, sentiremos que la sangre se enfría en las ventanas.
Sentiremos que el cuerpo cae por las vidrieras, por las alcantarillas.
Sentiremos la ausencia de Dios hasta que nos revienten los oídos.
Sentiremos y oraremos sin saber. Bajará con el gesto de siempre.
Con el gesto de quien ha venido a morir, hasta que se entienda
o no se entienda, y los remolinos de la putrefacción, que es al fin
el destino de la carne y la voz, nos vayan llevando de a uno, de a dos,
incluso a los que duermen con más que sus necesidades cubiertas,
a los que duermen o rezan por sus necesidades, con el cuchillo en la garganta.

* Las bodas de Caná, Evangelios


El Cairo,
Ediciones del Dock,
Buenos Aires, 2015

10.10.15

La firmeza de la soledad en los manubrios

No necesito los anchos campos para oír la soledad poblada –
oír o ver, oler o palpar, un sentido debe dar cuenta de esto.
Estás parada ahí,
tras un sillón, en un estrecho espacio, de espaldas a una ventana
de vidrios esmerilados–
no puedo evitar un escalofrío a lo Poe, pero recuerdo,
y el recuerdo hace tu sombra más amable.
La diafanidad de los campos y los espectros tienen un raro vínculo.

Sustancial es esta ancha soledad en las motocicletas estacionadas sobre la vereda.
Tarde de diciembre, 2013. Buenos Aires.
Sustancial en el agobio que siente hasta el sol estrellado
contra un cielo de celeste ardiente.

El desierto de gentes recorrido, de beduinos, de motociclistas sin raíces,
pero cuyas raíces portan el lejano partir de una embarcación cualquiera,
una chalupa guerrera, un barco al pairo, un petrolero.
Raíces imantadas de desierto y de soledad y de palabras
que se recuerdan, que mitigan, que ahondan a la vez, el fantasma.

Nadie escribe en estas paredes Viva mi madre. Nadie escribe la verdad.





De El Cairo,
Ediciones del Dock,
Buenos Aires, 2015

18.8.15

Falconry

What do the dregs of the atriums, the rapist, the unpunished, the one-armed,
the sweaty idiot, the one that cuts in rage the phone off, the one that cries
know about your intentions today?
What does the one who knows, know; the one that shed guts,
put them together with electrodes, put them to fry,
shouted in pleasure at discovering the formula,
when seeing the cream of the hypothalamus,
the answer to the coughing or sneezing?
What do those who sleep on benches, those who went far away,
those that die in the subway, those who bite the brake,
and those that climb the high voltage pilons because it’s their job
know about your voices encapsulated in our heart?
Where is the glow? Who would seek for it in the familiar history,
in the repressed homicide, in the market trash?

And yet, any sound in the thin morning
could lead us into your unerring abyss.
An ordinary thought, freed from its waterwheel,
in the air of the owl that drove the suffering away.

Hostias, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2004
Versión de Silvia Camerotto


Cetrería

¿Qué saben hoy de tu propósito la hez de los atrios,
el violador, el impune, el manco, el sudoroso idiota,
el que corta el teléfono con furia, el que llora?
¿Y qué sabe el que sabe, el que derramó vísceras,
las unió con electrodos, las puso a freír,
gritó de placer al descubrir la fórmula,
al ver las natas del hipotálamo,
la explicación de la tos o del estornudo?
¿Qué saben de tus voces encapsuladas en nuestro corazón
los que duermen en un banco, los que fueron muy lejos,
los que se mueren en el subte, los que muerden el freno,
y aquellos que trepan a las torres de alta tensión porque es su trabajo?
¿Dónde está el fulgor? ¿Quién lo buscaría en la historia conocida,
en el homicidio reprimido, en la basura del mercado?

Y sin embargo, cualquier sonido en la floja madrugada
podría llevarnos a tu abismo certero.
Un pensamiento cualquiera, liberado de su noria,
en el aire del búho que alejó el sufrimiento.



14.7.15

La muerte que te embiste con reflejos de plata


(a un soldado español caído en el combate del 3 de febrero de 1813)

La muerte que te embiste con reflejos de plata
y acero se nutrió de tus olivos y lleva su color.
Pero son de ella la soledad de estos ríos,
los ríos que no cambian aunque Heráclito soñó lo contrario.
La soledad de los ríos y las reses, el opaco lomo del agua,
el temblor  untuoso y socavado entre los pastos ,
un temblor, una sombra gótica en cualquier bajío,
la microscópica amenaza: insectos negros armados como torres.

Su acero fulge en aras de un horizonte sin Borbones,
aun con los colores de su escudo. Qué inextricables sin embargo
para vos sus motivos,
                          
                                         este desierto duro y tenue, los sauces,
la canción de la pampa llena de entrelíneas, la paz hosca del ladrillo,
la cal de sus siestas, que sella todo.




23.6.15

1 Poeta – 10 preguntas / Jorge Aulicino

por Pablo Moreno


1-¿Dónde se encuentra el germen de tu creación? /// Quizás, si es por el origen: ¿cómo te involucraste, cómo caíste?  Y si es por el método: imagen, contenido, experiencia, sonido, ¿qué gatilla el poema?

Prefiero responder sobre el “germen” en el sentido de nacimiento de un poema, aunque no es muy seguro. Una idea me parece a veces la ocasión de un poema. Otras veces el germen es una preocupación por escribir: uno se sienta a escribir y ve qué pasa. Otras veces es el esbozo de un comentario a un texto leído. Sin duda siempre el germen está en la percepción de que el lenguaje puede tener un nuevo giro, encontrar relaciones inesperadas pero necesarias (regidas por su propia necesidad): uno ve esa posibilidad antes de escribir, la ve completa o apenas dibujada y espera el momento adecuado para producir la torsión. A veces se presenta en la primera línea. A veces toda una descripción o la enunciación simple de un pensamiento implican ese desvío y constituyen todo el poema. Tal vez este desafío es también el germen en el sentido del origen, la explicación de cómo me involucré.


2- Las influencias son necesarias e inevitables, a veces hasta deseables pero ¿cómo logras  liberarse de ellas? ¿Se es más libre cuando se han sacudido las influencias?

¿Por qué habría que librarse de ellas? No sé si se es más libre. Si lo que uno repite es vocabulario, sintaxis, modos, como prolongaciones de las obras que ha leído, parece preferible librarse de ellas. ¿Pero es eso? Emular, continuar, prolongar, las obras de otros –las que han establecido lenguajes- no sería indeseable en sí mismo. Creo que uno se libera de las influencias solo porque falla, porque no puede continuar coordenadas que no conoce a fondo, ya que no es el otro, no habita en la mente del otro, no es visitado exactamente por las mismas palabras y las mismas imágenes. La obra sería una descomposición de las influencias, y luego el trabajo sobre ella. Trabajar en lo echado a perder, diría el libro, I Ching.


3- ¿Crees que la poesía actual hecha en Argentina es comparable a aquella de los años  vanguardistas construida en torno a la revista Martín Fierro, y sus grupos de Florida y Boedo?

El único punto en común me parece que es la repetición de polos de tensión, que hoy son distintos. Veo la cuestión así: en los años veinte, tanto Boedo como Florida rompieron con el modernismo y fueron fuerzas polares. Entre ellas había fluidos contactos, nombres que representaban esos contactos: Olivari, Tuñón. Pero había asimismo núcleos duros en ambos polos. Lo que se suele olvidar es que en las postrimerías del modernismo existió una corriente mal llamada sencillismo que a mi juicio fue decisiva para el surgimiento de Boedo y Florida. Y poetas como Héctor Pedro Blomberg, que influyó en los años veinte. Lo que ocurre ahora no me parece una repetición programática de aquello, no veo un neovanguardismo enfrentado a un neorrealismo. Pero hubo polos de tensión en los ochenta y creo que deben de existir hoy. No los tengo muy claros. En los ochenta convivieron impulsos barrocos con impulsos conceptistas, más allá incluso de la consagrada polarización neobarroco-objetivismo. Esta tensión no abarcaba todo. Lo que dejaba atrás era el llamado coloquialismo. Pero esa generación descubría antecesores en la generación anterior, trazó incluso una genealogía que iba más lejos. Se compartieron aspectos de esa genealogía: Juan L. Ortiz o Alberto Girri. Por estos dos nombres, por ejemplo, pasaban los afanes de varios poetas cuyos comentarios sobre esos autores no eran coincidentes. Sería simplista trazar una línea que una a los objetivistas con distintos aspectos de la poesía de los sesenta, y, más atrás, con los boedistas. El caso es que si se remonta el curso del objetivismo, se encuentra uno con estaciones en los cincuenta –César Fenández Moreno, Joaquín Giannuzzi- y en los cuarenta: Girri. Habría que manejarse con líneas más tenues. Y ver incluso fuerzas extra polares: un tradicionalismo lírico, formal y conceptual, que llega a Enrique Banchs, pasando por voces de los cincuenta y de los cuarenta también.


4- ¿Qué te parecen los mecanismos alternativos de difusión de las obras poéticas? Que han sido alabados en igual medida que criticados.

¿Hablamos de internet? Me parece un medio muy apto para difundir poesía. Impone otra lectura. Un remedo, una idea de fragmentarismo y transitoriedad. De brillo y oscuridad. De bolsillo lleno de tornillos y piezas sueltas.


5- ¿Cuál  es el pacto que estableces con el lector? ¿Es populista hacerse entender?  ¿El virtuosismo es soberbia?

Hacerse entender es lo deseable. Pero está bien aquello de Nicanor Parra: cada poeta tiene su propio diccionario. El poeta debería detenerse no cuando cree advertir que no lo entenderán, sino cuando le parece vano lo que escribe. Cuando simplemente siente que empieza a sobrarle lenguaje. Esa frenada es la mejor poesía. Trato de explicarme mejor: puede que uno no entienda racionalmente lo que ha escrito, pero que advierta que allí está el reverso irracional de lo que piensa y dice. Si da un paso más, hará sobrante. Allí debe pararse. Con este criterio podemos entender sin duda uno de los Cantos de Pound o una poesía más simple. Pound puede fallar, muchos de sus cantos parecen, además, incoherentes. Pero no lo son. Puede haber muchas frases, con conexiones no visibles, pero no suelen sobrar cosas. El poema podría funcionar más abreviado, pero los versos que añade, de un modo que parece azaroso, no están de más. Podrían no estar, pero no sobran. Hay un poder en ellos que los hace a la vez prescindibles pero pertinentes. En cambio en un poema perfectamente legible pueden verse, algunas veces, desastres irreparables. El virtuosismo consiste en la eficacia. No hay antagonismo, para mí, entre esto y la voluntad de hacerse entender, de trasmitir. En cuanto al populismo, me parece una palabra extrapolada de la política. En el sentido de producir efectos que puedan remitir al mundo llamado popular, por ejemplo en el lenguaje de Evaristo Carriego, a mí no me molesta. Creo que en esos casos es casi la sustancia del poema, porque –siguiendo con el ejemplo- frases tales como “y lo peor de todo sin necesidad” me suenan a amorosa parodia. Pero, ¿qué es hoy poesía popular? ¿”La zanjita” de Juan Desiderio? Allí yo veo la misma querible parodia de los poemas de Carriego, llevada a zonas más densas, a la marginalidad. Virtuosos eran en cambio los poetas del lunfardo. La poesía lunfarda es virtuosismo por la inversa, como observó Aduriz. Y cualquier slang no cribado por el observador, cualquier poema en slang, sería virtuosismo al revés.


6-¿Crees que el poeta, como tal, tiene un compromiso social particular, o más bien se trata de una sensibilidad más expuesta a los males de la sociedad?

El sentimiento de injusticia es simplemente imposible de ser soslayado. Pero otra cosa es el canto “de denuncia” directo que surgiría de creer que la misión del poeta es crear conciencia sobre la injusticia social. Eso es arrojar luz sobre la luz, porque nadie ignora la injusticia social, principalmente no la ignoran los que la sufren más. Cómo reaccionan ante ella, es otra cuestión. Pretender sentirse sin deudas con la conciencia me parece realmente psicopático. Mirada política: eso sí me interesa en la poesía. Y querría agregar algo: leí una nota en el New York Times que me hizo considerar la cuestión desde otro punto de vista, y me sentí involucrado personalmente. El fotógrafo Andrew Moore se dedicó a fotografiar la decadencia industrial de Detroit, sus fábricas, casas, oficinas, abandonadas. Detroit, como sabrás, ya no es el infierno industrial que fue, y la naturaleza invade de nuevo hasta la pomposa, imperial, estación de trenes. Moore muestra imágenes posapocalípticas, tremendas, mudas, estéticas. Es un vacío arrollador, pero vivo. Ahora bien, la gente de Detroit se sintió molesta. “No somos eso”, dijeron. Se quejaron por el daño que esas imágenes hacen a la ciudad, que, en efecto, no es “sólo eso”, según tengo entendido. Esto me hizo ver la cuestión de la responsabilidad social desde el otro ángulo. El espíritu del capitalismo está hablando allí. Habla el capitalismo cuando dice “no es sólo eso”. Aunque también habla el capitalismo en las imágenes de Moore. Moore no se sintió cómodo, yo tampoco. Moore reivindicó su libertad, aunque reconoció la tensión entre dos formas, si se quiere, de entender la responsabilidad social. Yo también. A pesar de que creo que estamos en las ruinas de la Historia hasta el cuello.


7- Hay varios lugares comunes: toda poesía es política, el subjetivo es político, etc. ¿Cómo, según tú, se articularía lo político en literatura, desde el retrato. ¿Desde la queja? ¿Desde la disección de la realidad?

Si, toda poesía es política, lo subjetivo es político, etc. Que es como decir: todo reclama un orden. Pero la poesía se articula precisamente desarticulando. La queja, desde ya, me produce horror estético. Y de la disección digamos que tiene el mismo carácter narcisista de la poesía social. ¿Quién puede considerarse con la lucidez necesaria para empuñar el bisturí? Por otra parte, no quiero recibir lecciones simples de la poesía. No quiero que me diga lo sabido. La poesía debería trasmitirnos la complejidad con certeza física.


8- ¿Cuál fue el último libro de poesía  que leíste?

Leo varios libros a la vez. Por nombrar una obra que empiezo a leer a fondo: la de Jorge Leónidas Escudero. La de los objetivistas norteamericanos, dispersa. Leí a fondo y mal traduje la Divina Comedia. Leo a Franco Fortini. Leo las “Estelas” de Víctor Segalen, con traducción de Federico Gorbea, que acaba de publicar Activo Puente, como para hablar de novedades.


9- ¿Cómo te sitúas en el dilema arte premeditado  versus arte no premeditado; mapa del poema versus escritura sobre la carne caliente del asunto?

Escribo sobre “la carne caliente del asunto”, con una idea. El artificio premeditado, o al menos intuido en su forma general, a veces sirve. Pero hablo de una idea muy general, tanto como decir que un poema será largo o corto y que empieza en una ventana, en unos colectivos que vi a las siete de la tarde, en una escena, en unas palabras, en unos conceptos.


10- Según tu criterio, ¿qué poeta vivo que habría que releer en la actualidad?

La pregunta parece referir a alguien a quien regresar. En mi caso, releo todo lo que me interesa y está a mi alcance. Y las mejores obras de maestros vivos son para mí la de Hugo Padeletti y Juana Bignozzi. Pero mejor diría que, hablando en general, hay que leer, no releer, la poesía en italiano de Rodolfo Wilcock. Hay que conseguirla, en primer lugar. Y eventualmente traducirla toda. No se ha hecho eso todavía. Y aunque parezca increíble, no existe la poesía completa de Raúl González Tuñón. Ni se reedita a Raúl Gustavo Aguirre, ni, desde hace años, al propio César Fernández Moreno. La obra completa de Girri es ya muy difícil de conseguir, no sé si todavía circula la que editó Corregidor. Toda la poesía llamada neorromántica de los cuarenta es inhallable. Y hablando de extranjeros,  el Paterson, de William Carlos Williams, no lo he visto traducido en la Argentina. En fin, creo que habría que tener a disposición muchos autores vivos o muertos, argentinos o no, que no están en el mercado. Carlos Drummond de Andrade, por ejemplo, Manuel Bandeira. Ese es un déficit terrible del mercado que los blogs llenan a medias. Las editoriales independientes no suelen tener recursos para cubrirlo. El trabajo de la Universidad del Litoral me parece muy saludable en el plano de los poetas argentinos: ha editado las obras completas de Carlos Mastronardi, de Ortiz, de Padeletti, de Juan Manuel Inchauspe. Hace un par de años, la editorial Argonauta reunió la obra de Ricardo Zelarayán. Son hechos aislados y titánicos. La traducción de “Hojas de hierba” de Walt Whitman por Pablo Ingberg, que sacó Losada, es para mí un gran acontecimiento, como la traducción de los poemas completos de Shakespeare por Andrés Ehrenhaus en Paradiso. Pero no hay en la Argentina bibliografía suficiente ni para empezar a entender la poesía del siglo pasado, sin ir más lejos. Y sin ir más lejos, la de América latina. El poeta es un lector arcaico en la Argentina. Un coleccionista de antiguas ediciones.

* Septiembre del 2011

https://sites.google.com/site/10preguntaspara1poeta/jorge-aulicino

24.5.15

Ahora, las cosas que no son fundamentales para mí

Ahora, las cosas que no son fundamentales para mí
forman una difusa legión, como ciertas veces las sombras en el día.
Son, entonces, las cosas realmente importantes y casi siempre inaccesibles.
Ahora, llueve sobre el río: no hay nada más inútil que esta lluvia sobre al agua.
Tal vez nada más fascinante, por otro lado.

Papá se achicó con los años. Aunque no podía contener su ira natural
y tampoco descuidaba su pelo ni su cara, hablaba a veces en italiano
y se mostraba atento a muchas cosas que para él antes no eran nada.



17.3.15

De "Libro del engaño y del desengaño", 10

30
(Otra “Demanda contra el olvido”)

Recuerde al alma.
¿Cómo, qué, recuerde?
Recuerde el alma los consagrados machetes
los golpes de azar, los golpes malogrados,
recuerde cuando era pobre y creyente
y no mejorado y difícil de timar.
Recuerde, recuerde, recuerde,
los famosos cadáveres, recuerde.
No condene ni juzgue, recuerde.
Recuerde, niéguese a este claro vidrio,
niéguese a esta distancia no crepuscular.
Recuerde la exacción del tiempo,
recuerde la voz monótona del Partido,
recuerde a los parados sobre las mesas,
el balcón recuerde, el juego con la multitud,
la política de acción, la seguridad absoluta,
la generación espontánea de la revolución.
Recuerde: cuando empezamos
Pier Paolo ya había enterrado a Gramsci, al partido y al siglo.
Recuerde que fuimos más, urbanos y campesinos.
La patria recuerde.
Recuerde el candor del crimen.
Recuerde la palabra acción qué sonido lúgubre
Recuerde la palabra política, qué sonido de ábaco.
Recuerde qué instituciones mórbidas.
Recuerde la violencia que engendra.
Recuerde las cadenas. Recuerde, en fin, las travesías
por las pampas. -¿Habría allí lugar al polvo de montoneras?
 -Usted vio trigo y carreteras.
En la gótica ciudad recuerde el café.
Recuerde cómo ennegrecían las fachadas.
Recuerde que nada era la rabia sin el método
y el método sin rabia. Recuerde lo entumecido.

Recuerde el color biliar del Centro.
Recuerde los bandos. Recuerde las marchas.
Recuerde las palmeras y el ulular de sirenas.
Recuerde el son militar que no era ya de guerra.
Recuerde cómo combatimos el atraso con barbarie.
Recuerde esa guerra criminal. Recuerde la carne.
Recuerde la iluminación en la ceguera
y la ceguera en la iluminación.
Recuerde el esqueleto de la república feudal.
Recuerde los costurones de la república popular.
Recuerde la gestión sin intermediación.
Recuerde el triste olor de los laureles sin olor.
Y recuerde el sabor del laurel.
Ciudad sin eternidad. Ciudad sin irrealidad.
Ciudad con memoria de la achura y no del caldo.
Recuerde en la ciudad que no podría nada recordar.
Recuerde a Donato, a Salvador y a las cocinas.
Recuerde las nubes bajas. Recuerde la casa de enfrente.
Avive el seso y despierte.
Contemplando.
Cómo sucede la muerte,
cómo rodea la vida,
tan callando.
Pues le buscarán el costillar
y las fajinas.
Y le pedirán que hable, y aun llorando.

De Libro del engaño y del desengaño, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2011

14.2.15

Las palabras muerte o angustia de las que provienen los versos

Las palabras muerte o angustia de las que provienen los versos
no concurren a ellos, no los hacen mejores. Y de ellos están tan lejos
como esa casa pintada por Dora Carrington
al pie de una montaña entre los árboles mágicos.

No por allí hay entrada.
Es sólo la llegada.

Luego, dirás blandiendo el adjetivo imprevisto, la asociación,
el nexo imaginativo, que las olas rompen junto a la prisión marina
desde la que el convicto tiene, al menos, la visión lunar.


(inédito)

27.1.15

Así como los merovingios decayeron y degeneraron


Así como los merovingios decayeron y degeneraron
en bebedores, idiotas de ambición, menores,
así la tarde ha pasado de un raro castaño general
a un gris vidrioso y caliente atravesado por insectos
que dan vueltas alrededor de dos luces ahí no más, en un balcón
cuyos bordes están herrumbrados, y recién me doy cuenta


(inédito)