22.12.19

Corredores en el parque

(Texto completo.
Publicado en 2016 por Barnacle)

Textos de la contratapa

Una y otra vez la poesía de Jorge Aulicino se metaboliza en potencia spinoziana. Acá, en estos versos donde, sobre el final de una poema, un hombre con un remo llega para golpear una puerta, volvemos a escuchar los ritmos fantásticos de esa obra maestra de la poesía argentina que fue Paisaje con autor.
Leyéndolos, uno no puede dejar de habitar el poema: estamos, por un momento, sentados en ese auto que mira a la gente correr por el parque. Fabián Casas

Jorge Aulicino (Premio Nacional de Poesía 2015) ha escrito este libro recurriendo a un lenguaje que no desmiente el brillo en su parquedad y economía, llevando a cabo hazanas notorias, hasta el punto de hacer que todo parezca posible, de más noble carácter, del lado de arriba de la tierra. Lo que por aprensión no resiste el pulso acaso puede ser recordado: La poesía no es lo sorpresivo sino lo extremadamente /próximoAlberto Cisnero
                                                     


I. Corredores en el parque



Cuando los del FBI pasan corriendo a través de las cocinas

Cuando los del FBI pasan corriendo a través de las cocinas
chinas o de los grandes restaurantes,
en tanto los malos les arrojan carritos y sartenes para
entorpecer su paso, pienso en los grandes procesos,
en los admirables procesos químicos que interrumpen,
las fabulosas obras de la fritura y de las especias
el punto maestro de la salsa.

     El correr con traje de calle a los balazos
inventando tretas contra el contrabando de mestizos
y pactando con carteles y muriendo sobre el pavimento
sólo nos sume en auténtica melancolía inactiva;
pese a los cual los muchachones con traje que desatan
una balacera en el restaurante y luego
corren con trajes y zapatos negros como
futbolistas en ropa de civil, nos despiertan una ternura
ligeramente londoniana; por la inocencia final
del que no es otra cosa que la acción,
y por la volatilidad del traje, que es una prenda cómoda,
contra lo que suele creerse.


Mujeres que cuentan su experiencia

Mujeres que cuentan su experiencia,
el alto tejado ajeno, el regreso
a la casa paterna,
el dentista, los chicos ensortijados, altos ya.
El trabajo alienante las has hecho sentir la distancia
-que en realidad existe- entre lo que se recuerda
y lo que se ve: bolsas negras
para devolver a la tierra
la ropa y el tocador de la madre muerta;
cartas que no se sabía que existían, el dentista,
el plomero, el trastorno de hoy, el auto finalmente
parado en el costado de una calle,
y mirar enfrente a los que corren en el parque.


No importa que ya no oiga el crujido de las naves

No importa que ya no oiga el crujido de las naves
en Bristol, una serenata nocturna, un eco
de cierta eternidad:
he aprendido sobre balandras,
asaltos a cielo abierto, golpes de mar
que nos quitan el alma,
y a diferenciar el bergantín de la goleta.
¿Lo ves, capitán? Más
cerca de las máquinas el hombre se hace lobo.

Enfoca el bauprés hacia el combate.
La tripulación está  contigo
porque en verdad no está con nadie.

Pronto llegará la revolución del pistón.
Nuestros cielos de oro serán piezas de museo.
Nos buscarán en el fondo del mar
y el hueso de tu hombro señalará
campos de marsopas, a lo más.


Fumad la pipa con el dulce tabaco de oriente

Fumad la pipa con el dulce tabaco de oriente
ahumado y el del occidente, rubio y encrespado:
nada más puede daros consuelo, capitán:
allá las naves alineadas: a tu lado el turbante de aquel
primer oficial; lejos el arpa y la dinamita del Eire;
lejos la cruel desesperación de las sentinas;
lejos, lejos, remeros
llevando la chalupa hacia la playa ahíta de coral,
de cuerpos, de latas:
la sucia hermandad de la lluvia y la basura.

¡Ah tardes de ebonita! Luego, la luna
alzada por caballos de nieve muerta.
Y la danza de la odalisca,
y el santuario de Jorge o de Ganesha.
Fumad, dragón ajobachado, sulfuroso
imperio en ruinas, torres.


Visto desde cierto ángulo es como si el musgo interesara 

Visto desde cierto ángulo es como si el musgo interesara
y no la guerra, cuando en realidad llenos de musgo
la cara, los botines, la tropa avanzó por el bosque
/camuflada...

Pero aquello lateral, lo sabés...

El tintineo de una cafetera, el color en la vena de un viejo,
                                     briznas sobre el aeroparque...
Lo indescriptible en la mañana saturada y en el vacío aire.
Un hombre con un remo ha llamado a la puerta.



Detrás de los pinos de artificio un cementerio

                                 Fila tras fila con estricta impunidad
                                 Las lápidas abandonan sus nombres a los elementos
                                                                                                 Allen Tate

Detrás de los pinos de artificio un cementerio
es, dramática, curiosa, irónica y tristemente el
único testimonio vivo de una civilización.
A rachas el sol irrumpe a través de una luz gris caliente,
camino a las playas atlánticas de la República.
¿Quedan los nombres de esas lápidas expuestos a qué?
Contemplan más bien, no exentos de sabiduría,
la lucha circunstancial entre la indiferencia marmórea
del turismo y el lejano campanazo de la muerte.


Luego de haber introducido el realismo en la enología

Luego de haber introducido el realismo en la enología,
patrulló durante años la costa de la inacción;
pues cuando se sabe la dificultad de la metáfora,
cuánto los colegas quisieron definir ese sabor de fondo
-lo mismo que mirar el cielo cada día desde la cocina-,
uno entra en catatonía, el teléfono suena sin cesar,
el goteo en las profundas tuberías es el único consuelo.


En la casa aún vacía de mi hija

En la casa aún vacía de mi hija
ni muy nueva ni antigua
de techos altos y muchas habitaciones
la pintura no está bien
y hay detalles de mal gusto
como ciertos círculos de colores
adheridos a algunos vidrios
o la estufa de leños falsos;
pero es enorme y silenciosa,
se oyen los pájaros en el níspero,
el laurel, el limonero, las tejas
Mi hija aprecia esa riqueza
inestimable, ese
monte interior, salvaje
y protector,
ese jardín en el que despertó la especie.

Y el gato joven con su leve maullido que asomó
en una ventana de la galería alta,
          y la conventual luz
               y la eternidad sin muebles
Sólo un ligero gesto de angustia muestra
por los detalles
de una no natural decadencia,
siempre en torno de las epifanías

Hablamos en el auto de cómo quitar las calcomanías
con agua caliente y esponja de plástico


Superman, huérfano del cosmos

Superman, huérfano del cosmos,
tu tierra es tu enemiga, la poción mortal,
el talón de Aquiles que el demonio del caos
ha puesto como baldón sobre el débil reportero
y el muchacho que vuela como poesía futurista
sobre los rascacielos, los bosques y el polo.
Rocas de una identidad que te persigue
y que estoicamente soportás, tu origen:
el universo hecho de subdivisiones y brutales alejamientos.


Así como los merovingios decayeron y degeneraron

Así como los merovingios decayeron y degeneraron
en bebedores, idiotas de ambición, menores,
así la tarde ha pasado de un raro castaño general
a un gris vidrioso y caliente atravesado por insectos
que dan vueltas alrededor de dos luces ahí no más,
en un balcón cuyos bordes están herrumbrados,
y recién me doy cuenta.


Vi que el golfo de Adén ardía

          ...los dioses huyeron disfrazados de animales:
          «Mercurio de ibis, Apolo de grulla, ave tracia, y Diana de gata».
                           Robert Graves, citando a Higinio, La diosa blanca


"Vi que el golfo de Adén ardía
y entonces comprendí que la belleza del mundo es infinita
y la llevamos por túneles y cavernas
hasta el Hades para que de nuevo arda;

y la belleza del mundo es el candor con que llegamos
a ver
el golfo arder;

y aún en las torres de petróleo está el candor
pues son reales y el color trepa por ellas;
y aún en el horizonte pétreo está la belleza
pues esa mancha gris-punzó-verde brillante
dice que es bello el desierto, el fin,
el golfo, la cloaca, el cielo".

Bello el anochecer que cae sobre las plantas
y los ardientes colores en las pantallas de las pc.
La materialidad realista, por irreal, es el perfil
del joven dios convertido en ave tracia.


Las palabras muerte o angustia de las que provienen los versos

Las palabras muerte o angustia de las que provienen los
/versos
no concurren a ellos, no los hacen mejores. Y de ellos están tan lejos
como esa casa pintada por Dora Carrington
al pie de una montaña entre los árboles mágicos.

No por allí hay entrada.
Es sólo la llegada.

Luego, dirás blandiendo el adjetivo imprevisto,
la asociación, el nexo imaginativo,
que las olas rompen junto a la prisión marina
desde la que el convicto tiene, al menos, la visión lunar.


Buscando en lo barato su sabor rudo pero cierto

Buscando en lo barato su sabor rudo pero cierto,
en las albóndigas, en la papa hervida
con su cáscara, te sorprendió muchas veces el gusto incluso
por  la sub-producción industrial:
el tabaco hecho de sobrantes,
grasa y carne arrancados a los huesos,
molidos y aplanados en comida rápida.
Pero no cejás:
el gusto de la comida no imperial,
con su vulgar adobo,
el romero y no las hierbas finas,
la brutal carne brutalmente asada.
Y el tabaco ése, a dos pesos, fuerte al fin,
como el fondo de una bodega.
Y la soledad brutal,
con crepúsculos sobre las sartenes.


Ahora, las cosas que no son fundamentales para mí

Ahora, las cosas que no son fundamentales para mí
forman una difusa legión, como ciertas veces
las sombras en el día.
Son, entonces, las cosas realmente importantes
y casi siempre inaccesibles.

Ahora, llueve sobre el río: no hay nada más inútil
/que esta lluvia sobre el agua.
Tal vez nada más fascinante, por otro lado.

Papá se achicó con los años.
Aunque no podía contener su ira natural
y tampoco descuidaba su pelo ni su cara,
hablaba a veces en italiano
/y se mostraba atento a muchas cosas
que para él antes no eran nada.


Sobre una muestra de fotos de George Friedman no se piensa

Sobre una muestra de fotos de George Friedman no se
/piensa
demasiado en creer su imagen de una ciudad que parcialmente  duerme
 /y despierta con nosotros.
Recuerdo y quiero imaginar,
mientras de noche estoy despierto,
que estoy en medio de todo: calles como pasadizos
y oscuras calles vulgares amarillas a la luz de farol;
vías en reposo, tanques de hidrógeno en los hospitales
bajo una luna fría, y  avenidas casi vacías y,
sobre todo, vida oscura en los techos, en las alcantarillas.

Pienso en millones de luces de esta ciudad miradas
desde un avión, ciudades como esta y miles de luces
y demonios que corren como grandes sombras sobre las
/ciudades
vistas desde un avión,
y me digo que uno vive en el fondo de eso,
rodeado de ruidos nocturnos y de insectos, y sabiendo
que a la mañana la manga invernal de un saco
a cuadros en un bar le interesará más
que las galaxias y sus sombras;
       esto porque luces de ignotas colinas se mueven
en el borde sufrido de la manga de ese saco
/sobre el que caen
algunas migas, mientras el hombre
se pierde en la deglución.

-El saco recupera la intimidad, la calle se amortigua,
mudo gesticula el televisor-.


Pongamos que oyeras todos los sonidos como un ciego prodigioso

Pongamos que oyeras todos los sonidos como un ciego
/prodigioso,
como Daredevil, el superhéroe inválido: no serían las voces
sino del dolor, de la ambición, de la villanía, del crimen, de
los despachos y de los galpones,
de las construcciones y los entierros: no serían las voces
ni los sonidos -taladros, sirenas, disparos- de una
civilización que se extingue.

Te bastan voces y los sonidos del pasillo. Son los mismos.
El don sería oír los pasos de una lagartija en tu cuarto.
Podrías decir entonces que oís el corazón del universo,
su din-don, su campana, su mecanismo racional o carnívoro.
Pero lo que sube al cielo es de la obra, la marcha,
 /la estridente sinfonía
en un vacío donde no ululan los vientos
ni cazan murciélagos.


La muerte que te embiste con reflejos de plata
(a un soldado español caído en el combate del 3 de febrero de 1813)

La muerte que te embiste con reflejos de plata
y acero se nutrió de tus olivos y lleva su color.
Pero son de ella la soledad de estos ríos,
los ríos que no cambian aunque Heráclito soñó
/lo contrario.
La soledad de los ríos y las reses, el opaco lomo del agua,
el temblor  untuoso y socavado entre los pastos ,
un temblor, una sombra gótica en cualquier bajío,
la microscópica amenaza: insectos negros
armados como torres.

Su acero fulge en aras de un horizonte sin Borbones,
aun con los colores de su escudo.
Qué inextricables sin embargo, para vos, sus motivos,
                         
              este desierto duro y tenue, los sauces,
la canción de la pampa llena de entrelíneas,
la paz hosca del ladrillo,
la cal de sus siestas, que sella todo.




II. El mar de Galilea



1

La cara resplandeciente con que dijiste “nadie”
hace por un momento que la imaginación se tranquilice
ante un vacío acogedor, un vacío de los signos,
un cielo en el que las constelaciones suenan
como la música cóncava de un órgano
pero sin resonancias afectivas.

El maestro ha dicho “nadie”, en cuanto al quién de la
/Creación, y
ese nadie se convierte en Nadie, un radiante e infinito
/hueco.
De ese modo, querido maestro Ateo, con tu voz muchachil
has encendido de nuevo la Presencia, has activado las
mayúsculas, los entes, las geografías,
los trasgos, los humores, los elementos (cuatro),
los elementos del clima también, los elementos periódicos,
y el carbono, la respiración de las plantas, el alelí abatido
por la lluvia y no sé cuántos jardines, Maestro. Has lavado el
misterio de Dios. Y en tu “nadie” suena el Nadie de todas
las iglesias góticas y romanas.

Me has hecho dormir tranquilo, protegido por Nadie,
en el sordo rechinar nocturno, ese silbido urbano, la cabeza
sobre la presta almohada que recuerda aún
el ululante desierto, el salar, los palos despintados.


2

Los residuos de fierro de la historia, unas manchas en la
/sábana,
los pasos en los techos, los palacios de azufre y de hielo
en los que se encierran los santos inocentes, los que aun
trazan letras en el aire, escriben un código, descifran una
puerta, sienten en sus propios alvéolos silbar caliente o frío
el aire del infierno -“la tiniebla eterna, hielo y fuego”-.

¡Alaska, mi corazón, mi edén, mi exilio!

O la página no escrita del Sahara.
El orín empero enturbiando
las paredes cristalinas de la fe,
de las noches de abrigo,
de los úteros nutricios, el regreso,
la vieja bahía que al fin viste en sueños
-en la que entraban plácidos navíos, flotaban algas,
 las noches eran caminos a la luna por sobre el agua-.

No guardianes: sólo especuladores no rendidos,
sentados sobre el suelo o en cuclillas, como
veteranos de los manicomios, políticos sin tropa,
generales con el saco al revés.


3

No vengas con la camisa cosida de lanzazos árabes
a persuadirme de que el heroísmo pulula en los viejos
/salterios,
en los negocios de muebles viejos, en orinales.

Del heroísmo estoy seguro: lleno el ojal
de tomillo, poblado el oído de dianas y cuernos.

Soy diáfano como monaguillo, como aceitunado paladín.
Llamo fama a la fama, gloria a la gloria, Dios a Dios,
pero cuando se descubre, el objeto es mito.
El otro mundo que yace por aquí
en subsuelos, destila sangre. Cazo vampiros yo también.
Todos ellos traen signos.

Y volamos como ellos en sueños
hacia lugares donde vimos
barcos de verdad, arena “de verdad”, pedrusco
-su sonido oímos, de juego: piedra contra piedra-.
Las imágenes están cribadas de signos.


4

En la criba, avizoras.
Te quedaste dormido en el parque.
Y como aire áspero han pasado fantasmas
de los maratonistas muertos.
Gotean, desde los árboles, arpías.
Antes de tocar tierra, se elevan.

Vi una hoja seca en el orinal.

(Encontraréis al diablo donde haya herbarios y mecheros.
Es el olor acre de las transformaciones.
Los laboratorios huelen a eso, a formol, a carne seca,
al montón de mantas del encierro.)


5

Pasaste días bajo la manta con la misma ropa,
conocés el olor de esa protectora y siempre a tiempo
/detenida descomposición.

Esto son unas estancias, los lugares nuestros,
la propia propiedad donde andamos en pijamas,
así esté en decadencia: la cafetera trajinada sobre la mesa,
papeles, el amontonado confort de la guarida.

¿Cómo lo llamarías? ¿Patria?


6

Sí, la decadencia es tránsito, pero se ordena.
Plácido es mirar los objetos cargados de sí,
transformados por el uso, y por el uso mismo
lentamente descartados.

Morirán.
También la patria.

Si la pensáis, pensad esos cielos oscuros
que solían ser la patria.
Surcados por moradas nubes que son Morada.
Pensad en el trabajo exacto del radar.
y en el navío en la borrasca.

En los extremos patrios pensad.
Polos que están en vuestros latidos:
el hielo y el desierto, el cactus, el pingüino muerto.

Os acompañan sitios y animales, claro.
Os acompaña el gato, el matadero,
ese olor a afrecho que es igual al olor de la manta.
El vaciadero y la gallina.
El empedrado y la casa de atrás.


7

Los bárbaros habitaron los sitios que se abandonaron o
/cayeron.
Godos, alanos, oscuros de piel clara.
Nítido no era su pensamiento, pero sí estructurado.
No traían nuevas, no portaban herrajes ni retórica,
contra su oscuridad combatieron.

El vampiro los siguió; el buitre y el pirata.
Miraron la cruz con santo miedo.
Con el mismo miedo que inspiró en el rancho.

Bárbaros y romanos, cristianos e impuros,
andamos ahora por las mismas cloacas.
Las ciudades provocaron horror, luces y traspatios.
Entendemos vagamente que hay un mapa
que Aquél diseño sobre la tierra: una red
de ciudades y subsuelos. ¿Pero quién es Aquél?
¿Él? ¿Su mano izquierda?

Ya sabés a qué hay olor aquí.
Y sabés que hay fantasmas entre los canteros.


8

En el inquieto lodazal de la casa andan los fantasmas.
Te gusta cierta luz sobre el pantano.
Tampoco sabrías decir si son fantasmas.
Lo seguro es que hay un mundo tras la línea de olor acre.
Es mundo toda frontera, todo límite.
La línea de fortines, las tierras de nadie,
los últimos gallineros, la enconada luz del poniente en
/sangre.


9

Lavadoras, paredes y puentes que se descascaran.
Eran viejos al nacer, en esas fotos viejas.
Puentes grandiosos habrán sido bajo el sol;
lo son sobre estas paredes, en las fotos;
son sucios y lo eran.
Habría suciedad y ajetreo cerca de ellos.
¡Eran ya puentes de anticuario, daguerrotipos,
hace cien años! Conjuros del mar.

(La máquina de lavar se puso a andar sola.
El mecanismo es eficiente.
Se siente el calor de la secadora.
Todo está más o menos ordenado.
Hay humedad. Te dan un ticket.)


10

¿De qué mar hablás, si aquí no hay mar?
Ibas, bajo el sol, a las nueve de la mañana,
rumbo a una laguna artificial
en el privado bosque de un antiguo colegio.
Es este tu recuerdo: nunca nada fue tan matinal.
Pescaban anguilas.
¿Con quién fuiste?
El cura apareció en la orilla, alguien parlamentó con él.
Vos mirabas desde cierta distancia,
sentado sobre el muelle de madera.
¡Qué fresco sol sobre el agua, el árbol,  la sotana!
El cura autorizó la pesca y se fue sonriendo.
Le dijo a tu amigo que no repararían el agujero
en el alambrado por el que habíamos llegado,
siempre que no viniéramos más de dos o tres.
Los domingos. El día de guardar.

Tarde entendiste lo que entendió el cura,
que aquella pesca era una pesca mística.
Que era comulgar y estar en misa.
Y que el hecho se repetiría como un rito
en tu memoria. Como Galilea. Tu Galilea.


11

Una vez más querrías sentir aquel olor
de la cama revuelta y del encierro,
tan viejo, tan tenue, tan humano.
Pero no es posible: como barcazas se alejan
aquellas escenas, y los olores son otros,
otro el encierro, otra la cama.

La verdad está en el flash, te dijo el fotógrafo.
La luz que arroja es lo único que se crea en la escena,
dijo sin ironía,  sin retórica, ni intentar la más honesta
comparación. La luz del flash es allí  la única cosa nueva.
Y en rigor lo único que podés crear.


12

A la pesca de la anguila en lo que se diga.
A la pesca de lo que se desliza frío y patinando.
A la pesca en lo que se dice y no en lo que se calla,
porque en lo que se calla está lo que se dice.
A la pesca del dragón que viene de la anguila.

A la pesca del contradictor.
A la pesca del fuego en el agua.

La tierra, el fuego, el agua y el aire
estaban en aquella laguna que acaso no existió,
aquella mañana, luego de un viaje en bicicleta por
aquel andurrial, entre edificios fabriles silenciosos,
un sábado, un domingo, más allá de una feria.
más allá de una ruta, una avenida, un parterre,
más allá de las casas con techos de tejas.
Primero el ruido y la luz de la compra-venta,
luego el silencio oscuro y duro de la fábrica.
Más allá estaba la laguna, los cuatro elementos,
la pesca mística, el flash, el silencio verdadero.


13

Porque después de la luz está el silencio
y aureolados o cribados por la luz
    se presentan los objetos.

Pero en lo que murmuraba el corredor ensangrentado
había asimismo algo de sentido:

no creas en la palabra “atisbo” ni en la palabra “rancho”.
Las palabras correctas son chabola y rastro.


14

Está la historia de los yelmos y de las espadas,
y está la historia del embozo y de la intriga.
Preferías una a la otra.
Hoy te das cuenta que van juntas
y en unas y otras actúan los mismos.
Sólo que el músculo es feroz, mientras la intriga
cortesana hiere las mucosas
como el olor del cardo o de otra maleza dura;
y el espía calla, fuma, no usa el músculo sino la capa,
pero es incoloro, y desliza suave la mano, el código.


15

Razón no tenían los surrealistas pero estaban cerca.
La poesía no es lo sorpresivo sino lo extrañamente
     próximo,
                   “vinculante”.
Un ministerio más allá de las palabras que se mueven.
Un objeto.

En su minuciosa busca Fijman cuántas carillas llenó,
con el membrete del manicomio y caligrafía excelente.
Sólo obtuvo caminar a cinco centímetros del piso
sin que se diera cuenta nadie.


16

El objeto de poder de Eleguá es el garabato.
El instrumento de labranza pero también lo informe
/o disperso.
Elegúa afronta los caminos, cualesquiera sean.
Entra en ellos con la azada y baila sobre el asfalto.
Está en la luz roja de los semáforos,
en el alquitrán y la pizarra.
El objeto de poder de Eleguá es el garabato.

Llueve, en tanto. Vampiros
y lobizones corren por el parque.
Del otro lado, el otro mundo, el underground, el Hades,
la paralela realidad es en muchos aspectos un comic.
Centralmente, corre una línea amarilla o blanca.


17

La consistencia de la musa
es la de los fantasmas corredores
en el parque; la musa pierde la consistencia
al ritmo de la disolución de los fantasmas;
la musa necesita los cuerpos;
necesita desafiar la continencia
y la pertinencia de los cuerpos
y encender ciudades en ellos como un mapa aéreo.
La musa necesita el recorrido eléctrico
de los pensamientos, la inmaterialidad
que hará materiales las incorpóreas trasmisiones;
aquello que se da del uno al otro;
aquello que produce breve  convulsión, la catatonia
pasajera: “Canta, oh Musa, la cólera del Pélida
Aquiles” que sembró males llevado por Amor;
esto es, trasmisión de La musa, la única que canta:
sin empuñar el instrumento canta en él,
legitima las transacciones, aun las comerciales;
pone arrobo en la tez,
cristaliza el negocio, facilita la circulación de los humores.
Ahora pierde consistencia,
se han blindado las ciudades, no las asedian.
Corre por un parque entre plátanos, pinos, fresno y sauce.
Ejercita el lento circular de lo inmaterial,
como río, entre hombres que querrían ser inmortales
sólo para correr y tomar jugo de naranja.


18

¿Se arrojarán sobre el espejismo?
Ya no. Ya no, pues desarrollaron múltiples facultades,
usinas de células cerebrales;
todo lo cual les permite ver con mayor claridad
            /el color de las veredas;
con precisión quirúrgica lo que es real.

El espejismo, Galilea, no los confundirá ya más.
No somos héroes, se repiten al apartar de sí la sábana,
el cubrecama, redescubrir cada mañana sus piernas;
ir a los subterráneos y garajes; poner en marcha todo,
absolutamente todo lo real: oficinas, televisores,
deflectores, vínculos neuronales.
Se han cerrado y creen que para siempre.
Viven en lo indivisible de sí. Aman casi sus pantorrillas
              /tensas, recién nacidas en la cama.

No advierten, no pretenden advertir,
la claridad de los signos.
La remota claridad de los cuerpos perdidos, la
impenetrabilidad auténtica
del desierto y las ciudades amuralladas:
el lugar donde por Él agitaron hojas
de palma abriendo el otro mundo a su vaivén.
Derribando el Templo,
que era entonces la “verdadera realidad”.


19

          -Che paese è questo?
          -Un paese di merda.
               I compagni, Mario Monicelli

Pero estamos a la altura, tíos, amigos,
ex camaradas.
Todo es consistencia, y de tan sólidos, irreales
los cuerpos.
Achuras al mediodía,
sopas de noche,
comida industrial,
alimentos solubles:
da lo mismo; es materia en mutación,
es sangre o fibra.
Permítase una sola trasgresión a la ciudad: la feria.
Permítase una sola surgente del color y del desorden.
El resto ha de ser gris, fantasmal, lejano.
Con lejanos atletas
en los parques lejanos, y un movimiento suave
de las hojas.
Con comida emitida –en luz azul filas de paquetes, códigos de barras-.
Más advertid la materialidad de las cloacas, de los túneles.
La materialidad del hospital,
la violencia con que llega el subte.
     Y cuán lejos estáis, los que cuidáis vuestro cuerpo,
su integridad,
de la materia, del otro mundo y de este.
En rigor no sois fantasmas.
Temed, más bien, al vampiro neurótico
y todo lo que ocultan los parques.


20

Una vez más querrías sentir aquel olor
de la cama revuelta y del encierro.
El olor de esa protectora y siempre retenida
descomposición. Era una mujer a tu lado.
Años de enfermedad y de auténtico glamour.
Un mundo de otro siglo y de persianas descascaradas.
Un mundo que no era el de aquí.  Que te perdonaban.
Te lo permitían porque ibas a tu empleo,
reconocías los rostros,
a todos tratabas con educación.
Te dieron amor, ¿por qué negarlo?
Ellos también, a su manera.
 Rostros de la calle, de la oficina.
Pero vos no estabas aquí. Eras poco consistente.
En tu cuarto habitaba un olor a polvo de los Cárpatos.
Y tal vez la certeza de que húmedos pasadizos
conectaban con tu ropero. Y más: otra dimensión,
el cielo sexto o quinto de la cuántica; el borboteo
del crisol alquímico, un país de sangre que olía a tu cama.

Corra, corran, corran. Nadie recuerde
la agonía de lo indistinto.
Corran, salven la idea intacta
que tienen de ustedes mismos.
Cuerpos sin desván. Cuerpos irreales y perdidos.
Cuerpos sin cloacas. Cuerpos cuyo huevo jamás fue roto.


21

Por herencia –pues una te pedirán-
dejarás el paraíso de la cocina, el amor aun por los objetos
/viles.
El vislumbre al sesgo de unas fotos en la lavandería.
Y todas las palabras con que pueden decirse esos objetos.

Tuviste autos y pipas y una jabalina.
Amaste los lugares que ellos no aman
-cada calle en la que viviste, cada paso dado por ellas,
el traspatio de una iglesia, un  techo hundido, la lona
y ese balde de material plástico rebosante de jabón
que viste esta mañana en alguna vereda-.
Te gustan las cosas… Oh clérigo objetivista.
Ni porque son ni porque no son nosotros.
Sólo porque no supuran, de hinojos ante sí no se postran.


22

Mirá qué gótico el parque ha devenido.
En él no caben dudas. Sólo sombras lo rondan.
Sobre él se alza una ventana cuya luz se encendió en 1971.
Otra donde titila un candil de 1796.

¿Cómo explicarás tus tratos con el Mal?

No te importa si es el precio por pasar la línea.
Por reunirte con los fantasmas y sus sangrientas batallas
o sus vidas apacibles. Seres que quisiste. Una figura,
tormentosa en vida, que ahora mueve una rueca.

Cielos anaranjados entre los árboles en invierno.
Un camino jalonado de colmillos.
Un palacio oscuro en la colina. Graznidos.
Todas estupideces leídas en los libros.

23

El tacto de la lana, de la madera, de la carne.
El calor de la hornalla, el frío en las rendijas.
Arañas. Libros comidos por los ácaros.
Una lanza de tacuara que tuviste en la mano.
Un guiso. Una ciudadela asediada. Una guerra.
Tabaco y porcelana. Cementerios y vitrales.
Aquella granizada que rompió un ángel de yeso.
La calle Sarandí. El Emporio de la Loza.
El hombre cuyos escasos pelos estaban en desorden
Los chalecos. El dedo amarillo de un fumador.
Tal el aleph que contemplaste en verdad.
En el que de verdad todavía respirás.


24

Aquél mar, qué raro, vuelve en invierno a tu mente.
Es un mar en un desierto.
Y sobre él andan falanges armadas y beduinos.

El Mysterium Cosmographicum: la mente sostenida
por arquitrabes y movida por juegos de roldanas.
Gótica y compleja. Justa y científica.

Una tarde caminaste por un parque
entre estatuas comidas de orín.

Una mañana pescaste en una laguna
en medio de un bosque.

Son cosas para siempre. Ciertas pero manipuladas
por los fantasmas de tu propia química cerebral.
El cerebro, un sótano lleno de plantas pálidas,
de construcciones de vidrio, de objetos de porcelana
que evocan paseos por un parque. La pesca
desde un puente. Una merienda en el césped.

Y las paredes están recorridas por cables,
y hay en las paredes interruptores, enchufes
y palancas. La cal de las paredes ha caído. Colonias
de hongos avanzan entonando el Himno Nacional.

La bandera azul y blanca te recuerda una tarde fría
   /en Ciudadela,
provincia de Buenos Aires, la Argentina.



© Barnacle, Buenos Aires, julio de 2016







3.12.19

El Cairo


 
(Texto completo. 
Publicado en 2015 por Ediciones del Dock)

Nota: Para esta edición digital se hicieron algunos cambios.















1. Interior

Siberia

Papá podía discutir una noche acerca
de trabajar para el Estado.
No tenía moral de los fondos públicos
sino la incipiente certeza férrea
de que había que montar una máquina de guerra.
Y no había sol ni escarcha en las palabras
que aprendió en los inviernos
fúnebres y los días despejados.
Un solo recuerdo le perturbaba el sueño y no supe cuál era.
Papá se nublaba y volvía en sí a cada rato.
Las palabras no podían,
la acción se perdía en consignas
cada vez más lejanas,
y cada vez menos mágicas.
Papá ya no decía nada,
sólo que todo había ocurrido porque debía.

Fijate en Siberia, en los grandes transatlánticos petroleros encallados en la taiga, los amigos del KGB hecho mafiosos piratas aventureros galácticos, mirá el noticiero, el nuevo perfil del National Geographic, las grandes fotos los tubos de petróleo en los que rascarán el óxido la marta y el tigre; pensá en la Patagonia nuestra, en Ushuaia en los presos en los muertos en los fusilados en los enterrados bajo el viento. Pensá en el frío, medio bosque talaron con las manos nevadas.

Era de la intemperie tu gusto burgués por las cosas ciertas, tu odio al
          pequeñoburgués
tu carácter santurrón y nietzscheano, tu vorágine,
tu prolijidad aprendida, tu admiración estética por la solidez,
tu garbo extraño, irónico, recatado.


Firmeza de Cristo en la materia

El incienso encendido en la crisis energética.
La ciudad poblada de parches de oscuridad.
Él arde otra vez, vuelve a nacer, coronado de inmundicia.
Basura sin recoger. Gente que grita soluciones torvas de un lado
al otro de una mesa llena de copas en las que el óxido del año
comienza a actuar. Un largo silbido de aire caliente arremolina envoltorios
sobre la mesa. Saben de qué hablan. El templo otra vez, disputado.

El incienso has encendido en tu casa a solas, después del nacimiento,
luego de las multiplicadas reuniones de símbolos: los hijos
a punto de partir; los padres y tíos que envejecen; el poder
que los mella hasta en ese vacío de Cristo en el que nace Cristo otra vez.

¿Te acordás cuando tiraste al griego por la ventana?
Cayó encima de un florista. Te acordás de Raúl.
Ninguno puede recordar el nombre de su bisabuelo.
Esto nos diferencia de la oligarquía, Señor, para mal.
Porque es como si esta tierra no fuera nunca nuestra.
No tienen vino. * No tenemos peces. No tenemos más que esta vacía
celebración de Cristo nuestro Señor, sin Cristo y sin Señor,
y aun con Cristo, y aun con sombras de perjuros, en substancia.

Y bajará en este año, como en los otros, hasta tu incienso solitario,
bajará a las paradas de colectivos, los subterráneos, el super.
Bajará y declinará con el año, sucio al fin, crucificado.
    Otra vez comeremos de su carne y su sal.
    Comeremos su espíritu.
Lanzaremos voces, sentiremos que la sangre se enfría en las ventanas.
Sentiremos que el cuerpo cae por las vidrieras, por las alcantarillas.
Sentiremos la ausencia de Dios hasta que nos revienten los oídos.

* Las bodas de Caná, Evangelios

  
Expresionismo

Bien podría, porque lo primero
que vi, o recuerdo como primero,
fue una columna de bronce del alumbrado
y no había tales cosas allá;
bien podría, porque el olor de las bocas de los subtes
y el puerto, y la adusta avenida diagonal
fueron la respiración de un monstruo aventurado,
que crearon cuando dormía en la nada:
bien podría ser que haya salido apenas desde un viaje
iniciático al fondo o la cumbre de la civilización,
y su gramática romana; pero sin embargo no entiendo ahora
su apuesta; duermo en medio de esto,
que se reanima cada mañana y es inabarcable:
casas, ocultas algunas entre árboles, ventanas
del gabinete de Caligari en ciertos barrios,
edificios de vidrio, el ronco sonido permanente,
las voces que viajan sobre los techos, el nubarrón cargado
de medioevo y de otras voces, tan broncas incluso,
perdidas en desiertos, la Tartaria, los desfiladeros
junto a un río que entreví desde un tren; cúpulas.
Apuesta que hunde la tierra hacia su centro,
que aplasta los despojos, la basura y los minerales
hacia el centro magnético, que desequilibra,
que se entierra a sí misma, transformándose en
capital y en horas muertas; el rugido inabarcable también
del viejo león del zoológico; todo ruinas previas, en fin.
Y ahora que veo la cabeza de una mujer anciana
-lo único que se ve a través del vidrio, desde adentro
del local, el resto lo oculta una especie de esmerilado-,
no sé si esta mujer avanza muy lentamente, por la edad,
o se trata de su cabeza que pende desde la marquesina
y alguien mueve lentamente y mira hacia el interior del café
que el dueño prefirió llamar brasserie.

  
Roja

a Romina y Mariana Aulicino

Esta tarde de domingo no podés esperar nada del cielo.
Las calles del Abasto rezuman olor agrio
con el calor de horno grasiento de diciembre.
Rojas en el pequeño teatro se desnudan tres mujeres.
Dos nenas en el borde del escenario aúllan débilmente
tras unas pequeñas máscaras de lobo.
Todos los bosques que viste, los bosques implantados
en la costa argentina, los bosques nevados
de Sajonia verdaderos no amparan sino cuentos
que no se pueden contar sino de otra manera.
Aquí, en el caluroso teatro, entre casas sórdidas
del Abasto, las nenas emiten el pequeño aullido de esos cuentos,
y las mujeres florecen al amparo de un lobo que les ha contado
el cuento de mujeres florecidas, mientras come rosquitas
y las migas saltan de entre sus dientes. Ah ellas ya no creen
en la cultura paterna ni creen en la maldad del lobo,
un tilingo que mastica y cuenta cuentos. Pero hay un violín:
el cálido violín de la abuela cuenta el cuento mágico verdadero.
No sabremos de qué nostalgia habla. Pero dice de alguna nostalgia
de un lobo que es lobo y es abuela. Y que no necesita palabras.
En el borde de un oscuro escenario, en una ciudad que hiede,
las mujeres realizan el sueño banal de la inocencia desnudas
y vestidas siempre de rojo, como capullos bastardos,
con vulgar lingerie de sex-shop. Y aun así aúllan débilmente,
como nenas con máscaras de lobos, en el sometimiento
a un lobo que no es feroz, sino un idiota.

  
Escila y Caribdis

‘l vivo spirto de la morta spoglia
Ariosto

Me acostumbré a hablar de una manera estúpida,
con grandes palabras disfrazadas de ingenuidad,
junto al humo de los escapes, cerca del ruido
de los autos, frente a televisores y anuncios
luminosos, bajo los arcos voltaicos de una idea
no suficientemente creída, no lo bastante acunada.
Una vez que se ve que la partícula va de un polo
al otro, y genera un chisporroteo alegre y poco
material, de nada nos sirve volver a los libros:
el tiempo cesó allí. Está aquí, y somos sucesivos,
somos menos que nuestras partículas y apenas más
que nuestro pensamiento. Por eso es imposible hablar
de los cuerpos sin reducirlos a ese ciego chisporroteo
sin Dios, a ese atrayente juego retórico
de las partículas que no van y vienen, sino que están
y no están en un extremo y en el otro del arco.
¿Pero es que no hay logos en el cuerpo?
Hay una potencia excepcional de logos, de pensamiento.
Hay toda una potencia que a veces explota en miedo,
en la terrible desazón de las terrazas,
en el espectáculo del dolor.
Pero es también espectáculo y debés retroceder.
Cuando los cuerpos corren como un sacristán
en camiseta, o como Orlando emplumado, flor de los gallardos,
o son como la fulminante acción del boxeador,
la encomiable acción de guerra,
el gato que se da vuelta en al aire,
sólo entonces
     el cuerpo es pensamiento
ardiendo en el arco, crucificado.


El bichofeo

a Enrique Molina escribiendo “Una estancia en los arenales”;
a Francisco Madariaga

Los leo, y veo bien las barrancas y los loros,
la piel, la cetrería de los nubarrones sobre palmares o desiertos,
la pisada del insomne en la arena, la gutural
llamada al vientre materno,
los círculos de oro de la serpiente,
el modesto arador de pecho pleno, el comedor
con la bandeja de frutas y esas otras
bandejas simples con el gran pescado
en chozas que se llamarían bohíos;
los veo bien,
los imagino, rumbo al Ganges, el Paraná, el Nilo,
en tren fluvial *, a caballo,
y puedo ver con meridiana claridad cómo no ven
máquinas oxidadas, estaciones y mercados,
arroyos de podredumbres.
Que expulsen del paisaje la revolución industrial veo
con profunda comprensión,
pues contemplo la terrible belleza,
y también el sonoro aldabón del trabajo humano todavía sumido
en ese paisaje: un edén oscuro
y lleno de retumbes, acuchillado por la claridad.
Yo me arrepiento y lloro, porque con todo
y basurales el paisaje se convierte en una bola de fuego;
todo un imperio de cristales y de jade yace roto; un imperio
único, de dioses y de Dios, construido con mano fatta:
manos de Él que eran las nuestras.

El pájaro lanza su grito de bañados cerca de mi propia
ventana, sobre esta última forma histórica de Roma **.
Sobre techos oscuros, podridos algunos y secos,
los trasfondos irrespirables.
El benteveo, el bichofeo,
en una tarde de calor real, con sombras de hojas,
humedad que se aferra a los miembros, sopor de siesta animal,
lanza su grito desafiante, casi burlón, metódico.
Inconcebible de tan cierto.

* Madariaga
** Pasolini

  
Saint Germain des Prés

El viejo temor. En una iglesia de París
encendí una vela y no supe -aun con mi más
ferviente deseo penetrando mis huesos,
como el frío entre aquellas piedras medievales
si podía creer, si me era dado creer, si mi fe era cierta
y aceptada. Eran indescifrables los labios
de la Virgen en aquella piedra tan gastada.
El viento, no el de ayer, no el del Quinientos,
un viento frío de hoy -aunque puro en cierto modo,
o puro contra todo- apagó una vela. Creí que era
mi pequeño cirio, mi querido cirio, el cirio de mi deseo, rojo
en su cápsula de vidrio. Y aun creyendo
que había perdido todo, que la boca de Dios
o del Averno
o del siglo
lo había apagado,
lo volví a encender
con el mismo encendedor de plástico.
Y luego de rezar de algún modo, me di cuenta
de que no era mi vela la que había vuelto a encender,
sino otra, la de al lado, chamuscada, vieja, ennegrecida.
Fui raramente feliz y lo confieso.
Sin quererlo, había avivado otra plegaria,
un rezo desconocido, el rezo de otro.


Un enemigo del pueblo

after O’Driscoll

Lo que queda, antes que lo que se va.
Disfrutemos la casa a la que no dimos nombre
-no pudimos no supimos no quisimos-
Pues se trataba solo de arbustos, de ligustrinas,
de los plátanos cuyas raíces rompían las prósperas veredas
de la clase obrera industrial y de la clase media.

El viejo salía sin prestar atención a las plantas, tengo la impresión.
Y había tanto espacio, comparado con estos corredores
finiseculares, o al menos de la década de los veinte, treinta,
en los que ahora andás. Caminaba
porque tenía adonde ir: la fábrica, la reunión de la célula.
Las plantas le daban oxígeno sin que lo supiera, pero papá
no aprendió a respirar. “Este hombre respira mal”,
me dijo el médico cuando medían su oxígeno con un broche en el dedo.
El espacio ahora se estrecha, pero aún se agranda en el puente
ferroviario. Y está ahí la casa: ladrillos junto a la vía
del tren. Esos arbustos que salen de las paredes.
Los conservadores, los peronistas luego, llenaron
de asfalto y de veredas las lejanas calles ésas.
   Borraron lo que
quedaba de la pampa, fue campo donde los inmigrantes levantaron
los palos, los ladrillos, las chapas, las letrinas, los patios.

Papá era de esa transitoria sustancia.
Un hombre entre dos épocas. Y esa casa era,
para él, el lugar donde desplegar el periódico, abrir
la Nueva Era, el libro de Ibsen o de Marx.


Robinson

Deberías comprar una silla. El sillón está hundido, el cuero roto.
Pero qué importa si estás solo. Y si esto
en sí mismo es un canto –
¡solo!,
no tenés citas,
no vas a las casas
de anticuarios
- lees sobre la guerra que perdieron los turcos
en una nota ilustrada con una foto que el National Geographic
te pinta convenientemente de marrón...
- La casa es toda tu conquista, un cuerpo, una fortuna *-


No me iré de esta casa, mamá.
Hace cincuenta y cinco años me regalaste el libro de Defoe
Y es tu planta, no la de Viernes, la que pisa, fantasmal, mi casa,
por donde pasan sin cesar los muertos, los alucinados,
los mosqueteros en tropel y oros y sombra.
Bonaparte mira por las ventanas, y como no dan a la calle,
se vuelve hacia los días de Elba:
Eh! qu’aimes-tu donc, extraordinaire étranger? **
Es, al fin y al cabo. un contemplativo.
Che ti dice il paese, Napoleón?
Y en la sonrisa de gato del gran hombre se dibuja una respuesta
que no llega a pronunciar.

* Salinas
** Baudelaire


Tardes celestes

Esos hombres no son baraja, ni dioses, ases,
pero llevan en cierto modo una coraza tan
trenzada a la carne, que no abyecta ni melancólica
ni aun sensible suena su voz lírica
-opresos son de su sensibilidad, contra ella yugan.
Hombres de esquinas amarillas, que no rosadas.
El facón tirita como su único huesillo en sombras.
Blanco es, se diría ebúrneo, pero es hueso o puñal,
               según la metáfora se vea.
Sobreviven. Grandes poetas nuestros con olor a manta,
a aguantadero, a bebidas de otoño, a altiva herrumbre.
Querés seguir, como Juan L., el tránsito de la tarde, en detalle:
variaciones del celeste, brillante sobre los edificios, más allá marítimo,
y el discurrir, el paso, la física de su tiempo salvaje te detiene.
Canta una torcaza, algo, entre edificios urbanos, el humo
sube en fríos nubarrones entre estos palazzi que te recuerdan
los amarillentos monobloques de la República Democrática Alemana:
un invierno fallido, una eternidad que no fue.


El mirador

Me instalé a la vera de aquella palabra, anfractuosidad,
y fijé una atención difusa en los primeros y últimos capítulos
     de la Revolución Industrial,
pues los centrales, a los que media humanidad al menos
     debía interrogar,
eran los que me habían llevado a la cabaña.
Y aquella media humanidad seguía repitiendo la antigua danza
     de la lluvia
e invocaba, ahora, la utopía, porque la revolución científica
había perdido la oportunidad.

Jack London me asistió en aquel invierno boreal,
    hiperbóreo.
Un solo hombre, me enseñó, puede enfrentar una jauría de lobos,
en tanto tenga fuego en suficiente cantidad.
Los hombres saben encender el fuego; los lobos, no.
Confía en los hombres, confía aún en los hombres, recitó.
Confía: pueden ser vencidos, pero no derrotados.

Dije: tengo una absoluta confianza, pero no son lobos, Jack,
son perros entrenados aquellos. Nos rodearán sin falta,
nos acosarán, sabrán cuándo es mejor asaltar la yugular.
Jack encendió un cigarro producto de la revolución industrial.
Y ardió el instinto en torno a la palabra anfractuosidad.


  
2. Predicación


Nueva predicación del monje proletario

1
Cuando sintió que su pena era el centro del mundo
no pudo hablar: tartajeó. Esto me dijo, y miró
el paso silente de las nubes sobre su propio pensamiento.
Mira pues que la pena no es en absoluto productiva,
los ejércitos la esquivan,
pues se es en el rabiar, y no en la pena.
Como un lobo cabizbajo y atento al rastro, andá.
Dio de revés, sirvióme la pelota.
Pero no con ella algo pude hacer
sino con la continuación de la historia
por todos los medios. Con empujar la historia
a pura voluntad, fuerza del pecho,
y de nada sirvió. Había leyes trazadas
sobre el occidente, que cada día se hace;
se hace, púrpura o naranja, una y otra vez.
Lo veas o no.

2
Un maestro no se sienta junto a un barco varado,
no predica en el desierto,
no se sienta contra el horizonte que se borra,
no se pone a decir donde lo todo ha sido,
donde ya lo que moraba no está.
Un maestro es como un gato atento, luego desatento,
pero predica en el astillero, no en el desierto;
en la fragua, en la casilla de atrás,
en todo caso, en los trastos, ¿ves?, como los de esa terraza.
Donde la civilización trabaja y desagua.

3
Pero yo no soy tu maestro, indicó.
No he de ser yo tu maestro, tu mojón.
Has de privarte de vos
si querés oír,
pero aún así
no me oirás.
Estás maniatado.
Esto decía mientras el poniente ignoraba su búho.
La gente se interpreta, está todo vacío. Hay
algo que hallarás en las ciudades que caen.
O andate a la Puna a penar.
Con los compadritos, los soberbios, los
fabricantes de humo, los otarios.
Seguí pensando que la historia se hizo para vos,
giradora, endocrínica, profunda.

4
La temperatura se mantiene constante,
no creas en los augures del cambio
climático. Hace dos milenios que todo está igual.
No creas en los augures del progreso.
La revolución fue un sueño geométrico.
No creas en la ciencia de la revolución.
Seguí el rastro de la historia banal,
como un lobo, cansado y al acecho.

5
La revolución fue un sueño geométrico,
pero fue un cuartel, una abadía y un colegio.
Hombres hubo allí que aprendieron. Aprendieron
lo único necesario: que se necesitaban unos a otros.
¿Quién nos ha metido el diablo en el cuerpo?
¿El capitalismo? ¿Hobbes? ¿La ciencia? ¿Rousseau?
¿Dónde un sabio vendría a meditar
sino en las ciudades que se levantan y se caen?

6
En lo que respecta al poema: miremos al frente.
La poesía no es natural ni puede serlo.
No es una papa, su consumo no depende de la
menor o mayor oferta en el mercado; es y no es
un tubo de dentífrico, la poesía no es de todos,
modesto patán; la historia comienza por esto:
dar pasto a la mirada.



3. El desierto


La firmeza de la soledad en los manubrios

No necesito los anchos campos para oír la soledad poblada –
oír o ver, oler o palpar, un sentido debe dar cuenta de esto-.
Estás parada ahí,
tras un sillón, en un estrecho espacio, de espaldas a una ventana
de vidrios esmerilados. Recuerdo
y el recuerdo hace tu sombra más amable.
La diafanidad de los campos y los espectros tienen un raro vínculo.

Sustancial es esta ancha soledad en las motocicletas
                                                       estacionadas sobre la vereda.
Tarde de diciembre, 2013. Buenos Aires.
Sustancial en el agobio que siente hasta el sol estrellado
contra un cielo de celeste ardiente.
El desierto de gentes recorrido, de beduinos, de motociclistas sin raíces,
pero cuyas raíces portan el lejano partir de una embarcación cualquiera,
una chalupa guerrera, un barco al pairo, un petrolero.
Raíces imantadas de desierto de soledad y de palabras
que se recuerdan, que mitigan, que ahondan el fantasma.

Nadie escribe en estas paredes Viva mi madre. Nadie escribe la verdad.

  
Esta especie de fantasía rusa

a Pablo E. Chacón

Esta especie de fantasía rusa entre las cosas
-la fantasía rusa es mórbida-
¿será al fin el nudo de las cosas?

Precisemos lo de fantasía rusa:
es verano aquí, y la única imagen que llevo todo el tiempo
en la cabeza es la de unas calles del Abasto.

Chacón lo llamaría “nudo de piedra”:
algo, si se quiere, más difícil de imaginar.
Sin embargo, tiene que ver con la piedra

y con el aire casi vacío, el aire casi helado,
el aire mórbido como la fantasía
de una prostituta rusa en Leningrado

-que recuperó su nombre, no me acuerdo cuál-.
Precisemos lo de fantasía, ahora de una prostituta.
La fantasía rusa es necesariamente blanca,

y la de una prostituta rusa está manchada
de costras de moho, de ramas de pino quebradas
en las que actualmente el capital enreda

bolsas de plástico, restos de embalajes,
algas arrancadas del fondo del lago
por la última explosión de la que perdura

aquella cellisca de las traducciones españolas.
En medio de la fantasía blanca de una prostituta
hay también un vaivén de sombras;

hay, en una ventana gótica por la que llega
el chirriar de los carruajes en el empedrado,
una sombra crepuscular, pues, a pesar del cristal

translúcido, se la ve rojiza, ensangrentada.
Esa sombra de los Cárpatos podía llegar sin falta
a Leningrado, a Petrogrado, a Vladivostok,

a todos los rincones de cualquier mapa nevado.
Por eso decimos que es mórbida la fantasía blanca
de una prostituta rusa en la Perspectiva Nevsky.

Recapitulemos: tenés en la cabeza el vacío
de unas calles del Abasto en el verano;
has metido de cualquier modo al capitalismo

en un poema que no se termina de aclarar;
podés argüir que de igual modo
se podría mencionar el brillo de alfanjes otomanos

terminada una batalla en Acre, donde la sangre
es al fin y al cabo sangre, como la que se bebía
en los Cárpatos; un torrente de sangre en la arena,

absolutamente momentáneo.
El chirrido del ferrocarril… Bien… ¡Qué insignificante!
Digo, en el desierto, qué extraño, pobre, ajeno.

Como la nieve que ahora cae en el Abasto:
pobre, sucia, sórdida, caliente
-gótica, mafiosa, indiferente-.

El Abasto en verano es irrespirable, tienta
a la desaparición, a la extinción, a la autoinmolación.
Que no llevás a cabo porque hacen falta,

para eso, palabras. La pira hace falta.
Y has quemado todas tus palabras, las usaste,
y das vueltas en una tarde de domingo calurosa

en el barrio del Abasto, con cartuchos y alfanjes,
como en un nudo de piedra, que por eso

es perfectamente transitable,
es perfectamente palpable;
es un monumento, no es ya un problema,

no es una angustia que la belleza disolver debiera,
no es angustia, sino una piedra, una idea de piedra,
una idea ajena, una idea rara, una idea mojada

de llovizna caliente, una idea reseca,
una idea en el clima, una idea que aguanta.
Entre las cosas, y no en las cosas,

se desliza, entonces, esa mórbida
fantasía eslava, o cualquier otra:
aquella fantasía otomana

del final de una batalla.
No, pues, en la sustancia
sino rodeándola, sino pensándola

en otras cosas, en cosas vivas
entre las que desciende un dios
extraño: ni imagen ni semejanza.

Sólo hay beatitud en la distancia.
El calor es el secreto cocinarse
de una fantasía entre los rieles

que se van aquietando, regresando
a la tensa beatitud de las cosas
en la medida en que se aleja la mole

resonante. Las piedras entre los durmientes
procrean esa vida callada:
hierbas, moscas, otomanas.

  
Encuentro editorial

Questo è diffuso, evanescente, io non lo capisco bene, mi
comprende?,
en cuanto pongo la planta en el aire, dice.
Y no he empezado ni siquiera a caminar por la estancia.
Mido el espacio entre él, que sostiene mis papeles, y yo.
Es un larguísimo espacio, igual de ancho,
porque nada ha sucedido entre él y yo,
salvo mis papeles
Yo soy un hecho externo a la literatura, a “mi” literatura,
y un hecho externo a mi documento de identidad
y a las fotos que ha podido ver de mí
y al aire, naturalmente, de esta estancia.
No habla conmigo. Habla con mis papeles.
Y yo no sé, Heidegger, qué tiene que ver el ser con la palabra.

  
Corales, passacaglia y fuga

Todo me mueve hacia las calles vacías y no me muevo.
El cuerpo resiste más de lo esperable. Pero de allá
viene ese olor de puchero oxidado. Allá el óxido
hace estallar lentamente los hierros y el asfalto
-¡es mío este asfalto, ingleses!-:
todo lo que se atornilla y después se olvida, hasta que estalla.
Ese olor, lo he visto por el barrio, es olor de traspatio,
mezcla de lavandina, humedad y algo orgánico: pucheros.
Y todo comienza a vibrar como un lentísimo coro que se eleva
de las obras de los hombres de la ciudad de lo humano.
Todo será pedazos, partículas, flotará como en la música
de los ascensores, como en la música de los aeropuertos, como
en la música de Apolo. Será aire, un roce hueco, de lo que queda.
Invierno.
El planeta disperso, un orgasmo.

a Brian Eno

  
El Cairo

¿Por qué no decir que estoy en la otra costa del Atlántico
donde esta respiración comienza?
Más cerca imaginariamente del pecho emisor,
pero no tan lejos,
no demasiado lejos de la naturaleza
de este respiro africano.

En El Cairo buscamos el café en la calle del mercado
al que solía ir el Premio Nobel, un sitio detestable, la calle;
un lugar provisorio y ligeramente fresco el café,
con mesas cubiertas de hule, creo.
Un sitio detestable, provisorio y tan antiguo a la vez
que todo parecía estar ocurriendo el día
en que el hombre descubrió la mercancía.
¡Cornucopias, pasteles, panes frutados, especias,
vinos, telas, miel, ébano, madera, hojalata, esmalte, terracota,
tabaco! La abundancia y el ruido; el exceso y la plata,
el dorado y el narguile lento.
Sucios pies, sucias sandalias,
sucias camisetas, turbantes,
manos expertas en relojes de imitación,
en vituallas, en cajas, como acá.

Oh el valor de cambio cubierto sin embargo de ese otro valor
-no el número-: la variedad,
la abundancia, el excedente.

Nunca fue tan plena la realidad.
Uno y todo: el pálpito africano, el dinero metálico, sonante,
la textura del objeto, su color, la aceituna de sabor indescriptible, el dátil.

He aquí el café pues, cómo no entenderlo.
Un hombre no sería nada sin café y tabaco.

  
Grecia, V a.C.

Un esforzado pelotari corre por los patios de Tebas.
Voltea tiestos y jaulas.
El enlucido ocre ha cedido frente al embate del mar.
Ora pro nobis jamás se pronunció en el mundo.

  
En la casa de un muerto

Imaginarlo
sin el propósito de establecer una escena póstuma,
una escena del crimen;

sin método, sin cálculo de su parte:
la madera de la mesa se había puesto así,
envejeció sola, de manera confusa,
en parte tiempo, en parte ácidos, grasa, sales diversas
-la del sudor de su mano incluido-,
el sol, sobre todo, que daba
en ese ángulo todas las tardes, poco antes
o después, según el solsticio,
sin que le importara, sin que lo pensara;
la madera de la mesa en que había apoyado el libro,
el vaso, el cenicero suvenir, cascado:
no biografía, no un mensaje,
y de todos modos signos, como sus facturas, papeles,
las pantuflas también desgastadas, una mancha de tinta
o pintura o carbón en el costado.
¿Con otro propósito? ¿Con cuál?
Las cosas escriben hasta que se dispersan también:
no lo ignora el agonista, y opta por corregirlas,
hacer que vivan, que lo representen
después de ido,
adecuarlas, o dejarlas correr,
que hablen solas
o no hablen, o digan nada.
Ejemplo: esas gotas que aún patinan
sobre el enlozado del lavatorio.

  
Pascuas de Resurrección

Habrás de aliviarte, el cuerpo
se aliviará, te aliviará de él.
Luego se mueve la piedra, se remueve
la lápida, se encuentra
el modo de ir entre las grietas, aun
las del cemento puro, las de las líneas
arquitectónicas premeditadamente bastas
en el basto clima, las de los objetos
destinados al fulgor eléctrico de la venta;

aun si no es tu propósito mensaje alguno,
ni organización alguna ni el ajuste de la religión,
ni el ver sin ser visto, ni el aparecerte súbito
en sueños a nadie, o tocar levemente la puerta,
sobresaltar al durmiente;
aun si sólo es tu deseo
el aspirar el viento que sopla con olor acre sobre los techos,
el comer a mordiscos, el acariciar desiertos,
tiendas beduinas, madera, fruta y carne fresca en todos
los objetos, con tus manos aún sucias que comienzan
a trasparentar.

  
Nubes en el día de Pascuas

Las nubes tenían esta tarde una forma trágica
y fría, ardiente solo en la profunda religión de las redes neuronales:
en esa tradición ambigua eran el rostro de Cristo
y eran su reino a la vez. Nubes grises
y de un gris claro a un negro grisáceo como un antiguo
traje de alpaca
abotonado, el chaleco gris perla.

          ¡Oh Dios entre las nubes en la hora consuetudinaria
en que muere el día, cada día, cada tarde! Y
oh lejanas fogatas de San Juan bajo nubes otoñales.

¿Volver a Estambul sólo para constatar que en lo esencial
el mito no ha cambiado?
Aunque un drama se ha instalado desde entonces,
brillos en el tomate
que parto, como un hacha una cabeza,
en la cocina oscura.

Luz y aire en el patio surcado de sombras brillantes, sombras
y luz porque aún hay redención en las cosas: las calles,
la serie policial de la noche, el libro,
el esponjoso trapo junto a la pileta.

  
Todos somos el último romántico

¡En esa compleja metáfora, agitando el fondo,
estabas tú!, Bécquer me grita bajo las arcadas
de un viejo mercado a oscuras y vacío. Que esto
explique el uso del “tú” provenzal en el siguiente texto:

Como una mantarraya, como una anguila,
te movías chupando y oscureciendo la sal,
la arena, los restos, los viejos neumáticos hundidos.
Manta birostris,
elegante en aguas oscuras
y narcisista fugitiva.

-No es esa mi función -repuse-.
Llevo en mi sangre un monumento gótico,
alzado como esa lanza mora en tu linaje.
De las mismas arenas, por distintos rumbos,
llegamos a los hemistiquios godos.
Y cuando rocen los siglos ululando
nuestras sienes en un combate semi-trágico
en Andrómeda o en los límites, al menos, del Sistema,
seremos aún africanos, Gustavo Adolfo, tras el vidrio
esmerilado y la radiación infrarroja de tu escudo.

  
Transhumanar

Pasolini y yo entramos en el bar del viejo hotel Castelar.
“Aquí se alojó García Lorca”, pensamos los dos al mismo tiempo.
¿Te hubieras llevado bien con Lorca?, le pregunté. Sexualmente, digo.
De ninguna manera, me respondió. Ni sexualmente ni de ninguna manera.
Llevaba esa tricota gruesa bajo el gabán, era duro pero de voz fina,
   tallado a puñal.
Por la calle pasó una mujer que parecía un travesti, deslumbrante.
No llueve hace mucho, me dijo Pier Paolo. El Partido ha renunciado
   al futuro
desde el momento en que consagró su Génesis. El futuro está hecho.
¿Pero a quién le interesa el futuro?, dijo, amargo.
El Partido es más viejo que este hotel
y un funcionario se sentiría incómodo aquí, le dije.
Lo sé por experiencia. Jamás un funcionario
del Partido me aceptó una cita en este hotel. No la hubiese aceptado
tampoco, dijo, en el Coliseo. A nadie se le ocurriría citar en el Coliseo
   a un ex obrero
de Turín convertido en funcionario del Partido, dijo.
¿Y por qué no Lorca?, dije, volviendo al tema.
Lorca quería una revolución cubierta de sangre, un himeneo bárbaro,
   me respondió.
Yo quería una revolución que acalle la caída. Que nos precipite en un pozo
hasta las blandas hojas, los pajares, las costras de barro,
el piso de esta civilización, el sótano.
¿Para empezar de nuevo?, pregunté.
No, respondió.

  
Amsterdam

¿No construimos para ver precisamente en medio de la noche?
¿No es que esperamos que no sé qué ensalmo
se levante de estos edificios que se recortan azulados
en una niebla de fin de siglo?
¿No es que quisimos, en alianza con Dios,
que naciera un niño en todo esto,
para protegerlo y que nos proteja del mal
en cuyo centro plantamos
ciudades, mercados, laberintos de calles y palabras,
piedras que se carcomen, silbidos de autos a gran velocidad,
plátanos que de noche vacilan: fantasmas que no quieren, no pueden,
arrullarnos? Cristo y el anticristo latiendo siempre en el filo del milenio,
en el filo de cualquier milenio, dormidos a veces, como cuando un rostro
se adormecía junto al fuego en una vieja pintura holandesa,
sombra y paz, malicia, gravedad, inocencia sobre todo, mezclados
junto a la llama, la sombra fría. Amsterdam que dormía en la noche
o en el eclipse de la siesta, su extraña atmósfera honda, efímera.

Y allí, sin embargo, el bien y el mal, la voz que rechaza la anomia *,
susurrando la pregunta angustiosa: “Si no soy, no es; si no es, no soy”.


* anomia2. Trastorno del lenguaje que impide llamar a las cosas por
su nombre. Real Academia Española

  
Jerusalén

Hay intimidad en un papel nerviosamente arrugado
en el momento en que arrulla la torcaza sobre algún
parapeto, sobre algún caño, en algún
andamio o directamente sobre el techo negro o blanco.
Y en la gran bestia en movimiento esa intimidad
no tiene efecto alguno, ni siquiera
el de una gota que cae en un charco.
La sal, el tabaco son nuestras necesidades.
Quizá pasemos el invierno, tal vez también la primavera,
el verano, el otoño al fin, bajo el golpe seco de las catapultas.
Y al entrar a los baños públicos, la soledad
del mármol y el olor a desinfectante
nos saquen del campo de los hechos. Entonces,
como ese pedazo de papel, estaremos dentro
pero lejos, desvinculados, prestos a morir sin interior,
que no sea la abandonada granja del Señor y sus molinos de cuervos.

  
Grimm
NBC, 2011-14

Los Grimm, sus antepasados y sus actuales
descendientes pueden ver (y cazar) los monstruos
de nuestra carissima imaginación
en sus mil variantes: lobizones, hombres-tigre,
hombres-serpiente,
y también hombres-conejo
y hombres. Heredero de esta dinastía
de cazadores, nuestro héroe es un detective de la ciudad de Portland.
en el Noroeste de los Estados Unidos, quien es el primer sorprendido
por su poder pero trata de actuar según la ley (de todos modos se
despacha algún monstruo de vez en cuando). Se hace amigo de un
lobizón que trata a su vez de vivir armoniosamente con humanos,
es vegetariano, toca el cello y hace Pilates. Las cosas se complican
con algunas brujas y se destapa una conspiración internacional
de dinastías de monstruos, culpables de muchas cosas en la historia,
entre ellas el nazismo y hoy muy cerca del poder-, con sede en Viena.

Así, monstruos todos, alejados de lo humano,
del otro, del semejante, de la real carne del espíritu,
caemos en una singular sicopatía que nos llevará
a la más perfecta autodestrucción.

¡Queridos escritos de Marx! ¡Hordas de Lenin!
Os ruego llevadnos a las tres fuentes del marxismo, *
pues cada muerte es una Crucifixión, cada captura
de la alienación es estruendo de campanas,
puertos incendiados en el Poniente,
hachas hundidas en el Mar del Norte.

* Engels

  
Posiciones frente a la luz en el barrio de Flores

En esa casa no vive nadie hace rato, las ventanas de la planta baja
fueron tapiadas con ladrillos y las otras tienen los vidrios rotos.
Los pisos son altísimos y mi amigo sabe cómo se ve el cielo
desde esas ventanas. Lo dice como si lo hubiera visto.
Para mí, allí donde se ve el cielo de Buenos Aires se ve la pampa.
El cielo está lleno de pampa.
Pero la casa es gótica y no es difícil imaginar
el fantasma del poeta Guido Spano levantándose de la cama
sólo para ir a buscar un vaso de agua. Esta
fue su morada.
Mi amigo se ha desplazado en sus planos mentales como suele hacer.
No puedo acompañarlo mientras mira el cielo por encima
    de los techos.
Sólo con ver el cielo desde la calle sé que ha gritado un tero,
y que el cielo argentino tiene una luz que casi hiere
como el borde de una hoja de papel,
y a la vez es huidiza; nueva o muy vieja parece,
no lo sé, pero no es la luz opaca de tantos otros países,
a la final molesta, te ha rasguñado y no te diste cuenta;
tampoco es insoportable y agresiva como en el Caribe donde
Lezama Lima entornaba todo el día los postigos
para verla tamizada.
Es otra cosa, acá.
Acá, fácil, uno se hace amigo de la oscuridad.

  
La espera del bien

Que la habitación se entenebrezca o se oscurezca no es la misma cosa
y la forma es lo primero con lo que se lucha
cuando uno quiere dar fe de la presencia de Dios.
Por esto el poema sobre la habitación que se oscurece
como si una fuerza hubiera en eso,
un algo actuante que está y no está en los objetos que a su vez
pierden lentamente la luz,
naufraga.
Quiero decir que no es posible.


© Ediciones del Dock, Buenos Aires, septiembre de 2015