21.8.12

Paisaje con autor



por José Villa
Revista Ñ  18.8.2012

La publicación de Estación Finlandia permite la mirada retrospectiva de una obra que, salvo en los dos o tres libros primeros, he leído a medida en que fue apareciendo. Pero no sé si he leído en tiempo, no sé, diría el poeta, si he oído en tiempo. O bien, si, recordando a Girri, he prestado atención al texto o al que lee. Cuando tuve la oportunidad de recorrer sus dos primeros libros, después de haber leído Paisaje con autor (1988), pensé que habían sido invalidados por la obra de ese poeta que todo lo que hacía era evolucionar. La relectura de esos libros iniciales me permite entender que allí había una música que continúa su desgranamiento, y que se resuelve en ideas, imágenes y palabras que van declinándose hasta perderse como una playa en su obra ulterior.

Además, la poesía de Aulicino es una lectura de los hechos, del paso de la existencia política, del resbalón político, hasta alcanzar el rumor de un poema que da cauce al proceso de la Historia. Puedo identificar a un poeta de trazo analítico, que está dentro de la escena y que, como un paisajista, a la vez observa el principio corruptivo de la civilización y la persistencia de la naturaleza intervenida; ese procedimiento crea personajes y lugares específicos, lo distancia de una poesía abstracta. Situaciones urbanas, o ramificadas y antepuestas como una urbe, dan lugar a la narración de un diálogo en la voz de un relator de paradojas que este advierte pero que no explica, lo que también puede ser su modo de reformular el enigma del objetivismo y de poner allí, en el lugar de la cuestión poética, a la realidad. Esa lírica de la Historia es la historia del individuo contemporáneo de la mayor incertidumbre, con Dios, la libertad y la paz en la corrupción de por medio.

La evolución del lenguaje


por Sara Cohen
Revista Ñ - 18.8.2012

“Estación Finlandia” es el volumen con la obra reunida de Jorge Aulicino, una lírica que reformula el objetivismo y ubica en la cuestión poética a la realidad.

La poesía de Jorge Aulicino explora un entrecruzamiento de planos –realidad, arte, historia y religión– en cada ocasión a través de una escena elegida en la que un personaje asumido como observador imparcial se hace cargo de la narración de un modo preferentemente ascético y paradójico. El lector tal vez quede perplejo al enfrentarse con un resto enigmático inasimilable que el autor prefiere que no se asimile. El poeta es poco complaciente y le exige al lector el mismo grado de compromiso que el escritor asumió. La ampliación de la visión de la realidad dispara por momentos una fuga irreal, que es más real que la realidad misma: aquello destinado a ser sustraído de la mirada se hace presente, despojado de ornamentos, en la escena.

La obra reunida de Jorge Aulicino permite dimensionar la magnitud de una obra conocida y valorada, pero que ha circulado en forma demasiado discreta teniendo en cuenta lo excepcional de su producción.

Refiriéndose a Joaquín Giannuzzi, Aulicino ha escrito: “La poesía de Giannuzzi despliega un pesimismo demoledor unido al amor pudoroso por el trabajo en la construcción ornamental, ficcional, con referencia a la ciudad como lugar o metáfora del fracaso existencial”. Esto que él refiere respecto de Giannuzzi no le es del todo ajeno. Aulicino es un trabajador incansable en su aventura con la lengua y siempre se pronunció desde un punto de vista estético. En el poema “Cézanne” escribe: “Sólo con inclinarme de derecha a izquierda,/ de izquierda a derecha, me basta,/ escribía Cézanne./ Podría pasarme la vida aquí/ inclinándome de derecha a izquierda,/ de izquierda a derecha/ y no agotaría la realidad, explicaba./ Espacios en blanco en las últimas telas de Cézanne/ indican a los expertos/ que había llevado su teoría hasta el último extremo.” Y a partir de ahí surgen las preguntas, lo que se infiere del porqué de resistirse a pintar lo que no se ve. El espacio en blanco es sustancial para la poesía, así como lo es en la tela aquello que el artista decide no pintar. Lo que parece inagotable en la mirada del artista acerca de la realidad se va a topar con aquello que no se ve, el no ver inevitablemente va a reubicar lo visto. El otro poema es “La poesía era un bello país”: “lo que no lleva el agua lo que queda en la pileta/ dando vueltas negándose girando resistiendo/ cáscaras de un huevo peladuras de papas/ lo que insiste en quedarse lo que no entra/ basuras restos lavados resistiendo/ lo que se pega y despega/ lo lavado no chupado girando/ las cáscaras lo exterior resistiendo”. Allí condensa en pocos versos, a través de una imagen, mucho de la historia de un país, pero en ese resto que se resiste a ser chupado reside algo fundamental: la posición de la escritura. Del tercer poema, titulado “Paisaje con autor” recurriré a su final: “El mundo se rinde de esta manera y uno sonríe/ sin entender en qué consiste el triunfo,/ mientras el sol brilla sobre una botella en los techos/ o escucha los trenes o la lluvia/ que vuelve a caer donde había caído y agrega/ hongos, óxido, humedad, ciertos olores/ a un paisaje que sin embargo no termina de explicarse”. Lo que no termina de explicarse está en los orígenes del texto, pero lo más interesante es que persiste una vez logrado el poema, como el blanco de la tela, para hacernos saber la imposibilidad de colmar el enigma que encierra ese paisaje.

Después del libro Almas en movimiento (1995), su poesía se vuelve aún más compleja. Trabaja poemas largos en fragmentos que obedecen a un plan general, un ejemplo de esto es Cierta dureza en la sintaxis (2008), atravesado por la historia y sus cadáveres: “Sabemos adónde van los muertos,/ pero ¿adónde van las voces?/ Esta ciudad no deja de hacer ruido,/ es el sonido/ el que muele el pavimento”. Con el gran abanico de lecturas que ofrece Jorge Aulicino elige titular Estación Finlandia al libro de su obra reunida, título de uno de los poemas del libro inédito El Capital . La elocuente elección toma a la revolución bolchevique y al personaje de Lenin como eje: “¿Alguno vio que ese momento sagrado de la historia/–lo que va del ayer al mañana– era cimbreante vértigo?” Del mismo modo en el que Aulicino ubica tan bien en Giannuzzi la reflexión del fracaso personal como parte de un fracaso ante la historia, en él también nosotros podemos vislumbrar esta temática.

Foto: Aulicino por Daniel Rodríguez

7.8.12

Tenemos que ir hacia ese fantasma que reclama su forma


En Al principio fue la urgencia


Palabras de escritores
Las siguientes dieciséis preguntas fueron enviadas a escritores y escritoras de las más diversas estéticas y ámbitos de circulación de la Argentina. Todos con una práctica prolongada en el oficio de la escritura y la edición. Cada uno dio generosamente sus respuestas y el valor, me parece a mí, de este ejercicio es, más allá de las respuestas de cada uno en sí, su puesta en relación, sus afinidades y contrastes. Espero sea de vuestro interés como lo fue y lo sigue siendo del mío. Se irán publicando gradualmente sin ningún orden más que el de la recepción del material. Hasta ahora: María Laura Fernández Berro, Aurora Venturini, Omar Genovese, Fernanda García Lao, Jorge Aulicino, María Teresa Andruetto, Fernando Alfón, Ana María Shua, Daniel Freidenberg y Susana Cella. (Cristian Vitale)


Si tuvieras que ensayar alguna definición de “Literatura”, ¿qué dirías?
A esta altura, una cosa muy simple: que es recreación de la realidad, artimaña de las palabras, las cosas según un temperamento y un modo de verlas, interrogarlas o disgregarlas, e ignoro su función social.

¿Considerás que la ficción puede o debe intervenir políticamente en el devenir histórico de un país? ¿De qué modo?
Interviene siempre, pues la política literaria es siempre política. Pero como interviene seduciendo e interpelando la conciencia, su efecto rara vez es inmediato. Creo que quien nunca haya leído un buen poema debería abstenerse de gobernar siquiera un club vecinal. Generalmente, en los clubes vecinales hay, por suerte, más lectores que entre los políticos profesionales.

¿Creés en algún tipo de redención o salvación personal o colectiva a través de la escritura o la lectura?
No. Creo que la redención tiene que ver con la virtud, no con el arte. Creo en una mejor percepción de los pensamientos, de la visión humana del mundo, a los que contribuye la literatura, la poesía en particular.

¿Escribirías de todos modos si supieras que lo que estás escribiendo nunca va a ser leído por nadie?
Creo que no. Pero nadie tiene esa certeza. Ni siquiera se podría tener la certeza de ser el único habitante del universo, en el supuesto de un cataclismo cósmico. Creo que otro nos acompaña, siempre. Ese tercero que camina a nuestro lado, el que cita Eliot en la Tierra baldía. Es el que nos susurraría, en la catástrofe final, que quizá siempre hay alguien más.

¿Qué peso tiene el lector en lo que escribís?
Tiene mucho peso, pero el lector recibe el nombre de conciencia. No puedo imaginar un lector sino en los términos de mi propia conciencia de que no escribo para mí, no escribo solo.

¿Tenés algún tipo de lector ideal?
El que en mí se regocija cuando, a veces, ve lo que escribo como escrito por mí, como escrito por otro.

¿Te acordás del momento en que empezaste a escribir ficción y por qué lo hiciste?
Comencé a escribir poesía cuando me fascinó la posibilidad de que las palabras se ordenaran de un modo rítmico y funcionaran de modo inesperado, dirigidas todas a un propósito, pero obrando cada una en un plano distinto. Ese proceder de las palabras lo encontré, primero, en los fragmentos de poesía clásica española que leía en la escuela.

¿Podrías nombrar algunos textos o autores que aprecies mucho? ¿Reconocés algún patrón, alguna constante en esos textos o autores que admirás?
Admiro en la poesía argentina a Juan L. Ortiz, a Tuñón, a Girri, a Giannuzzi, a Bignozzi. Esos autores los aprecio porque fueron mis maestros. Entre los italianos, Montale, Saba, Pavese, Pasolini, Bertolucci. Eliot, Auden, Stevens entre los de lengua inglesa. Fueron maestros de mi generación y la anterior. El patrón, muy general, es la reflexión minuciosa, la complejidad, el predominio de la imagen visual, de lo concreto, aunque sobre él se opere de modo libre y fantástico. Aprecio la inteligencia que se mueve tras las palabras, como diría Pound. Una inteligencia concreta, no una abstracción. Un estar en las cosas. Y a la vez, una imaginación.

¿Creés en “la crítica” o en los lectores especializados? ¿Te da igual ser reconocido por un colega escritor, por un crítico de literatura, por un lector aficionado o por uno novato?
Creo que se puede leer de muchas formas, y eso es obvio. Me gusta la lectura atenta. La crítica académica necesita a mi juicio demasiado contexto para formular una idea sobre la poesía, cuando la lee. Entre nosotros hay una férrea escuela de lectura historicista. Ese tipo de crítica es interesante, pero prefiero la que se centra en el personaje que escribe, incluso si lo hace teniendo en cuenta una biografía supuesta, una idiosincrasia ideológica, cuestiones insoslayables al fin y al cabo. La cuestión es que lo haga a partir del texto. El otro extremo del estudio académico es la interpretación de los nudos semánticos, del vocabulario, de los versos uno por uno. Tampoco es una crítica que me interese tanto. Creo que la crítica es glosa, son notas al pie. Es la mejor crítica. Y puede provenir de un experto o de un novato.

¿La idea de vanguardia, originalidad o novedad juega algún papel a la hora de ponerte a escribir?
La idea de vanguardia es necesaria, para mantener la distancia frente a ella. Es necesaria la idea de un clasicismo en la vanguardia, porque venimos de la vanguardia pero debemos olvidar ya su propósito inicial, que se ha cumplido.

¿En general, tenés un plan antes de largarte a escribir una obra?
Tengo planes muy generales, que se van ajustando en la medida que se avanza en la idea de un libro. En general, tengo la idea de un libro. Me parece que si nos vence el ánimo, lo estrictamente subjetivo, fracasamos. Tenemos que ir hacia ese fantasma que reclama su forma… su forma fantasmagórica a la vez que real.

¿Considerás que la literatura puede decir más u otras cosas que otros discursos sociales? ¿Por qué?
No dice más, dice otras cosas. Los discursos sociales, como vos los llamás, son generalmente discursos sometidos a una intencionalidad concreta e inmediata. Creo que la poesía es el discurso más desinteresado al que se puede aspirar. Se refiere al mismo mundo, pero con todo lo que el mundo nos trae de incierto y religioso. ¿Por qué se celebra una frase potente, metafórica, en un político? Posiblemente, porque es lo más evidentemente poético de su discurso. Si para convencernos debió hacer un esfuerzo extra, apelando a la retórica, eso lo celebramos. Es desinteresado. Es un plus. Como cuando Yrigoyen dice “todo taller de fragua es un mundo que se derrumba”. Lo celebro. Creo en él.

¿Se puede crear desde la felicidad?
Escribir es la felicidad. Cuando podemos ver lo escrito como algo que no es nuestro. Cuando sentimos, aunque sea una ilusión, tal vez, que nos hemos sacudido el yo, o gran parte del yo, gran parte de ese mundo al que vivimos pegoteados. Éxtasis es impersonalidad.

Si el mundo fuera un texto, ¿qué título le pondrías?
No tiene título. Es absurdo buscarle uno.

¿Quién le hizo mejor al mundo: Eva Perón o Cervantes?
Digo yo, ¿existe el canalla absoluto? ¿O todos tenemos una chispa de Dios?

¿Cómo te despedirías del grupo de personas que acaba de leer estas respuestas?
No lo conozco. Diría gracias por la atención. Diría: aplaudo que se interesen en cualquier tipo de cuestión relacionada con la poesía, porque es interesarse más o menos en todo.
(Febrero de 2012)