16.2.16

Cómo escribir poemas en un bar con los restos entremezclados de varias épicas

Foto de Hernán Rojas

Entrevista al Primer Premio Nacional de Poesía. Periodista de oficio, Jorge Aulicino prefiere una poesía que aborde paisajes y objetos concretos más que sentimientos.

Diego Erlan Clarin 19.12.2015

Hace tres días que no tiene luz en su departamento. Por eso, y aunque no le guste salir demasiado de su casa, prácticamente se mudó a este bar de Almagro, donde se sienta en la vereda a fumar en pipa y escribir mientras se carga la batería de su computadora. Aunque ya sean las cuatro de la tarde, Jorge Aulicino, el flamante Premio Nacional de Literatura en la categoría de Poesía por el Libro del engaño y del desengaño, acaba de pedirle al mozo lo que será su almuerzo: un cortado en jarrito y una medialuna con jamón y queso. De este paisaje del que somos testigos, Aulicino podría cifrar un poema. Con ese pulso construyó toda su obra, reunida en parte en el volumen de Estación Finlandia (Bajo la luna) desde 1974, textos donde apunta imágenes cotidianas, entre la erudición y el lunfardo, envueltas en misterio y convertidas en epifanía. Sus poemas son como las pinturas de Caravaggio: una convivencia dramática entre la luz y las sombras.

A principios de los años noventa, entrevistado por la revista 18 Whiskys, Aulicino decía que uno busca su estilo de una manera abismal, vertiginosa, contra sí mismo o sin saberlo. “La idea del estilo nos acerca a la máscara y resulta obvio que no por casualidad 'persona' signifique 'máscara'. Entonces: hay un movimiento ambiguo que consiste en encontrar la propia definición y al mismo tiempo una máscara, no el propio rostro.” El Premio Nacional llega en un momento en el que acaba de publicar un nuevo libro, El Cairo (Ediciones del Dock), pero se lo dieron por otro con el que Aulicino está en conflicto: porque siente que en el Libro del engaño y el desengaño (Ediciones en Danza) no consiguió la suficiente distancia. Y a la vez piensa que tanto Jorge Leónidas Escudero como Hugo Padeletti, segundo y tercer premio, respectivamente, podrían haberlo ganado porque son dos de los poetas más importantes de nuestras letras y tienen una obra que lo merece. Una edición que se completó con menciones a otros grandes autores como Leopoldo Castilla, Horacio Zabaljáuregui y Niní Bernardello. "La percepción que uno tiene es que el Premio Nacional se otorga a toda la obra de un poeta y no a un solo libro."

–¿Cuál de todos sus libros hubiera deseado que ganara el Premio Nacional?

–Hay dos. Uno es La línea del coyote, del año 1999, porque significó un cambio drástico con respecto a lo que venía haciendo antes en relación con el estilo: en vez de poemas cortos y como en flash, eran poemas largos. Y además porque lo escribí en una especie de trance en un departamento donde vivía, solo, en la zona de Primera Junta. Me acuerdo que la calle se llamaba Giordano Bruno, así que estaba en la hoguera. El otro libro es Cierta dureza en la sintaxis, del 2008, porque me interesó la idea con la que empecé a escribirlo: con la intención de cantar o de contar lo que había de épico en mi historia personal, en mi historia política de izquierda y en la historia nacional. Y todo eso como si fueran fragmentos con un hilo secreto que los une. Entonces ahí aparece la Unión Soviética, la Segunda Guerra Mundial, los partisanos, mi infancia, la represión en la Argentina. Son flashes aparentemente desconectados que tienen algo en común: como si hubieran sido los restos entremezclados de diversas épicas. Si me preguntás sobre El libro del engaño y del desengaño, la primera parte también es un poema largo construido con fragmentos pero está tan unido a mi experiencia personal, me siento tan metido ahí, que no sé si me gusta tanto. Me gusta más cuando logro una distancia con respecto al texto y sobre lo que estoy hablando.

–¿Por qué necesita esa distancia?

–Por un lado me deprime. Sobre todo en este caso, que no es una historia muy alegre. Y por otro siempre rechacé esa autorreferencialidad por algún extraño principio ético. Una especie de pudor que termina por convertirse en una ética. La verdad es que no me gusta mostrar demasiado mis sentimientos. No me gusta esa especie de strip tease.

-Dice que no quiere desnudarse en el texto, ¿pero por dónde escarba si no es en usted mismo?

El tema es, para mí, partir de una leyenda o de un objeto. Así de simple. A esta altura de la vida, la Revolución Rusa es una leyenda. Leyenda en el buen sentido de la palabra: no es una mentira sino algo que adquiere carácter de legendario. O si no a partir de los objetos concretos. Siempre cuando empiezo a escribir trato de ubicarme en un paisaje: aunque sea el de este bar. Escribo a partir de esa imagen. El juego que uno trata de hacer es verse en la historia. No ver la historia desde afuera sino verte en la historia, verte en ese paisaje.

–En un poema discute con Heidegger y se pregunta: qué tiene que ver el ser con la palabra. Tiene relación con esto.

–Eso es porque Heidegger decía que la poesía es la fundación del ser por la palabra. Y yo realmente creo que es así o no tiene nada que ver la palabra con el ser. Lo de Heidegger se puede entender de una manera muy extrema. Que todo lo que es, es la palabra y no hay otra cosa. En ese poema estoy hablando con una persona que no sabe nada de mí excepto lo que leyó, entonces digo que el tipo, en realidad, no me habla a mí sino al que él leyó. Y por eso cabe esta pregunta de la formulación de Heidegger. ¿Uno es eso que este tipo leyó? No debería sentirme disociado y sin embargo así me siento. Siento que es otro ser el que está ahí. Que a lo mejor es más verdadero que el que está acá, ahora, y puede mostrar un documento de identidad y decir que se llama Jorge Aulicino. A lo mejor es más verdadero ese, pero yo siento que no necesariamente es el mismo. En ese sentido discuto con Heidegger y por eso creo que la solución no es ver desde uno mismo sino verse uno en la historia. Es el juego maldito que tenía Girri. Una vez se lo dije: lo que usted quiere es verse a usted mismo viendo al mundo. Y me dijo: “Es algo así, por eso nunca el poema está logrado”. Es como el horizonte, cuando uno creyó haber llegado, ya se alejó de nuevo. Es muy difícil saber quién es el que escribe realmente y prefiero mantener esa distancia. En El Cairo (su último libro publicado por Del Dock), hago muchas referencias familiares. Hay un poema donde hablo de mi papá, de mi vieja, pero no siento que eso sea tan mío. Lo siento ubicado en una historia más colectiva. Porque hablo de mi viejo en tanto él como comunista. Y lo recuerdo hablando de la caída de la Unión Soviética. Me dirás que en El libro del engaño y el desengaño también estoy hablando de un proceso colectivo, pero tiene que ver con cómo lo viví. O porque fue más angustioso, me siento mal con el poema.

–¿Será porque todavía es una herida abierta?

–Puede ser eso. Puede ser que todavía sea demasiado personal. Sentí que era como mover un poco los huesos, desenterrar cadáveres. Y eso produce cierto malestar. Por eso pienso que la felicidad de la poesía está dada en la medida que puedas poner la mayor distancia posible sobre toda esa experiencia. Cuando algo es demasiado confesional, intimista, me molesta. Ahora: ¿qué es lo demasiado intimista? Esa es una medida personal.

–Hay ciertos paisajes que se repiten en toda su obra: el del apocalipsis, la ruina, el infierno. ¿Por qué le interesan tanto esas imágenes?

–Porque todos necesitamos una especie de orgasmo. Y el apocalipsis, de alguna manera, es el orgasmo histórico. Es el orgasmo de la humanidad. A mí personalmente me atrae la ruina como lo posterior a la destrucción, al apocalipsis. La ruina como resto. Incluso las ruinas de un edificio moderno cuando es demolido: tiene cierto atractivo para mí. Como si ahí se instalara un vacío en el que puede aparecer algún hecho fantástico, fuera de la lógica, fuera de lo esperable. ¿De dónde viene esta especie de necesidad de apocalipsis? No lo sé. La revolución, si se quiere, tiene todos los componentes de un apocalipsis: destrucción, muerte y transformación.


Básico

Buenos Aires, 1949. Periodista y poeta.
Se formó en el taller literario de Mario Jorge de Lellis, junto a poetas como Irene Gruss o Jorge Asís. Sus poemas están traducidos al italiano y al inlgés . Trabajó en Clarín desde 1979 hasta 1988, y volvió en 1992. Fue editor general adjunto de la revista Ñ hasta 2012. Publicó más de 10 libros, entre ellos “Poeta antiguo”, “La nada” y “Paisaje con autor”.


Así escribe

1.

Qué harás con los días sucios y fríos,
cuando el gato trepa a la ventana
y el tiempo recorta con salvaje continuidad
el perfil de los edificios en la ceniza del cielo.
Apenas dos o tres días, y la habitación luce desordenada, desierta,
ruedan por el suelo pelusas y fragmentos de hojas secas y la tierra
que entra por las rendijas, ávida de habitar los huecos
grises del pensamiento que no ha sido tratado durante semanas.
Amplia de alas y de rimas, la literatura abandonada.
Qué harás con los días si te dan la oportunidad.
Pedí misterio, leguas.
Pedí divinidad.

(de Libro del engaño y del desengaño, 2011, Ediciones en Danza)

13.2.16

Dos poemas traducidos al italiano por Silvia Rosa

Jorge Aulicino y Silvia Rosa, Buenos Aires, 2014

ROSSA

a Romina e Mariana Aulicino

In questo pomeriggio di domenica non puoi sperare niente dal cielo.
Le strade di Abasto trasudano un odore acido
nella calura del forno untuoso di dicembre.
Rosse nel piccolo teatro si svestono tre donne.
Due bambine al bordo del palcoscenico ululano piano
dietro a delle piccole maschere di lupo.
Tutti i boschi che hai visto, i boschi impiantati
lungo la costa argentina, i boschi ricoperti di neve
veri della Sassonia non custodiscono che racconti
che non si possono raccontare se non in modo diverso.
Qui, nell’afoso teatro, fra le case grette
di Abasto, le bambine emettono il piccolo ululo di quei racconti,
e le donne sbocciano con l’aiuto di un lupo che ha raccontato loro
la storia delle donne in fiore, mentre come ciambelle
e molliche saltano nelle sue fauci. Ah loro ormai non credono
nell’educazione paterna né credono nella cattiveria del lupo,
uno stupido che mastica e racconta favole. Ma c’è un violino:
il focoso violino della nonna racconta la fiaba magica vera.
Non scopriremo di che nostalgia parla. Ma dice della nostalgia
di un lupo che è lupo ed è nonna. E che non ha bisogno di parole.
Al bordo di un buio palcoscenico, in una città che puzza,
le donne avverano il sogno banale dell’innocenza spogliate
e vestite sempre di rosso, come boccioli corrotti,
con lingerie volgare da sexy shop. E ancora così ululano debolmente,
come bambine con maschere di lupo, nella sottomissione
a un lupo che non è feroce, bensì idiota


ADESSO, LE COSE CHE NON SONO FONDAMENTALI PER ME

Adesso, le cose che non sono fondamentali per me
formano una vasta schiera, come a volte le ombre del giorno.
Sono, dunque, le cose davvero importanti e quasi sempre inaccessibili.
Ora, piove sul fiume: non c’è niente di più inutile di questa pioggia sull’acqua.
Forse niente di più affascinante, d’altronde.

Papà si è consumato con gli anni. Anche se non poteva reprimere la sua collera innata                        
e neanche trascurava i suoi capelli né la sua faccia, parlava a volte in italiano
e si mostrava attento a molte cose che per lui prima non erano niente.


Jorge Aulicino
Traduzioni di Silvia Rosa


ROJA

a Romina y Mariana Aulicino

Esta tarde de domingo no podés esperar nada del cielo. 
Las calles del Abasto rezuman olor agrio 
con el calor de horno grasiento de diciembre. 
Rojas en el pequeño teatro se desnudan tres mujeres. 
Dos nenas en el borde del escenario aúllan débilmente 
tras unas pequeñas máscaras de lobo. 
Todos los bosques que viste, los bosques implantados 
en la costa argentina, los bosques nevados 
de Sajonia verdaderos no amparan sino cuentos 
que no se pueden contar sino de otra manera. 
Aquí, en el caluroso teatro, entre casas sórdidas 
del Abasto, las nenas emiten el pequeño aullido de esos cuentos,
y las mujeres florecen al amparo de un lobo que les ha contando 
el cuento de mujeres florecidas, mientras come rosquitas 
y las migas saltan de entre sus dientes. Ah ellas ya no creen 
en la cultura paterna ni creen en la maldad del lobo, 
un tilingo que mastica y cuenta cuentos. Pero hay un violín: 
el cálido violín de la abuela cuenta el cuento mágico verdadero. 
No sabremos de qué nostalgia habla. Pero dice de alguna nostalgia 
de un lobo que es lobo y es abuela. Y que no necesita palabras. 
En el borde de un oscuro escenario, en una ciudad que hiede, 
las mujeres realizan el sueño banal de la inocencia desnudas 
y vestidas siempre de rojo, como capullos bastardos, 
con vulgar lingerie de sex-shop. Y aún así aúllan débilmente, 
como nenas con máscaras de lobos, en el sometimiento 
a un lobo que no es feroz, sino un idiota.

(De "El Cairo", 2015)

AHORA, LAS COSAS QUE NO SON FUNDAMENTALES PARA MÍ

Ahora, las cosas que no son fundamentales para mí
forman una difusa legión, como ciertas veces las sombras en el día.
Son, entonces, las cosas realmente importantes y casi siempre inaccesibles.
Ahora, llueve sobre el río: no hay nada más inútil que esta lluvia sobre al agua.
Tal vez nada más fascinante, por otro lado.

Papá se achicó con los años. Aunque no podía contener su ira natural
y tampoco descuidaba su pelo ni su cara, hablaba a veces en italiano
y se mostraba atento a muchas cosas que para él antes no eran nada.

(Inédito)


11.2.16

Jorge Aulicino: "Me interesa todo lo que es concreto, nada difuminado"


Fue celebrado por sus pares cuando ganó, hace pocos días, el Premio Nacional de Poesía; tradujo además La divina comedia y dice que aprendió a escribir con el periodismo


Daniel Gigena LA NACION LUNES 14 DE DICIEMBRE DE 2015



Los últimos días del mes pasado se conocieron los nombres de los ganadores de los premios nacionales que otorga el Ministerio de Cultura de la Nación. Además de una suma fija, el premio concede una pensión vitalicia a los narradores, dramaturgos, ensayistas y poetas. Cuando se supo que por Libro del engaño y del desengaño (2011, Ediciones en Danza) Jorge Aulicino había obtenido el primer premio en el rubro poesía, hubo un reconocimiento unánime. Los ganadores del segundo y del tercer premio, Jorge Leónidas Escudero y Hugo Padeletti, respectivamente, junto al homenaje a Juana Bignozzi, fallecida este año, y las menciones a los trabajos de Horacio Zabaljáuregui, Niní Bernardello, Leopoldo Castilla, Paula Jiménez España y Alicia Genovese confirman el valioso patrimonio de la poesía nacional. Poeta, periodista, anarquista, traductor nada menos que de la nueva versión de La divina comedia (Edhasa), Aulicino integra, junto con Irene Gruss, Daniel Freidemberg, Jorge Asís, Rubén Reches y Marcelo Cohen, una generación notable de la literatura nacional. En su estilo se conjugan objetivismo, musicalidad y erudición; los cuatro versos finales del primer poema de Libro del engaño y del desengaño ofrecen tal vez un atisbo de su escritura: "Amplia de alas y de rimas, la literatura abandonada./ Qué harás con los días si te dan la oportunidad.// Pedí misterio, leguas./ Pedí divinidad".

El premio lo entiendo como un premio oficial, nacional, estatal, del Estado argentino más allá del gobierno que eventualmente lo maneje. Me parece que, por la composición del conjunto de los premiados, es bastante pluralista, al menos desde el punto de vista estético. A mí me dio un poco de pudor, realmente esto es una confesión, que no fuera Jorge Leónidas Escudero el primero, pero entiendo que en los jurados (porque participé de algunos) hay una cantidad de negociaciones en las que finalmente se toma una decisión u otra teniendo en cuenta más bien el consenso.


Escudero y Padeletti son dos maestros indiscutibles. La de Padeletti es una poesía de una transparencia y una espiritualidad y una atención por el misterio del mundo que siempre me han atraído poderosamente. Además, tiene un uso del ritmo que no es el mío, por supuesto, pero que a mí me fascina. Escudero es un gran descubrimiento que hizo en los últimos tiempos Ediciones en Danza. El suyo es un coloquialismo distinto. Cuando hablamos de coloquialismo, siempre pensamos en el coloquialismo porteño; la de él es una forma de hablar coloquial de allá, de San Juan, de la zona de Cuyo.

Yo creo tener una visión bastante ecléctica de la poesía en cuanto a gustos, no soy un tipo que se cierra; tengo las preferencias y los gustos tan marcados como cualquiera, pero me puedo emocionar y entender poesías que no tienen nada que ver con lo que escribo. Es enorme la producción de poesía. Hay muchas pequeñas editoriales independientes, hay cierta circulación, un circuito, librerías donde uno sabe que puede conseguir poesía. Esto era más difícil hace 30 años.


Hay otros libros míos que prefiero más que el que ganó el premio. El que ganó es un libro casi confesional, porque la primera parte tiene un poema con un lenguaje sumamente fragmentario y poético de una experiencia personal y política de la década de 1970. La experiencia de la militancia pre-dictadura, dictadura misma, sobre todo la opresión de esa época, lo que vino después. Creo que el gran desengaño de lo que ocurrió en la Argentina, que más que un desengaño fue un terrible golpe, el desengaño vino después en el plano planetario con la caída del mundo soviético. Eso fue parte del desengaño: lo que creíamos que podría haber sido de una manera -no porque fuéramos ingenuos, porque sabíamos lo que pasaba en el mundo socialista..., pero creíamos que de alguna manera eso iba a salir adelante. Se derrumbó, y se derrumbó de un día para el otro, ése fue el desengaño, y creo que fue porque ahí hubo una falla, una falla intrínseca, estructural, no un error simplemente. Ahí hubo un error conceptual que todavía no hemos desentrañado, no hemos llegado a comprenderlo bien.

Traduje La divina comedia porque tenía ganas; después lo ofrecí a la editorial y empecé a ver la importancia que tenía ese libro como conjunto, muy citado y muy citable, pero cuando ves la estructura entera, es interesante esa puesta de lo trascendente y abstracto en lo concreto. Es muy concreto el método de Dante, muy articulado, muy pensado, y una descripción que usa la analogía con el mundo terrenal: eso te pone el infierno en la Tierra. El canto de lo religioso y la invención de lo religioso nunca habían tenido una descripción concreta del infierno, ni del cielo, eso lo inventó Dante. Les da un lugar literario a esas ideas religiosas. Es una épica también, todo su mundo filosófico, religioso, político, es enciclopédica. Me parecen buenas las traducciones anteriores, pero cada época tiene una traducción.

Mi idea de imagen poética siempre se superpone a una idea visual, ése es el afecto por la pintura. La imagen física me interesa mucho, y trato de ver cuando escribo un poema, de imaginarlo en concreto, o de partir de algo que imagino que luego puede terminar en la abstracción, en lo meditativo. Siempre el punto de partida es eso que veo. Es una tendencia materialista también, no es abstracta, intelectual. Está presente la pintura, sobre todo algunos pintores, por los contrastes. Caravaggio, Rembrandt, Goya, luz y sombra. Y el gran genio contemporáneo para mí es Francis Bacon, la desfiguración e intensidad del color. No soy muy natural, soy más bien urbano y suburbano. Hay una cuestión con el hecho que eso me atraiga en la pintura, porque podría ser la imagen concreta urbana o suburbana, pero lo que me atrae es el encuadre y el congelamiento, parar ahí y ver todos los detalles. Una especie de obsesión por el detalle. En Cézanne se ve cómo el tipo está obsesionado por el detalle, lo que hace entrar en el cuadro lo pone y si no lo puede incluir en detalle lo pone en blanco. Todo concreto, nada difuminado. Yo tampoco voy en la poesía a lo difuminado.

Aprendí a escribir haciendo periodismo: primero estuvo eso, después la poesía. Nos juntábamos con un grupo en el IFT hasta el golpe de Estado: Jorge Asís, Marcelo Cohen, Rubén Reches, Alicia Genovese. Teníamos un taller de escritura. Después del golpe terminó, yo me quedé en el país, pero me dediqué al periodismo. Estaba protegido de una manera muy extraña porque trabajaba para una agencia rusa, te filmaban con todas las cámaras habidas y por haber, pero no te tocaban. Después entré en Clarín en el 79 y me ocupaba de información general, costumbrismo. Me fui en el 88 y volví en el 92. Y ahí hasta 2002. En total, veinte años. Ya no hago trabajo periodístico.


Foto de Hernán Zenteno