20.12.11

Poeta antiguo, poeta ambiguo


Poeta antiguo, poeta ambiguo
por Santiago Kovadloff
Prólogo a Poeta antiguo, de Jorge Aulicino
(firmado Jorge Ricardo)
Editorial Botella al Mar, Buenos Aires, 1980

Una vez escribí sobre Vuelo bajo, el libro que precede a Poeta antiguo, que “en lo que hay en él de líricamente sólido cabe reconocer un desplazamiento fundamental: el que va de la comprensión de la subjetividad como centro emisor de mensajes a la compresión de la subjetividad como meta de la exploración poética”.

Con el predominio ya definitivo de esta tendencia en Poeta antiguo se produce, correlativamente, el establecimiento de un vínculo intelectualmente más rico, más reflexivo, del escritor con la palabra, que se traduce en la tenacidad con que busca el enlace entre una viva inquietud experimental y un intenso anhelo expresivo que no cede sus derechos al puro formalismo.

El poeta, ahora, escribe para tratar de saber qué quiere decir, y no para transmitirnos lo que de antemano sabe. En consecuencia, dejará de configurar su imagen a base de certidumbres para pasar a plantearla mediante una franca intención conjetural, tentativa.

El tono del poema, finalmente, tratará de vertebrarse en ceñida correspondencia con la atmósfera temática; y es en ese tono –que es trama esencialmente- donde deberá buscarse la intención comunicativa básica del poema.

Quisiera ordenar el análisis de Poeta antiguo a partir de algunas consideraciones sobre el título de la obra.

¿A qué podemos llamar hoy “poeta antiguo”? ¿A quién?

Antiguos son, convencionalmente, los poetas de la edad grecolatina. Homero, Hesíodo, Píndaro, Safo, Virgilio, Horacio, Catulo y Tibulo. He aquí algunos poetas de los cuales, sin vacilar, el sentido común aseguraría, esgrimiendo sobre todo razones cronológicas, que son antiguos. Sin embargo, no hay duda de que además de esas razones y más fundamentalmente que ellas, lo que a poetas griegos y latinos los define como antiguos es cierta concepción del mundo que sirve tanto de apoyatura a su palabra como de horizonte para la misma.

Entre los griegos especialmente, esa concepción tiene, junto a otros caracteres distintivos, el de responder a una cosmovisión heroica. Según ella, el hombre se define por su indeclinable anhelo de trascendencia y, a la vez e irremediablemente, por su inscripción en la finitud.

De ese contraste surgido entre su afán de eternidad y su pertenencia al orden de lo perecedero, nace esa encrucijada que nadie, al parecer, tradujo mejor que Píndaro cuando escribió en su tercera Pítica. “¡Oh alma mía! No aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible”. Se trata, pues, de una situación trágica y, en nuestro caso, la tragedia consiste en la dualidad medular de la vida humana.

Esta dualidad se hace patente en la hibridez que distingue al esfuerzo de determinación ontológica de la identidad del hombre: es y no es algo diáfano; reviste y no reviste inteligibilidad. El poeta antiguo es también un poeta ambiguo pero la ambigüedad no consiste en la imprecisión de lo difuso sino en el reconocimiento –polémico y no pasivo- de lo difuso como instancia última de lo real.

Tal es, me parece, el sentido principal que, volviendo a Jorge Aulicino, puede reconocérsele a su Poeta antiguo.

De hecho, una de las intenciones de este libro es subrayar la esencial indeterminación de la realidad; indeterminación que Aulicino puntualizará una y otra vez para desmentir toda presunta ilusión de certeza definitiva y en clara oposición a sus propia posturas iniciales como autor.

Lo que la realidad guarda como impenetrable es lo que tiene de accesible como misterio. El misterio es lo impenetrable hecho evidencia por obra de la palabra. Poiesis, en griego, alude al hacer surgir, mantener ante la vista, al iluminar concebido como don y poder. Pero lo que por obra de esta facultad  aparece, vale decir lo que sostenido por la palabra irrumpe, no aparece como lo claro por oposición a lo oscuro, sino como el claro-oscuro que se muestra en abierto antagonismo con la claridad convencional y la oscuridad convencional; convencionalismo que, en ambos casos, es el que empaña y distorsiona lo real cuando su complejidad no llega a ser valorada.

Poeta antiguo es, pues, aquél que concibe y ejerce la poesía como exposición; como mostración de la realidad captada como imponderable o, si se prefiere, como dimensión de sentido que no se agota en la comprensión ingenua o en la incomprensión ingenua que de ella se alcanza desde el hábito y el prejuicio o desde la racionalidad puramente axiomática.

Con ello, el pota antiguo traza un paradigma de conducta que no por muy voceado ha sido siempre entendido y mucho menos acatado. Es bueno recordarlo ya que no pocos son los que se reivindican como poetas sin ejercer la poesía de este modo, y en el caso de Aulicino esta autoafirmación como poeta antiguo implica, al cabo del itinerario lírico trazado por sus –hasta ahora- cuatro libros, el reconocimiento y la aceptación de su espacio específico como escritor.

Este espacio específico es el de la convergencia de criterios perceptivos múltiples que confluyen en el territorio del poema para conformar una totalidad cuyo objetivo –a la manera de un poliedro expuesto de plano- es mostrarnos, en un solo golpe de ojo, todos sus lados.

La palabra ya no traslada al canto el sentido de la experiencia como si éste consistiera en un hecho de inequívoca significación. El poeta ya no tiene una percepción uniforme de su identidad como para poder privilegiar, en la composición de su texto, la plasmación de un significado no contradictorio. Inversamente, avanza y retrocede. Afirma y niega. Inicia la construcción de un ángulo visual y lo abandona a medio camino en busca de otro ángulo. Deambula, es nómade en su poema. Lo que construye es lo que resulta de lo que hace, pero lo que hace no resulta sino de su ambivalencia.

Lo que hay de inagotable en la realidad es lo que de imponderable hay, correlativamente, en la subjetividad. Si Cézanne dejó en blanco lo que no podía ver –como asegura el notable poema de Aulicino- es porque ver es entender. Cézanne nos enseña a todos que pintar es pintar una manera de mirar los objetos, no los objetos como tales.

El moderno poeta antiguo que es Aulicino no sabe reconocer como no contradictoria su manera de mirar y pinta –escribiendo- el esencial desacuerdo que lo une a sí mismo
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Bien podría él, como el personaje dantesco, habernos dicho: Più non dirò, e scuro só che parlo. Su oscuridad es el luminoso retrato de un vínculo denso con lo real, y el espesor de la problematicidad que lo define, su riqueza, es lo que Jorge Aulicino acierta a transmitirnos con su último libro.

Un recurso que merece particular reconocimiento en la poesía del autor de Poeta antiguo es, junto con su tierna ironía, la habilidad con que logra ensamblar elementos provenientes de diferentes estratos culturales del lenguaje. Aulicino es un hurgador de la cultura. Leyendo sus textos se comprueba la eficaz digestión intelectual que ha hecho, en la confección de su estilo, de los recursos oriundos tanto de la poesía norteamericana como de las propuestas del surrealismo; de la literatura clásica española como de la amplia gama de extranjerismos, coloquialismos y modismos de raíz lunfarda que colman el castellano hablado de nuestra ciudad.

Resultado de la sabia dosificación de todos esos ingredientes es la atmósfera ya inconfundible de su poesía, donde pueden reconocerse los contrapuntos precisos que juegan, incansablemente, el rigor y la sensibilidad dentro de un tono caracterizado por la fluidez narrativa.

Ubicado con propiedad en ese suelo de esenciales incertidumbres al que hoy podemos llamar realidad, Poeta antiguo arroja, a la manera de un brújula, indicios certeros sobre los caminos que hoy recorre buena parte de la mejor poesía de Buenos Aires.

 © Santiago Kovadloff