29.7.10

Cierta dureza en la sintaxis



por Javier Adúriz Guaraguao, Revista de Cultura Latinoamericana, núm. 34, Barcelona


Alguien se pregunta si es lícita la contemplación en medio de un campo de cadáveres, quemar pensamiento venteado alegremente. Así se abre Cierta dureza en la sintaxis, el último libro de Jorge Aulicino, publicado en 2008. Alguien pregunta o algo, y un cuerpo textual de cincuenta poemas procura respuesta.
Tal vez, por el realismo visceral que Aulicino practica no sea del todo injusto imaginar que el poeta, personalmente, esté atravesado por un vago remordimiento. Tal vez, la desconfianza en la escritura como un combate en vacío; tal vez, ciertas vislumbres, un horizonte perceptible que impone un filo a las preguntas. Pero esta sería la línea de un significado directo, literal del libro, en donde Aulicino intuye, como el Centurión de uno de sus poemas “que pelea en verdad por monedas”, y no tanto “por ampliar el radio de su entendimiento”. Lo curioso es que el libro lo desmiente, dado que el lector comprende sus visiones y de algún modo comparte. En estas circunstancias: “Entregarás un alma que no le sirve a nadie” es una afirmación de humanismo.
Pero su realismo es complejo, trabaja a varias manos, en cuerdas de varia referencia. Por eso, aquella línea de escritura como lucha, como salida a un campo de batalla, aun cuando se mantenga desasosegada a lo largo de todo el volumen, revira a un segundo estrato de significados, que pronto toman primacía. Aquí de nuevo resuena el interrogante inicial, pero en dirección a la secular oposición entre lo activo y lo contemplativo frente a una civilización hecha de muerte. En esta zona, las mismas voces, las mismas palabras ya no tienen carácter transitivo hacia el autor, sino remiten a un sujeto de lenguaje, una voz perfectamente ficcional que considera las alternativas y da cuenta de la belicosa aventura de conocimiento.
Bajo esta luz, el libro se vuelve pudoroso y sepulta el plano literal a la mera presencia de algunos rasgos indispensables y marcha en espesor de habla imaginaria. La voz del lenguaje se interroga y se entrega al camino, mientras multiplica a voluntad la índole de sus imágenes. El camino es la ciudad, pero una ciudad de la mente. El camino es un imperio, pero un imperio de tensiones de artista, ganado y perdido entre orines y polilla. Así como el camino es el mar, una errancia por la marea cerebral, paisajes y desiertos, vientos de tormenta, donde ese yo vicario “navega y galopa hacia los mundos artificiales”. Construcciones entre las que se ponderan veladamente, el distanciamiento de Bertolt Brecht y la capacidad figurativa de Ezra Pound, pintor de pincel seco, tan “seco como el río de su mente”, y aun así, diestro para trazar sus cuadros de “todo aquello que brota / en el campo que es fantasma de su memoria”.
Pero habría un tercer círculo de referencia, donde el libro completa su fisonomía: su aspecto político. En este espacio, aquella pregunta primal alcanza otra consecuencia bajo ese interés que el realismo guardó siempre por el estado de cosas, dando forma a un estado de espíritu o de época. Donde además, ética y estética tocan sus cables y hacen la chispa, ya en el plano de lo moral, por el solo hecho de haber vivido en este mundo, en curso humano, de la pura existencia terrestre. Aquí es relevante el juego medio del libro, no bien la voz entra en otro campo gravitatorio y pierde contemporaneidad, indagando en recortes de pasado. Es la hora de los homenajes al barrio, a los inmigrantes que sin posibilidad de sueño lucharon por la cosa concreta, y el gran elogio a los proletarios del Frente Oriental que, a su juicio, ganaron verdaderamente la Segunda Guerra y dieron aire a la imaginación actual. En el texto, desde luego, dicho con acritud: “Honor, camaradas de estiércol, / a los muertos del Frente Oriental. / Cada bocado y risa y zumbido de autopista / se lo debéis a los camaradas del Frente Oriental”. Una aseveración de doble propósito: por lo que tiene de encomio hacia aquellos que “resistieron como ratas, con el culo expuesto a sus generales”; pero no menos, por juicio a la banalidad posmoderna, al pensamiento vaciado y fácil relativismo.
Según se ve, el libro se construye semejante a una vista en tres dimensiones. Un sentido literal, uno simbólico y otro anagógico, para traer a la memoria a Dante, cuya Comedia Aulicino traduce actualmente. Pero lo fascinante es esto: observar cómo, en el transcurso de sus libros, Aulicino ha perforado su realismo de origen, traspasando límites, incluso en orden a su misma dilución, aunque sin conceder en absoluto.
En los ‘70, ajustando el lenguaje a semántica maciza, sin ornamentos ni deslices sentimentales. Durante los ‘80, prestando atención a los objetos y manteniendo la tensión entre lo dicho y lo no dicho, propiciando un lector siempre vigoroso, confrontado a un emisor agudamente impersonal. Y por fin, a lo largo de los ’90 y en lo que va del siglo, ampliando los rangos de información y experiencia donde todo cabe. Para ponerlo en la estela de Wallace Stevens, como si el ojo de la lengua incluyera en círculos concéntricos una organizada curiosidad: la historia, la ciencia, la religión, lo contemporáneo, la política, el archivo del arte y la literatura. En suma, las distintas aristas de lo real, una combinatoria de naturaleza y cultura donde el poeta va madurando hacia lo que podría denominarse “efecto Archimboldo”, aquél constructor de siluetas por contigüidad de objetos naturales, aprehendidos en su vis más concreta. Una estética de resistencia y recusación de la metáfora cuya esencia es el tropo, porque de lo que se trata aquí no es una cosa por otra, sino esto y lo otro, una cosa y otra. Y así hasta que emerja una suerte de supersentido, o arquetipo de sentido, no bien el material se percibe en totalidad.
Esta derivación se intuye recién hacia el cierre del libro, no bien se entiende que “el pensamiento es el centro del infierno”, una sustancia semejante a una gran estafa, porque su mecánica de abstracción ensalza o pretende eso que llamamos vida, “desde todo punto de vista amada”, pero a expensas de lo duro real, la verdad de lo vivo. En este silogismo, la escena del poema final es elocuente. “Atila, en su Porsche, recorre la ciudad que insiste en aniquilarse. / Ha salido indemne de los quejidos del vencido y del remordimiento. / El estado de eterna destrucción es su certeza”. Un flash del hombre contemporáneo, pero inserto en la máquina del universo, la ineluctable caducidad que obra por sí sola, en perpetua demolición de bienes y deseos. Un cosmos de algún modo impenetrable, productor de extrañamiento. Y donde se dirime también el dilema de inicio. En esta instancia, escribir es hacer, y da lo mismo, aunque no nos resulte en absoluto indiferente.
Para terminar, una opinión. A mi gusto, el realismo en expansión de Aulicino es único y revolucionario. Pone al tablero, a la hora de escribir, una operación compleja e integral, toda vez que implica lo racional en lo oscuro, en un flujo con dosis ya de surrealismo, humor y vanguardia posclásica que disuelve todo tenebrismo y hace del lenguaje un espectáculo arrebatador. Esto explica, por caso, su vertiginosa costumbre de asociaciones, un estilo que es su marca de agua, hábito que se rehúsa a la literatura como sobredeterminación de ornamento y obtiene texturas increíbles, andando por otro campo de maniobras. Esto explica asimismo, un modo de rienda dado al lenguaje, desde un centro profundamente libre, ajeno ya a programas, tan apto para fabricar una especie de koiné, una lengua entendida por todos, pero hablada por ninguno, en variables de dicción que tan pronto recurren al voseo, como de inmediato al tuteo o a la proclama en segunda persona del plural, con efectos de notorio distanciamiento. No pocas veces para advertir los cambios de asunto o de rumbo en el texto, como si se tratara de una siquis virtual, vista desde adentro y desde afuera, cerca o lejos. Por ejemplo: “Este es el que ahora hablará y preguntará los motivos / por los que incesantemente construyen y demuelen / troyas, babilonias, tebas, establos y mercados”. Un frenesí de fablas que exige del lector una simétrica disposición integral, como la del autor frente a su materia. “¿Lo veis? El pájaro volando en círculos sobre la loma. / Imposible llamar a eso collado. Aquí, sin cesar, / y en cada minuto, cambian las palabras.”
(Cierta dureza en la sintaxis, Ediciones Amadeo Mandarino: Buenos Aires, 2008)