30.7.10

De "Libro del engaño y del desengaño", 3




17

Pero lo que querés es mirar la cara imponderable.
Pues bien, es como la de la Medusa y te confundirás.
Todas sus serpientes hablan al mismo tiempo, silban,
y este es el mensaje omnívoro que traen de la Sibila.
Una cara es la garganta del Partido, ya extinto,
y por eso es morada y de largos crepúsculos.
Otra es la cara de lo adquirido, otra de lo adeudado;
y está la de la sal, y las de los principios, y la de la sartén colgada.
Está la cara de imperio y sus incesantes furcios, la de los putos,
la de los puros, ya sean soldados de la causa o de la tierra.
Está la del conservador, con pesadas razones, la de cuidadoso.
La del que te mete la mano en el bolsillo, la del ganapán,
la del vencido, la del vencedor, la del Capital, la de la razón
de Estado, la de la necesidad, la del vendedor de autos,
la del que alguna vez dijo “al carajo”, la del sumiso -que
también razona-, la del impotente, la del Comisario político,
la del que aúlla, la del que llora, por no contar la del cuervo,
la del lobo, y la propia cara de la serpiente que asume su papel.
Una sola, huidiza, verdadera, única y peligrosísima serpiente.
Todas hablan a la vez y conocen la huída reptante del universo.
Todas tienen razón. Ninguna engaña. Los ojos de la Medusa estallan.
Son tu propia mirada sobre lo que llamas realidad. Y es su sesera
tu propio circuito, inundado de palabras divergentes. Y todas,
todas, absolutamente ciertas. Por eso alelado te deja la mirada
de la Medusa, y por eso podés matarla si te tapás los ojos, las orejas,
y lográs que mire su cara en un espejo, así como en ella te mirás.

Jorge Aulicino,  Libro del engaño y del desengaño, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2011

29.7.10

Cierta dureza en la sintaxis



por Javier Adúriz Guaraguao, Revista de Cultura Latinoamericana, núm. 34, Barcelona


Alguien se pregunta si es lícita la contemplación en medio de un campo de cadáveres, quemar pensamiento venteado alegremente. Así se abre Cierta dureza en la sintaxis, el último libro de Jorge Aulicino, publicado en 2008. Alguien pregunta o algo, y un cuerpo textual de cincuenta poemas procura respuesta.
Tal vez, por el realismo visceral que Aulicino practica no sea del todo injusto imaginar que el poeta, personalmente, esté atravesado por un vago remordimiento. Tal vez, la desconfianza en la escritura como un combate en vacío; tal vez, ciertas vislumbres, un horizonte perceptible que impone un filo a las preguntas. Pero esta sería la línea de un significado directo, literal del libro, en donde Aulicino intuye, como el Centurión de uno de sus poemas “que pelea en verdad por monedas”, y no tanto “por ampliar el radio de su entendimiento”. Lo curioso es que el libro lo desmiente, dado que el lector comprende sus visiones y de algún modo comparte. En estas circunstancias: “Entregarás un alma que no le sirve a nadie” es una afirmación de humanismo.
Pero su realismo es complejo, trabaja a varias manos, en cuerdas de varia referencia. Por eso, aquella línea de escritura como lucha, como salida a un campo de batalla, aun cuando se mantenga desasosegada a lo largo de todo el volumen, revira a un segundo estrato de significados, que pronto toman primacía. Aquí de nuevo resuena el interrogante inicial, pero en dirección a la secular oposición entre lo activo y lo contemplativo frente a una civilización hecha de muerte. En esta zona, las mismas voces, las mismas palabras ya no tienen carácter transitivo hacia el autor, sino remiten a un sujeto de lenguaje, una voz perfectamente ficcional que considera las alternativas y da cuenta de la belicosa aventura de conocimiento.
Bajo esta luz, el libro se vuelve pudoroso y sepulta el plano literal a la mera presencia de algunos rasgos indispensables y marcha en espesor de habla imaginaria. La voz del lenguaje se interroga y se entrega al camino, mientras multiplica a voluntad la índole de sus imágenes. El camino es la ciudad, pero una ciudad de la mente. El camino es un imperio, pero un imperio de tensiones de artista, ganado y perdido entre orines y polilla. Así como el camino es el mar, una errancia por la marea cerebral, paisajes y desiertos, vientos de tormenta, donde ese yo vicario “navega y galopa hacia los mundos artificiales”. Construcciones entre las que se ponderan veladamente, el distanciamiento de Bertolt Brecht y la capacidad figurativa de Ezra Pound, pintor de pincel seco, tan “seco como el río de su mente”, y aun así, diestro para trazar sus cuadros de “todo aquello que brota / en el campo que es fantasma de su memoria”.
Pero habría un tercer círculo de referencia, donde el libro completa su fisonomía: su aspecto político. En este espacio, aquella pregunta primal alcanza otra consecuencia bajo ese interés que el realismo guardó siempre por el estado de cosas, dando forma a un estado de espíritu o de época. Donde además, ética y estética tocan sus cables y hacen la chispa, ya en el plano de lo moral, por el solo hecho de haber vivido en este mundo, en curso humano, de la pura existencia terrestre. Aquí es relevante el juego medio del libro, no bien la voz entra en otro campo gravitatorio y pierde contemporaneidad, indagando en recortes de pasado. Es la hora de los homenajes al barrio, a los inmigrantes que sin posibilidad de sueño lucharon por la cosa concreta, y el gran elogio a los proletarios del Frente Oriental que, a su juicio, ganaron verdaderamente la Segunda Guerra y dieron aire a la imaginación actual. En el texto, desde luego, dicho con acritud: “Honor, camaradas de estiércol, / a los muertos del Frente Oriental. / Cada bocado y risa y zumbido de autopista / se lo debéis a los camaradas del Frente Oriental”. Una aseveración de doble propósito: por lo que tiene de encomio hacia aquellos que “resistieron como ratas, con el culo expuesto a sus generales”; pero no menos, por juicio a la banalidad posmoderna, al pensamiento vaciado y fácil relativismo.
Según se ve, el libro se construye semejante a una vista en tres dimensiones. Un sentido literal, uno simbólico y otro anagógico, para traer a la memoria a Dante, cuya Comedia Aulicino traduce actualmente. Pero lo fascinante es esto: observar cómo, en el transcurso de sus libros, Aulicino ha perforado su realismo de origen, traspasando límites, incluso en orden a su misma dilución, aunque sin conceder en absoluto.
En los ‘70, ajustando el lenguaje a semántica maciza, sin ornamentos ni deslices sentimentales. Durante los ‘80, prestando atención a los objetos y manteniendo la tensión entre lo dicho y lo no dicho, propiciando un lector siempre vigoroso, confrontado a un emisor agudamente impersonal. Y por fin, a lo largo de los ’90 y en lo que va del siglo, ampliando los rangos de información y experiencia donde todo cabe. Para ponerlo en la estela de Wallace Stevens, como si el ojo de la lengua incluyera en círculos concéntricos una organizada curiosidad: la historia, la ciencia, la religión, lo contemporáneo, la política, el archivo del arte y la literatura. En suma, las distintas aristas de lo real, una combinatoria de naturaleza y cultura donde el poeta va madurando hacia lo que podría denominarse “efecto Archimboldo”, aquél constructor de siluetas por contigüidad de objetos naturales, aprehendidos en su vis más concreta. Una estética de resistencia y recusación de la metáfora cuya esencia es el tropo, porque de lo que se trata aquí no es una cosa por otra, sino esto y lo otro, una cosa y otra. Y así hasta que emerja una suerte de supersentido, o arquetipo de sentido, no bien el material se percibe en totalidad.
Esta derivación se intuye recién hacia el cierre del libro, no bien se entiende que “el pensamiento es el centro del infierno”, una sustancia semejante a una gran estafa, porque su mecánica de abstracción ensalza o pretende eso que llamamos vida, “desde todo punto de vista amada”, pero a expensas de lo duro real, la verdad de lo vivo. En este silogismo, la escena del poema final es elocuente. “Atila, en su Porsche, recorre la ciudad que insiste en aniquilarse. / Ha salido indemne de los quejidos del vencido y del remordimiento. / El estado de eterna destrucción es su certeza”. Un flash del hombre contemporáneo, pero inserto en la máquina del universo, la ineluctable caducidad que obra por sí sola, en perpetua demolición de bienes y deseos. Un cosmos de algún modo impenetrable, productor de extrañamiento. Y donde se dirime también el dilema de inicio. En esta instancia, escribir es hacer, y da lo mismo, aunque no nos resulte en absoluto indiferente.
Para terminar, una opinión. A mi gusto, el realismo en expansión de Aulicino es único y revolucionario. Pone al tablero, a la hora de escribir, una operación compleja e integral, toda vez que implica lo racional en lo oscuro, en un flujo con dosis ya de surrealismo, humor y vanguardia posclásica que disuelve todo tenebrismo y hace del lenguaje un espectáculo arrebatador. Esto explica, por caso, su vertiginosa costumbre de asociaciones, un estilo que es su marca de agua, hábito que se rehúsa a la literatura como sobredeterminación de ornamento y obtiene texturas increíbles, andando por otro campo de maniobras. Esto explica asimismo, un modo de rienda dado al lenguaje, desde un centro profundamente libre, ajeno ya a programas, tan apto para fabricar una especie de koiné, una lengua entendida por todos, pero hablada por ninguno, en variables de dicción que tan pronto recurren al voseo, como de inmediato al tuteo o a la proclama en segunda persona del plural, con efectos de notorio distanciamiento. No pocas veces para advertir los cambios de asunto o de rumbo en el texto, como si se tratara de una siquis virtual, vista desde adentro y desde afuera, cerca o lejos. Por ejemplo: “Este es el que ahora hablará y preguntará los motivos / por los que incesantemente construyen y demuelen / troyas, babilonias, tebas, establos y mercados”. Un frenesí de fablas que exige del lector una simétrica disposición integral, como la del autor frente a su materia. “¿Lo veis? El pájaro volando en círculos sobre la loma. / Imposible llamar a eso collado. Aquí, sin cesar, / y en cada minuto, cambian las palabras.”
(Cierta dureza en la sintaxis, Ediciones Amadeo Mandarino: Buenos Aires, 2008)

11.7.10

De "Libro del engaño y del desengaño", 2




13

Por lo bajo te fue revelado un incidente de disparos
en una pizzería. No usaban grandes pistolas, tal vez revólveres.
Las balas, sin precisión, horadaron la pared, reventaron un vidrio,
dieron en un cuerpo. Momentos antes apuraban la pizza,
se atragantaban de recelos, mascullaban; bebían rápido
vino blanco, dulzón, y coca cola: el gas se había aplacado
en los vasos. Al voltear una mesa, tal vez volaron papeles
aceitosos, las botellas, un paquete de cigarrillos arrugado.
Deben de haber ululado sirenas en una tarde cuya densidad
no pudo ser perforada. Sin detalles accidentales, sol o vetas
en alguna rama de plátano. Un día sin respiraderos, sin salida,
sin escaleras, sin muchedumbre, con el solo paso tardo de gente
vestida con ropas percudidas, obreros, muchachos de oficina;
sin trampa, sin perspectiva, sin horizonte, gris o apenas brillosa,
con el brillo escaso y aplastante de lo funcional, precario, igual.

14

Junto a las fábricas y los lanchones hicieron los únicos planes posibles.
No tenían más que un objetivo que se recortaba con nitidez.
Dirimían cuestiones de poder inmediato de la peor manera.
Eran extraños a los libros y a los anales, a la recopilación.
Fundaron una acción de grandes nombres pero metas precisas.
No querían crear milicias. No tenían una gran estrategia.
Me dijo el patrón que… Aún escrutaban las miradas, los modos.
Sólo pueden salvarnos los de la planta industrial… si ellos paran.
Repartían cachetazos en las asambleas. Tomá nota
Ajustaban detalles en el tren, en las paradas de los colectivos.
El quince por ciento, no menos. Veníte al asado. Avisá.
Le salió un grano. Me va a escuchar. Calmá a los muchachos.

15

Ves ahora que el andurrial se escabia de luz verde celeste,
irreal, en tanto lo atravesás, no sé hacia qué aventuras,
en un zigzag entre puentes de fierro y edificios ralos.
Una música dodecafónica acompaña lo que debiera ser
un viaje entre abedules hacia el mar, no el mar azul, ya sé,
no mare nostrum: mar gris, verde gris, petróleo,
amasijándose contra los acantilados porosos.

Pero no son abedules. El tren colea al entrar a una estación.
Oxido. Troncos brutalmente hachados y apilados.
Vegetación. Abedules no son, pero inseminan de copos
el pasto helado. Son árboles de este principio pampeano,
el cual señala: aquí el invierno huele a ejército de mampostería.
Hasta en la cruz de los galpones hay algo de barroco eclesial.
No diría que hay un ángel de yeso, no, sino más bien su espectro,
de luz inflado. Diríamos, un ángel de vidrio de damajuana.
Imagino el  despertar de una siesta entre gordas gotas
de lluvia y luces sesgadas de estilo medieval. Campanas
también, y allá lagunas, ojos de agua  o qué.

El tren arranca con un cólico hacia el mar. Te acoge
la ciudad veraniega en su invierno tenaz, iridiscente.
Encerrado en un bar, rodeado de escalofrío y temporal
-a un lado la ciudad vacía, al otro el abierto vacío del mar-,
penabas, escribías, discurrías, suplicabas el irrevelable
secreto de los elementos. De una vez entendelo: elementos.
Joder con Dios, con la patria, con la respiración animal
de la pampa y el ojo, en la tormenta, del Leviatán.

16

Caravaggio lo sabía, se le había agotado la paciencia.
Si vas a pintar, a comprender, debés ser consciente
de la materia. El barroco no es de ideas, es de yeso.
El barroco no es de mármol. Es de materia maleable.
Al fresco se pinta rápido, antes que fragüe, pero
la pincelada es perdurable. En cambio, la pintura
en seco se descascara y cae, la Ultima Cena se quiebra,
se pierde en partículas secas y el rostro de nuestro señor
es como un fantasma que alza queda la mano y parte el pan.
Caravaggio lo sabía y mostró la carne amoratada.
Sacó a la luz cambiante la densidad del cieno. E indicó:
aquí la luz, la sombra allá, y la frontera de rostros rojisangre,
sangre de matadero, oscurecida por el aire,
es donde verás lo que hay o no hay. Mirad
de frente la enfermedad, la gula, el asombro, la latencia
de la frente y la vena, los humores, el resplandor y la ictericia.
Y esto para tu tierra y tu secreto también vale.

Jorge Aulicino, de Libro del engaño y del desengaño, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2011


Ilustración: Vocación de San Mateo, 1600, Caravaggio