11.2.08

Máquina de faro

(Publicado por Ediciones del Dock, 2006)



Máquina de faro


Nota: Aulicino

Folletería del viaje sobre la mesa
Porque ya sabés si vas a un viaje
Volvés con anotadores, folletos y lapiceras
Que por un tiempo descansan sobre una mesa
Junto a los antiácidos, una llave y las aspirinas.
Has dicho palabras formales e informales
En los encuentros de turismo cultural.
Pero, como sabés, tu trabajo consiste en
Acechar el destino del grillo que cayó
Sobre tu toalla y saltó detrás del canasto de mimbre.
Por este trabajo te obsequian viajes, blocs y
Direcciones de correo electrónico.


Nota: S. Hawking

¿Sabe algo en realidad sobre la disolución?
El comienzo y el fin los veo como explosiones
en la mente, cuyos restos organizamos
en el tiempo lineal que duran nuestras vidas.
En ciertas ocasiones sostenemos los tiempos simultáneos
de un objeto intelectual.
La mayor parte de las veces
solo logramos que existan en dos tiempos
una taza o un bolígrafo accidental.


Nota: Adúriz

Habrás visto a Kitano como samurai ciego.
Te recomiendo la escena del combate final.
El Apocalipsis sustituido por la quietud.
Porque ya sabés, entre los grandes guerreros
el combate es una eterna asechanza.
Ninguno es capaz de prever completamente
el movimiento del otro, que será mortal,
y por eso esperan, el sable detenido
en medio de una figura imaginaria.
¿El universo nos ofrece, entonces, esto, querido Javier?
¿Una única oportunidad y una larga reflexión?


Nota: Para S.

Que te vea yo, oscuro hijo de Leo,
rodeada de águilas dóciles
y de dinteles elevados, no es paño
tejido por la facilidad de palabra.
Aporto al Olimpo de dragones, fiesta
de rayos y diosas de cuidado,
la figura que creó la luz escasa
cuando tu mano de Atenea
se recortaba en la oscura sábana.
Era tu silueta lo que quisiera,
o era la mujer que en la medianoche
posaba su sien en las nieves de aquel arropado monte.


Teliká

1
En un sueño, ponías junto a una ventana
rosas cantábricas; tal vez rosas tártaras.
Digo que eran cantábricas,
pero podría decir tártaras o abisinias.
Eran simultáneamente rosas rojas y rosas amarillas,
y eran rosas o palabras.
Con tu gesto, todo tenía calidad de rosa.
La perceptible certeza del mundo se alejaba.
Ponías las rosas como una mirada.

2
He visto al dios de los perros,
y en general canté las pupilas, nos los párpados.
De esta pobreza de verdad recuerdo
cómo estallaban los malecones,
y toda avanzadilla o espiga sobre el mar.

3
Aguas de azotea. Cuando el pique en el cielo
abunda, la caña resulta indiferente.
Reinan los arpones de la lluvia. Espero en
el cielo ver el cielo, aguadas entre peñas
gris ahumado o violetas.
Qué radiante distancia. Qué otra cosa.
Esa esfera de objetos que el ojo intenta componer
es el círculo de tu majestad. Y salta el pez.


Hay tórtolas...

Hay tórtolas en los senderos de las hijas,
todo aquello que era una bonita encrucijada para vos.
Un camino bajo un cielo borrascoso,
emociones con que un dios amable y rengo les habla.
No saben, tal vez, lo que sueñan o las aterroriza
en el movimiento de los helechos o en una canción.
También para ellas la tormenta trae sombras
pero trenzan resoluciones distintas.
No vivís sus mundos aunque quieras,
ni los de muchos otros que a su vez ven tu máquina de faro
gastarse, sin lubricante, loca,
como quien decide que el rayo que arroja
escribe una realidad tangible, áurea,
donde hay liebres rosas,
moluscos dorados.
No podrán enseñarte aquello que no saben,
lo único que debería poder enseñarse.
Ellas llenan la noche,
el tejido transparente del cielo vibra
en la ventana, delante de tu máquina.
Hay astillas de vidrio en la pantalla
donde querrías escribir un artefacto plausible,
un relato donde se arme con precisión
aquello que no pudiste decir,
que, suponés, otros no pudieron,
y de lo que dan pobres señales las palabras,
los ojos,
aun los hechos, duros.


Nota: Flores

Presento las flores en el balcón;
tienen una orgiástica misión privada.
Con habilidad miro las flores
y de ellas el sentimiento
no lograría captar en años
de escritura sinuosa y delgada.
Diría que se han abierto a la lluvia y a los truenos
y mucho de todas maneras se me escapa.
Más allá de las analogías humanas,
y ocupada la mente en llamadas
que haré después,
miro las corolas rojas
desde algo parecido al zen.
Era lo que decías, esperar, con la mirada acá
y la cabeza en un nirvana de ocupaciones varias.


El coro inventa a su director

A la edad que tiene el director del coro,
Alejandro de Macedonia llevaba siete años en su tumba,
y él quizá lo sabe.
Sin embargo, es el coro su obra mayor,
comprende en algún momento en la profundidad
del Magnificat Anima Mea
-en un golpe de voces que jamás se repetirá-,
cuán cerca está de descender hacia el Punjab
en medio de radiantes armaduras
y cómo
en ese ajuste perfecto de sonidos humanos
y un "algo más" que escapa al programa,
se unen el cielo con la tierra
como no sucedía en los confines del mundo
según creían los anhelantes soldados del Magno.
Desconocieron la equivocación;
en todo caso la porción de gloria
de cada uno no se modifica,
pero la del director es sólida:
no teme lo que está más allá,
al alcance de la mano, lejos.
Querría entrar allí y su cuerpo se tensa
en los momentos más altos del oratorio
en una parroquia provincial.
Después se olvidará, lo sabrá distraídamente.
Quizá uno que consigue algo así
debería recluirse para siempre
En la puerta de la parroquia le dan flores
y aumenta la confusión.


Nota: El Teuco lee a un poeta irlandés

Desde arriba hace dos o tres mil años,
esta planicie plagada de pensamientos
se vería como una prístina heredad.
El que ahora es Río de la Plata
haría sonar su campana seca.

Cómo funciona el pensamiento
aquí puede verse,
en la vibración de los vidrios
por el tráfico,
en las páginas abandonadas
sobre los muebles.
No cantes hermano;
ha de haber una simetría entre
la áspera respiración de la cultura
y nuestras almas que en este instante
dan vueltas sin encontrar apoyo
aun cuando a su disposición tienen el perchero
y otras líneas salientes de la habitación;
como
si ellas vieran una realidad distinta
o la ausencia de realidad absoluta.


Nota: El sereno del garaje nocturno

Los que saben hablar no tienen tu oficio.
Las mandíbulas apretadas no son tu dote,
son la mordida sobre las palabras
que siempre saldrían equivocadas de tu boca,
llegado el caso.
No tenés oficina confortable.
Pasás las horas en tu redil,
rodeado de precarios objetos industriales.
Un lenguaje el calentador eléctrico,
el televisor con nevisca eterna,
dos páginas de un diario de ayer.
Y el silencio de la máquina tickeadora
que diría lo único que de vos se espera.


El condenado

Quisiera hacer un experimento conmigo mismo,
dijo el viejo farsante.
Todo experimento será nulo, porque te has dedicado
a mentirte con empeño.
Todo experimento será de resultados falsos,
montado como estará sobre falsas premisas.
Dije, y miré sus ojos de ensoñación.
Tengo derecho a decir, dijo después de un rato,
que comí una vez junto a un piano desvencijado
y vi en la ranura entre la tapa y el borde del piano
una pequeña virgen fulgurante, como un hada
pequeña, una visión, digo,
y cierta vez pude ver una especie de pájaro
graznando y aleteando en círculos sobre unos galpones,
iba y venía desde los galpones a un descampado,
inquieto, en la paz oxidada de esa siesta,
como si quisiese dar aviso a alguien sobre algo
que yo no alcanzaba a percibir en toda su extensión.
Tengo derecho a decir que comí en un restaurante decadente,
bajo grandes cirios, melancólico y sabio,
aunque mi amiga era una cajera de supermercado
que, creo, entendió el guiño.
Esta es la música de cada uno
en su horrible falsedad.
Mi experimento consiste en negarlo
y aparentar que vivo sin música ni enigma.
El resultado evidente será otra mentira, dije.
Como una especie de pájaro que quisiera dar aviso de algo
cuya extensión se me escapaba,
chillaron sus ojos atrapados en el teorema mortal.


Nota: El viejo

En su vejez piensa
el narrador
cuando se dice que sus hijos
se perderán en un mundo muelle,
no conmovido por el estupor de la letra,
arrastrado por el agua de las lluvias
que nada significarán para ellos,
como para él la lluvia sobre Filadelfia "significa".
Preocupado por el corazón de su descendencia,
que yacerá, oscuro, en un cántaro arruinado,
y por las maquinarias poderosas que barrerán
en el centro comercial vestigios de aquellos latidos,
oscurecido él, prematuramente, por hijos que no tuvo,
piensa sólo en él, y a quien no sabrá leerlo
condena de antemano.


Nota: Casas de verano

La casa en aquella vuelta del camino,
las paredes ahumadas aunque no había
hogar ni estufa a leña, y aquel
gorgoteo que escuchamos toda la noche
pese a que el depósito del baño,
cuya tapa yacía en el suelo polvoriento,
estaba seco y vacío, atravesado
por telarañas, y la bomba de agua
a motor estaba demasiado lejos
y el motor estaba oxidado.


El legado de los maestros

Ese es tu reino; está después de aquel jardín
con lamparitas eléctricas de colores; después del Bósforo,
más allá de ese Chaco de auroras calientes en el que vuelan
en torno a los mosquiteros grandes polillas nocturnas.
Ese es tu reino. Los construiste sin soñarlo. En los
restaurantes que frecuentabas con amigos, en las tardes
de la más triste desolación, cuando abandonabas tus
trajes viejos usados, tus camisas raídas; cuando veías
el cielo lavado, sin bandadas; cuando pasabas a toda prisa
detrás de la iglesia, cuando olvidabas. Es tu reino,
el de las cosas que se acercan como mangostas,
se refriegan contra tus pantorrillas y trasmiten
la quietud de Esparta abandonada por su ejército.


El canto de las arañas de cristal

El único silencio en todo ese salón era
el de las arañas de cristal.
El viento se filtraba por una ventana entornada
y movía apenas los caireles.
En las paredes atronaban las escenas de cacería.
La mesa, congelada en un corcovo, expulsaba
libros, plumas, un abrigo de paño grueso.
Las sillas oraban. El armario se hinchaba como el mar.
Rugían la cristalería y los reflejos del agua.
Aullaba como un condenado el candelabro.
El único silencio musical
era el del movimiento sin esperanza
de las arañas de cristal.


Pasa el heraldo del amor

Se ha perdido quién sabe qué cosas.
Todo en él fue ingobernable.
El pozo simple, la polea, el engranaje,
las hendiduras de su espalda eran un paisaje
más extraño que Madagascar o el Ponto rojo
lejanos en el espacio y en el tiempo,
pero nunca como el otro lado de su cuerpo.
Reconstruyó la leyenda muchas veces,
frecuentemente desencantado, con ojeras pálidas;
consciente de su fracaso. Sin ilusión volvía
a la intemperie, a la tempestad de la que renacía
como de íntimas sábanas revueltas.


La presencia física

Está cantando, pero hay que decirle
que la medición del tiempo es imposible.
Ha huido de los segundos y las horas
en un acto erróneo que puede costarle caro.
Que mire la calle cuando sale,
que crea en el milagro de ese instante
que es puro azar: se debe a cierta benevolencia
del clima que podría destruir los objetos grises,
el perro echado en la puerta del taller mecánico.
Que mire su reloj: no mide el día,
no mide ese edificio, el árbol ralo.
Mide una ignota circunstancia que no puede llegar,
que está ocurriendo, que golpea en su esfera,
como barcos que se estrellan en los acantilados.


El zumbido del ángel

Era inútil que recorriera los museos, las muertes
vestidas de mujer, sus vestimentas grises
y el graznido aprendido en las rocas del Hades,
aquel país donde el cielo poblado de ruidos
les enseñaba desde temprano a graznar.
Pues, ¿qué podían saber aquellas mujeres
sino anunciar el fiero pasaje con gritos?
Y el Sacrificio, una y otra vez,
Pedro, Esteban, Santiago, Prometeo,
como si el error o el exceso no fueran
las grietas adecuadas para descender al Río Tormentoso.
¿Habría de aprender a graznar? ¿Habría de entrenar
el espanto y entregar su óbolo de sangre?
¿No había dios en él? ¿No había mapa
dibujado en las maderas de las naves que se hundieron
en el deslinde entre el mundo de la calle y el torbellino?
Búscalo más allá, en las manadas, en los estallidos:
la voz resonaba en el laberinto de imágenes de mortificada carne.
Y vio las cigüeñas sobre los techos, y el agua
que se arrojaba a los cauces de la montaña,
y en el delirio de las rutas y las autopistas,
y en la estela de humo de los aviones, y en los hornos
y la soldadura eléctrica descifró un mensaje que calló con él.
Otros los habían escrito con inconscientes abismos;
habían doblado el hierro y alzado el cemento, aplastado hortigas,
galopado contra los ponientes sin propósitos plásticos;
sonámbulos que reían o eran avasallados en el desayuno
por el inconmensurable presente; los que trabajaban sin ideas
precisas, componiendo el estruendoso hoy, siguiendo
planes, ejecutando órdenes, holgazaneando, muriendo.
Mírate en su obra, dijo la voz en los pasillos.
Mírate en el confuso mapa de la obra. Ignoran
si iluminan el plan de Dios o sólo elaboran confort
y cuevas y rutas de caza, y si sobreviven o reinan,
si son unos o todos, si el libro los escribe o es escrito,
si se externan y exilian o avanzan hacia ellos; si vencen
el tiempo que han creado para medir su propia angustia,
si es trabajo lo que hacen o es la vida, lo que llaman vida
y su tejido profundo en el que suenan otras botas,
otras pisadas afelpadas, otros zumbidos
y construcciones, y donde otros trabajan de modo semejante,
pero con un sentido inequívoco, pues sobre su altares
vuelan criaturas de carne y hueso y de ojos certeros.



La Ciudad de los Estoicos


1
Queridos demonios. Alejados a la riba por el verano.
Vuelven entre las nubes pero no se encuentran
a gusto en las calles destempladas.
Exiliados demonios en diálogo lacónico con Dios.
Han pactado dejarnos en paz,
en una luz eléctrica
que se confunde con resplandor.


2
¿Qué? Antes me perdía en el matorral de las palabras.
El haiku era tu llegada.
Ahora miro la impenetrable lucidez de las cosas.
Hablarán siempre ese idioma de ellas.
Y serás siempre el colofón.
El pájaro que vuela. El cartel arrancado.
Golpearán las ramas los postigos en los cuentos.
El solitario volverá de las llanuras.
Las ciudades se hundirán en la falla
de espanto y de miseria.
Y la caballería retumbará en el desfiladero.
Porque habrá ecos de no sé qué humanidad
y te habré amado, el día de fuego de los ángeles
reducidores.


3
(Tokio: Abdías)
Luces blancas y celestes en pasillos de espejos
con el sonido de bucles y chicharras de las máquinas electrónicas.
Ciudad tenue y aguda donde habita el espíritu
que ha perdido el pensamiento.
Pequeño entre las naciones porque he vivido en rocas hendidas,
hologramas me llevaron adonde había zumbidos y monedas.
¡Cómo fueron escudriñadas las cosas de Esaú!
Sus tesoros escondidos fueron buscados.
En los burgers comen y leen diarios y cotorrean.
Y nadie entiende las noticias que repiten el crimen
multiplicándose en pantallas infinitas.
Todos pueden entrar y salir.
El odio acabará con algunos y les tomará fotos.

4
En los labios se gasta la palabra amor.
Los televisores repiten la palabra en silencio.
La civilización ha encontrado la eternidad.
Televisores y objetos metálicos, puertas y vidrieras
Repiten la imagen de millones de labios que dicen amor.
Cantan los equipos de refrigeración, los pasos
en una escalera, un reloj, la caída de un vaso
descartable. En el silencio de Elba la mente imperial
ha hecho contactos cerebrales, dos, tres, cuatro.
Ha organizado la aritmética de una gesta.
Y de eso se olvidaron los que almuerzan, eructan,
y miran desde edificios de vidrio los barrios arruinados.


5
(Samurai)
Te pido me perdones, porque he ido y venido
De los cables al paredón, como la mosca,
En una epopeya maniática.
La humanidad que parece un vasto programa
Me extravió en sus circuitos repetitivos.
Rindo el sable a tus pies.
Su filo ha podido cortar tu chal en el aire.
Me entrego a tu vastedad.
Y no he podido comprender.


6
(Abdías : 6)
El silbido de la épica en el mingitorio.
Las cañerías que cantan la dicha suprema
de medir palmo a palmo el silencio
y ponerle suturas maestras al Espíritu Tormentoso.
Atrapado en la red de sus cañerías, el viento
no alivia ya la ciudad de los macaneos.
Ante sus puertas, sus enemigos la entregan a las habladurías.
Y vos estás entre ellos.


7
Lavada el aura de todas las rendijas.
Ni el fantasma del humo, ni huella en esta pulcritud.
Falsas las señales, pero honestas, pues proclaman
“por aquí no se va”: en el habla, ni huella del trabajo
ni del sudor de la salvación.
Demonios de abstracciones sintéticas
no atraparán el alma
de los que se pierden:
el alma los entretiene.


8
Será que la vacuidad los retuerce, pero hablan.
En esos bares vidriados y en un hall de invernadero.
Cada día dicen lo que han dicho.
No construyen pagodas como hechos psicológicos
sino el abracadabra de los contactos esporádicos.
“Me lo dijiste ayer”. “¿Te lo había dicho?
“Me gusta que la gente se enamore y tenga hijos.”
“La crisis de la pareja, ya hablamos de eso.”
“En tanto se resuelva, me gusta que la gente...”
“Ya hablamos de eso.”
Trasbordo. Tomo el tren eléctrico. No veo hoy
la sombra del milano, ni mañana la veré;
la raya atareada en su aleteo entre los manglares
no percibe que la trompa está a punto de sonar
y que el ángel liberará el sello; siempre a punto
de sonar, mientras las señales electromagnéticas
perforan nubes y ciudades, rebotan, repican, crean
el universo sustituto, para cuando no estés tú, ni yo, ni aquellos,
y una almería seca, ritual, sea recorrida por alelados.


9
“... y en el centro de la ira
está fuera de peligro.”

W. H. Auden

Tienen el poder abstracto grabado
en su lenguaje rápido.
Mas aquello es el poder,
y esto la difusa evocación de la cocina
en las que éramos rey.
En la lapa de las palabras estancadas
nuestro reino cabe,
con piel de cabra y con palo armado.
Ellos no disputan esta llave
que cuidamos con espanto,
pues nada abre.
Saqueada fue la ciencia
y el secreto destazado.

Las ocultas claves,
los nichos de la sabiduría, el jardín cerrado,
la relación entre el impulso íntimo y el álgebra divina
contada en mosaicos y catedrales;
el insistente círculo, las arquitecturas;
el que indicaba con dedo luminoso
los arcos en los que debíamos perdernos:
todo ello es vendimia pisoteada
y la cólera del rayo no destilan
nuestras gotas de sudor perdido
en el afán con que nos movemos
para lograr cambios de ideas,
mientras razonamos y cambiamos
nuestras ideas acerca de lo que debería cambiar.

Sucios beduinos, carne de derruido hospital.


10
Como si miraras tanques de petróleo
que un ángel lelo y laborioso esparció
sobre arenales y pedregosos terrenos,
así esta Babilonia tiznada y refractaria
mirarás cada mañana, asediada
por su propia extensión, rodeada
de casamatas y campanarios,
atravesada por maquinaria rodante,
autopistas y vientos, atoradas
las alcantarillas, sucio y roto el pavimento.
La abrupta interrupción de una idea,
el ataque caníbal a los dioses meditativos
se repite en el inalcanzable escenario.
¡Por Dios, no arrojes al barro tibio de la indecisión
la espada que brilló en el sueño!

Una construcción nunca terminada,
cuyo esqueleto en invierno ennegrece
ocupa la ventana de la fonda en la que almorzás
pan, vino, carne de un desmesurado sacrificio.