3.5.09

Primera Junta

Primera Junta
(1995-1996)
Edición electrónica: 2009


Si algún hombre se percata de que puede vivir más cómodamente
colgado en el patíbulo que sentado frente a su mesa, actuaría como
un insensato si no se colgara.
Baruch de Spinoza, correspondencia con Blyenbergh.



La rendición de Breda. El Prado, Madrid

¿No era de esperar que después de la batalla
hubiese en las miradas de estos hombres
una inteligencia estrábica y en sus ropas
pingajos de sangre? Y en las lanzas y en
las cabalgaduras, sangre también, y hasta vísceras.
Sin embargo pactan la rendición en un amable abrazo
mientras un soldado mira la cámara
-la grupa de un caballo ocupa el primer plano
y hay un papel, como volado de la escena, a la derecha-.
He aquí mis compromisos cortesanos,
parece decir Velázquez,
en este efecto retablo en que se desarrolla
la guerra pudorosa de unos nobles hipócritas.
Pero advertid la mirada de este soldado
solicitando
consideréis la cuestión en su aspecto casual,
estos colores, verdinegros marrones, por ejemplo,
que caen por doquier,
reptan al acaso, se mueven en una profundidad de mar
o de plasmas, y donde en verdad descubrirán
la lucha en que me pierdo.


Diccionario de mitos

En letras chicas, escuetas,
en frases cortas y grises,
aquí está contada la tragedia de Medea
y la aventura de Jasón,
vidas, genealogías y guerras
-y se deja a la fantasía
el arco vibrante de Ulises
y la carne deseada de Penélope,
el grito de Aquiles en la batalla,
y los dioses mirando el espectáculo
desde un madero flotante,
parloteando como gallinas;
el cuervo sobre los despojos
y el cielo de Troya-.
Aquí se cuentan los Dioscuros
que habitaban por turno el lugar de los muertos,
los dioses que asediaban mujeres
y la pasión de Tántalo.
Dehuesada guía de teléfonos, se contenta este libro
con informar los hechos, para ahorrar calamidades.
O su poesía es
esta letrita insolente,
de difícil lectura,
que reclama lentes amplificadores,
esfuerzos del músculo ocular,
para que pueda verse
cómo vuelan moscas
sobre la espuma
de aquellas islas,
un escenario vacío.


Primavera en una estación de tren suburbano

Ahí termina el andén de cemento
y más allá hay árboles
y las vías se pierden entre las espaldas
de edificios hollinados.
Este, diría, es un paisaje en equilibrio,
tiene una economía propia.
Los papeles que vuelan ahora sobre el andén
no estarán mañana,
el viento limpiará las hojas de aquella magnolia enfrente.
Y cantará un pájaro, habrá por momentos olor de azahares
y, por momentos, olor a nafta,
y a la basura que revuelven, allá, las ratas.


Baja resolución

Detrás de los vidrios translúcidos y en tenue luz
cuatro travestis brindan con champagne
en una limousine blanca.
Ausencia de spots y cámaras libran los cuerpos
a una rara escena insustancial en la noche helada.
Un grupo, ni muy apretado ni cómodo,
rodea el auto sin preguntar de qué se trata.
Se detuvieron, podrían seguir andando,
sacos gastados, solapas levantadas,
cuerpos que huelen mal.
Ni risas ni estupor ante la escena que nadie filma.
Joya caída de la tv opacándose en el frío lunar.


Verano junto a la casa de los muertos

Después, había parado la lluvia y el malestar
se resolvía cada noche en lloviznas calientes
que golpeaban las ventanas y se alejaban
como pedazos de papel quemados
que el viento hiciera volar.
Pero bajo los árboles de la vereda
de los que colgaban las jaulas de algunos pájaros,
el chico de la florería, al lado de la funeraria,
leyó todo el verano distintos libros abultados.
En el calor, que el trino de los pájaros hechizaba,
hasta convertirlo en un animal denso e hipnótico,
en las siestas y mañanas del barrio,
volvía las páginas y penetraba ideas y aventuras,
escenas donde la tensión de la vida
se permutaba en cólera o desesperación.
Algunos, muchos tal vez, se agitaron noches enteras
para que el chico estuviese vivo
junto a la casa de los muertos,
tranquilo, enigmático y majestuoso como un fauno
momentáneamente encandilado.


Mesías

En plena ciudad, en esta placita que sobrevive
al humo de los escapes y las pisadas
a pocos pasos de una cabecera de subte,
merodea un tipo que parece conducir una jauría.
Perros lobunos, perros tensos, perros sucios.
Nadie pasa sin verlos. Difícil saber
en qué amasijo coloca cada uno esa imagen incómoda.
Perros menos vencidos que su guía y proveedor,
suelen rugir aún, cuando entre ellos se molestan.
Es visible el instinto también cuando se olfatean
entre las patas.
En cambio el tipo mira más allá como un
poseído,
contracturado por el esfuerzo de ignorar su ruina.
¿Solo porque él les da de comer sostienen esta apariencia
de fidelidad, los perros?
¿No lo destrozarían de noche con esos colmillos
que repentinamente relampaguean?
¿Llorarían la muerte de su Mesías cuando el estómago
les dijera que ya nunca la mano se estirará hacia ellos
con un hueso, restos de pizza, pollo
que en su lugar el hombre busca en las bolsas
de basura?
¿Solo una imagen de miseria, violenta, o de caridad
la gente se lleva de este tipo de los perros?


Vega

¿Qué dice Nico en el disco cuando dice Vega?
¿El amante era Vega, impermeable de aviador,
piernas flacas de bailarín de foxtrot?
O el pueblo era Vega, y el tipo tenía
los dientes amarillos de humo.
Un historia no vale sin imágenes sucias
Ella no cree en las historias
sino en sus intersticios de bruma:
los dientes de Vega altos como una luna
y el miembro entre las piernas, Vega

es un nombre del sexo,
como sexo es el nombre de todo lo que abruma
una voz


Sencilla ceremonia

Yo que asistí a los sepelios
de Hirohito, de Indira Gandhi,
de Olaf Palme, comprendí,
dice el ex vicepresidente,
que el político no descansa
hasta varios días después.


Bach y un cartel

"Suponiendo que huyera, sería preludio
de algo mayor". Estaba parado y daba la espalda
a la puerta de aquel sitio público,
muy interesado en demostrar que el juego
con las palabras merecía respeto
como la agonía de un tonto.
Habló de Bach y de las asociaciones
de fugas y preludios:
modos de pespuntear la realidad, reflexionó.
Matemáticamente el jaque existe, contesté,
¿por qué no colocarse en jaque de entrada?
¿A qué huir, gotoso, o a qué tramar el mate ajeno?
Pespunteos los árboles, la espuma, las piedras, contestó.
Bach para las cosas y el ajedrez para el hombre mortal.
Podíamos haber quedado en paz,
pero, más allá de los árboles, algo de neón fallaba.
Se prendía y apagaba mientras se sentó, gozoso.


Lou

Estos mundos contienen otros mundos:
ventiladores electrónicos o escombros.
Inspirado, Chicago Bulls lava su honor
en la batalla de los segundos.
Siempre viendo la tevé en este clima de los cincuenta
de los Estados Unidos profundos
-trajes negros a la luz del sol de un cuadro realista-.
Tres, cuatro carozos en un platito,
las patas con medias de lana sobre la mesa ratona.
Pero todo eso --cree-- gira en los órdenes de las cascadas
y los peces que retornan según un circuito de relojería.
Ni mirado desde lejos el cuadro cede algún jugo.
Ni desde las miríadas de estrellas.
Aquellas visiones cósmicas.
Esto es que somos piedras imantadas
que el vecino del suburbio revuelve con el atizador
en busca de restos de la balacera nocturna.
Estas rocas casuales le dicen algo inextricable,
inesperado, siendo que buscaba casquillos de balas
y no una pregunta terrosa sobre el cosmos,
la tevé brillando sin sentido, el tipo dormido,
el cuarto cenagoso, la misma mujer.


Perros de Bach

No puedo creer algo esté sostenido
en telarañas de cables coaxiles,
formen parte del sostén del mundo
el hilado de las madreselvas
en un recuerdo mítico,
las virutas finas de una puerta lijada
con esfuerzo mortal.
Pero he de creer al fin, dijo, en un vacío
en cierto modo limitado por hilos de saliva,
pulsos de corriente eléctrica deslizándose
día y noche.
Si se insiste, plácido como Bach, dando
vueltas corriendo como perros tras sus colas,
es quizá porque el vacío
y el oído y el ojo absolutos no son,
porque nada acabadamente es.
Doy
crédito al que prueba con instrumentos temperados
o con reunir en las retinas ramas,
antenas, manchas de la lluvia,
las propuestas del campo,
que las envuelven y las dejan a la vez entrever.
Y al que no se convence sea una cárcel
el sucederse de estaciones, carteles, días,
plantas redes.
Nada pierde con probar aun sin convicción.
Nada gana con -ni puede realmente- renunciar.
Así, ahora comerás, y más tarde...


404

Un poco más acá de lo que dicen
las señales indicadoras
el auto, un viejo peugeot habitante
de talleres mecánicos,
pero capaz de deslizarse suavemente
como un viejo poeta sobre los cojinetes
pulidos de todas sus palabras,
un auto viejo
que sigue su diagrama,
su código
de ruidos acompasados:
esa puerta que rebota
a intervalos sobre sus goznes,
un canto como de agua de un buje,
golpes de aspas y chirridos sincopados
de la carrocería:
este concierto no está en tu cabeza,
su mecánica casual
te habla sobre el mundo
mejor que la radio.


Misa brevis (Mozart)

En la higuera del fondo se dormían las gallinas,
pero el cielo, ese coro de la materia,
no hacía distingos entre cosas sublimes y triviales:
llamaradas, voces, monstruos,
honduras y cavernas místicas y siniestras,
la mente al gris y al pálido rosado y al violeta
ayudaba a diseñar.
Allí el chico de Salzburgo tal vez entrevió el Rostro
que luego construyó
con matemáticos vislumbres, justamente.
La abuela
obligaba a las gallinas a meterse a cubierto
para resguardarlas de gatos, embozados
y tormentas.


Episodio de redacción

La planta de marihuana salió sola
y él la dejó solo de vista,
solo de vista.
La cronista trasmitió la frase
de increíble contenido
pero de exacta factura.
El editor, sin embargo,
prefirió poner adorno en lugar de vista
para mejor comprensión de sus lectores.
Una construcción de verdad
fue sacrificada en el altar
de la ética del lenguaje.


Paisaje nocturno

No es momento de ajustarte a la belleza del cielo nocturno:
ni la luna en la punta de los pinos del parque
ni el silencio repentino de esa alcantarilla
que hasta recién sonaba
encierran nada que no sea esto:
el paisaje lejano que jamás te contiene.
Pero no fue que el destino prometiera y ahora...
Supiste que el bisturí disecaría todo.
Si estás en un bar y te abrigan
los restaurantes, te contentás.
El cielo no había dicho nada.
El cielo solo prometía algún lugar de confort.
Muy bien: este es.
Dios se quedó con los designios y el resto es macilento.
Los pinos y las alcantarillas cantan algo que no sabés.
Ni siquiera la sensación de haber sido expulsado.
No hay edén ni exactamente tormento.
Es bastante tomar el vermut sin miedo a que te ahorquen
en una ciudad donde podés morir de mil maneras violentas.
¿Ves allá? Un hilo de sangre. El agua que drena
de ese otro bar, enfrente, puede ser el reguero de un crimen.
¿Ves allá? El viento agita un farol.
Hay tres tipos sentados en el cordón.
Conociste a uno que ahora recordás
como el que hablaba sin dar importancia a las cosas
y las dañó muy poco.


Séptimo piso, de noche

En el piso de arriba ruedan pequeñas bolas de acero
o ese es el efecto
de otros objetos que ruedan.
Y hubo hace un rato voces en el pasillo.
El tren pasa a una distancia de aquí
Y los autos a su vez ruedan sobre cubiertas acolchadas.
Señor, vos no escribiste nada.
Estos son papiros cuyas letras destiñen.


Primera Junta, Buenos Aires, 1996

© Jorge Aulicino