11.7.10

De "Libro del engaño y del desengaño", 2




13

Por lo bajo te fue revelado un incidente de disparos
en una pizzería. No usaban grandes pistolas, tal vez revólveres.
Las balas, sin precisión, horadaron la pared, reventaron un vidrio,
dieron en un cuerpo. Momentos antes apuraban la pizza,
se atragantaban de recelos, mascullaban; bebían rápido
vino blanco, dulzón, y coca cola: el gas se había aplacado
en los vasos. Al voltear una mesa, tal vez volaron papeles
aceitosos, las botellas, un paquete de cigarrillos arrugado.
Deben de haber ululado sirenas en una tarde cuya densidad
no pudo ser perforada. Sin detalles accidentales, sol o vetas
en alguna rama de plátano. Un día sin respiraderos, sin salida,
sin escaleras, sin muchedumbre, con el solo paso tardo de gente
vestida con ropas percudidas, obreros, muchachos de oficina;
sin trampa, sin perspectiva, sin horizonte, gris o apenas brillosa,
con el brillo escaso y aplastante de lo funcional, precario, igual.

14

Junto a las fábricas y los lanchones hicieron los únicos planes posibles.
No tenían más que un objetivo que se recortaba con nitidez.
Dirimían cuestiones de poder inmediato de la peor manera.
Eran extraños a los libros y a los anales, a la recopilación.
Fundaron una acción de grandes nombres pero metas precisas.
No querían crear milicias. No tenían una gran estrategia.
Me dijo el patrón que… Aún escrutaban las miradas, los modos.
Sólo pueden salvarnos los de la planta industrial… si ellos paran.
Repartían cachetazos en las asambleas. Tomá nota
Ajustaban detalles en el tren, en las paradas de los colectivos.
El quince por ciento, no menos. Veníte al asado. Avisá.
Le salió un grano. Me va a escuchar. Calmá a los muchachos.

15

Ves ahora que el andurrial se escabia de luz verde celeste,
irreal, en tanto lo atravesás, no sé hacia qué aventuras,
en un zigzag entre puentes de fierro y edificios ralos.
Una música dodecafónica acompaña lo que debiera ser
un viaje entre abedules hacia el mar, no el mar azul, ya sé,
no mare nostrum: mar gris, verde gris, petróleo,
amasijándose contra los acantilados porosos.

Pero no son abedules. El tren colea al entrar a una estación.
Oxido. Troncos brutalmente hachados y apilados.
Vegetación. Abedules no son, pero inseminan de copos
el pasto helado. Son árboles de este principio pampeano,
el cual señala: aquí el invierno huele a ejército de mampostería.
Hasta en la cruz de los galpones hay algo de barroco eclesial.
No diría que hay un ángel de yeso, no, sino más bien su espectro,
de luz inflado. Diríamos, un ángel de vidrio de damajuana.
Imagino el  despertar de una siesta entre gordas gotas
de lluvia y luces sesgadas de estilo medieval. Campanas
también, y allá lagunas, ojos de agua  o qué.

El tren arranca con un cólico hacia el mar. Te acoge
la ciudad veraniega en su invierno tenaz, iridiscente.
Encerrado en un bar, rodeado de escalofrío y temporal
-a un lado la ciudad vacía, al otro el abierto vacío del mar-,
penabas, escribías, discurrías, suplicabas el irrevelable
secreto de los elementos. De una vez entendelo: elementos.
Joder con Dios, con la patria, con la respiración animal
de la pampa y el ojo, en la tormenta, del Leviatán.

16

Caravaggio lo sabía, se le había agotado la paciencia.
Si vas a pintar, a comprender, debés ser consciente
de la materia. El barroco no es de ideas, es de yeso.
El barroco no es de mármol. Es de materia maleable.
Al fresco se pinta rápido, antes que fragüe, pero
la pincelada es perdurable. En cambio, la pintura
en seco se descascara y cae, la Ultima Cena se quiebra,
se pierde en partículas secas y el rostro de nuestro señor
es como un fantasma que alza queda la mano y parte el pan.
Caravaggio lo sabía y mostró la carne amoratada.
Sacó a la luz cambiante la densidad del cieno. E indicó:
aquí la luz, la sombra allá, y la frontera de rostros rojisangre,
sangre de matadero, oscurecida por el aire,
es donde verás lo que hay o no hay. Mirad
de frente la enfermedad, la gula, el asombro, la latencia
de la frente y la vena, los humores, el resplandor y la ictericia.
Y esto para tu tierra y tu secreto también vale.

Jorge Aulicino, de Libro del engaño y del desengaño, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2011


Ilustración: Vocación de San Mateo, 1600, Caravaggio