14.4.11

De "Libro del engaño y del desengaño", 5



Espejan, amarillan

Espejan, amarillan, los crisantemos inauténticos,
porque sólo los hemos visto filosóficamente.
Pero, fijate, tantas cosas hemos sido, y todas igualmente
inauténticas; todas espejan, luego amarillan.
Y hemos sido, incluso, crisantemos,
en busca de una paz provisoria de cocina
en la tormenta invernal; flores presumo que pulposas
en la cellisca que soplaba en la casa misma.
Espejan, amarillan, nuestros crisantemos,
en la medida que damos mayor consistencia a nuestras vidas.
El problema, te lo diré sin vueltas,
es que yo podía, digamos hace cuarenta años,
entrar en un café, que era oscuro y verdadero:
verdadero en el sentido de que era nuestra posesión y había
sido la posesión de los viejos, de los nuestros y de desconocidos
viejos, aunque familiares, pues estábamos seguros
respondían a consignas migratorias; podían nombrar sus pueblos,
tan antiguos como el café al que me refiero: antiguos por igual
en su conciencia, no en la medida matemática del tiempo.
Oscuros en el café éramos sin embargo radiosos de espera.
Tocábamos la tela de nuestro saco y decíamos: cierto.
Nadie nos sacaba de nuestro vacío ensimismamiento
pues era un puro ensimismamiento: estar en uno.
Y con nadie nos habíamos citado, éramos al paso,
pero el café lo poseíamos, y la ciudad, y el subterráneo.
Espeja el crisantemo y aquel clavo doblado en la pared.
Amarilla todo en abstracto. Te lo digo sin vueltas.
No poseo ahora los cafés, ni el subterráneo.
Son cafés nuevos, no tienen bordes en los cuales
la mirada podía raspar, dejar su marca.
Como te digo: no es el problema la inautenticidad
de nuestro crisantemo. Porque espeja, amarilla,
pero es sólo conciencia de aquella vieja ciudad.

Jorge Aulicino, "El árbol de Baudelaire", Libro del engaño y del desengaño, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2011

Ilustración: El hombre en el café, 1914, Juan Gris

9.4.11

De "Libro del engaño y del desengaño", 4



La clase

Desde las casuarinas en el jardín interno
y desde el clavel del aire sobre el emparrillado de madera
se desliza una sombra que cubre y abarca las paredes
de color desgastado, malva, una sombra
de antigua evocación, no tan antigua como lo que evoca,
y aun así, profunda, ahondándose en las líneas francesas
del edificio, sabiamente convivientes con la rusticidad pampeana:
distinguidos, rústicos ecos, de pasteles criollos y muebles importados
de una Versalles ya también extinta, componen finalmente
un concierto de grillos y mucamas, de almidón y yuyo, de naranjos:
de un sabor bilioso, de condescendencia sin objeto, de un cansancio.
La Revolución no había ocurrido nunca.
Francia era la cuna del art noveau,
que aquí se metamorfoseaba en gótico.
Gótico de la capital de la pampa.
Ese hilo de oscuros entramados se extiende
por las fachadas desde el barrio norte
a la Boca cuyas nieblas londinenses no huelen mejor que en Londres
cuando el Támesis no había sido despojado del barro de siglos de fajina portuaria.
Ese hilo que hila titanes, camafeos, borlas, búcaros
sobre edificios y casas de escaleras anchas en Barracas,
en Montserrat, en San Telmo,
cubría interiores de cortinados, ceniceros de bronce, bibelots,
y hoy apretujados inquilinatos cuyas ventanas tapan cortinas verdosas.
Aquellas lámparas inglesas que alumbraban los desvelos
del patrón sobre sus papeles, incorruptas, se alzan en la casa.
El asiento del sillón de cuero está agrietado. Entre las casuarinas
el aire de verano levanta un olor ambiguo a pasto y excremento.
Alguien, en algún cuarto, habrá maldecido
la lejanía de un hombro blanco.
Alguien se habrá masturbado, alguien murió.
La perplejidad de la clase abre la boca en la rugosidad de la pintura.
Perplejidad cuando lo de Vasena. Perplejidad cuando
lo de los polacos mete bombas.
Había llegado Europa, había llegado el tren,
la gorra, el abrigo arrugado.
Habían llegado los fantasmas que recorren,
fantasmas de presente y pasado.
Había llegado la tinta roja, el gritón de la esquina,
el verdulero, el hierro.
No te olvides de mí, de tu Gricel, el gramófono
para el vals y también el opaco
brillo de Nabucco, el mundo fantasmal proletario
encapsulado en la ópera.
Miro sobre estas paredes esa perplejidad augusta,
pampeana, soberbia, ignara.
La compadezco, tiemblo por ella: un algo de difusa
intimidad, de precapitalista cognición,
de orden del mundo, de eternidad fundada en los ganados, me repliega.
Cerca del emparrillado de madera, bajo las líneas francesas,
junto al olor de la casuarinas, canta el cantor en zapatillas
con huesuda voz aristocrática: vos sos
la ñata Pancracia... Han pasado cien años, un siglo, en el que cayeron
todas la líneas: la francesa, la inglesa, la italiana de posguerra.
Mis zapatos negros quizá delatan una estirpe distinta, canalla.
Y esta reunión como un rito se celebra sola, inadvertida, impensada.
Aquella sombra que me visita desde el aire del jardín trasero
se extiende en filigranas desde aquí a la Boca:
a los edificios públicos dormidos
en la noche de sábado, a las terminales de tren,
a los techos, las dársenas.
Su melancolía es pura.
El aire de fiesta estanciera la doblega.
Muere en mí, conmovida. Muere en el vaso perlado.
Muere en llanto de lo que no tuvimos, nunca, nada.

Jorge Aulicino, "El árbol de Baudelaire", Libro del engaño y del desengaño, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2011