21.9.11

El olor del pez alejó al demonio





El olor del pez alejó al demonio, Tobías, 8:3

Decís vos: mirá los vendedores de pescado...
Suponemos ambos que vemos lo visto,
el determinado
significado
que se ajusta, detalle más o menos,
a lo que físicamente vemos en este momento exacto.
¿Vendedores de pescado, Pablo?
Esos hombres, si son hombres, no venden pescado.
No tenemos prueba alguna.
Esos hombres no tienen pescado.
Esas son figuras con canastos.
Esas son figuras con objetos pardos.
Esas quizá son figuras.
O son los apóstoles, Pablo.
O son una masa articulada de modo que ni vos ni yo
podemos describir, porque su aparición en la línea
de lo que convenimos real no los hace, per se, reales
vendedores, ni hombres, ni sombras, ni objetos, Pablo
-en sentido intelectual-.
Apenas nuestro lenguaje, con propiedad, podría decir: aquello.
Sólo lo indeterminado.
Y aun en ese caso, no sería correcto nuestro hablar,
no se adaptaría a trasmitir siquiera una palabra del 'campo' de lo 'real'.
Como si dijeras: 'el pespunte se viste del inolvidable albur'.
Como si fuera natural que alguien amanezca con una maza en la mano.
Como si cada detalle de los infinitos detalles de esta calle que baja
al río fuese natural, se pudiera mencionar, incluso,
cada detalle oliendo a víscera de pescado.

Jorge Aulicino, El camino imperial. Escolios, Ediciones Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2012

Ilustración: A Grey Morning (detalle), 1912, Terrick Williams