28.9.12

De "Libro del engaño y del desengaño", 8




[Para Guillermo Boido, o por Guillermo Boido, ahora]


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Las cosas son distintas, dijo, no lo dijo
agachado, con voz cansina, lo dijo
afrontando, la frente despejada aunque manchada
conservando la necesidad del instante.
¿Cómo había unido lírica y elegancia y precisión, sin kitsch,
sin asomo de confesión, sino con una decidida matemática?
Lo hirieron las partículas de combustión del siglo
y era del gusto de los ardidos lugares celestes
la sustancia de sus lunares, de su tos.
El amigo, después de 25 años, había visto en el cosmos
una gramática, flexible como la kepleriana intuición de un aparato dorado.
Esto, en efecto, marcha así, como grandes fundiciones de oro.
Como el golpe del ala de un meteoro,
que, sabés, está hecha de ceniza,
de partículas de fundición y de heliotropos
que finalmente flotan sobre cenizas y vituallas,
movimientos en la red. "Al principio", me dijo,
"dos tipos confundieron la radiación de fondo con cagadas de palomas.
Tan en el aire la una como las otras, tan del universo aéreo aquel,
por encima de circunferencias malogradas y de viajes que hicimos
y de los que no hemos vuelto,

o hemos vuelto,

pero estamos sentados
en la plaza de un pueblo italiano,
como una partícula
y todas sus probabilidades
en la cuántica".


Jorge Aulicino, Libro del engaño y del desengaño, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2011

Ilustración: Pequeña pintura de una regata, 1922, Paul Klee