15.10.15

Firmeza de Cristo en la materia

El incienso encendido en la crisis energética.
La ciudad poblada de parches de oscuridad.
Él arde otra vez, vuelve a nacer, coronado de inmundicia.
Basura sin recoger. Gente que grita soluciones torvas de un lado
al otro de una mesa llena de copas en las que el óxido del año
comienza a actuar. Un largo silbido de aire caliente arremolina envoltorios
sobre la mesa. Saben de qué hablan. El templo otra vez, disputado.

El incienso has encendido en tu casa a solas, después del nacimiento,
luego de las multiplicadas reuniones de símbolos: los hijos
a punto de partir; los padres y tíos que envejecen; el poder
que los mella hasta en ese vacío de Cristo en el que nace Cristo otra vez.

¿Te acordás cuando tiraste al griego por la ventana?
Cayó encima de un florista. Te acordás de Raúl.
Ninguno puede recordar el nombre de su bisabuelo.
Esto nos diferencia de la oligarquía, Señor, para mal.
Porque es como si esta tierra no fuera nunca nuestra.
No tienen vino. * No tenemos peces. No tenemos más que esta vacía
celebración de Cristo nuestro Señor, sin Cristo y sin Señor,
y aun con Cristo, y aun con sombras de perjuros, en substancia.

Y bajará, este año bajará como los otros hasta tu incienso solitario,
bajará a las paradas de colectivos, a los subterráneos, al supermercado.
Bajará y declinará con el año, sucio al fin, crucificado. Otra vez
comeremos de su carne y su sal. Comeremos su espíritu sin mellarlo.
Lanzaremos voces, sentiremos que la sangre se enfría en las ventanas.
Sentiremos que el cuerpo cae por las vidrieras, por las alcantarillas.
Sentiremos la ausencia de Dios hasta que nos revienten los oídos.
Sentiremos y oraremos sin saber. Bajará con el gesto de siempre.
Con el gesto de quien ha venido a morir, hasta que se entienda
o no se entienda, y los remolinos de la putrefacción, que es al fin
el destino de la carne y la voz, nos vayan llevando de a uno, de a dos,
incluso a los que duermen con más que sus necesidades cubiertas,
a los que duermen o rezan por sus necesidades, con el cuchillo en la garganta.

* Las bodas de Caná, Evangelios


El Cairo,
Ediciones del Dock,
Buenos Aires, 2015

10.10.15

La firmeza de la soledad en los manubrios

No necesito los anchos campos para oír la soledad poblada –
oír o ver, oler o palpar, un sentido debe dar cuenta de esto.
Estás parada ahí,
tras un sillón, en un estrecho espacio, de espaldas a una ventana
de vidrios esmerilados–
no puedo evitar un escalofrío a lo Poe, pero recuerdo,
y el recuerdo hace tu sombra más amable.
La diafanidad de los campos y los espectros tienen un raro vínculo.

Sustancial es esta ancha soledad en las motocicletas estacionadas sobre la vereda.
Tarde de diciembre, 2013. Buenos Aires.
Sustancial en el agobio que siente hasta el sol estrellado
contra un cielo de celeste ardiente.

El desierto de gentes recorrido, de beduinos, de motociclistas sin raíces,
pero cuyas raíces portan el lejano partir de una embarcación cualquiera,
una chalupa guerrera, un barco al pairo, un petrolero.
Raíces imantadas de desierto y de soledad y de palabras
que se recuerdan, que mitigan, que ahondan a la vez, el fantasma.

Nadie escribe en estas paredes Viva mi madre. Nadie escribe la verdad.





De El Cairo,
Ediciones del Dock,
Buenos Aires, 2015