14.1.20

Libro del engaño y del desengaño



(Texto completo.

Publicado en 2011 por Ediciones en Danza)





                                        











                                            the sweet converse of an innocent mind
                                                                                        John Keats




   Del engaño y del desengaño

1

Qué harás con los días sucios y fríos,
cuando el gato trepa a la ventana
y el tiempo recorta con salvaje continuidad
el perfil de los edificios en la ceniza del cielo.

Apenas dos o tres días, y la habitación luce desordenada, desierta,
ruedan por el suelo pelusas y fragmentos de hojas secas y la tierra
que entra por las rendijas, ávida de habitar los huecos
grises del pensamiento que no ha sido tratado durante semanas.
Amplia de alas y de rimas, la literatura abandonada.
Qué harás con los días si te dan la oportunidad.

Pedí misterio, leguas.
Pedí divinidad.

2

Lidiando con la idea de que la poesía es un sujeto sólido.
Atravesando aún los desiertos de la luz, del agua y del crepitar de los techos.
Patios interiores cubiertos
de pátinas de aceite, el olor grasoso de
las paredes por las que se desliza
la lluvia, el recorrido igual del agua
trazando mapas imprecisos:
disolución de los planisferios,
huida del reptil confuso, cuyo dispositivo sin embargo
le permite percibir la intensidad del clima:
no los itinerarios, los diagramas, sino el calor de la sangre, la
cercanía del carnívoro, el acecho de los pájaros de presa.

3

De algún modo está todo asociado a las proclamas
lucubradas sobre una mesa; a los mapas
de las reyertas; al fatídico peso de los otros.
En tiempos de mal clima, en inviernos de hosquedad,
cuando sobre el cielo avanzaban humo y tormenta,
cuando eran las ciudades llenas de pesar y de vida;
cuando caminabas por calles con la mirada hecha palabra,
puro presente, malestar y convicción,
de algún modo sabías que el golpe de una puerta,
la tos sempiterna en el patio, los ruidos en las escaleras,
horadaban el espacio conquistado, reiteraban,
claveteaban, recordaban la lentitud, el peso, la densidad
en los que se hunden los días como en una sabana.

4

Ahora entrás a un living quieto, cómodo, y hay en él
sin embargo un deslizarse de suaves sombras. Es sábado.
Ventanas entreabiertas, cortinas detenidas.
Algo dice el living amodorrado. Habla de humanos que hablaron,
que dijeron, que fumaron, tosieron, escucharon
dentro de sí ruidos de armas y bastiones, ecos de órdenes
en los corredores entre sus huesos; una advertencia,
una lejana vibración que pautaba sus palabras, pues
no es gratuita el habla: intercambiaban datos sobre el tiempo,
trituradas opiniones que podían modificarse como masa
en las manos de la conversación; sorbieron café sentados
en estos mismos muebles, y el aura de batallas y descubrimientos
estaba en los términos que emplearon; está en la distancia
que es al mismo tiempo cercanía de estos tapizados,
los lomos de los libros, la dócil madera de una mesa de apoyo
cuya pátina disimula una grieta, un astillado, un golpe;
acalla una mancha; oscurece el roce de una punta; amortigua un eco.


5

Los camaradas del Partido ecuatoriano presentaron al Comintern
una oferta de la Standard Oil  a los camaradas colombianos que consistía
en 1.800 millones de dólares 20.000 fusiles 10 millones de proyectiles
200 cañones con pertrechos 500 ametralladoras un buque de guerra
para realizar la revolución continental a cambio del todo el petróleo
que pudiera encontrar en Colombia, me dice Isidoro. De modo
que esto fue seriamente planteado a los camaradas en Moscú
a fines de los años veinte. No ha constancia de que los camaradas
del Comintern consideraran la propuesta, pusieran los ojos
sobre un mapa amarillo y midieran las ventajas de quemarlo
mediante una revolución de este modo financiada, porque lejano
era ese mapa, gris el invierno, dura la lucha, terrible el acoso
de las grandes potencias, pobre la estepa, insuficiente el alimento,
profundo el silencio de la historia, agreste el camino,
calloso el dedo que aprendía a apretar el gatillo, oh
y las canciones rusas, el murmullo del mujik; triste era
Pushkin, incompleta la industrialización y más temprano que tarde
debían enfrentar la máquina alemana, el andamiaje
de Hegel, las filas de mentes enceguecidas por el Oro del Rin.
¿Cómo ves, Isidoro, el hecho de que persiste el cielo plomizo
sobre la claraboya de una carpintería en invierno,
y el vapor se extiende sobre el cielo, y las pobres gallinas
se acurrucan, y el gato se ovilla sobre las baldosas,
y hay herramientas pulidas por la helada, una profunda certeza
de que el frío es el de un universo atravesado por cometas
que los dioses no pueden controlar, fríos cometas
y las voces bajas de mis antepasados en torno a la mesa?

6

No me cansé de ti, prímula que en la ventana de hoy
sola, indiferente, bella, suavemente
arrugada de viento
 y pura de ti,
preocupada de ti,
blanca de ti y solo de ti,
como en la ventana de ayer, esta mañana
te agitabas sobre un mar de hielo,
sobre una montaña, sobre
el vacío, maderos o cureñas
troncos que los antiguos acumulaban
con el pensamiento alelado de guerras y de invierno.

Esta noche hace un frío abismal.
Es la Edad Media y le cedo el momento.
Cabo de vela y ningún asunto sobre la mesa.
Se quita el guantelete el guerrero
y entre los restos de incendios de su pelo
hunde los dedos doloridos por la escarcha.
No sé por qué hemos combatido todos,
querida prímula inocente y sabia,
excepto de tu muerte.

El guerrero no responderá.
Le interesa sólo mantener viva la pregunta,
hábil el brazo, dispuesta la frente.
Como si fueran uno combatir y pensar.

7

La mente de águila de un viejo.
En la blandura de la mente de un viejo,
en el occidente de la mente, en desiertos
que son el occidente, de mar, arena,
bosque y caminos tristes o perplejos
en su azar, te acordás… Aquél que tenía
la vuelta con el sauce medio seco medio verde.
Pasar una vez, otra, y el sauce siempre.
La vastedad de la mente de un águila.
Blanco de las nieblas sobre el barrizal.
Las pampas. Los arroyos cubiertos de hiladas blancas.
Y el fulgor del oriente naranja.
El oriente cuando apretás la toalla
contra tu barba. Mórbida, áspera.
Cuando tus dedos de anguila
buscan en la toalla los duros signos
de una vieja batalla, y de las tardes
que la preceden y las mañanas que la lavan.

8

Los diferentes nombres del mismo momento
carcomían la mente de los guerreros
que consultaron el oráculo. Las probabilidades
cambiaban a cada momento. Porque el oráculo
se agotaba en el siguiente, guardando el siguiente
alguna propiedad del primero. Como sobre
una sustancia otra se extiende, y sobre la pintura
se mezcla la pintura, el color incesante del mundo
cambiaba a cada recuento de los tallos,
a cada observación de los pájaros,
a cada mirada a las piedras bajo el torrente.
Cuando ardía al fin el combate, el color de la batalla
tenía aquel matiz iridiscente de la primera palabra.
Volutas de humo sobre la adivinanza del cielo.

9

Grafomanía. Viviste en el sur y en el norte de la ciudad.
En el sur, tiraste un papel en una esquina. En el norte
a veces mirabas los árboles. Todo debiste escribirlo.
Pero viviste en el sur y en el norte de la ciudad
de manera absolutamente incidental. La mente,
por otra parte, no hubiese resistido la escritura
de cada piedra del sur, de cada papel cuyos bordes
reflejaban el sol muriente, cobre y acero, ni
la escritura de las pérgolas del norte, de los abrevaderos
de los gorriones, de los jacarandaes, de las nervaduras
y caminos de orugas entre las hojas sobre aquel capot.

10

Viviste en los barrios del oeste de la ciudad. No hubieses podido escribir
el tren que se oía vertiginoso y repentino desde tu ventana,
en el piso noveno, el chirrido de la existencia, la vibración
del vacío. Vacío en el que se movían el mundo, el andar cauto del gato
sobre el parapeto, la niebla descendiendo, las palabras
del augur con escoba, pronunciadas cada mañana, enfundadas
en un comentario sobre el buen tiempo; la acidez del café,
el olor del diario, la angustia creciente del umbral del bar,
tantas veces pisado y que parecía sin embargo abandonado
para siempre. Ni la felicidad genial de las hojas al desprenderse,
una a una, sobre las piedras, los escombros, los techos.

11

Dura y potente era la vida en el sur aunque reinaba la masacre.
En el tanque de agua de un edificio bajo flotaba un pájaro muerto.
Dos, tres días lo viste desde la ventana. Y al fin avisaste al portero.
Pese al aviso, el pájaro permaneció en el agua potable dos o tres semanas.
Viste pasar un gato. Encenderse faroles entre las ramas de un árbol.
Escribiste sin destino ni contenido unas pocas palabras. De este modo
descubriste que en las células bajas del cerebro flotaba triste un silencio.
Nada que celebrar, te dijiste al otro día. Salvo ese aire azul de invierno.
Y en los sótanos se desbordaba la venganza.

12

Invernal la vida en el norte de la ciudad. Se reabrió el Congreso.
En primavera llegaron las banderas puras de civilidad. Una de esas
era tu bandera. Los estrados. El valor de una palabra. Los hechos.
Invernal era la vida, en tanto. En la bufanda enroscada crecían sorprendentes
recuerdos. De cuando los gremios, las culatas, la violencia, el error.
No lo dijiste sin embargo. Había algo aún más invernal detrás de todo eso.
Siluetas fabriles del color cobrizo de las hojas y de los bornes engrasados.
Un vapor envolviendo todo. Aquel olor que emitía la dura guerra cotidiana:
de géneros, de papeles muertos. Aquella razón: partir el pan sin historia,
mítico, como Cristo, con las manos.

13

Por lo bajo te fue revelado un incidente de disparos
en una pizzería. No usaban grandes pistolas, tal vez revólveres.
Las balas, sin precisión, horadaron la pared, reventaron un vidrio,
dieron en un cuerpo. Momentos antes apuraban la pizza,
se atragantaban de recelos, mascullaban; bebían rápido
vino blanco, dulzón, y coca cola: el gas se había aplacado
en los vasos. Al voltear una mesa, tal vez volaron papeles
aceitosos, las botellas, un paquete de cigarrillos arrugado.
Deben de haber ululado sirenas en una tarde cuya densidad
no pudo ser perforada. Sin detalles accidentales, sol o vetas
en alguna rama de plátano. Un día sin respiraderos, sin salida,
sin escaleras, sin muchedumbre, con el solo paso tardo de gente
vestida con ropas percudidas, obreros, muchachos de oficina;
sin trampa, sin perspectiva, sin horizonte, gris o apenas brillosa,
con el brillo escaso y aplastante de lo funcional, electrodoméstico.

14

Junto a las fábricas y los lanchones hicieron los únicos planes posibles.
No tenían más que un objetivo que se recortaba con nitidez.
Dirimían cuestiones de poder inmediato de la peor manera.
Eran extraños a los libros y a los anales, a la recopilación.
Fundaron una acción de grandes nombres pero metas precisas.
No querían crear milicias. No tenían una gran estrategia.
Me dijo el patrón que… Aún escrutaban las miradas, los modos.
Sólo pueden salvarnos los de la planta industrial… si ellos paran.
Repartían cachetazos en las asambleas. Tomá nota…
Ajustaban detalles en el tren, en las paradas de los colectivos.
El quince por ciento, no menos. Veníte al asado. Avisá.
Le salió un grano. Me va a escuchar. Calmá a los muchachos.

15

Ves ahora que el andurrial se escabia de luz verde celeste,
irreal, en tanto lo atravesás, no sé hacia qué aventuras,
en un zigzag entre puentes de fierro y edificios ralos.
Una música dodecafónica acompaña lo que debiera ser
un viaje entre abedules hacia el mar, no el mar azul, ya sé:
mare nostrum: mar gris, verde gris, petróleo,
amasijándose contra los acantilados porosos.

Pero no son abedules. El tren colea al entrar a una estación.
Oxido. Troncos brutalmente hachados y apilados.
Vegetación. Abedules no son, pero inseminan de copos
el pasto helado. Son árboles de este principio pampeano,
el cual señala: aquí el invierno huele a ejército de mampostería.
Hasta en la cruz de los galpones hay algo de barroco eclesial.
No diría que hay un ángel de yeso, no, sino más bien su espectro,
de luz inflado. Diríamos, un ángel de vidrio de damajuana.
Imagino el despertar de una siesta entre gordas gotas
de lluvia y luces sesgadas de estilo medieval. Campanas
también, y allá lagunas, ojos de agua o qué.

El tren arranca con un cólico hacia el mar. Te acoge
la ciudad veraniega en su invierno tenaz, iridiscente.
Encerrado en un bar, rodeado de escalofrío y temporal
-a un lado la ciudad vacía, al otro el abierto vacío del mar-,
penabas, escribías, discurrías, suplicabas el irrevelable
secreto de los elementos. De una vez entendelo: elementos.
Joder con Dios, con la patria, con la respiración animal
de la pampa y el ojo, en la tormenta, del Leviatán.

16

Caravaggio lo sabía, se le había agotado la paciencia.
Si vas a pintar, a comprender, debés ser consciente
de la materia. El barroco no es de ideas, es de yeso.
El barroco no es de mármol. Es de materia maleable.
Al fresco se pinta rápido, antes que fragüe, pero
la pincelada es perdurable. En cambio, la pintura
en seco se descascara y cae, la Ultima Cena se quiebra,
se pierde en partículas secas y el rostro de nuestro señor
es como un fantasma que alza queda la mano y parte el pan.
Caravaggio lo sabía y mostró la carne amoratada.
Sacó a la luz cambiante la densidad del cieno. E indicó:
aquí la luz, la sombra allá, y la frontera de rostros rojisangre,
sangre de matadero, oscurecida por el aire,
es donde verás lo que hay y no hay. Mirá
de frente la enfermedad, la gula, el asombro, la latencia
de la frente y la vena, los humores, el resplandor y la ictericia.
Esto para tu tierra y tu secreto también vale.

17

Pero lo que querés es mirar la cara imponderable.
Pues bien, es como la de la Medusa y te confundirás.
Todas sus serpientes hablan al mismo tiempo, silban,
y este es el mensaje omnívoro que traen de la Sibila.
Una cara es la garganta del Partido, ya extinto,
y por eso es morada y de largos crepúsculos.
Otra es la cara de lo adquirido, otra de lo adeudado;
y está la de la sal, y las de los principios, y la de la sartén colgada.
Está la cara de imperio y sus incesantes furcios, la de los putos,
la de los puros, ya sean soldados de la causa o de la tierra.
Está la del conservador, con pesadas razones, la de cuidadoso.
La del que te mete la mano en el bolsillo, la del ganapán,
la del vencido, la del vencedor, la del Capital, la de la razón
de Estado, la de la necesidad, la del vendedor de autos,
la del que alguna vez dijo “al carajo”, la del sumiso -que
también razona-, la del impotente, la del Comisario político,
la del que aúlla, la del que llora, por no contar la del cuervo,
la del lobo, y la propia cara de la serpiente que asume su papel.
Una sola, huidiza, verdadera, única y peligrosísima serpiente.
Todas hablan a la vez y conocen la huída reptante del universo.
Todas tienen razón. Ninguna engaña. Los ojos de la Medusa estallan.
Son tu propia mirada sobre lo que llamas realidad. Y es su sesera
tu propio circuito, inundado de palabras divergentes. Y  todas,
todas, absolutamente ciertas. Por eso alelado te deja la mirada
de la Medusa, y por eso podés matarla si te tapás los ojos, las orejas,
y lográs que mire su cara en un espejo, así como en ella te mirás.

18
(Apocalipsis)

Aún crees que será como una pintura del XIX, no como
el diablo trepidando mientras parte la calle con un
martillo neumático; no como los ojos desiertos de nuestro
Señor; no como astillas de edificios purulentas.
Crees, aún, que será el albor del ángel sobre las aguas.
Y la luna y el sol rojos flotando sobre acantilados
en los que los hombres elevan preces; no como
las paredes vivas y cubiertas de una mugre activa.
Finalmente, han reabierto la panadería, y es un lugar agradable,
duro en cierto modo, fragante a medialunas y café:
duro, pues es material, fregado, ligeramente ahumado.
No, no llegará la sangre al río, no lo esperes así no más,
dice el cajero, limpio, de generosa faz.
Y no medialuna: dice croissant.
Lo pronuncia de manera aceptable.
Sírvete, esta es mi sangre.

19

Bernardo de Claraval,
llevabas razón: entre la primera
y la anunciada por Juan,
está la venida secreta,
y debe ser ésta.
Abro el diario
en el bar.

20

Rebordes de cemento rebanados: aquí hubo una casa,
allá, la usina; y entre sus cicatrices, el asfalto hechos pedazos:
desierto de las ánimas vivas: silencio o literatura.
¿Cargás cilicio porque no viviste con el alacrán?
No entres a esas benditas y despreciables piedras.
No, no tuviste la meditación para con las fieras.
Aquí, siempre aquí, entre paredes golpeadas,
maltratadas, envilecidas, repintadas.
Entre los que cablean una vez y otra,
remiendan, pintan, desarman marquesinas,
cambian carteles, podan, derriban;
abastecen el chino de la esquina.
Y vos y todos en un infierno en el que se desayuna,
los camiones traen y llevan diarios, se hacen cuentas
en papeles burdos: ellas son sangre poderosa y turbia.
Y hay, lo ves, el cielo. No el de arriba sólo,
también el de ese tordo
que se alza a la mesa del bar en la vereda.
Atento, su temor hecho artefacto de defensa:
ojos que te miran y patas que lo acercan a las migas
dispersas sobre el mármol falso. De la vereda al borde
de la mesa, y luego un paso. Y oye en la fronda
artificial, y en su eterno rugido, la voluntad del reino.

21

Cada paso merecería meditación: matar la polilla,
por ejemplo. Algo, no sabrás qué, se modifica, a veces
de manera radical, cuando das un paso u otro.
Pero en esta vida de desahuciados, ¿cuál es
el sentido de meditar? Dado todo por hecho,
cada gesto es repetición de un gesto.
Si estás gastado en el espejo, estás gastado.
O porque es el espejo la verdad, o porque
es reproducción de la verdad el espejo.
  
22

¿Qué trae el amanecer en el confort?
Un ánima contra la ventana, una figura abstracta.
Luego se borran el espíritu y la mirada.
Cuando todos tuvieran las necesidades satisfechas,
¿habría de ocurrir algo distinto a lo de hoy?
Con las necesidades satisfechas, el hombre vaga.
Con las necesidades incompletas, el hombre mata.
Hay necesidades satisfechas, y hay espíritu en la ventana.
Hay necesidades incompletas, y hay pura y simple materia.
El vacío atraviesa el paisaje como una sirena de ambulancia.
Con necesidades satisfechas o con necesidades incompletas.

23

Todos y cada uno de estos detalles. Las fotos del médico
en la pared; el anotador; el sillón; la madera labrada.
Reproducción de la madera labrada: el sillón industrial.
La poesía y su eterna contemporaneidad.
La materia y su eterna poesía.
El dictamen, la receta, el muérdago artificial. El gesto doctoral.
Y aún, y todavía, lo que se refugia en el tornillo. Una fuerza abisal.

Todos y cada uno de nuestros gestos, los hacemos allá.
Arde el fuego aquí y allá. Las ceremonias arden aquí y allá.
Las guerras se libran aquí y allá. El cristal enfocado en las arenas: El Alamein.
Los tanques como orugas en las Ardenas. Explosiones y niebla. Las explosiones
y la arena. Batallas en el bosque y en las arenas. El Alamein, las Ardenas.
  
24

Si le es menester escribir, qué importa cuán
veteado el pensamiento -la visión cuán rasa-,
frente al frío de este mar con lisa violencia de horda.
Ah… el frío irreal en el que se le pide: escriba
-en el que acepta el desafío: escriba-.
¿No lo ve? El frío del mar no tiene punzones.
Carece de estilo. Es el centro blanco de toda
significación, pero lo es a causa del frío, este frío
en el que me habla Juan Pablo, y me dice:
¿Está con alpargatas? No puede acompañarme
hasta la orilla, se humedecería la soga…
Esto me reconforta a pensar
que es mi reino junto al mar
que me arrasaría, la alpargata.
Y no obstante, el frío: piense que es así: la fibra de la historia,
o lo que universo depara más allá, lo sostiene aquí; y en la irrealidad
se desviste usted y nada, frío, helado, como un pez muerto, blanco,
llevado de aquí para allá, y sin embargo, mutando a ojos de acero
de pez, en lo frío, en lo impenetrable del universo del mar, nadando.
  
25

Piense que el occidente es cromático,
me decía, mientras pescábamos
en el alto Paraná. Si pinta, por ejemplo,
alambre retorcido, o si pinta enredaderas,
la tierra de Siena o lo que use para pintar,
ha de darnos en el pincel materia que sangra.
Usted no puede tocar impunemente la materia.
Para los chinos la materia es pensamiento.
Pero recuerde usted que el occidente es cromático.
El occidente es físico. El occidente ha hecho libros
cubiertos de cálculos. Usted no puede así no más
pintar. Encarne, vuelva a probar, tire ese bagre.
  
26
                 vuelve a morir en América Dino, el Moro,
                 que murió de dolor lejos de casa
.
                                                                    Pasolini

La sombra en la luz de la ventana es la misma que habla
en la Comedia
como han hablado las sombras
de la Caverna.
Como si detrás la verdad,
como las sombras del exilio,
como las sombras que perdieron el contacto.
Como las sombras que no saben
de los hilos francos y tenues,
de la luz,
de imperios y montañas,
del azul mar,
del azul de Prusia,
del azul meditativo,
de otras hachas,
de otros reinos,
de lo nuestro:
antenati.

27

Que los pintores de posguerra se inclinaran más bien
a la distorsión
no nos dio el suficiente indicio.
De algún modo, se carpía,
se volvía
a sembrar la tierra arada por cañones y metralla.
Pero si pintaban areneras, calles o interiores,
los pintores,
no pintaban el interior danzante de una pera,
ni las mágicas partículas
del orbe.
Todo estaba por irse,
o estaba
por partirse,
o estaba
por llegar,
dramáticamente.
Los sesenta llegaban con siambretta.
Pero los ínclitos pintores
pintaban los colores
desvinculados de la forma.
La heredad
era vigilada por la torre
ennegrecida
de un pensamiento
que no pesaba más.
El fuego era de gas.
El siglo fue doméstico
y abierto,
se gozaba la ciudad
y los pensadores
eran cómicos de historieta.
El siglo de oro,
nuestro siglo de oro, popular.
  
28
(El desengaño)

Como si no fuera posible el poema en el pensamiento,
el siglo devino púrpura, en imágenes planas,
el pasado devino imagen de latas estampadas,
de discos, de instrumentos, de iconos y láminas.

Como si no fuera posible, la epifanía se multiplica
en un vivir lento tras las ventanas,
las que revelan el manto de María
cuando el sol clarea las cortinas
y el insufrible fulgor del pensamiento
cuando abrimos los postigos
al aire y los piares.
Como si no fuera posible el definitivo desengaño.
Como si el mundo no fuera posible de otro modo
que en la difusa refutación,
a cada paso, del geómetra,
a cada silogismo,
a cada ilusión en la probidad humana.
La bestia que se oculta de sí misma:
modesta, clara, celeste, desteñida de su símbolo,
bandera de la patria.

29

(Último encuentro con Guillermo Boido, físico y poeta)

Las cosas son distintas, dijo, no lo dijo
agachado, con voz cansina, lo dijo
afrontando, la frente despejada aunque manchada
conservando la necesidad del instante.
¿Cómo había unido lírica y elegancia y precisión, sin kitsch,
sin asomo de confesión, sino con una decidida matemática?
Lo hirieron las partículas de combustión del siglo
y era del gusto de los ardidos lugares celestes
la sustancia de sus lunares, de su tos.
El amigo, después de 25 años, había visto en el cosmos
una gramática, flexible como la kepleriana intuición de un aparato dorado.
Esto, en efecto, marcha así, como grandes fundiciones de oro.
Como el golpe del ala de un meteoro,
que, sabés, está hecha de ceniza,
de partículas de fundición y de heliotropos
que finalmente flotan sobre cenizas y vituallas,
movimientos en la red. "Al principio", me dijo,
"dos tipos confundieron la radiación de fondo con cagadas de palomas.
Tan en el aire la una como las otras, tan del universo aéreo aquel,
por encima de circunferencias malogradas y de viajes que hicimos
y de los que no hemos vuelto,

o hemos vuelto,

pero estamos sentados
en la plaza de un pueblo italiano,
como una partícula
y todas sus probabilidades
en la cuántica".

30
(Otra “Demanda contra el olvido”)

Recuerde al alma.
¿Cómo, qué, recuerde?
Recuerde el alma los consagrados machetes
los golpes de azar, los golpes malogrados,
recuerde cuando era pobre y creyente
y no mejorado y difícil de timar.
Recuerde, recuerde, recuerde,
los famosos cadáveres, recuerde.
No condene ni juzgue, recuerde.
Recuerde, niéguese a este claro vidrio,
niéguese a esta distancia no crepuscular.
Recuerde la exacción del tiempo,
recuerde la voz monótona del Partido,
recuerde a los parados sobre las mesas,
el balcón recuerde, el juego con la multitud,
la política de acción, la seguridad absoluta,
la generación espontánea de la revolución.
Recuerde: cuando empezamos
Pier Paolo ya había enterrado a Gramsci, al partido y al siglo.
Recuerde que fuimos más, urbanos y campesinos.
La patria recuerde.
Recuerde el candor del crimen.
Recuerde la palabra acción qué sonido lúgubre
Recuerde la palabra política, qué sonido de ábaco.
Recuerde qué instituciones mórbidas.
Recuerde la violencia que engendra.
Recuerde las cadenas. Recuerde, en fin, las travesías
por las pampas. -¿Habría allí lugar al polvo de montoneras?
 -Usted vio trigo y carreteras.
En la gótica ciudad recuerde el café.
Recuerde cómo ennegrecían las fachadas.
Recuerde que nada era la rabia sin el método
y el método sin rabia. Recuerde lo entumecido.


Recuerde el color biliar del Centro.
Recuerde los bandos. Recuerde las marchas.
Recuerde las palmeras y el ulular de sirenas.
Recuerde el son militar que no era ya de guerra.
Recuerde cómo combatimos el atraso con barbarie.
Recuerde esa guerra criminal. Recuerde la carne.
Recuerde la iluminación en la ceguera
y la ceguera en la iluminación.
Recuerde el esqueleto de la república feudal.
Recuerde los costurones de la república popular.
Recuerde la gestión sin intermediación.
Recuerde el triste olor de los laureles sin olor.
Y recuerde el sabor del laurel.
Ciudad sin eternidad. Ciudad sin irrealidad.
Ciudad con memoria de la achura y no del caldo.
Recuerde en la ciudad que no podría nada recordar.
Recuerde a Donato, a Salvador y a las cocinas.
Recuerde las nubes bajas. Recuerde la casa de enfrente.
Avive el seso y despierte.
Contemplando.
Cómo sucede la muerte,
cómo rodea la vida,
tan callando.
Pues le buscarán el costillar
y las fajinas.
Y le pedirán que hable, y aun llorando.



   Epílogos
   (Ghosts) 


Age of Mythology

Visir sentado en un sillón de Stalingrado;
ocupante de la ruina más suntuosa de la ciudad.
Aquí se avengan a escuchar la modulada tormenta eterna del obús.
Ronronea, tose, canturrea - golpea como profundo pistón-.
Y él mira en las nubes rojas de óxido y de ideas,
no el crepúsculo sino la boca rugiente del porvenir.
Es un espectro de los bosques eslavos.
Prepara el fuego entre losas quemadas.
La ventana del oeste, estucada, se abre a la furiosa guerra -
disparo a disparo- de los francotiradores entre las chapas;
pero la ventana del este da al alba que crece anestesiada.
Cuerpos macilentos se mueven en su ectoplasma. Gigantes de la escarcha.
Vampiros cruzan por el oeste y bajan en picada a beber sangre coagulada.
Así los dioses, así el preparar el café, leer el parte, calzar las botas
sobre las tiras de tela ensangrentadas; amartillar el arma.
Y cuando se yergue en la intemperie, voces de legiones fantasmas
se alzan entre los escombros / de una vital esperanza mutilada.
  

Canción de amor para Raúl Gustavo Aguirre

Si un hombre al cabo de intentarlo, de asustarse,
de ajustarse el reloj pulsera, de conservar
el lugar, el modesto empleo que financia
la publicación de asuntos que no interesan a nadie,
corrige, pule, y de improviso,
la verdad se hace evidente, y es moral,
una verdad callada y sofrenada,
una verdad aplastada por expedientes, conversada
en ratos de madrugada, en bares majestuosos
y a la vez pulidos y disecados por la mañana;
no importa
si no fuiste monstruo, como rimbaud, como los verlaine, como los poe, los artaud,
si fuiste un hombre de sal y de sol, de internaciones y debilidades,
de pasar y ribetear, ¿cómo eras, Raúl, en verdad? Qué importa,
qué importan los genios y sus continuas revelaciones,
qué importa el sol insoportable, qué importa el verano en Buenos Aires,
qué importa el empleo oficial, el hombre que tomó subtes y trolebuses,
si una noche,
si una larga noche aburrida, si una de muchas noches fundidas en una,
en la cocina o el comedor de tristes porcelanas,
escribiste No importa que no haya solución para nadie ni perdón para nadie,
si al fin estás solo en las salinas de la madrugada haciendo todo lo posible
para que esos rostros queridos no se hundan en los rápidos de la nada.
Como hizo hoy una persona amada, evocando las palabras de su padre,
el modo en que su padre bailaba o la miraba… Qué esfuerzo titánico hace cada uno
para que la épica contenga a los que ama, para que no sean olvidados,
para que brillen en su majestad los gestos fuera del capital,
destellos del universo en los seres amados.

  
Wittenberg / Wartburg / Eisleben

Pues practicaba el convencimiento de que el espíritu
actúa detrás de los signos visibles, pero no es tales signos,
Lutero practicó la elocuencia, y durante toda una noche quizá miró una pared.
Sintió que Dios estaba en el lugar en el que debía estar su corazón.
Y el espíritu, detrás de la mancha de tinta con la que espantó al diablo.

Lo oprimió el corazón una noche de invierno,
después de haber visto dos veces al demonio.
No lo odiaba tanto porque era el mal como porque era la única certeza.
Y conscientemente entendió alguna vez que la infinita
libertad de Dios excluía el daño, por simple y pura voluntad,
lo cual era la prueba de su lógica existencia.
Pero inequívoca señal de la iglesia es la palabra, escribió, por
lo que tendía a evitar la palabra iglesia y prefería tañer a Dios
en siete notas, como un arpa, a las que adjuntó 95 tesis contra el yo.


Soy leyenda *

Sé que vivo rodeado de vampiros
como Robert Neville.
"Sal, Neville", **
oigo sus gritos; sin embargo,
me saludan amablemente por la mañana,
 están al sol, o bajo la luz opaca en invierno,
disimulan con escobas, llaves de auto,
leen un periódico, objetos inofensivos
pero quieren
convertirme al vampirismo, previa apropiación
de mi proposición privada: luego podré acompañarlos
en sus rondas nocturnas,
Neville, sal,
gritaré con ellos.
No les gusta mi pensamiento de derecha anticapitalista
o mi izquierdismo de mercado clerical,
 que cambia a aversión por el género humano
y amor en la batalla personal.
Neville, sal.
Todo el tiempo viendo películas alquiladas
que devuelvo antes del anochecer en la cueva de enfrente,
y oyendo la obra completa de Shostacovich;
solo eso, y un churrasco a veces en el boliche.
Sal, sal, gritan, puedes divertirte,
Neville, sal,
Sal, vampiro, sal.

(*) Richard Matheson, 1954
(**) id.


La señorita

El alma encapsulada lleva registro,
aumenta su haber el mundo, las circunstancias
infinitas; da palos a su hábitat,
resucita, mañosa de sí:
cae a la hora del café
por la cavernosa
pendiente de las almas.

Se ha inflamado de hechos y no excita
su corazón el tener, sino el comprender los pocos
o muchos que se arriman a su escudilla.

Los aparta como migas, los reúne,
los alisa entre los dedos, los contempla.
Y cuando bebe el café, medita
en las incontables mañanas,
en las antiguas mañas.
Oh araña,
matutino fantasma.
¿El ojo minúsculo observa?
Siempre mira el ojo, pero no mira
como el humano, el ojo de la araña
es sólo instinto, y el indistinto
color es lo que mira, el acechante fulgor
o la sombra serpentina
que puede destruirla en su sentina.
Mira el vuelo de la mosca,
se relame, hoza,
su peluda pata
cata
de antemano el manjar,
muere en su tela,
vive en su telar.
Infinito el mundo, infinita la araña,
en su repetición medular,
en su tejido estelar,
entre la cocina y la mesada.



   Tres poemas chinos


Recuerdo de Ming Ch'e
Carta a su hermano Su Che

¿Qué es nuestra vida en el mundo?
Gansos migratorios en bandada
descansan un momento sobre la tierra nevada.
Luego alzan vuelo hacia el Este, tuercen al Oeste
y sólo quedan huellas de sus patas en la nieve.
Murió el monje anciano, hay una lápida
con su nombre y ya está corroída.
No puedo leer los poemas que escribimos
en los muros de piedra de la cabaña.
No hay signo alguno de que estuvimos aquí.
Estoy cansado. Tuvimos una larga jornada.
Durante todo el camino relinchó mi mula renga.

Su Tung-po, siglo XI

  
La batalla del Acantilado Rojo

El Yangtzé fluye hacia el Este,
arrastra lejos mil edades de grandes hombres
del Oeste de las murallas
y, con ellas, la leyenda que cuenta la gente
sobre el Acantilado Rojo
del joven Chou de los Tres Reinos.
Rocas agrestes perforan el cielo aquí.
Aterradoras olas quiebran la ribera.
Una oscura turbulencia bate
la marejada hasta ponerla blanca como la nieve.
Río y montañas parecen un cuadro,
pero por allí ¡cuántos héroes han pasado...!

Piensa en aquellos años, Chou Yu,
recién casado con la joven Chiao,
emplumado abanico, pañuelo de seda.
Risas y palabras
antes que los mástiles y los remos
volaran hechos ceniza y humo.
Yo voy vagando por los viejos prados
absurdamente conmovido.
Demasiado rápido vuelve el gris.
La vida humana pasa como el sueño.
Se derrama fuera de la copa
hacia el río, hacia la luna.

Su Tung-po, siglo XI


Parada en un palacio en ruinas

Es denso el rocío, la niebla cerrada,
espesa la maleza. Crecen ramas
en los balcones derruidos y sauces
en el foso seco. Pétalos marchitos
cubren los patios en los que no hay ecos
de la embriaguez y de las fiestas.
Canta el ruiseñor durante la quinta guardia.
Bajo la luna menguante, inconsolable,
pienso en el fin de existencias perfumadas.
Relincha mi caballo cuando salgo
por la puerta devastada.
El camino se ha borrado pero no el paisaje.
Las obras de los hombres se están borrando.

Wen T'ing Yen, siglo IX



   El árbol de Baudelaire



La clase

Desde las casuarinas en el jardín interno
y desde el clavel del aire sobre el emparrillado de madera
se desliza una sombra que cubre y abarca las paredes
de color desgastado, malva, una sombra
de antigua evocación, no tan antigua como lo que evoca,
y aun así, profunda, ahondándose
en las líneas francesas
del edificio, sabiamente convivientes con la rusticidad pampeana:
distinguidos, rústicos ecos, de pasteles criollos y muebles importados
de una Versalles ya también extinta, componen finalmente
un concierto de grillos y mucamas,
de almidón y yuyo, de naranjos:
de un sabor bilioso, de condescendencia sin objeto,
de un cansancio.
La Revolución no había ocurrido nunca.
Francia era la cuna del art noveau,
que aquí se metamorfoseaba en gótico.
Gótico de la capital de la pampa.

Ese hilo de oscuros entramados se extiende por las fachadas desde el barrio norte a la
Boca cuyas nieblas londinenses no huelen mejor que en Londres cuando el Támesis no
había sido despojado del barro de siglos de fajina portuaria.
Ese hilo que hila titanes, camafeos, borlas, búcaros sobre edificios y casas de escaleras
anchas en Barracas, en Montserrat, en San Telmo, cubría interiores de cortinados,
ceniceros de bronce, bibelots, y hoy apretujados inquilinatos cuyas ventanas tapan
cortinas verdosas.

Aquellas lámparas inglesas que alumbraban los desvelos
del patrón sobre sus papeles,
incorruptas, se alzan en la casa.
El asiento del sillón de cuero está agrietado.
Entre las casuarinas el aire de verano levanta
un olor ambiguo a pasto y excremento.
Alguien, en un cuarto, habrá maldecido
la lejanía de un hombro blanco.
Alguien se habrá masturbado, alguien murió.
La perplejidad de la clase abre la boca en la rugosidad de la pintura.

Perplejidad cuando lo de Vasena. Perplejidad cuando lo de los polacos mete bombas.
Había llegado Europa, había llegado el tren, la gorra, el abrigo arrugado.
Habían llegado los fantasmas que recorren, fantasmas de presente y pasado.
Había llegado la tinta roja, el gritón de la esquina, el verdulero, el hierro.
No te olvides de mí, de tu Gricel, el gramófono para el vals y también el opaco
brillo de Nabucco, el mundo fantasmal proletario encapsulado en la ópera.

Miro sobre estas paredes esa perplejidad augusta,
pampeana, soberbia, ignara.
La compadezco,  
un algo de difusa intimidad, de precapitalista cognición,
de orden del mundo, de eternidad fundada en los ganados, me repliega.
Cerca del emparrillado de madera, bajo las líneas francesas,
junto al olor de la casuarinas, canta el cantor en zapatillas
con huesuda voz aristocrática: vos sos
la ñata Pancracia... Han pasado cien años, un siglo, en el que cayeron
todas la líneas: la francesa, la inglesa, la italiana de posguerra.
Mis zapatos negros quizá delatan una estirpe distinta, canalla.
Y esta reunión como un rito se celebra sola, inadvertida, impensada.
Aquella sombra que me visita desde el aire del jardín trasero
se extiende en filigranas desde aquí a la Boca: a los edificios públicos dormidos
en la noche de sábado, a las terminales de tren, a los techos, las dársenas.
Su melancolía es pura.
El aire de fiesta estanciera la doblega.
Muere en mí, conmovida. Muere en el vaso perlado.
Muere en llanto de lo que no tuvimos, nunca, nada.


Se decía

Se decía: el tiempo es bueno 
–no habían comenzado las matanzas –:
me refiero al paso tranquilizador de los Ford a bigote
por el fondo nacarado de una postal de balneario.
Siempre apacibles los tiempos pasados de la nobleza burguesa,
y aun de la burguesa plenitud de los barrios “un poco alejados”.
Siempre apacible la infancia, 
en los suburbios incluso llena de misterio.
En este momento yo comienzo a retroceder, 
me tomo de una estaca,
miro un muelle tormentoso, no es de acá, 
es de alguna novela, de algún sueño.
Aquí esperan jornadas de invierno y calor, 
con las llaves prestas para volver
a casa, con la santidad del gato, 
con los libros que se doblan y deshojan.
Nada, absolutamente, nada más, y el regreso imposible.
Habíamos, lo saben, preparado el sacrificio: 
era perfecto, pero algo salió decididamente mal. 
La víctima propiciatoria tenía recursos.

-¿Por qué es tranquilizador el tiempo de los objetos viejos?
Hemos sido capaces de arrancarle la angustia de lo irrecuperable.
Son un modesto paraíso atravesado de brillos pequeños
pero palpables que ya no pueden fructificar en el futuro.
Y eso no nos causa desazón, sino el acostumbramiento
a que los siglos pasan y fijan siempre en sus cielos
la posición hacia la cual, si hubiésemos avanzado, quizá,
todavía, habríamos alcanzado esas planicies auguradas
por las letras de interminables novelas, sobrevoladas
por halcones, con un trepidar, un gusto de tormenta
decididamente mágica: algo que nos recibiera, angélico,
diciendo: Y tú, y tú, baja la mirada, olvida la letra.-  


Espejan, amarillan

Espejan, amarillan, los crisantemos inaútenticos,
porque sólo los hemos visto filosóficamente.
Pero, fijate, tantas cosas hemos sido, y todas igualmente
inauténticas; todas espejan, luego amarillan.
Y hemos sido, incluso, crisantemos,
en busca de una paz provisoria de cocina
en la tormenta invernal; flores presumo que pulposas
en la cellisca que soplaba en la casa misma.
Espejan, amarillan, nuestros crisantemos,
en la medida que damos mayor consistencia a nuestras vidas.
El problema, te lo diré sin vueltas,
es que yo podía, digamos hace cuarenta años,
entrar en un café, que era oscuro y verdadero:
verdadero en el sentido que era nuestra posesión y había
sido la posesión de los viejos, de los nuestros y de desconocidos
viejos, aunque familiares, pues estábamos seguros
respondían a consignas migratorias; 
                          podían nombrar sus pueblos,
tan antiguos como el café al que me refiero: antiguos por igual
en su conciencia, no en la medida matemática del tiempo.

Oscuros en el café éramos sin embargo radiosos de espera.
Tocábamos la tela de nuestro saco y decíamos: cierto.
Nadie nos sacaba de nuestro vacío ensimismamiento
pues era un puro ensimismamiento: estar en uno.
Y con nadie nos habíamos citado, éramos al paso,
pero el café lo poseíamos, y la ciudad, y el subterráneo.
Espeja el crisantemo y aquel clavo doblado en la pared.
Amarilla todo en abstracto. Te lo digo sin vueltas.
No poseo ahora los cafés, ni el subterráneo.

Son cafés nuevos, no tienen bordes en los cuales
la mirada podía raspar, dejar su marca.
Como te digo: no es el problema la inautenticidad
de nuestro crisantemo. Porque espeja, amarilla,
pero es sólo conciencia de aquella vieja ciudad.


Todas y cada una

Todas y cada una de las ventanas de esta ciudad
son otras tantas perspectivas: a menos que entremos
en los detalles, no entraremos en historia, tal vez.
Me he sentado aquí, a unos ciento veinte metros de mi casa,
a afilar el mismo clavo; pongo empeño, no me duermo.
Pasan ladrones, gente de trabajo, un hombre se cae, lo asisten.
Como una escena en la televisión, lo he visto caer en el rectángulo de la vidriera.
Extraño, puesto que algunos siguen su charla,
otros hablan por teléfonos celulares, alguien llama a la ambulancia.

Mientras me instale a sólo un centenar de metros de mi casa
no avanzaré mucho con el hilo de Ariadna.  Y sin embargo
he estado, en ese minuto, en varios sitios a la vez.
Si me dejaran los detalles, si no cayeran hombres desde el cielo,
si todo no tomara otro rumbo en algunos sectores de la realidad,
en tanto en otros se mantiene el ritmo, entonces podría comprender.
Pero la ciudad como instancia colectiva en la que se realizan intercambios,
se suda, se lleva a cabo una vida planetaria y comprensible,
incluye los accidentes. Para eso, los bomberos, las ambulancias.
Mi vida, la que se empeña en los detalles, no está fuera de programa.
La vida propia es una vida abstracta. Entre el agujero en el que se raspa
en busca de revelaciones y aquellas altas ramas movidas por al aire
no existe la menor correspondencia. Claro está, Baudelaire:
nos rodean símbolos familiares. Esos símbolos son ¿cómo te diría?
extremadamente familiares; señales de tránsito, semáforos, bocinas.
Un bosque de símbolos completamente familiares. Las caras son
símbolos familiares. Las carteleras son símbolos familiares.
Pero si salimos de ese tejido en el que nos movemos, familiares,
no encontramos una gramática nueva o extraña.

Mirá ese árbol, Baudelaire: fuera de esta foresta, mueve sus ramas
como si estuviera en la gran orquesta del bosque o la pampa.
Porque el viento mueve los árboles, los papeles y los cables,
pero todo se mueve en convulsiones propias, desatentas.
Ahora te inclinás vos también a sorber tu café Baudelaire.
Ambos bajamos las sumisas testas.
Y sin embargo apenas nos resignamos.
Sé que brilla en tus ojos afilados el diamante.
Y tu boca apretada, oblicua, es como la raya
de luz púrpura de no sé qué lejano amanecer:
amanecer en otras regiones, ígneas.
Así nos atacaran ahora con naves planetarias,
tu misterio vital, concreto, inaccesible
mantendría el equilibrio
en esa especie de sonrisa tuya, entre sapiente y amarga,
dibujada en los templos que se creen abandonados
y donde has visto, ves ahora, las panteras de no sé qué culto cruel,
torvo, gregario, que se celebra con flores y cuchillos de obsidiana.


Flota en una lipotimia

Flota en una lipotimia el sueño atolondrado de una mujer.
Había ido a Las Violetas a comer el dulce néctar 
rubendariano, a mirar tras las pirámides. 
A perderse en los rojos y grises distinguidos
de los decididos vitrales: uno al otro soldados con plomo,
encastrados en divididas e iguales funciones de otro sueño, beato:
los planearon artesanos que sabían a dónde querían llegar.
Eran maravillosos y vítreos, como los artesanales conceptos
sobre el más allá: si, a la vez, como el interior 
de la ballena de Jonás y como las costillas luminosas de un bosque, 
y como las musgosas cavernas, 
y si, como de diáfanos torrentes, se alzara una catedral,
turgente a la vez de la lepra de las pesadillas, 
con gárgolas, con tritones, con cornudos demonios, 
con aladas cariátides, entonces podrían ascender al Cielo, 
y eran el propio ascenso el cielo, el bosque, 
las peñas, los costillares, la casa de Dios.
Plomo, hachas, mazas, garlopas, 
cucharas, mortero, cincel,
tenían matemáticos objetivos celestes, 
y ahora, desligado de todo aquello,
varado como una proa salina entre estucos, alumbra el vitral
en el que finalmente se desmayó el sueño de una mujer casual.

Como un aire de gloria y de cetrinos ejércitos 
enloqueció la polea de su mente. 
Un aire de pampa llegado por la avenida Rivadavia,
ahíto de sangre aún, de cortaderas, 
penetró entre el aire a té y a masas,
agitó figuras en los mármoles, 
hizo empalidecer piñones y garrapiñadas.
Toda la violencia jamás agotada de aquel engañoso desierto
dio por tierra, un momento, con un edificio cristalino,
de soñados amaneceres, de caricias y de hijos. 
Pero fue sólo un momento. Y sólo un momento, 
flotando en la lipotimia, 
la mujer entendió y olvidó la patria,
despojada de todo atisbo maternal, 
seca, acalambrada, suspensa:
vueltas de la vaina de un puñal, 
bordonas, charreteras polvorientas,
fachadas pintadas con sangre de buey, 
fueron su única acuarela.
De la misma manera, en cualquier momento, 
cada uno entendió -y vive dormido, si no- 
que frente a tiendas de piel de vaca agitamos huesos, 
redecillas, restos de un aparato de radio,
que ofrecemos por monedas; 
avaros, resentidos, callados,
embebidos del duro dictamen de los campos 
que son en verdad el país, 
el pasado y el presente: la realidad. 
Un violento campamento la capital de la patria, 
con restos de naufragios fingiendo el dulce capitel
de Rubén: vitrales o estucos, 
como objetos amontonados en la trastienda de un teatro.


Ahora yo conduzco

Ahora yo conduzco un clavo hacia el ralo espejarse de los totorales
en las capas de vapor que se alzan de la tierra –espejismo, oasis-;
un objeto chiuso, afilado, nada notable, 
y sin embargo concreto, comprado o adquirido 
con consabidas vueltas e idas, con meneos de cabeza,
con indicaciones complejas e intraducibles 
–preguntándome cómo haría tales indicaciones, 
acompañadas de gestos, en italiano, por ejemplo-,
de este tamaño, no: de acero, más o menos para colgar una pajarera,
para contener el contramarco, hinchado de humedad, usted bien sabe,
un clavo;
y el ferretero, cansado, orondo aún así, 
mostrando clavos, retenes, ganchos, pluriformes metales, 
trabajadas piezas no únicas, sino repetidas y orgullosas de su logro 
indefinidamente multiplicado en sus cajuelas;
opacas, incomparablemente superiores a la chatarra, 
pues conservan futuro y forma,
el ferretero diciendo, sin palabra: tal clavo existe para su innominada función:
no fue creado
pensando que con él alguien, usted, cualquiera, alguna vez, cierto día,
querría atravesar el alto reflejo, digamos, de los totorales,
y para tal fin habría de sentarse –lo he visto- bajo la techumbre 
de un café en la calle, tarde a tarde.
Buscando enclavar qué, ¿una palabra? 
¿O espera atravesar las cosas de la patria?
¿Para qué?
Guarde el clavo, ahorre. Esto es un producto histórico 
     de la industria metalúrgica.
Responde a su propósito. Pero guarde.
Tenga por cierto el clavo, deje aquellas abstracciones.
¿Qué más va a llevar? ¿Una bandurria?


Si en tales

Si en tales sitios habita, y si ese es el término, el habitual sway,
en todo el resto la grandeza de otro modo inexpresable 
se ahueca y deja esto que habitualmente somos: 
cáscaras hablando de cosas igualmente huecas.
Me lo pregunté demasiadas veces: 
las partidas lanzaderas, la herrumbre de la revolución industrial, 
los pedazos de cuero o las botellas, el cigüeñal
a un costado de camino, cubierto de capas de óxido, 
y aún más: los términos mismos que los designan, 
el propósito que nos lleva en el tren o el auto,
la agitada tos, el corroído pulmón que nos permite hablar, 
los pedazos de cable, el papel que vuela y las montañas de basura, 
la rutina que parte el asfalto,
¿qué intimations of immortality deparan, Wordsworth?, 
sin hablar de los restos de comida, la náusea, 
el gas que se alza sobre tus crepúsculos, el parloteo y la guerra.
Dirás  -y ya lo sé, y callo-: todo eso, como la terrible belleza de la gangrena,
es también aquel ojo arrebolado. 
Y en las costras hallarás los puertos. Y
en la negra bocanada de las ciudades, el hechizo de Dios o del diablo,
ambos equivalentes, 
como una palabra bien dicha y una equivocada.
Y porque todo es el fin y al cabo el padre y el hijo y el espíritu, 
no esperes que crea que hay una zona sublime y otra profana, 
una de intensidad y otra vacía en un concierto 
en el que todos los matices y los amontonamientos y las fugas
son de la misma sustancia, de los mismos colores primarios:
quede en tu mano la rota palanca de cambio, 
te consuma el carbón, mires de soslayo
al que muere en un atroz hospital: siempre piensa 
del eterno Silencio las verdades que despiertan para no perecer nunca, 
y tradúcetelo como puedas.




 


© Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2011