24.3.07

Almas en movimiento

(Publicado en 1995 por Libros de Tierra Firme)



Sabe Júpiter que no es posible ni verosímil que la material corporal,
la cual es combinable, divisible, manejable, contráctil, formable,
móvil y consistente bajo el dominio imperio y virtud del alma, sea
aniquilable ni en punto alguno o átomo destruible...


Giordano Bruno, “La expulsión de la bestia triunfante”



1. Habitaciones para turistas

Química blanca


En el alba rancia, en la mañana, en la luz que amansa,
sin embargo llegan sonidos
incongruentes,
como rugidos,
relinchos,
quejidos,
y se diría abajo hay campo, un roquedal, el mar,
el patio de un cuartel.
El hombre parido de la noche intranquila al día
no se molesta en mirar por la ventana:
encontrará, sabe, la calle, los árboles de siempre.
Recita en voz baja, canta, se baña.
Filtrados por las cañerías, los conductos de aire,
sintetizados con otros más lejanos de trenes y gallinas,
estos ruidos sonarán a qué en otros cuartos.
Ha murmurado versos de Vallejo, entonado un bolero,
apretado el tubo de dentífrico, vaciado el depósito,
y tal vez en algún sitio alguien crea que escuchó
a su padre rugir bajo la ducha hace años.


Escrito bajo las aspas de un ventilador de techo detenido

A quien no respira habrá que dirigirse,
nadie que dure tiene soluciones
ni puede explicar de qué modo continúa.
Y si pudiera, es un modelo
quizá inapropiado
porque no habrás de recuperar la trama
que a estos días lo condujo
ni superar un nudo que en tus propios días
no te desvíe aunque sea poco
-y cada vez más en la medida que avances-
de ese camino que delineó él
como rastro de caracol,
tan tenue que no debería esperarse
ni siquiera la lluvia para que lo borre:
bastaría un cambio de luz y no se vería
sobre esa superficie por donde avanzó,
veloz o trabajoso,
y que no es la misma para él que para vos.


Jinete

Te juro que aunque hecho de retazos
hay algo de formas vagas pero propias
en alguna parte de mí.
Por eso sigo tus rastros.
Te dejaste un botón, escribiste cosas en un papel.


Calle rota

Qué decir de la luz que cae sobre esa casa
Situada al final de una calle rota.
Envuelta en ella, flota.
Pero nada, más allá hay edificios sólidos,
ninguna posibilidad de fantasear.
Un caballero es aquél que a solas
se sirve el hielo con las pinzas,
me dijo mi amigo que decía Saint Exupery.
Camino, me acompañan dos moscas.
Paso a paso, como quien deja caer
cubos de hielo dentro de un vaso


Páramos

Byron
no estuvo nunca tan solo
como esta anciana sentada en la farmacia,
un sábado a las cuatro de la tarde,
esperando la inyección.


El espía belga
1

Detrás de los anteojos negros viaja en un pesquero.
Las manos son gruesas, la corbata distinguida.
Le gusta palpar la seda al vestirse a la mañana
cuando urde el lazo rápido como un goce súbito
-un trago, una cosa así.
Detrás del pesquero, mira
a esa adolescente con el bauprés por hombro,
las velas al palio como bikini,
sentada frente a él en el subterráneo
rumbo a qué.
Desde esta posición –se dice- desde esta posición
que me he granjeado
de traficante de lanas o aceitunas
bien podría mirar el mundo con otras lentejuelas
y no como el pintor Archimboldo lo hacía:
caras hechas de frutas, animales,
y no parecidas a frutas o animales;
a la vez la sospecha
de que mi cara esté hecha de objetos
que drenan de los sueños; el mango
de una campana, escobillas,
hojas, dientes o ruedas.
Nada terrible a la luz del día,
siniestros solo porque son nosotros,
la lluvia, el monte, las crisálidas.

2
He viajado, mis sueños tienen luz.
Y sin embargo, vuelvo a este subterráneo.
Aquí hay caras siempre desconocidas.
Y son las mismas.
En cambio, conozco las caras que vi en las islas.
No te detengas.
No te detengas.
Viste maderas y botellas flotando en un canal
en una ciudad extraña.
Pero sabías dónde estabas.
Aquí hay luz suficiente y nada tiene nombre.

3
¿Cómo reconocías en cualquier lugar las señas, cómo
las pistas se anudaban hasta llevarte al punto?
¿Había un secreto allí? ¿Todo dispuesto?
Las figuras deslizándose en las calles empedradas.
Un poco de sal caída en una mesa.
Los giros pesados de las aspas de un ventilador.
El tipo que terminaba su cerveza.
La negra que se acercaba a venderte una talla.
La quietud el mar.
Un encuentro en un callejón estrecho.
Presagios de huracán.
Eso era aprensible, no conocido exactamente.
pero con un sentido que debía conducir a algo.
De noche enviabas partes que nadie contestó
escritos en una mesa de hotel junto a una botella.
De todos modos cumpliste tu trabajo, algo te dice.
Había reflejos sobre grandes hojas y un perro negro.

4
¿Y con qué se arma esta nada?
Te miran. Mirás. Ven tus lentes negros
Que producen reflejos.
Baja un campanario húngaro en la estación.
Sube una red tendida en Oriente.
Se desplaza por el vagón una tienda de tapices.
A tu lado se balancea un pez martillo.
Dormita enfrente un sombrero panamá
y una gota de sudor patina entre puntos blancos
de una barba crecida en una cara negra.
Si recordaras a quién.
Tu único recuerdo es una voz
que habla pero no se entiende.
Y es sin embargo concreta
y necesaria como el ruido del agua.

5
No tenías nada con la muerte
Mientras perseguías secretos.
Aquí donde el gran enigma reina
-este enigma de ladrillos iguales-
donde nadie rinde cuentas de sí
ni oculta evidencias,
donde es transparente el motivo
y, además, indiferente,
tus ojos ven lo que construyen.
Y la muerte dice éste es el tiempo.
Y las horas muerden tus pies.

6
La velocidad es el infierno oculto
De esta irrevocable máquina.
Este estar yendo a qué.
Este creer saber que se va.
Y confundir la velocidad
con el instante en que se abren y cierran
Las caras de este vagón.
Flores.
Siempre otra cosa que no es más que invención.
Ellos no son un plan.
Todos ignoran el complot.
Y cuando bajan miran sin piedad
a ese muñeco sin pies,
cabeza de cartón ahuecada,
rodeado de moscas y negros,
con una pantalla china en la mano
y un atlas de colores sobre las rodillas.


Asphodelus

La mejor herencia es que tu nombre no esté.
Roto he
hojas.
Pasar por el Poniente
era el arte.
Como la visión de una roja pluma una vez.
Hace tiempo, no mucho,
pero en momentos sucesivos,
y no como una revelación,
renuncié
a la leyenda del Ser.
Envíen plumas al sujeto jamaiquino,
al hombre de los bares,
o clavos de guitarra,
o peces de madera;
él considera
el peso de la luz en las botellas,
las distancias equívocas,
los lugares celestes,
lunares en las manos del barman.


Islas (con rocas)

Si no pedazos de musgos en las paredes, islas.
Pero el musgo que veo desde la ventana
es esta ausencia enigmática y concreta
y es el musgo de las islas pegado a las piedras.
Los vidrios se encendieron cuando saliste mojada
de la ducha. Y dijiste islas,
me pareció que dijiste islas,
aunque miraba ya los tubos de hierro
que emergen de los techos.


El insomnio de los soldados

Hombres que se complacían en la mera acción
¿cómo es posible?
Puedo imaginar a Billy el niño, a Atila,
a Alejandro, pero no puedo entrever sus noches.
¿Cuántas veces Lincoln golpeó una mesa de roble
antes de la decisión?
¿Por qué dijo Lenin mañana será tarde?
Mientras los revolucionarios discutían en la dacha,
una liebre oteaba sobre la nieve su madriguera,
un camino
rodeado de innumerables olores novedosos.
Hubo un arcoiris en China,
La lluvia se deslizaba sobre unos tallos
esculpiendo momentáneos estados espirituales.
Los guerreros no preguntaban sólo por la guerra
a las monedas arrojadas sobre sus cotas de bambú.
Recuerden el vino, ¿qué hacía?
la borra de vino en las vísperas
y las hojas aplastadas
por las sandalias de cuero salvaje,
el cuervo, los ojos azules de otro pájaro desconocido.
Las nubes, las voces detrás de una baja colina
oídas por alguien que no podía dormir en el campamento.
La insistente opacidad de un color entrevisto
tal vez en una prenda, tal vez en el cielo
En torno a los cuadros violentos de las batallas
se arremolinan en la Historia
detalles, vetas de ideas sin retorno,
manchas, puntos, alas, hongos,
indelebles, innecesarios.
Y son música o registros de oscilaciones distintas,
sincrónicas pero inexplicables,
sin valor de presagio, digo,
pero puntos, líneas de puntos,
dibujos que no pueden interferir
y son parte del momento y del después.
Las batallas, las revoluciones daban
-dan- una imagen de algo todavía más turbulento
y sin resolución
que la paz de los campos devoraría
dejándonos menos humanos, llorando inesperadamente
frente a poemas malos, risotadas estúpidas,
un calentador en el fondo de un vagón de ganado.
Así que no es de la paz que hablo
sino de matices y descargas, tensiones,
filamentos recorridos por vertiginosas luces
y arrugas y grietas,
que en cierto modo forman el mapa
de aquellas acciones también.
Cualquier mancha de tinta
o lluvia de hojas en el hueco de un bosque.
Cualquier remolcador herrumbado en un canal.
Cualquiera que sale de un edificio
y tropieza y
se agarra de una saliente en la pared.
Todos estos porque sí que suceden de manera
probablemente significativa.
Hasta no tener sentido.
Piedras que ruedan desde una mano
pero que nadie consulta como oráculo.
Delfos abandonado.


Saludos detrás de una postal de Berlín del Este

Berlín del Este.
La sustancia el paisaje en invierno
era dada por las operaciones simultáneas
de colores y luces
provenientes del río helado,
las alas tan blancas de las gaviotas,
el óxido austero, irrevocable,
de hierros amurados al muelle,
que se transmitía a los ladrillos
y por lo tanto a la luz
a su vez más blanca, menos gris,
gracias a la blancura de las gaviotas
y del río Spree,
helado,
blanco, gris, verde,
como si hubiese crecido sobre los bosques
antes de enmudecer y brillar.


Con el hamster

Es el mismo tiempo virtual el mío
y el del hamster.
Roe, huele, se yergue.
Yo camino, fumo.
Una metáfora perfecta, el hamster. Diría:
celdas habitadas por ardillas
su casa y la mía.
Pero cómo no pensar en la “verdadera vida” del hamster,
su corazón, un sistema nervioso
más pequeño y quizá mejor, perfecto,
infalible su respuesta a los instintos,
su mundo que comienza en las agujas de las uñas
con figuras diversas, con otros puntos de densidad,
otras galaxias.

Rompe la metáfora esta vida encerrada.
Roe, huele, se yergue.
Soy tal vez un paisaje que se mueve
en el extremo veloz de una mirada.


Habitaciones para turistas

La poesía convive con las estaciones.
Se puede publicar en agosto o en enero.
No importa si tres cuartas partes de la ciudad
están en la playa o si la niebla humedece
demasiado rápido en el quiosco los diarios y
los suplementos de cultura.
Este verano amable vio un poeta
a Neptuno flotar sobre la línea del horizonte,
demasiado lejos de la atención de los bañistas
concentrados en la observación de sí mismos:
las maniobras de los surfistas,
las transpiraciones del deseo entre películas bronceadoras.
Pero hay algo que raigalmente explica
la estimada relación de empatía entre los poetas y la estación:
ellos, de hecho, arman y dan existencia práctica
a cosas como éstas:
la luz íntima y a la vez fresca de un patio
donde se conversa hasta la madrugada
bajo la glicina/
una rama seca en un búcaro, junto a una ventana
-las copas de los árboles, afuera, todavía conservan
hojas verdes aisladas en las ramas blancas y ceniza.


Dolce stagione

El mundo queda por leer.
Como detrás de los vidrios nocturnos las luces
moviéndose donde estuvo la ciudad.
Es una tomenta y danzan los reflejos
que borran todo rastro de los objetos de afuera,
aunque todos permanezcan en la sombra, materiales
o con su sentido abstracto realizado:
por ejemplo, un semáforo, a la vez
una columna de hierro, vidrios, luces
y señales en un diagrama que continúa funcionando.
Pero todo eso parece no estar,
la danza de la tormenta
detrás de los vidrios del bar
provoca un placer que no puede narrarse.
Y no se pierde el pensamiento del día siguiente
cuando caminemos por la avenida desierta,
mirando pedazos de asfalto bajo un sol sin temperatura
y charcos, papeles alrededor de las alcantarillas,
la chapa rota de un cartel reluciente,
tal como si hubiese pasado el mar y eso fuera su resaca.
Y diciendo, por favor, anoche sucedió algo,
un evangelio, una novedad,
que no necesita profetas ni apóstoles,
que habla por sí solo en un lenguaje que encendió en nosotros,
nos concierne y podemos ver su inteligencia
en cualquier cosa que hagas o digas en el próximo segundo,
palabra o gesto que a su vez podrías diferir,
realizar más tarde, dentro de años,
sin mencionar un solo hecho,
sin acudir a ninguna comparación.


Dos chicas

Mirarse imposible porque no hay indicios
de nada cierto, de nada.
no se cree en el paisaje como fantasma
y menos ya en las imágenes del espejo
que por tan sospechadas como réplicas
deberían tener una suerte mejor,
al menos ser aceptadas como problemas.
Ahora bien, allá abajo hay una adolescente; espera.
La veo desde la ventana tocarse el pelo.
Y llega su amiga que como disculpa quizá
Le dice, good, very good, su voz llega nítida.
Me digo tal vez es una clave
improvisada por una, y comprensible para la otra
que quiere decir sos otra cosa,
distinta de las cosas y tus imágenes.
Si es así, es good, es algo que sin embargo está
aunque lo que ahora está es pelusa
que vuela de los árboles y tierra de la explanada
(mas tierra enamorada)


2. Almas en movimiento


Hombre de hierro

Te dirás que fueron buenos ciertos días
en los que por fin supiste que no hay música.
Te verás frente a una ventana
mirando un mundo de ese modo más cercano
aunque del todo incomprensible.

Habías abandonado, no tenías instrumentos,
eras el hombre más sólido.


Los poetas del soviet

Los poetas del soviet no producen para otro.
Los poetas de la emulación producen para el Otro.
Los poetas del soviet no producen contra el sí mismo.
Los de la emulación producen en contra del principio del placer.
Los del soviet producen, los de la emulación replantean.

Los de la emulación no tienen religión.
Los de soviet desesperan.
Los de la emulación no esperan.
Los del soviet no son: luego,
se reconocen en pálpitos y palmeras.
Los de la emulación ventevean.
Los del soviet ventean.
Los de la emulación recrean.
Los de soviet rastrean.
Los de la emulación fantasean los del soviet.


Un lírico

Pintaría un cuadro con esa mujer, dijo,
pero no tomándola como modelo,
sino con sus vísceras, con la sangre de su sexo.
Luego miró hacia la calle
sobre la que había llovido repentinamente
y suspiró por el cambio de estación.
Un verdadero lírico.
La inclinación del eje del planeta
es un fenómeno, físico, y por lo tanto indiferente
o bien un hecho místico, y sobre esto
al arte nada tiene que agregar, razonó.
Entiendo esta parte del asunto, le dije,
sin embargo, me gustaría saber
qué cosa pintaría con esa mujer.
Los ojos rieron bajo los anteojos húmedos.
Dígame qué pinto el aduanero Rousseau
o el pintor que se le ocurra.


Sex Sleep Eat Drink Dream (K. Crimson)

Tiene hambre esa mujer y el hombre
que te pidió el cigarrillo y dijo
“salí sin nada” casi seguramente quiso
mentir, simular un olvido, transparentar
una historia dentro de las fronteras
donde habita la gente eficaz
de cigarrillos, crédito, llaves,
que a veces, sin embargo,
por una falla cotidiana,
olvida sobre la mesa que tu voluntad
o cualquier idea sobre una rutina confortable
pueda imaginar: de vieja madera, de diseño moderno
junto a una planta, de vidrio.
En cuanto a la mujer de la estación de subte,
tiende la mano y eso es suficiente.
Viste poetas que buscan un punto de sostén
aun cuando sólo parece interesarles el flujo y la expansión.
Pero sexo dormir comer beber soñar
es lo que necesitan, algo de eso falta,
fijate bien, cuando alguien escribe por escribir,
tiende la mano sucia o miente para pedir.


Hombres en un restaurante (2)

Hubo una mujer en el diario parecida a una puta veterana.
Era poeta, conmovedora, tenía tetas grandes,
¿te acordás el nombre?, me dijo mi amigo.
Me atraía. Ese erotismo decadente me ablandaba,
No me excitaba físicamente pero, de un modo raro,
la deseaba, dijo.
¿Te acordás el nombre?
Nadie seguro se acuerda de ella en el diario.
La gente pasó por allí como olas.
Escribía mal, le dije, recuerdo.
Nadie se acuerda de ella y no sé dónde está
y no es posible, no debería ser, que alguien
no digo aquí, en algún sitio,
no se acuerde del nombre de una mujer, dijo.
Vivía con la madre, que debe haber muerto.
Y ella cómo puede estar viva con esas tetas
que ya parecían frutas tan blandas.
Es extraño, esa mujer no puede haber envejecido,
le dije, y no puedo imaginar que esté muerta
ni tampoco que el tiempo no la haya tocado.
¿Decís que escribía mal?, dijo.
Pienso esto que hablé con mi amigo
mientras miro un hueso tal vez de pájaro que traje
de una playa desierta del sur;
en la arena quedaron
al atardecer sólo unas pisadas.
No es un amuleto.
Es un hueso esponjoso, desagradable,
que encontré en una playa extraterrestre
donde no había vida posible.


Almas en movimiento

Enredaderas pegadas a paredes altas y cornisas,
una ventana,
árboles en verano con un movimiento ligero, reflexivo.
Nadie los señaló, no fueron mencionados en el libro
ni tramados en el infierno.
Necesitás un auto, un auto, para ver el mundo circular.
Nada para ver los árboles y las enredaderas del barrio,
su paisaje inabarcable de matices.
De noche, están también ahí.
Curioso que no exista religión de las altas plantas callejeras-
Si se quiere hay una religión de la basura:
los cartoneros con sus triciclos como demonios de las orillas
y naranjas despanzurradas junto a las vías como deidades.
Cosas abandonadas por las manos, partidas y trituradas,
exprimidas y desgarradas, abalorios en el exilio,
incluso el agua negra de las cloacas, río de arrastre,
tiene la untuosidad de un misterio inquietante,
es la sangre mala de un dios.
los árboles y las plantas son almas en movimiento
que no integran un orden sagrado.
Tienen una cautela especial para dirigirse hacia arriba
y hacia abajo, para arrastrarse o trepar por las veredas.
Y cuando la calle se ilumina, meditativamente mueven
sus ramas y sus hojas, como el que palpa
un sitio no mencionado jamás.
Como el que se extraña ante una libertad insólita,
percibiendo que no tiene obligación de ser bueno,
de predicar con el ejemplo,
de arrear hasta el infierno espíritus desbarrancados.


Una situación insostenible

Debajo de la sombrilla, aludían a la luz,
mencionaban matices e intensidad de la luz.
De cierto modo oblicuo, debajo de la sombrilla,
hablaban de la luz.

Tu cuerpo estaba mojado. Se secaba el sol.
No opinabas como ellos. No hablabas.
No opinabas en absoluto como ellos
y sin embargo eran tus amigos más queridos-
Pero estaban en el error
o en una incomprensible trampa.
No podías demostrar –esto era lo peor-
De ninguna manera que,
de modo oblicuo, hablaban de la luz.
Y de haberlo demostrado quedaba por establecer
-como ley a tus ojos evidente-
que, en términos generales, carece de sentido
una conversación sobre la luz.


Moneta

En otra vida debí ser una loba
dice la modelo entrevistada por la radio.
Se movían palmeras en aquella avenida nocturna.
No era Atila el hombre envuelto en pieles
si es que era hombre.
Pero entre unas cajas alguien había levantado sus tiendas.
Un alma no debería trasmigrar de reino en reino
soportando en cada caso los dolores del tránsito
si no es para mejorar las ideas sobre el mundo.
Algo despide un brillo celeste sobre el asfalto.
Look, una moneta,
dice un chico agachado dirigiéndose a nadie.


Long years (J. L. Hooker)

Tristes desires, literalmente tristes deseos,
escribe Joachim Du Bellay en el siglo 16.
Y lo peor, las más de las veces, cumplidos.
Tristes, después. ¿O antes, al nacer, era tristes?
El álamo existe. Y las nubes, también.
El deseo era triste y las citas se ven.
Du Bellay, Mallarmé, Hooker y el blues.


Intermezzo interrotto (Béla Bartók)

A las tres de la tarde nadie
en la parrilla al paso junto a las vías
sería capaz de hablar con el mozo.
Zumban dos moscas pesadas,
Hay migas sobre las mesas,
manchas de vino en la fórmica blanca
opacada por los codos.
En la devastación que sigue al banquete barato
el mozo parece ofuscado
aunque está tranquilo,
todo terminó otra vez,
queda limpiar de dos golpes los restos.
Y se diría igual que aquí pudo haber ocurrido
una carnicería y un entierro rápido.


Rondas (Stravinsky)

Ninguna expresión señera, ninguna
al terminar
el día.

Ha habido, no digas, árboles, cielos,
picazón de humo en la nariz, de encierro;
mas: qué reino escaso.
Y sin embargo no lo entregarías.
Pavese, Mestieri di vivere:
si el que sos se te apareciera,
¿estás seguro de que no te resultaría odioso?
¿Lo invitarías a tomar café?
Esta noche.


Cuestiones doradas

Una mosca abombada en el borde del vaso con agua.
¿La historia de la mosca que caerá en el vaso?

La sombra del vaso sobre la mesa tiene vetas doradas.
Zonas de luz intensa, velada.
El mensaje del verano es la sombra del vaso.
La mosca cae al agua. Es un hecho, no una historia.
El vaso es una pompa dorada.
No hay interés por la mosca.


La ley de la calle
Qué bueno cuando asamos conejos imaginarios
y qué bueno las canoa que recogía
nuestros cuerpos quemados y exhaustos,
y qué bueno disparar un rifle de precisión
imaginario, pero oler pólvora de verdad.

Sin embargo estoy en una ciudad.
Hay una moneda en el fondo de un charco
y una mujer se detiene detrás de mí.
La veo en la vidriera donde
también se reflejan
ciertas nubes.


Árboles

El tallo que detiene el ojo
crece un centímetro por día
en la ansiedad del día.
A un centímetro por día el tallo crecerá
3,65 metros anuales.
Pero el ojo engaña:
El árbol joven del jardín
No crecerá hasta esa altura en un año.
Hoy, solamente ahora, crece
un centímetro diario.

No durmió bien el observador.
El jardín, en un barrio
que hace cien años fue rico
tiene plantas frondosas, oscuras, frescas.
El árbol joven, ensimismado entre ellas,
insolente y frágil,
no promete una copa frondosa
ni pájaros ni el suavísimo sonido a sedas
de las hojas de los otros árboles
pero crece, hoy, 3,65 metros anuales.

El momento es absoluto
para los árboles mayores,
lentos o eternos
con velocidad de acuario,
y para el tallo nuevo,
ágil y voraz.
Tallo que no entiende, como los árboles mayores,
que su objeto es limitar el infinito,
no conquistarlo;
este tallo joven quisiera, en su velocidad,
abarcar con su copa, ramificada millones de veces,
el espacio completo,
hasta anular todo dibujo del espacio
entre sus futuras ramas y sus futuras hojas.
Lo comprende bien el hombre que no durmió esta noche.
Su espíritu es
los árboles:
los viejos
y el nuevo.

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“Hombre de hierro” es para Fabián Casas; “Arboles”, para Darío Rojo; “Intermezzo interrotto” para D. G. Helder; “Almas en movimiento” para Marcelo Cohen; “La ley de la calle” para Sonia Greco in memoriam; “El insomnio de los soldados” para José Luis Mangieri; “Long Years” para Jorge Fondebrider y “Hombres en un restaurante 2” para Alejandro “Piqui” Caravario.

1 comentario:

sibila dijo...

nos llev� alg�n tiempo. este y los otros. hemos le�do.