24.10.17

La nada misma









por Miguel Zevallos
IndieHoy
20.3.2013

Tras la lectura de Estación Finlandia, Poemas reunidos 1974 – 2011, surgieron algunas preguntas, ideas que a modo de borrador envié a Jorge Aulicino. Quiero agradecer la buena predisposición de Miguel Balaguer, Josefina Bianchi y de la editorial Bajo la luna, y a Jorge por supuesto.

Vuelo Bajo (1974)

Miguel Zeballos - Cada tanto vuelvo a "Billy The Kid", no sabría explicar porqué, quizá por su carácter aventurero, por la épica, no lo pensé demasiado, pero de todos tus poemas es el que leí mas veces, la última vez pensé que te debe haber llevado mucho tiempo escribirlo, meses tal vez, ¿es así? Y otra cosa: ¿Te pasa algo así con un poema tuyo o de otro autor, de volver cada tanto a leerlo?

Jorge Aulicino - Meses en escribirlo, no. Tal vez en concebirlo, en ver esos componentes del poema, ese lugar ruinoso fantasmal, sin saber darle una ubicación, un personaje. La decisión de que Billy the Kid ocupase ese lugar, fue repentina. Escribir un poema no me lleva meses, en su primera versión. Hasta que lo doy por terminado, porque nada más puedo hacer, pueden pasar meses, años. Y no quiere decir que me conforme, sino que no sé cómo hacerlo mejor. Me pasa con poemas de muchos autores eso de volver a leerlos cada tanto. Me parece que los poemas no se cierran nunca para siempre. Uno cierra novelas pensando que tal vez las vuelva a leer; en cambio sabe que ciertos poemas los volverá a leer sin dudas.

M.Z - ¿"Porqué escribir poemas si después se rompen con los dientes?” ¿Sirve para algo la poesía?

J. A - El cordero que rompe con los dientes no lo hace porque cree que los poemas no sirven, sino porque piensa que no son verdaderos. Eso es lo que pienso yo, al menos. La poesía sirve como muchas otras cosas, artes y ciencias, en la búsqueda de la verdad. Las ciencias arrojan resultados prácticos inmediatos, transforman las cosas; los poemas, pareciera que no. Sin embargo, poesía, arte, filosofía, contribuyen a que la vida cambie, a que pensemos de otra manera, a que nuestra mente funcione, incluyendo la sensibilidad, esa mezcla de percepción y de sentimientos, en la misma búsqueda de la verdad. Que no tiene fin, por ahora.

Poeta antiguo (1980)


M.Z – ¿El arte es puro artificio y mentira?

J. A - El arte debe funcionar como un artificio, debe provocar un efecto, que es producto de un conjunto de significados no inmediatamente comprobables. Hablo de artificio y de mentira en ese sentido. En realidad, los trucos del arte están en función de la verdad. Es su paradoja.

M.Z – Es fácil la distracción para el poeta (¿cómo te distraes?)

J. A - La distracción es mi tema preferido. En ese poema las torcazas acusan ingenuamente al poeta. Le dicen que la distracción es fatal, porque le impide ver cosas terribles y cercanas. Pero el poeta encuentra distrayéndose, encuentra saliendo, perdiendo la atención. En su trabajo concreto, debe ser pura atención, pero el resto del tiempo necesariamente debe distraerse, debe vagar. Las torcazas en ese poema son la buena conciencia, que le indica al poeta que se ha olvidado de los muertos. Pero la buena conciencia suele equivocarse. El poeta no se olvida. De hecho, torcazas y muertos están en ese poema.

La caída de los cuerpos (1983)


M.Z - ¿Dónde está la fiesta para vos? ¿Sigue estando en sus desperdicios, en su resaca, más que en la fiesta misma?

J.A -Sí, la fiesta en el sentido de creación, está en la resaca. Está también en los grandes paisajes y en las grandes ideas, en los escenarios y las causas políticas, en las grandes obras de arte, en las obras de pensamiento. Pero sobre todo está en el sobrante de todo eso, en la falla; porque algo falla, el sobrante es lo que abunda; la gran máquina de la sociedad deja huellas muy profundas sobre quienes la integran y sobre la naturaleza. Y huellas sucias en la historia, y lugares sin salida, y huecos, grietas. La poesía es irrelevante, está, es, esas cosas irrelevantes. No sé decir por qué está especialmente allí.

Hombres en un restaurante (1994)


M.Z – ¿Cómo te llevas con la música? ¿La usas para escribir? ¿Escribir es un ritual? ¿Es un momento premeditado? ¿Ó escribís en cualquier lugar y a cualquier hora?

J. A - Escribo en casa. A cualquier hora. En cualquier lugar ya no, no puedo. Escribo de noche preferentemente, pero puede suceder que se me ocurra algo a cualquier otra hora. En los bares no puedo escribir, me distraigo, me atraen las caras, la calle. Puedo leer. No escribir. Y esa distracción es útil en definitiva, es mi trabajo también. No hay pues momentos premeditados, pero diría sí un cierto aislamiento. Con música no puedo escribir. La música tengo que escucharla. Eso me distrae… sí, como la gente en la calle o en el bar. Con la diferencia de que la música es más exigente. La música requiere atención mucho más, o, mejor dicho, la toma.

M.Z – Me gusta mucho cuando decís: “Me resisto a creer que algo tan exterior/ pueda modelar el espíritu”. Quizás nada que ver pero lo asocié con las influencias, a mi no me gusta hablar de influencias, creo que uno nunca es consciente de eso, sin embargo me gustaría saber cuales son tus poetas preferidos y porqué.

J. A - No sé por qué los asociás con las influencias, aunque puedo conjeturar algo. Lo interior es lo que modela, y allí están las influencias más íntimas, supongo. Mirá, yo pasé por todo tipo de influencias, desde Neruda hasta poetas norteamericanos o ingleses leídos en castellano. Me deshice de influencias, y tuve luego otras. Tengo aún influencias muy poderosas, como Tuñón y Gannuzzi. También Girri. Montale y Pavese. Auden, Eliot, etc. Y mis propios contemporáneos más que nada. Muchos de ellos. Muchos a los que estimo y sigo leyendo mientras continúan su obra. Pero hay influencias de tono, de clima, de vocabulario, de modos. Y hay influencias estructurales. En un cierto punto, la poesía de pensamiento, como la llama Santiago Sylvester, es la que más comenzó a imponerse para mí

M.Z – Quizás me expliqué mal, lo que quise decir es que me gusta esa idea de que el exterior no nos influye, que lo que nos modela como decís vos es nuestro propio interior, no sé si será así, pero a la hora de escribir yo necesito que nada de afuera se cuele, como si fuese un acto intimo pero también primitivo, como algo atemporal quizás. Podés contarme un poco sobre la poesía de pensamiento…

J.A - No te explicaste mal, yo entendí de otra forma. En realidad, mantengo que lo menos sujeto a lo transitorio son ya las influencias, las que fui decantando, que se quedaron conmigo y forman parte de lo “interno”. Me parece muy bien lo del acto intemporal. Lograr esa intemporalidad, es decir, que nuestro presente conviva con todos los otros tiempos, me parece un fin de la poesía, al menos, de la que me gusta. Primitivo, en el sentido del pensamiento que rige la escritura, un pensamiento mágico, por así decirlo, es un término que también comparto. Es por eso que el silencio debe rodear, imaginativamente, al que escribe o al que lee. Es una suspensión de las relaciones con el presente, pero para verlo en otra dimensión. Sylvster habla de poesía de pensamiento como un rasgo de la poesía argentina. Habría que preguntarle a él, para que lo explique, lo haría mejor que yo. No se trata de lo reflexivo opuesto a la emoción, sino de algo que surge del pensamiento como su poesía. Lo cual ya no es pensamiento propiamente dicho, sino otra cosa. Me identifico, o me gustan, los poetas que él asocia a la poesía de pensamiento: Macedonio, los mencionados Girri, Giannuzzi. Podría agregar a otros poetas de los 50 y 60: Roberto Juarroz, Horacio Castillo, Alfredo Veiravé, Edgar Bayley, Amelia Biagioni, Rodolfo Wilcock, que en la poesía que escribió en italiano a partir de los 50 fue un poeta de pensamiento; Hugo Padeletti, Antonio Vasco, Aldo Oliva, César Fernández Moreno, Héctor Murena, Federica Rosenfeld, Horacio Armani, Roberto Raschella, Hugo Gola, Néstor Groppa, Estela Figueroa y Juan José Saer, especialmente. Hay más. Y esto considerando la poesía de pensamiento como una tendencia, un matiz. Son poetas diferentes entre sí, con cierta inclinación a hacer jugar, de una manera que trasciende la lógica, el contenido conceptual.

M.Z – ¿Cómo te llevas con el rock?

J. A - No me llevo mal. Me gusta el blues sobre todo. Soy admirador de Zappa. No soy un erudito en rock, como muchos de mis amigos, de mi generación y de las siguientes. No sé reconocer bandas y temas. Sólo los temas que me gustan. Creo que el rock ayuda a estar juntos, eso es una experiencia. Se está de otro modo con gente escuchando rock. Hay otro tipo de emoción.

M. Z – Suelo asociar muchas cosas con la muerte, ¿estoy errado si pienso a la Estación Finlandia como la estación de lo inminente de lo imprevisible? En otras palabras Estación Finlandia ¿es la muerte, o es otra cosa?

J.A - No lo veo como la muerte, sino como una estación decisiva del fracaso en el pasado. Es un título que se presta a todo, pero empecemos por pensar qué es la estación Finlandia. Sabrás que es una estación de trenes en Rusia. Es la estación a la que llegó Lenin a su regreso del exilio y donde anunció que la revolución empezaba. Es decir, donde rechazó al gobierno provisional. Creo que allí empezó una historia que nos debemos replantear, que nos pesa, que es aún épica, pero muy oscura, porque representa un problema abrumador que no sabemos resolver. La revolución fracasó. Completamente. ¿La muerte, decís? Podría ser, pero no tiene que ver con la muerte personal, en todo caso. No lo pensé de esa manera. No estoy diciendo adiós. En la ex URSS contaban, en los setenta, un chiste. Lo hacían en privado, claro. Decían que Lenin resucitaba un día, gracias a la ciencia soviética. Preguntaba en que año estaba y luego se encerraba a leer el archivo de periódicos. Salía con una valija. Los camaradas clamaban: ¿dónde vas, Lenin? Y Lenin respondía: a Finlandia, empecemos de nuevo. Ese chiste es una necesidad hoy. Creo que en realidad el poema Estación Finlandia surgió de ese chiste.

El Capital (2010)


M.Z – Ahora que leí el poema "Estación Finlandia" puedo reírme de la asociación que hice con la muerte. Me gustaría concentrarme en la evocación que hacés de ese momento de la historia y en particular en Lenin, te veo tan dentro del poema que es como si lo hubieses vivido. ¿Soñaste con estar ahí? ¿Crees que la revolución será posible alguna vez, ó es una utopía que se desvaneció en el tiempo? Me gustaría una reflexión sobre el capitalismo.

J.A - No, está bien tu asociación, no la había pensado. En cierto sentido la muerte está en juego. La muerte y el nacimiento, que de eso se trata una revolución. Me imaginé mucho a Lenin, sí, y a todo ese periodo. Es como si lo hubiese vivido. De eso se hablaba en mi casa, desde que nací, por lo demás. Mi viejo hablaba de Lenin como si lo conociera. Formaba parte de los conocidos de la familia, digamos. La revolución no fue ni es una utopía, no lo era para aquellos revolucionarios. Lo que Marx predijo se cumplía sin embargo de un modo extraño: Marx esperaba que la revolución estallara en los países de capitalismo plenamente desarrollado. Estaba dentro de su lógica dialéctica. En cambio se produjo en un país periférico, pre-capitalista, con otro tipo de contradicciones. Lenin escribió mucho para explicar este imprevisto, pero no pudo garantizar que la revolución iría adelante si no se producían también revoluciones en los países centrales. Fracasó la Revolución Rusa, diría yo. La revolución, como Marx la predijo, en realidad no se realizó. El capitalismo amplió sus mercados hasta límites no previstos por nadie. Y propagó junto con sus crisis la ideología de mercado, que se vio fortalecida, a mi juicio de modo ilusorio, por la caída de Moscú. En tanto podamos prever de qué modo podría realizarse hoy o un futuro inmediato la revolución, deberíamos tener en cuenta que el capitalismo ha encontrado un límite: el de la naturaleza. La ha explotado, las hemos explotado, hasta un punto sin retorno. Hay una nueva contradicción, además de las contradicciones internas del capitalismo, que por ahora no se resuelven. Ese límite es el planeta que ya no soporta el capitalismo extensivo. Había un factor decisivo en la teoría de Marx, que era el factor conciencia. La revolución puede pasar de largo si ese factor no interviene. Marx aludió de modo lateral a cierta putrefacción de la historia. Esto suponía que las crisis del sistema podían propagarse y mantenerse en el tiempo, acumulando catástrofes en sus avances y retrocesos, si no intervenía esa conciencia. Lenin a su vez dijo que para el capitalismo no hay callejones sin salida. Ahora parece que en efecto la revolución pasó de largo y el capitalismo no termina de caer. Pero tenemos que el capitalismo encuentra otra contradicción, fuera de él. La conciencia que ahora parece necesaria es que la crisis de civilización que enfrentamos es una crisis de sistema, algo que no se resuelve sin un cambio sustancial en el sistema. No es un problema ecológico que se solucione con medidas ecológicas.

M. Z - ¿Hay alguna pregunta que te hubiese gustado contestar y nadie te hizo?

J.A - En realidad, no, porque tengo más preguntas que respuestas.


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