9.3.18

Mar de Chukotka: ejercicio de lectura


 por Alicia Silva Rey
Poco tiempo atrás, durante algunos meses de 2017, Jorge Aulicino publicó en su facebook  unos 19 poemas bajo el título “Mar de Chukotka” /  work in progress. (*)  
Nunca había comentado un libro que estuviera escribiéndose. Éste me atrajo precisamente por su carácter derivante  y escribir sobre los efectos de esa lectura se convirtió, para mí, en la construcción documental de mi llegada a un texto en ciernes, a sabiendas de que iba a ser corregido, acrecentado, desvariado por su autor. La lectura que me propuse fue en paralelo a la escritura del texto; los rasgos de esa lectura debían –deben-ir plasmando un paratexto al modo de una carta de marear: leería “Mar de Chukotka” como quien ingresa a un relato de viaje consiguiendo perderse en él.
Entonces:
* Voy a desplazarme en torno a este texto, Mar de Chukotka, de Jorge Aulicino considerando las siguientes premisas:
 -- “la literatura como lente, máquina, pantalla, mazo de tarot, vehículo y estaciones para poder ver algo de la fábrica de realidad”. 
 Josefina Ludmer.

-- “La política de Dios es política pura. Crea toda clase de lazos pero ninguno es de sangre”
 Kafka, El híbrido.(**)

*  Voy a pensarlo en movimiento (propio; ajeno). No olvidaré que las palabras nacen en lo separado del cuerpo. Circulan por fuera de los cuerpos hasta que alguien las pronuncia y parecería que el verbo encarnara pero lo que sucede es el aprendizaje de un habla que discurre por fuera de nosotros, nos modela de afuera a adentro, establece entre el cuerpo prematuro y los otros, ciertos y determinados vínculos, algunos “de sangre”. Entraré, saldré, recapitularé. Se trata de un work in progress. En ese sentido voy a abordarlo. Yendo y viniendo. De él hacia él.

* Chukotka es mi primera entrada a este texto.
Un mapa es el documento que permite verificar la existencia de algo, ese punto o una trama de puntos, en la superficie terrestre: Chukotka. Desde este mapa pretendemos asir una naturaleza que en el libro “Mar de Chukotka”, está hecha de palabras que constituyen un poema. Lo que destaca esta escritura es algo que no hay. Lo que no hay aquí son lazos de sangre. La estética de  “Mar de Chukotka” - work in progress- propicia una política de lo increado. Lo humano que resuena es la voz de los mitos, aquello que ha de ser inventado a partir de apenas unos restos, lo civilizatorio fenecido:
en las costas
de Chukotka herrajes, autos oxidados,
asientos reventados,
manchas oscuras en la piedra”.
  
* “Dios es una política” es mi segunda entrada a este texto.
Entro, escucho canto de pájaros sobre el cemento que amanece. Esos pájaros no dejan de acompañarme. Donde vaya, ellos están y cantan. En la política de Dios hay una pureza inadmisible. Esos pájaros ensordecedores que cantan dentro y fuera del tiempo, van a ser, en el work in progress , atributos no consanguíneos. La política pura de un Dios impide cualquier lazo de sangre.

* “Decí palabra por palabra”, es mi tercera entrada.
Se me está hablando a mí que me ofrezco como lectora. Entonces algo de la crónica de viajes se trasunta, no solo por el mapa y la ubicación de una geografía en el cosmos. Todo me remite a ese ordenamiento de la sintaxis del poema: “Decí palabra por palabra”. Entradas y salidas; recorridos hacia o desde un lugar denominado Chukotka:
“un pájaro oscuro en la gravedad de un hueco
en un baño o entre las ramas
tiene profundidad de historia aquí o en el Ganges,
o entre los mohicanos y los chippewa”

La historia. El descubrimiento de una ensenada que alguien evocaría. “El claror de una ensenada”, dice el poema para ser más precisos. El invento de Freud, la peste dada al mundo como si un dios asomara su palidez a una terraza fresca y la dejara caer en bandeja: el inconsciente. Tal vez todo remita a esas ruinas abandonadas en las orillas de un mar congelado. Ese mar como la sombra del viajero y como la sombra del viaje.

* “Ningún indicio de movimiento representaba otra cosa
que no fuera la dinámica de la sombra y la luz,
como en una lentísima máquina transparente”,
es mi siguiente entrada.
Escuchemos cantar a los jilgueros en los patios ahora que la voz del poema se pregunta cómo sería oírlos. (Como lectora me incluiré en la Égloga. En este juego donde se juega el azar en los encuentros fortuitos que no producen vínculo, comprendo el alto precio que ha de pagarse por lo que se me anticipa: 

”donde
cayese la luz, el espacio atemporal inundaba todo
y flotaban todos los sentidos 
abandonados a su sola inteligencia”).

Sin relaciones claras de parentesco –poniendo en duda cualquier lazo de sangre-, ¿sería posible especular que determinadas características de las epifanías y también de los cortes en el poema serían producto de la materia híbrida con la que se hace un dios? La política que esta poesía produce, genera esta dificultad: crea toda clase de lazos no consanguíneos (política de un Dios). Lazos fósiles en una realidad extinta. La dificultad reside en intentar traducir (leer) una paleontología en escritura.

*  “Soy lo que me rodea. / Las mujeres comprenden esto. Nadie es duquesa a cien yardas de un carruaje. / Estos, entonces, son retratos: un vestíbulo negro, un alto lecho protegido por cortinados. / Estos son tan sólo ejemplos.
Wallace Stevens, por Alberto Girri”.
(La cita anterior iba a ser el epígrafe que Aulicino luego retiró. Entonces, lo que ahora sigue en mi lectura, ocurrió hace muchos meses atrás, cuando el epígrafe le era funcional al libro en tanto se escribía).
Es por aquí donde quiero moverme para volver a entrar.¿Qué es lo que comprenderíamos las mujeres? ¿Que el coche hace a la marquesa? ¿Que la marquesa hace al coche? ¿Que el hábito, en definitiva no hace al monje y viceversa? Sin embargo, esa marquesa, a 100 yardas de su coche, se ha vuelto evanescente. Trastabilla su condición –y acaso y asimismo, la condición del coche y del cochero sin marquesa que transportar-.
Pero, ¿evanescer no consiste en una especie de trance donde el sujeto está atravesándose a sí mismo para llegar a un nuevo lugar de sí más acogedor y más consistente que aquél que se está abandonando? ¿Como cambiar de piel las víboras y emerger mariposas de crisálidas? ¿Acaso el epígrafe citado por el libro “Chukotka” va poniendo al desnudo su propia evanescencia, se manifiesta capaz de exponer los jirones de cuero rojo y negro bajo una piel de apariencia serena?
“Un vestíbulo negro, un alto techo protegido por cortinados” son sí retratos de lo fenecido. Ectoplasmas; y pronto, sus fósiles. Las mujeres de las que hablan Stevens & Girri saben que una marquesa que solo supiese decir “Soy la marquesa”, tanto lejos como cerca de su carruaje, habría perdido desde todo punto de vista, la cordura. Nadie en su sano juicio persistiría en su máscara. Para eso está el teatro de los mitos que Chukotka y sus varias entradas habilitan (“la calma voluptuosa de los dioses”. / “El Polo como el muslo de la diosa”).

   * Una pipa africana.
He aquí otra entrada. Es un ingreso tórrido, éste; no epifánico; sí cortante: “Una que es como se muestra: / objeto y apariencia”. (Por el contrario, la marquesa era a la vez apariencia de marquesa y sujeto pasible de evanescer). A la sólida pipa, “trabajo humano condensado: / a la vez industria y lejanía”, se la puede rotular sin que su “ser en sí” logre modificarse (una pipa es una pipa es una pipa es una pipa).

* Mi siguiente entrada a este libro  -a la deriva de una escritura o, a la manera del I Ching, siendo leída por él-, dice:
(…) “y uno camina como arrastrando 'unas garras
en el fondo del mar' y se refugia en las arcadas de 
las despintadas recovas donde un olor dulzón carcome”.

La lengua del poema, hasta donde ha llegado –no olvidemos que estoy conjeturando acerca de un work in progress -, es o aparenta ser el registro documental de la muerte de un mundo. La muerte del mundo en un libro en ciernes. Bering, la Roma del imperio, La Habana en Cuba –esa perla de la corona española conseguida, con la fe de un traficante, por Cristóbal Colón-.  
Y la sal. La sal que todo lo cubre como un mar de hielo calcinante.
Una sal que
“quemó conspiraciones, hubo muertos, hay sombras
y gemidos y deseos detrás de las ventanas. Y edificios torre
frente al mar, y restos de la gran guerra fría, 
la guerra
de los espías”.


(Escrito durante el primer semestre de 2017).

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(Primer trimestre de 2018.  / Continuación.)

Retomo hoy, la lectura escrita de este poema, “Mar de Chukotka”, guiada por los indicios brindados por la siguiente cita:
En el centro, observando –un centro nómade, como el de la camarita de registro del auto de Google Maps que pasa en un trayecto de El regreso – está la voz de este libro. Un cuerpo que avanza y mira y dice lo que ve. Una máquina viva, con sus algoritmos en ejercicio.”  / Valeria Tentoni, acerca de El regreso, de Ezequiel Alemian.
Hoy es ayer y también mañana. Circulan por este hoy, otras lecturas conectadas secretamente entre sí. Entre todas ellas, la de poetas traducidxs por el propio Aulicino. Chukotka se comportará, ahora, como mi “centro nómade”, una máquina viviente, un cuerpo “en reversa” que parece hablar de una gestación: la del pensar. (Pensar como habitar).

 * Y la ciudad es pensamiento y cálculo:
una cuarta parte herreros y artesanos, 
un octavo comerciantes,
dos cuartas partes magistrados y soldados; 
muy poco, pero decisivo porcentaje 
de filósofos y aedos, porque es este el alimento
del líquido amniótico que nos contendrá cívicamente
y en el que nos moveremos como peces.
Es, en efecto y de esta guisa, útero la ciudad.
Nunca así seremos extranjeros. 

La entrada anterior me implica, como lectora, en cierta gestación, la de una política in útero: la ciudad aristotélica (u otras, indistintas ciudades). Y de un desorden menstrual: el infinito antojadizo y perenne de las mitologías narradas por un tapiz tejido en la cocina de las madres.
Como lectora, aun debo decidir el origen, seminal, del Cálculo.

Hay en Chukotka un registro panóptico del orden de lo no humano que opera como recurso mimético  (no representativo),  determinado por saltos temporales y entrechocar de capítulos, escolios o fragmentos:

 * Preveo, sí, el barro del Támesis, los cadáveres del Destripador,
-un destripador aristotélico, si cabe, un lector de Política-,
las favelas de Río de Janeiro, las Fábricas de Muerte del Reich, 
los telares animistas del Sudeste Asiático, los decapitados
en la frontera de México… Para, stop.
En medio de ello, también Marx verá sus esferas,
su aparato delicado que se desarma 
y arma sin perder aceite ni agua, 
y es, aun de sangre manchado, ecuánime:

Multiplicidad de procesos que acontecen sincrónicamente, capa a capa pero discontinuas, separadas por geologías cercanas y remotas que el poema resuelve en porciones de memoria sintética:
 *  Lo público: un desgastado lustre marcial y recoleto,
largos pasillos vidriados con vidrio opaco,
las firmes vetas de capas de pintura superpuestas,
olor a cloro, ruda limpieza.
Es el antiguo edificio del parque Chacabuco bajo una neblina 
casi lechosa alta,

Chukotka, “palabra por palabra”, escribe su santuario al unísono de otras cosas
sucedidas a la vera de su propia temporalidad: una máquina.

* y la máquina escribirá,
hará trajes, destilará petróleo,
extraerá estaño y sílice:
todo, debajo de la virtualidad,
es máquina, los apuntes son sobre la máquina
cuyos fallos están previstos;
la máquina tal vez incluso mueve la sangre
de bosques y montañas.
Y si no es así, de nada vale cantar los bosques
porque no tienen ni promueven ni desean
ni los acercan palabras
ni trazos de pintura sobre la tela,
ni la máquina de una partitura los penetra.

En Chukotka, contra toda apariencia, se estudian y cincelan sentidos en su justa medida. Se tranhumanan sentidos, cabría decir. Pienso “transhumanar” (arcaísmo procedente de Dante Alighieri, que significa "trascender lo humano"), como equivalente a poetizar – leer/escribir Chukotka-. El poema  trascendería, entonces, las apariencias del lenguaje, de las citas de las fórmulas, de las precogniciones. Sería posible decir de él que, tras sus apariencias, requiere ser descifrado: política pura de un Dios, escribió Kafka (“El híbrido”). “Crea toda clase de lazos pero ninguno es de sangre”. (**)

*  No tienen intermediarios
y muchas veces no sabemos si traen el éxtasis o la imbecilidad
y caen, de todos modos, bajo la máquina.”

El poema (Chukotka) se abre en nosotros como una fruta maquínica comida por pájaros verdaderos.
Nos toca, a lxs lectorxs, atravesar su nieve conceptual.


(*) Mar de Chukotka, de Jorge Aulicino, Buenos Aires, op.cit., 2017
En formato ebook.  Prólogo de Diego Colomba.


© Alicia Silva Rey

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